domingo, 14 de junio de 2015

La crisis política turca amenaza desbordar

Tiembla el flanco este de la OTAN

El presidente turco Recep Tayip Erdogan se mostró angustiado el pasado jueves 11, cuando apareció por primera vez en público en Ankara después de su derrota en las elecciones parlamentarias del domingo 7 y pidió a los cuatro partidos con representación que destraben la formación de gobierno, pero dirigentes políticos y analistas serios descreen de su actuación y sospechan que el viejo zorro juega a ganar tiempo, para poder convocar a nuevas elecciones y recuperar la mayoría absoluta que tuvo desde 2002.
El domingo 7 el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por su sigla en turco) del presidente logró el 41% de los votos o 258 escaños, 18 por debajo de la mayoría absoluta. Los otros tres partidos que superaron la barrera del 10% y entraron en el parlamento –el socialdemócrata Partido Republicano del Pueblo (CHP, 132 bancas), el Partido del Movimiento Nacionalista (MHP, 80) y el izquierdista Partido Democrático del Pueblo (HDP, 80)– rechazan formar gobierno con el AKP, pero no están en condiciones de hacerlo entre ellos. Por lo tanto, se ha planteado una crisis momentáneamente irresoluble.
A pesar de que el AKP obtuvo la mayoría simple, no consiguió los ambicionados dos tercios del Parlamento para instaurar el presidencialismo. Al mismo tiempo el ingreso del HDP en el cuerpo legislativo revoluciona la política turca. Se trata de un partido de izquierda y contrario al nacionalismo turco, que desde 2012 amalgama a grupos de izquierda, ecologistas, de género y minorías religiosas y étnicas, principalmente a los kurdos, que le aportan el mayor caudal de votos.
Ante esta irrupción se tambalea el mito que muestra a Turquía como poblada sólo por turcos y el que la presenta como un país homogéneamente sunita. El primer mito justifica el rol de la nación como bastión oriental de la OTAN contra Rusia, aunque  sus minorías tienen otros intereses. Los kurdos (15 millones o el 15% de la población total), por ejemplo, aspiran a la autonomía de sus asentamientos en Turquía, Siria, Irak e Irán. El segundo mito justifica la censura y el apoyo a los islamistas en Siria, los Hermanos Musulmanes en Egipto y Hamás en Gaza.
Hasta su reelección como primer ministro en 2011, Erdogan pudo gobernar nueve años gracias a su imagen moderada, su alianza con EE UU y su neoliberalismo pero, desde que comenzó la guerra civil en Siria, fue radicalizando sus posiciones. Su represión de las protestas en Estambul en 2013, las denuncias por corrupción contra altos funcionarios, su ruptura simultánea con fundaciones islámicas y con grupos empresarios liberales, la rebelión kurda de 2014 y la huelga metalúrgica que dura desde mayo pasado le hicieron perder su rol mediador. Todavía conquistó en 2014 la presidencia, pero en un clima de gran polarización.
Por esta razón no puede coaligar con la izquierda, pero tampoco con el MHP que cultiva un nacionalismo panturco expansionista y racista, rechaza cualquier concesión a los kurdos y fomenta la xenofobia contra los refugiados sirios. Este partido tiene influencia en las fuerzas armadas y en cualquier coalición exige el comando de las fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia, lo que llevaría al país al desastre.
Golpeados por la crisis económica, pero enfervorizados por la heroica resistencia de Kobani durante 2014, los kurdos votaron por primera vez masivamente a candidatos propios. La inédita apuesta del HDP al voto kurdo democrático y no separatista tuvo éxito incluso en amplios sectores étnicamente turcos.
A pesar de las especulaciones del AKP no es seguro que el liderazgo de Erdogan sobreviva a su derrota de hace una semana y, si él cae, no se sabe quién puede relevarlo.
Turquía está tironeada por sus propios conflictos étnicos, religiosos y sociales, por los intereses de las grandes potencias y las regionales, y por la amenaza terrorista que viene de Siria. Si los militares y grandes empresarios cortan el crédito al demagogo de Anatolia, ¿quién mediará para alcanzar una solución pacífica? «

domingo, 31 de mayo de 2015

Si EE.UU. arma a Ucrania, Rusia lo hará con Donetsk

Cómo evitar una guerra en Europa

Mientras aumenta la presión mediática para que el presidente Barack Obama envíe armas a Ucrania, el Pentágono y sus aliados ucranianos intensifican las provocaciones para obviar la mediación de los principales líderes europeos ante el presidente ruso Vladimir Putin y agudizar el conflicto, pero si Washington pertrecha a Kiev, Moscú hará lo mismo con Donetsk y el continente marchará hacia la guerra.
El miércoles pasado, mientras el vicepresidente norteamericano Joe Biden insistía en postergar el envío de armas a Ucrania, el Pentágono denunciaba sonoramente concentraciones de tropas rusas en las fronteras con Ucrania y Estonia. Paradójicamente, nadie comentó que el Ministerio de Defensa de Donetsk denunció el viernes 29 que las fuerzas ucranianas en la línea de alto el fuego poseen armas químicas no identificadas.
Ya en diciembre pasado el Congreso de los Estados Unidos aprobó casi unánimemente el envío de armas "defensivas" a Ucrania. En febrero y en abril pasados insistió votando los fondos pertinentes, pero Obama no acata la resolución no vinculante esperando que Angela  Merkel y François Hollande arranquen a Putin concesiones que este no puede hacer, si no se derogan las sanciones y la resolución del Congreso. Contra Obama, en tanto, el secretario de Defensa Ash Carter y el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Martin Dempsey, continúan batiendo el parche a favor de equipar militarmente a Ucrania.
Desde que estalló la crisis ucraniana, Obama y Merkel han actuado bastante coordinadamente. Ambos líderes coinciden en combinar las sanciones económicas contra Rusia con la oferta de negociaciones. En febrero pasado la canciller alemana logró que los acuerdos de Minsk II frenaran los combates en Dontesk y Luhansk, pero el resto de los acuerdos no se implementó. Las violaciones de ambos lados se suceden y el millón de pobladores de las regiones orientales siguen segregados de Ucrania, sin recibir sus sueldos y pensiones ni poder proveerse de los objetos más elementales.
Una organizada campaña de confusión busca actualmente en Washington demostrar que Berlín, en realidad, podría aceptar el armamento de Ucrania. Con una serie de rumores y trascendidos se trata de declarar por no existentes las reiteradas manifestaciones de los dirigentes alemanes contra el armamentismo. Sin embargo, Alemania no puede cambiar su política hacia Ucrania, porque si se agudiza el conflicto Este-Oeste, disminuirá su influencia en Europa. Al contrario, Angela Merkel y su ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, se manifiestan molestos por la reticencia de Kiev a cumplir los acuerdos de alto el fuego. Los acompañan los gobiernos de Austria, Hungría, la República Checa e Italia, cuyo comercio exterior sufre mucho por la prohibición de exportar hacia Rusia. Si EE UU envía armas a Ucrania, entonces, chocará con sus aliados europeos. No obstante, el Pentágono argumenta que armando a Ucrania se podría obligar a Rusia a hacer concesiones que resarcirían a los europeos por las pérdidas ocasionadas por las sanciones.
Quien así piensa, no entiende que la expansión de la OTAN hasta la frontera rusa, violando los acuerdos posteriores a la Guerra Fría, representa para Moscú una amenaza existencial inaceptable. A la derecha del Pentágono, los neoconservadores quieren rendir a Rusia, fragmentarla y someterla. Los países de Europa Central, Francia e Italia, en cambio, ven con espanto esta amenaza imperial. Desde 1975 la distensión iniciada por la Conferencia de Helsinki estabilizó la paz en Europa y creó la confianza suficiente, como para que las partes negociaran las cuestiones fundamentales del continente. Este diálogo hizo posible que 1989 transcurriera pacíficamente. Un nuevo Helsinki implicaría sentar a la mesa a todos los actores intervinientes en Europa con la sola condición previa de dejar las armas en la entrada de la sala de conferencias. Por las buenas o por las malas alguien deberá convencer a los neocons norteamericanos para que acepten esta única alternativa de paz.

viernes, 22 de mayo de 2015

En Asia se forma el triángulo RIC

¿Qué consiguió Modi en China?

Aunque el primer ministro indio Narendra Modi recién el miércoles 20 regresó de su viaje por Asia Oriental, en su patria ya arreciaba la batalla mediática sobre el mismo y sus referencias a India durante el trayecto.

India arrastra un viejo complejo de inferioridad hacia China y duda de la contribución de este viaje para superarlo.
Con desusada deferencia Xi Jinping recibió el miércoles al premier indio en su ciudad natal de Xi'an. Durante su viaje, que continuó por Beijing y Shangai, la comitiva india firmó acuerdos de cooperación económica y comercial sobre una amplia gama de temas por 32 mil millones de dólares.
El viernes el mandatario indio conversó con su par chino, Li Kechiang, sobre el centenario conflicto fronterizo entre ambos países. China ha rechazado siempre el acuerdo limítrofe firmado entre las autoridades coloniales británicas sobre India y las de Tibet en 1914. Por este conflicto en 1962 el ejército chino invadió India e impuso una línea de alto el fuego que aún se mantiene. Como el variopinto nacionalismo indio nunca superó este trauma,los medios de Nueva Delhi reaccionan ahora hipersensibles ante el primer viaje de un mandatario indio a Beijing.
Los reclamos mutuos se concentran en los extremos oriental y occidental de la frontera. A 5000 metros de altura, las zonas litigiosas son del tamaño de Suiza o Bélgica y están casi despobladas, pero Tibet es el mayor reservorio de agua dulce de Asia y por la disputada región occidental de Aksai Chin, fronteriza con Cachemira (reclamada por Pakistán e India), pasa la carretera que une Tibet con Xinjiang. La amenaza del cerco sino-paquistaní aumentó la presión sobre el viaje de Modi.
El primer ministro Li no le ofreció una solución al litigio, pero prometió cooperar para que ambos países encuentren una solución "justa, razonable y mutuamente aceptable". Para reducir las tensiones, ambos países acordaron una estrecha comunicación y cooperación militar. Al mismo tiempo una comisión mixta tratará de equilibrar el intercambio comercial, reduciendo el déficit indio de 45 mil millones de dólares, y de facilitar las inversiones privadas recíprocas. También se acelerará la emisión de visas para turistas.
Mientras que los medios chinos informaron muy escuetamente sobre la visita, este magro balance desató una tempestad en la escena india. Las críticas opositoras –mayormente del Partido del Congreso (CP, por su sigla en inglés), que gobernó India casi ininterrumpidamente desde 1947– se centraron en la falta de resultados concretos de la visita y en la visión negativa de India que el primer ministro habría tenido en su mensaje ante la importante diáspora india en Shangai. El premier habría dicho entonces que "los indios antes se avergonzaban por la corrupción en su país, pero desde el año pasado pueden estar orgullosos de su patria", en referencia a la victoria que su hinduista Partido Popular Indio (BJP, por su sigla en inglés) obtuvo hace justo un año. Esta visión de las casi siete décadas anteriores naturalmente encendió la ira del CP.
Después de China, Narendra Modi se dirigió a Mongolia y Corea del Sur buscando compensar la masiva influencia china con la apertura de puertas para empresas indias.
¿Para qué sirvió la visita? Indudablemente China se beneficiará de la apertura del mercado indio mucho más que su contraparte por el acceso al chino.También Rusia espera que sus tradicionales buenas relaciones con India y su vínculo estratégico con China culminen en un triángulo mágico ("RIC") con indiscutible poder sobre Asia. Modi, por su parte, volvió el miércoles a Nueva Delhi con las manos llenas de promesas y cuantiosas inversiones, pero sobre todo rompió el hielo en una relación difícil y abrió el camino para un vínculo que, de prosperar, tendrá un peso enorme en la política mundial. La diplomacia china quizás prefirió hacer negocios con el líder derechista y no con sus antecesores siguiendo el viejo adagio de Deng Xiaoping: "No importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones."

viernes, 15 de mayo de 2015

En Levante Washington está preso de sus dilemas

Estados Unidos busca la cuadratura del círculo

Al desistir de concurrir a la reunión cumbre de EE UU con los monarcas del Golfo hoy en Camp David, el rey saudí Salman y su par de Baréin, Hamad, aumentaron su presión para que Barack Obama se comprometa a sostenerlos incondicionalmente como precio de su aceptación del acuerdo nuclear con Irán.

Al desistir de concurrir a la reunión cumbre de EE UU con los monarcas del Golfo hoy en Camp David, el rey saudí Salman y su par de Baréin, Hamad, aumentaron su presión para que Barack Obama se comprometa a sostenerlos incondicionalmente como precio de su aceptación del acuerdo nuclear con Irán.
Como al mismo tiempo el sultán de Omán Qaboos y el presidente Jalifa, de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), están enfermos, el jefe de la Casa Blanca deberá contentarse con la amenazante segunda fila regional. El desplante de los emires marca el límite del intento estadounidense de cuadrar el círculo levantino.
El mandatario estadounidense invitó a los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (GCC, por su sigla en inglés) a una reunión consultiva para ayer en Washington y a una cumbre para hoy en la residencia veraniega de Camp David para convencerlos de que el documento final a firmarse en julio próximo no dejará intacto el poder nuclear de Teherán ni le dará carta blanca para intervenir en los asuntos internos de los países vecinos.
Para justificar la ausencia de Salman, el ministro saudí de Relaciones Exteriores, Adel Al-Jubeir, explicó que el monarca debe supervisar el cumplimiento de la tregua de cinco días en Yemen que empezó el domingo pasado. Pero antes de la cumbre los miembros del GCC ya reclamaron la superioridad militar sobre Irán como condición de su apoyo al acuerdo y recibir una garantía de ayuda automática de EE UU ante cualquier amenaza externa o interna, lo que Washington no puede ni quiere dar. Ante la ausencia del rey saudí, Obama deberá vérselas ahora con su hijo y sobrino, Mohamed al Salman (ministro de Defensa y jefe de las Fuerzas Armadas) y Mohamed al Nayef (ministro del Interior y jefe de la poderosa Guardia Nacional), respectivamente. Ambos son herederos del trono, ambiciosos,  y necesitan victorias militares para legitimarse internamente.
Los emires declaran temer un gran alzamiento chií alentado desde Teherán, pero la línea divisoria en Levante no pasa entre suníes y chiíes, sino entre los propulsores de gobiernos laicos y/o pluralistas y las elites que parasitan la riqueza del petróleo. Los monarcas de la península construyeron un enemigo chií, para mantener su control sobre las masas sunís, pero en realidad temen que se propaguen a sus países el debate y la vivacidad de la escena política iraní, que a pesar de teocrática es una república.
EE UU necesita negociar con Irán, para evitar un choque frontal con Rusia y China. Al mismo tiempo sus aliados europeos y sus propias empresas presionan para penetrar en el mercado iraní, de 80 millones de habitantes. Pero Washington al mismo tiempo quiere limitar la influencia regional de Teherán. Por ello es tan tímido en la lucha contra el terrorismo suní en Siria e Irak e insiste en fragmentar ambos países. Paralelamente en Siria y Yemen tolera o acompaña intervenciones saudíes y/o turcas que impulsan al terrorismo.
Desde que el año pasado apareció el Estado Islámico, EE UU sigue sin saber cuál es su enemigo principal en Levante: si los islamistas extremos o la influencia iraní. El acuerdo nuclear con Teherán de marzo pasado enloqueció a sus aliados levantinos y la Casa Blanca no sabe hoy cómo contenerlos.
Estados Unidos busca mantenerse en la mesa del poder mundial aceptando que rusos y chinos medien ante Irán, mientras apacigua a sus aliados levantinos. Lo más probable es que no pueda evitar que al mismo tiempo Irán acreciente su rol de protector de los movimientos republicanos y que sus aliados lo involucren en sus aventuras reaccionarias.
El acuerdo nuclear con Irán se limita a un solo aspecto de las relaciones de la República Islámica con las potencias rectoras de la ONU y Alemania. Washington busca a la vez negociar con Teherán y limitar su influencia regional apoyándose en los regímenes más reaccionarios del mundo. Al igual que en el tratamiento geométrico de la cuadratura del círculo, EE UU trata en Medio Oriente de cubrir un espacio inabarcable respondiendo a demandas contradictorias y quedará preso de ellas hasta que se decida a iniciar una negociación global que incluya a las otras grandes potencias interesadas y a los poderes regionales.

sábado, 9 de mayo de 2015

Londres se apresta a desestabilizar el orden mundial

Ganó el imperio y el mundo tiembla

La sorpresiva y arrasadora victoria conservadora en la elección parlamentaria británica del pasado jueves 7 preanuncia potentes tormentas sobre la economía y la paz mundiales.

Viejos himnos de guerra resonaron cuando el reelecto primer ministro David Cameron anunció ayer que gobernará para "una nación" y que pretende hacer "más grande a Gran Bretaña". Con este grito de guerra llamó a la carga contra los derechos de las naciones que integran el Reino Unido y anunció que la City londinense se apresta a desestabilizar las finanzas mundiales, mientras empuja a su aliado norteamericano a las guerras neocoloniales que sola no sabe dar.
Los conservadores (CP) tendrán 326 bancas en el nuevo Parlamento, formando un gobierno de mayoría que no tenían desde el igualmente sorpresivo triunfo de John Major en 1992. Ed Miliband, líder del Partido Laborista, Nick Clegg, de los Demócratas Liberales (LDP), y Nigel Farage, del nacionalista Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP), renunciaron después de su apabullante y desconcertante derrota. Anoche se esperaba que el viejo /nuevo primer ministro anunciara el gabinete que la reina presentará el 27 de mayo.
Al referirse a la otra gran triunfadora, Nicola Sturgeon, quien conquistó para su Partido Nacional Escocés (SNP) 56 de las 59 bancas en juego en la región, Cameron prometió "extender los brazos para unir a la nación". Ante un pueblo escocés que pide masivamente reformar la Constitución para que reconozca a las cuatro naciones (ingleses, escoceses, galeses y norirlandeses) que integran el Reino Unido, esta consigna preanuncia el recorte de la soberanía que Edinburgo supo conseguir.
Los tories obtuvieron el 37% de los sufragios totales, los laboristas el 31%, UKIP el 13%, el LDP el 8%, el SNP el 5%, los verdes el 4% y los galeses de Plaid Cymru el 1 por ciento.
Según su voto, el país quedó claramente fracturado en cinco regiones: el sur y suroeste son masivamente conservadores; la mayor parte del Gran Londres, el centro y norte de Inglaterra siguen siendo laboristas, aunque estas dos regiones son más pobres y menos pobladas; Escocia y Gales responden masivamente a los propios nacionalismos, e Irlanda del Norte sigue segmentada entre unionistas y nacionalistas.
Contra los pronósticos de todas las empresas de sondeos de opinión que esperaban un empate técnico entre ambos partidos mayores, el CP triunfó ampliamente gracias al “conservador tímido" (el que ante los encuestadores no se atreve a reconocer que votará a los tories) y al miedo que los medios hegemónicos suscitaron entre votantes ingleses de clase media sobre la "inestabilidad" política y económica que acarrearía un gobierno laborista con apoyo de los nacionalistas escoceses.
Tiempos sombríos se anuncian para Gran Bretaña y el mundo. A la profundización de los recortes presupuestarios y el aumento de la xenofobia, la arrogancia conservadora añadirá una mayor dureza hacia la Unión Europea, más libertad para la especulación  financiera y más guerras regionales para que el Imperio vuelva al escenario. Como en los últimos cuatro siglos, proclamar la "grandeza" del Imperio, sólo puede traer desgracias a Europa y el mundo.

domingo, 26 de abril de 2015

Londres sueña con reinstaurar el Imperio

Escenario

La crisis política británica puede desbordar

La crisis política británica puede desbordar
Cabeza a cabeza - El conservador David Cameron (izquierda) en empate técnico don Ed Milliband, laborista.

A menos de dos semanas de las elecciones generales británicas del 7 de mayo, todas las encuestas siguen mostrando un empate técnico entre los dos partidos mayores. Quien gane casi seguro deberá formar un gobierno de coalición o uno minoritario tolerado desde el Parlamento. Considerando la conflictividad de la agenda política que se impondrá al próximo gabinete, nadie le augura que dure los cinco años de su mandato. A falta de alternativas democráticas viables, empero, las salidas que se avizoran son siniestras.
En los últimos días dos encuestas dieron al Partido Conservador (CP, según la sigla en inglés) una ventaja de cuatro puntos sobre el Partido Laborista (LP) y otras dos pusieron a este a dos y tres puntos por delante respectivamente. Todos los sondeos ubican a ambas fuerzas en una faja entre 32 y 36 por ciento. Gracias al referendo de 2011, por primera vez se celebran elecciones en un día prefijado por ley con mucha anticipación, quebrando el privilegio gubernamental de sugerir a la reina la fecha de elecciones, pero dificultando también la disolución del Parlamento en caso de ruptura de la coalición de gobierno.
En el sistema electoral vigente, cada uno de los 650 distritos electorales elige un diputado según el sistema de "el primero se lleva todo". Las minorías quedan sin representación y se pierden muchos sufragios, de modo que la distribución de las bancas refleja sólo tendencialmente el resultado electoral. Aunque todos los partidos, excepto los conservadores, demandan que se introduzca la representación proporcional, en otro referendo en 2011 la mayoría se opuso.
Los grandes temas de esta campaña electoral son el déficit presupuestario, el aumento de impuestos a las grandes fortunas, la reforma del sistema de salud y el futuro de las relaciones con Escocia. Significativamente, ni las relaciones con la Unión Europea (UE), ni la inmigración ni la anunciada renovación de la flota de submarinos nucleares estacionados en Escocia han sido materia de discusiones relevantes.
Previsiblemente, ningún partido alcanzará la mayoría absoluta de 326 mandatos, por lo que debería formarse un gabinete de coalición o un gobierno minoritario apoyado desde el Parlamento. Podría continuar el actual gobierno CP-LDP (poco probable) o formarse un gobierno conservador minoritario. Es más difícil que David Cameron acceda a coaligar con el xenófobo Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), pero otros toriessí aceptarían girar aún más a la derecha. En caso de que Labour forme gobierno, en tanto, podría aliarse con el LDP o formar un gobierno minoritario con el apoyo de los regionalistas y los verdes.
En un escenario tan equilibrado, los conservadores precisan evitar la fuga de votos hacia el UKIP, mientras que los laboristas deben prevenir que los verdes y los nacioanlistas escoceses (SNP)les roben bancas. Aunque los nacionalistas ya han anunciado su apoyo a un eventual gobierno laborista, si estos no son mayoría, no podrán formar gobierno.
Tanto un gobierno minoritario como uno de coalición serán puestos a prueba por la agenda de los próximos años: pertenencia a la Unión Europea, inmigración, renovación de los submarinos nucleares Trident, mayor devolución a Escocia, mayores impuestos sobre las grandes fortunas, etcétera.
La alianza que forjó Thatcher entre un Partido Conservador neoliberal, el capital financiero concentrado, la Corona y la aristocracia militar rechaza toda reforma democrática, para no rendir cuentas. Los laboristas, por su parte, carecen de voluntad política; verdes y regionalistas no son alternativa. La salida más probable, entonces, se hallará hacia la derecha: un golpe de la City, una dura política hacia la UE o guerras importantes que despierten el fanático nacionalismo inglés. "Rule Britannia, rule!"

lunes, 6 de abril de 2015

Washington tambièn fue derrotado en Tikrit

OPINIÓN

Cálculo e incoherencia de ee uu en levante

Durante la batalla por Tikrit, la ciudad natal de Saddam Hussein recuperada de manos del Estado Islámico (EI), el pasado miércoles pasado la aviación de la coalición liderada por Estados Unidos estuvo mayormente ausente hasta la tercera semana, cuando ayudó a destrabar el bloqueo de la ofensiva, aunque algunas de sus bombas cayeron sobre las fuerzas iraquíes que pujaban por reconquistar la plaza. Hay quien dice que no fue un error y allí reside el enigma de la política norteamericana en Levante: ¿se trata de una genial estrategia para dividir y reinar o de la incoherencia de un imperio en crisis?
El triunfo iraquí tiene un doble valor estratégico: por un lado, con la liberación de la ciudad se abrió la ruta hacia Mosul, en el Norte. La tercera ciudad del país (hace un año tenía casi 2 millones de habitantes) es la mayor bajo control del EI. Por otro lado, la batalla fue principalmente ganada por el ejército iraquí con el apoyo de milicias chiítas y suníes con el asesoramiento de Quds, la brigada exterior de la Guardia Revolucionaria Iraní.
Vista en el contexto regional, la batalla verifica la cooperación fáctica entre EE UU e Irán, ya que el liderazgo central correspondió al general Kassem Soleimani, comandante de Quds. En un reportaje concedido el pasado 20 de marzo al Washington Post, el general retirado David Petraeus resumió la alarma de muchos jefes norteamericanos: "Las milicias chiítas representan la mayor amenaza a la estabilidad y al equilibrio de la región." Voceros oficiosos del Pentágono, a su vez, dudan de que las milicias chiítas tengan interés en liberar la mayoritariamente suní ciudad de Mosul. La propia incerteza revela hasta el corsé ideológico en el que Washington se encerró. En Irak siempre hubo diferencias étnicas y confesionales, pero se hicieron políticas cuando el Estado iraquí fue destruido en 2003. La alianza irano-iraquí y la coalición interconfesional que recuperó Tikrit, por el contrario, ayudan a recuperar la unidad nacional de Irak y a derrotar los planes de muchos –también del Pentágono– para dividir el país.
Otros grandes derrotados en la batalla de Tikrit han sido los saudíes y sus aliados del Golfo. Ya el pasado 5 de marzo el príncipe Saud al-Feisal, ministro de Exteriores de Ryad, declaró que "la situación en Tikrit demuestra que Irán está tomando el control del país".
Desde el punto de vista geopolítico, el acuerdo nuclear firmado esta semana con Irán indica que Washington reconoce a la República Islámica como un interlocutor regional garantizado por Rusia y China, pero no impide que siga tratando de reducir su influencia regional. En este sentido sirve a la política de dividir para reinar.
Lo mismo sucede con la tan proclamada escisión entre suníes y chiítas. Se trata de un recurso retórico que sirve a las poderosas cadenas de TV del Golfo para cimentar la lealtad (y el sometimiento) de sus poblaciones, pero no se corresponde con la realidad, como lo demuestran las alianzas pluriconfesionales e interétnicas que respaldan a los gobiernos de Siria, Irak y Yemen.
La estrategia divisionista se combina con la crisis del poder norteamericano por la competencia entre agencias gubernamentales y la división sectaria de EE UU. Por primera vez desde la Guerra Civil en el siglo XIX chocan allí visiones irreductibles sobre el futuro del país y su lugar en el mundo.
Ambas fracturas se expresan en órdenes contradictorias, comandos divididos y cambios repentinos de frente. Si bien este desorden permite a Barack Obama gobernar sin poder propio, difuminó el perfil de la política norteamericana hacia la región.
"A río revuelto, ganancia de pescadores" es la máxima que orienta a los actores en Levante. La falta de claridad sobre la estrategia de Washington los induce a subir sus apuestas. Nadie sabe hoy a ciencia cierta quién es EL aliado preferido de Estados Unidos y nadie está a salvo de que Washington, apostando a la división o por incoherencia, realice maniobras dañinas para sus propios aliados. En esas condiciones la sobrepesca puede agotar rápidamente el cardumen.