jueves, 17 de enero de 2019

A May sólo le interesa impedir a Corbyn

La elite británica juega a la ruleta rusa

Después de que Theresa May logró derrotar la moción de censura de los laboristas, el establishment prefiere un Brexit caótico a elecciones anticipadas
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
17 de enero de 2019
Eduardo J. Vior
El pasado miércoles 16 la primera ministra británica, Theresa May, superó por 19 votos la moción de confianza que presentó la oposición en el Parlamento británico tras el rechazo del martes al acuerdo sobre el Brexit firmado en diciembre pasado con la Unión Europea (UE). Aunque la jefa de gobierno promete seguir con el proceso de salida, viene aumentando la presión, para que el gobierno negocie con la UE una prolongación del plazo que vence el 29 de marzo y que durante ese lapso se celebre un segundo referendo. Esa presión, empero, busca también evitar que el jefe de la oposición laborista, Jeremy Corbyn, llegue al gobierno en la próxima moción de censura.
May sobrevivió la moción con 325 votos a favor y 306 en contra. Los parlamentarios del Partido Conservador y los unionistas de Irlanda del Norte (DUP) la sostuvieron, mientras que la moción presentada por Corbyn fue respaldada por todos los partidos opositores, incluidos el Partido Nacional Escocés (SNP) y los demócratas liberales.
Tras conocerse los resultados, la primera ministra declaró: “La Cámara ha expresado su confianza en este gobierno”. Y agregó que seguirá trabajando para cumplir “los resultados del referendo [de 2016] y abandonar la Unión Europea”. May invitó a todos los partidos a celebrar reuniones individuales con ella para avanzar en el camino hacia el llamado Brexit, pero los conminó a hacerlo con “espíritu constructivo”.
Antes del voto, el jefe laborista tildó de “zombi” al gabinete de Theresa May del que dijo que perdió el derecho a gobernar. Después del resultado, en tanto, señaló que, para poder mantener “debates positivos”, la primera ministra debe descartar un Brexit sin acuerdo. Su partido pretende presentar futuras mociones de confianza, aunque Corbyn está bajo presión de decenas de sus propios diputados que le piden que se una a la petición de un segundo referendo.
A esta presión se sumó ayer el Partido Nacional Escocés (SNP, por su nombre en inglés), que convocó a Theresa May y Jeremy Corbyn a apoyar la realización de un segundo voto que “tiene que estar en la agenda” de las conversaciones interpartidarias sobre las condiciones de la salida a las que ha llamado la primera ministra. “Si bien el SNP está comprometido a trabajar constructivamente con la primera ministra, declaró Ian Blackford, líder del bloque parlamentario escocés en Westminster, la exclusión de una salida sin acuerdo, la prórroga del plazo de salida previsto en el art. 50 del acuerdo y la realización de una segunda votación deben figurar en la agenda de las conversaciones”.
A pesar de la falta de apoyo parlamentario y del breve plazo que media hasta la fecha prevista para comenzar la salida de la Unión, el portavoz de May dijo el miércoles que el Reino Unido dejará el bloque en la fecha prevista del 29 de marzo. No obstante, la humillante derrota del martes, cuando el acuerdo con la Unión Europea fue masivamente derrotada por una diferencia de 230 votos, pareció poner fin a la estrategia de May en estos últimos dos años para forjar un divorcio amistoso, en el que un periodo de transición daría paso a una política comercial británica independiente, manteniendo vínculos estrechos con la UE.
Por lo pronto, Francia y Alemania avisaron el miércoles que no renegociarán el pacto alcanzado con Londres. La ministra francesa para Asuntos Europeos, Nathalie Loiseau, aseguró que Francia podría retrasar el Brexit, si así lo piden las autoridades en Londres, pero que no estaría dispuesta a renegociar el acuerdo. Por su parte, la Canciller alemana Angela Merkel dijo en una reunión a puerta cerrada de la Comisión de Exteriores del Bundestag que tampoco prevé que haya una renegociación del pacto alcanzado de diciembre pasado. Sin embargo, según informó Reuters, Merkel no descarta que se puedan producir clarificaciones en torno a algunos puntos de la relación futura de Reino Unido con la UE.
En junio de 2016 la mayoría de los electores británicos se pronunció a favor de la salida de la Unión Europea como rechazo al modo de actuar elitista e inconsulto de la UE. El voto antieuropeo fue también fogoneado por el Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP, por su nombre en inglés) y por numerosos oportunistas dentro del propio Partido Conservador, así como por grupos financieros especulativos. Sin embargo, nadie tenía un plan para el período post-referendo y el gobierno de Theresa May, que asumió después del voto, fue a negociar con sus pares europeos y con la UE, sin tener una idea clara de qué ofrecer y qué exigir. El resultado fue el acuerdo firmado en diciembre pasado con cláusulas contradictorias e insostenibles para la política británica.
Desde entonces chocan tres estrategias: el gobierno conservador defiende el acuerdo firmado y pretende que se implemente a partir del 29 de marzo próximo, aun sabiendo que el Parlamento no aprobará las leyes para ponerlo en práctica. Por el contrario, el líder laborista Jeremy Corbyn quiere llegar rápidamente al gobierno, para controlar la transición hacia la salida. Finalmente, fuerzas diversas (entre ellas también muchos laboristas) abogan por repetir el referendo, en la esperanza de que la mayoría del electorado se decida ahora por permanecer dentro de la UE.
Tanto la salida no reglada como la revisión del voto de 2016 ocasionarían graves desórdenes económicos y una fuerte pérdida de soberanía, pero la inmensa mayoría del establishment prefiere el suicidio a habilitar la llegada al poder del “populista” Corbyn. Mejor destruir el reino que democratizarlo.


martes, 15 de enero de 2019

Sólo los militares pueden controlar al presidente

El Ejército brasileño refrena a Bolsonaro

A cargo del arma más poderosa de América del Sur, los excamaradas del presidente quieren evitar que su aventurerismo embrete a Brasil en la competencia mundial
(Foto: AFP)
Eduardo J. Vior
Tiempo Argentino
13 de Enero de 2019
Cuando el pasado viernes 11 el general Eduardo Villas Bôas traspasó el comando del Ejército Brasileño (EB) al general Edson Leal Pujol (63), se completó la renovación generacional que dio el liderazgo del arma a oficiales de la promoción de 1977 de la Academia Militar de las Agujas Negras (AMAN), a la que también pertenece Jair Bolsonaro. Esta camada de oficiales tendría motivos para celebrar, pero sus representantes están hoy más preocupados que festivos, ya que el remedo de Frankenstein que han inventado está metiendo peligrosamente a Brasil en la competencia por el poder mundial.
Fue necesaria una fuerte presión militar, para que el nuevo presidente desistiera de instalar una base militar estadounidense en territorio brasileño, tal como propuso en su primera entrevista televisiva el pasado 3 de enero. La idea había sido aplaudida por el secretario de Estado de EE UU, Mike Pompeo, quien probablemente se lo solicitó cuando estuvo en Brasilia para la trasmisión del mando el pasado 1 de enero. Sin embargo, la agencia británica Reuters informó el 5 que los "militares de Brasil se encuentran intranquilos con la apertura de Bolsonaro a una base militar de EE UU", mientras que Folha de São Paulo citaba a un alto mando no identificado que cuestionaba la oportunidad de la propuesta y el ministro de Defensa, general Fernando de Azevedo, manifestaba sus reservas al diario Valor Económico.
Junto con los generales Paulo Humberto de Oliveira (comandante de Operaciones Terrestres y desde diciembre pasado jefe del Estado Mayor del Ejército), Mauro Cesar Lourena Cid (jefe del Departamento de Educación y Cultura) y Carlos Alberto Barcellos (comandante de Logística), el general Pujol forma un cuarteto de miembros de la promoción 1977 que asesoran estrechamente a Bolsonaro.
Sin embargo, precisamente por su enorme cercanía al presidente buscan limitar el compromiso del EB con el gobierno. Por ello se inquietaron mucho ante el anuncio presidencial.
La solicitud norteamericana responde a un cálculo miope. Si bien la idea es antigua, el Pentágono se exasperó cuando en diciembre pasado los "cisnes blancos" rusos (dos bombarderos estratégicos con capacidad nuclear que volaron casi diez horas y 12 mil kilómetros) visitaron Venezuela y regresaron a su hogar cinco días después, demostrando que podrían retornar fácilmente en caso de ataque al país caribeño. Para controlar este riesgo, los norteamericanos quieren sumar una base en Brasil a las que ya tienen en Colombia, Perú y Guyana. Sin embargo, como señala el mexicano Alfredo Jalife Rahme, "los militares de EE UU no podrían confrontar un ataque hipersónico a través de Sudamérica". El cohete de ese tipo Avangard, que acaba de ser probado a una velocidad de 30 mil km/h y con una trayectoria multivariable que horada cualquier defensa enemiga en cualquier punto del planeta, podría atacar a EE UU desde la Antártida o desde Venezuela, sin que su defensa antiaérea pueda detenerlo. Los generales brasileños conocen esta debilidad estratégica de Estados Unidos y no quieren convertir a su país en blanco de un ataque ruso.
Por el propio despliegue territorial del arma, su doctrina y sus necesidades de equipamiento, la cúpula militar brasileña rechaza el alineamiento automático con EE UU que postulan los neoliberales en el gobierno, aunque nadie suponía que las diferencias saldrían tan pronto y tan abiertamente a la luz. Las profundas diferencias en el seno del gobierno y el aventurerismo del presidente permiten prever una sucesión de pequeñas y grandes crisis más o menos ruidosas que generarán fracturas tanto mayores en las fuerzas armadas cuanto más estrecha sea su identificación con el gobierno. El próximo corticuito se producirá entre Pujol y el ultraliberal ministro de Economía, Paulo Guedes, que está decidido a incluir a los militares en la reforma previsional, algo a lo que los uniformados rechazan de plano. Al llevar a Jair Bolsonaro a la Presidencia, el Ejército Brasileño se ha aventurado en aguas peligrosas en las que se hundirá cada vez más. Hasta qué punto lo haga y cómo saldrá de la trampa en la que se metió solo es el tema central del futuro inmediato.

Un comandante prudente
El pasado viernes 11 el general de ejército Edson Leal Pujol (1955) asumió el Comando del Ejército Brasileño (EB), cargo que le correspondió por ser el general más antiguo. Hasta entonces era jefe del Departamento de Ciencia y Tecnología del arma. Hijo de militar, se formó en liceos militares, hasta entrar en 1977 a la Academia Militar de las Agujas Negras (AMAN), en Río de Janeiro, donde convivió con Bolsonaro y los principales integrantes del Alto Comando actual. Pasó por varios comandos en el país y en el exterior (Haití), y de 2014 a 2015 coordinó el Gabinete de Seguridad Institucional de la Presidencia. De enero de 2016 a abril de 2018 dirigió el Comando Militar del Sur, en Porto Alegre, para luego ocupar el cargo que acaba de dejar.
Pujol está considerado como "liberal", porque defiende la legalidad y rechaza toda intervención extraconstitucional del Ejército. Su imagen es la de un anticomunista, cristiano devoto, conciliador y discreto. Pronto se verá si estas virtudes lo ayudan a moderar a su excompañero de la promoción 1977.

domingo, 6 de enero de 2019

Bolsonaro lleva el Continente al desastre

Se profundiza la crisis brasileña

(Foto: AFP)
por Eduardo J. Vior
Tiempo Argentino
6 de Enero de 2019

A Jair Messias Bolsonaro le gusta que lo llamen "el Trump de los trópicos". Admira la figura y performance de su colega, pero su política recuerda más a la República oligárquica (1889-1930) que al imperialismo plebeyo de Trump.
Embretado entre tecnócratas ultraliberales, pastores evangélicos proisraelíes y militares conservadores, el recién ungido mandatario cambia de posición todos los días. Por ejemplo, sobre la reforma previsional. Esta moderación contraería la demanda de los fondos de inversión, pero responde a la opinión mayoritaria. No obstante, el mandatario anunció en la misma entrevista que analiza eliminar la Justicia laboral. Durante la entrevista Bolsonaro también confirmó que privatizará aeropuertos, puertos y ferrocarriles y tampoco descartó discutir "en un futuro" la instalación en territorio brasileño de una base militar de EE UU.
Desde que subió al gobierno el presidente cambió asimismo su posición sobre la fusión de Embraer con Boeing, que promovía durante la campaña electoral. Los reparos de la Fuerza Aérea parecen haberlo convencido de la necesidad de moderar dicha asociación.
Similar distancia entre la retórica electoral y la práctica presidencial pudo observarse el viernes en la declaración del Grupo de Lima que tachó de su comunicado la amenaza de invasión a Venezuela. El documento aprobado por 13 de los 14 miembros (México se opuso) desconoce la elección de Nicolás Maduro como presidente y le pide que no asuma este 10 de  enero, pero omite referirse a la intervención militar. Es que el Ejército brasileño respalda las presiones contra Caracas, pero rechaza intervenir allí.
El realismo también primó en la suspensión del traslado de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Precisamente, Benjamín Netanyahu acudió a la investidura de Bolsonaro, para simbolizar la alianza privilegiada con el nuevo gobierno, pero los países árabes compran el 40% de las exportaciones de carne bovina brasileña, un negocio de unos 7100 millones de dólares anuales que la ministra de Agricultura, Tereza Cristina, lobbista de los grandes conglomerados agropecuarios, no estaba dispuesta a perder... y ganó.
Tampoco resultará tan fácil romper el Mercosur, como pretende el ministro Paulo Guedes. El canciller Eduardo Araújo pretende volver a la diplomacia de 1900, cuando Brasil privilegiaba la alianza con EE UU y Chile para aislar a Argentina, pero a Brasil no le resultará sencillo imponer sus fantasías hegemonistas sobre sus vecinos suramericanos.
Entre tanto, en una entrevista con Folha de São Paulo, el general Edson Leal Pujol, quien el próximo 11 de enero asumirá el comando del Ejército, consideró negativa la participación de los militares en política y rechazó su involucramiento en la lucha contra la criminalidad.
El programa y la coalición de gobierno de Jair Bolsonaro apuntan a retornar a la República oligárquica, basada en la exportación de commodities y sin derechos laborales ni sociales. Sin embargo, cada una de las heterogéneas fuerzas participantes tiene intereses y proyectos propios. Si Bolsonaro quiere sobrevivir y hasta reelegirse, deberá ceder a presiones encontradas, saltando de crisis en crisis. Si no hace concesiones y pretende imponer su visión ideológica, sólo apresurará la fractura. Brasil ha entrado en un curso zigzagueante que afectará a todo el continente. «

viernes, 4 de enero de 2019

Brasil retrocede a 1900

La política exterior de Bolsonaro atrasa un siglo

Al alinearse automáticamente con EE.UU. e Israel, el nuevo gobierno subraya su política colonial, su hegemonismo en América Latina y su rivalidad con Argentina

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
4 de enero de 2019

Luego de reunirse el miércoles 2 en Brasilia con el secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo, el presidente brasileño Jair Bolsonaro festejó que su país y EE.UU. “hayan dejado de ser enemigos”. Según el mandatario, el eje en formación entre Washington, Tel Aviv y Brasilia estaría iniciando un nuevo período en la historia de la política exterior de Brasil. Sin embargo, tan nuevo no es, ya que repite el estrecho vínculo que la República oligárquica tuvo con Estados Unidos entre 1889 y 1930. La “nueva” política exterior brasileña atrasa cien años, pero va a dañar severamente las relaciones regionales.
Las declaraciones de Bolsonaro del miércoles tocaron las mismas cuerdas que su discurso de asunción del mando del martes 1º y en éste resonaron los ecos de su campaña electoral: “Dios por encima de todo”, orden social, un sistema educativo “sin militancias”, combate a la “ideología de género”, el derecho a armarse en defensa propia, la autorización a las policías para usar la violencia sin control, “la lucha contra la corrupción”, “las reformas estructurales” (neoliberales), el equilibrio fiscal y liberar el comercio internacional “sin sumisiones ideológicas”.
La mención al libre comercio fue acompañada por una promesa de defensa del “interés nacional”. En esta coincidencia discursiva radica el nudo ideológico del bolsonarismo entre un ala ultraliberal liderada por el economista Paulo Guedes y otra militar, si bien no nacionalista, defensora del poder del Estado.
Al poner en funciones al nuevo ministro de Defensa, Fernando Azevedo e Silva, el mandatario se dirigió al todavía jefe del Ejército, el general Villas Bôas, reconociendo que sin su ayuda nunca habría llegado al Planalto. Probablemente, se refería a la presión que las fuerzas armadas ejercieron sobre el Supremo Tribunal Federal (STF), para que prohibiera toda participación pública de Lula durante la campaña electoral.
Los militares, o más específicamente el Ejército, son nuevamente el “partido” más poderoso de Brasil, con seis miembros del gabinete, incluyendo al vicepresidente, el general Hamilton Mourão, desde el que buscan limitar la apertura comercial con el apoyo de la industria no paulista y las privatizaciones que se propone realizar Guedes. Por lo pronto, ya le prohibieron meterse con las actividades de exploración y explotación de Petrobras. Para destacar su perfil, Mourão publicó el miércoles también un tuit en el que aparece reunido con representantes de la Cámara de Comercio China. El gigante asiático es el principal destino de las exportaciones brasileñas y sus empresas desean invertir en infraestructura y energía.

Guedes, por el contrario, presenta las privatizaciones como instrumento, para que lleguen inversiones externas y que el Estado recaude fondos, para cancelar deuda. Ahora bien, si el superministro económico no puede operar el corazón de la petrolera controlada por el Estado, el cumplimiento de sus metas queda severamente cuestionado. En esta puja se dirimirá la suerte del bolsonarismo.
Aunque se prevé la reacción de las izquierdas y los movimientos sociales contra la cruzada reaccionaria, en la primera etapa los conflictos más agudos van a darse entre el gobierno y sus aliados por la definición del rumbo.
En su discurso inaugural el nuevo ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, hablando ante el más alto personal de Itamaraty, hizo una proclama mesiánica y condenó la globalización, pero no recibió aplausos. Es que el cambio de rumbo es muy evidente. La nueva/antigua política exterior de Brasil puede definirse por la aparente contradicción entre “americanismo” y “desamericanización”.Por “americanismo” se entiende el alineamiento con Estados Unidos, como tuvieron la “República vieja” (1889-1930) y el gobierno del Mariscal Humberto Castelo Branco (1964-67) en el inicio de la dictadura militar. La “desamericanización”, en tanto, es la contracara de la misma política. Originada en la época del Imperio, esta idea propone el distanciamiento de Brasil de América Latina, su desconfianza hacia las ideas y propuestas de sus vecinos hispanoamericanos y una política hegemonista en las cuencas del Amazonas y del Plata. En esta línea deben entenderse las críticas de Bolsonaro al Mercosur.
La reconstitución del eje Washington-Brasilia, con el añadido de la alianza privilegiada con Israel (motorizada por los pentecostales), sin dudas reordenará el escenario regional y tendrá implicaciones globales. Desde que llegó Trump a la Casa Blanca, la política estadounidense hacia América Latina se ha centrado en contrarrestar la expansión de China y Rusia. Un mayor acercamiento a Estados Unidos tendrá, asimismo, peligrosos efectos sobre la seguridad regional. Muy probablemente Bolsonaro profundice la cooperación con EE.UU. en el uso de la base aeroespacial de Alcântara y en la realización de ejercicios conjuntos en la Amazonía. Si a ello se suma la militarización de la seguridad interior, Brasil se transformará, junto con Colombia, en uno de los principales socios de Washington en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.
De igual forma, el alineamiento con Estados Unidos despierta interrogantes sobre la actitud ante Venezuela. Se descuenta que el nuevo gobierno propondrá más sanciones y apostará por un mayor aislamiento de Caracas, pero, en tanto Trump pueda controlar a sus fuerzas armadas y el alto mando brasileño mantenga la línea del saliente comandante Villas Bôas, es difícil que ambas potencias cedan a la presión colombiana para invadir el país caribeño.

lunes, 24 de diciembre de 2018

La retirada de Siria cambia las reglas del juego

El repliegue de EE.UU. desplaza el conflicto mundial

Al retirar sus fuerzas de Siria y Afganistán y aceptar la tregua local en Yemen, tras la renuncia del secretario de Defensa Trump desplaza la confrontación a América y Asia
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
23 de diciembre de 2018
Eduardo J. Vior
Las decisiones del presidente norteamericano de retirar sus tropas de Siria, reducir sus efectivos en Afganistán y avalar el cese del fuego en el puerto de Hodeida, Yemen, provocaron la renuncia del secretario de Defensa, general James Mattis. Por sus implicaciones y alcances la triple decisión se asemeja al retiro estadounidense de Vietnam en 1973. Entonces, como ahora, el Imperio se retiró para concentrar sus fuerzas y contraatacar.
El pasado jueves 20 el jefe del Pentágono anunció que abandonaría el cargo a finales de febrero por sus diferencias estratégicas con el presidente. “Porque usted tiene el derecho de tener a un Secretario de la Defensa cuyos puntos de vista estén mejor alineados con los suyos, creo que es correcto que yo me retire de mi cargo”, informó Mattis en una inusualmente dura misiva dirigida al mandatario.
Mattis pertenece al grupo de los militares globalistas que acompañaron a Trump al inicio de su administración y condicionaron su política. Luego de la salida del general MacMaster, a fin de año se retira Kelly y dos meses después Mattis. Todavía queda el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, quien, aunque civil, sigue abanderando el globalismo más agresivo.
Según diversas versiones, la decisión de abandonar Siria fue tomada unilateralmente por Trump. El presidente justificó la salida de Siria en el “triunfo” que los 2000 efectivos de las fuerzas especiales habrían alcanzado sobre el Estado Islámico (EI). Sin embargo, está demostrada la ineficiencia de sus tropas, cuando no su falta de voluntad para combatir a los terroristas. Más bien las fuerzas especiales de EE.UU. se concentraron en proteger a las milicias kurdas que ocupan el tercio norte del territorio sirio.
En lo inmediato el presidente sacó las conclusiones correctas de la aplastante superioridad estratégica rusa entre el Éufrates y el Mediterráneo. Siria recibió recientemente entre seis y ocho baterías de misiles antiaéreos rusos S-‎‎300/PMU2, con un radio de acción de 250 kilómetros, para proteger su aviación y sus instalaciones militares. Más importante aún es la implementación en el país árabe del sistema ruso de gestión automatizada del espacio aéreo Polyana D4M1, que coordina la defensa antiaérea con la aviación. ‎‎Polyana D4M1 puede abarcar 800 kilómetros cuadrados, seguir ‎simultáneamente 500 objetivos para la aviación y la cohetería y ordenar a la vez el derribo de 250 ‎blancos. Gracias a este sistema los mandos de la aviación siria reciben ‎también informaciones de los aviones rusos de control radioeléctrico A-50U y de los satélites rusos de vigilancia. ‎Desde el despliegue de las nuevas baterías las incursiones aéreas occidentales se redujeron en 80%. Los aviones israelíes cesaron de sobrevolar territorio sirio desde el 18 de septiembre.
Más allá de la superioridad tecnológica rusa, equiparar este desarrollo habría obligado a EE.UU. a un despliegue gigantesco de fuerzas imposible de justificar en el momento actual.

Algo similar sucede en Afganistán donde, después de 17 años de guerra continuada, los talibanes han avanzado hasta convertirse en unidades altamente tecnificadas capaces de coordinar acciones simultáneas en gran parte del territorio. Como al mismo tiempo los respalda el histórico patriotismo de su pueblo, es imposible que la coalición occidental y sus aliados locales puedan vencerlos. Por esta razón, el presidente ha ordenado también el retiro de 7.000 efectivos en los próximos meses, casi la mitad del total de los norteamericanos involucrados allí.
Las repentinas decisiones de Donald Trump, sin consultar ni informar a sus aliados occidentales ni a los locales, es especialmente un duro golpe para Gran Bretaña, segundona en ambos frentes de batalla y con intereses propios en el Oriente Medio ampliado. Para reafirmarlos, el secretario británico de la Defensa, Gavin Williamson, viajó urgentemente a Kiev el pasado viernes 21. Durante su visita aseguró a sus anfitriones que el Reino Unido no aceptará que el Mar Negro caiga bajo exclusivo control ruso. Para respaldar su declaración, la Royal Navy envió el buque de reconocimiento HMS Echo que el secretario visitó en el puerto de Odessa. Williamson respaldó la posición ucraniana, después de que el mes pasado tres navíos de ese país quisieron forzar el paso por el estrecho de Kerch, entre Crimea y el continente, y fueron abordados por buques rusos.
El viernes asimismo el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó unánimemente encomendar a un equipo de la organización el monitoreo por 30 días del alto el fuego acordado hace pocos días entre la resistencia yemenita y las fuerzas de la coalición internacional liderada por Arabia Saudita en el puerto de Hodeida, en el norte de Yemen. Para que la unanimidad fuera posible, ante la presión rusa la delegación norteamericana debió renunciar a un pasaje de la enmienda que propusiera al borrador presentado por los británicos, en la que acusaba a los iraníes de violar la prohibición de enviar armas a los defensores del puerto.
No sólo es importante que la resolución haya sido adoptada unánimemente, sino también que haya tenido el apoyo de sauditas y emiratíes, los principales involucrados en la invasión al país surarábigo, y que Washington haya cedido ante la defensa rusa de la posición iraní. Evidentemente, también aquí el presidente Trump retrocede y hace gestos de paz a su par ruso.

Las concesiones del mandatario norteamericano no son una muestra de debilidad sino de realismo. Desde 2002 los Estados Unidos se han involucrado entre Libia y Afganistán, entre el Cáucaso y el Océano Índico, en un sinnúmero de guerras y conspiraciones en las que –siguiendo la teoría del almirante Arthur Cebrowski (1942-2005)- buscaban destruir los estados nacionales de la región, para hacerla más fácilmente dominable, debilitar la influencia de Rusia y China y poner sus recursos naturales a disposición de las grandes corporaciones. Más allá de los enormes destrozos humanos y materiales provocados, los militares estadounidenses han fracasado: Irán no ha caído, Irak se reconstruye, Siria ha vencido y Rusia y China tienen más influencia regional que antes.
De la derrota Donald Trump ha sacado las conclusiones correctas. Por eso ahora retira las tropas, para concentrar fuerzas y consolidar la defensa de sus principales áreas de dominio: Asia Oriental, Europa y América Latina. Nuestro problema es pertenecer a la tercera de ellas. El fin de la gran guerra del Medio Oriente es el comienzo de un nuevo round por el dominio mundial.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Se asoma un desconocido nuevo orden mundial

Aún no se sabe quién heredará a los globalizadores

En EE.UU., Gran Bretaña, Francia y Alemania el neoliberalismo se está retirando, pero ofreciendo resistencias. La lucha por su sucesión está abierta y el futuro es incierto.
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
14 de diciembre de 2018
Eduardo J. Vior
En ambas márgenes del Atlántico Norte 2018 se cierra ante un horizonte de ríspidas batallas políticas y sociales. Heterogéneas coaliciones de masas buscan recuperar sus estados para imprecisos imaginarios nacionales, mientras que fuerzas competitivas buscan adueñarse del timón de esos sueños. Según quien triunfe, será el perfil del mundo venidero.

Cuando en la elección legislativa del pasado 6 de noviembre los demócratas conquistaron la mayoría de la Cámara de Representantes, estaba claro que aprovecharían las facultades que les da la Constitución para iniciar el juicio político al Presidente. Para ello necesitan que la Justicia les brinde suficientes evidencias sobre el mandatario. El fiscal especial Robert Mueller, que investiga al presidente desde que asumió el mando, está ansioso por ofrecerlas, pero todavía no tiene suficientes.
El pasado miércoles 12 por la tarde una corte federal de Manhattan condenó a Michael Cohen, quien durante mucho tiempo fue el abogado y persona de mayor confianza de Donald Trump, a una pena de prisión de tres años por haber tratado de comprar el silencio de dos mujeres que mantuvieron hace años relaciones sexuales con el actual presidente. Sin embargo, aunque colaboró con el tribunal, a Cohen se le negó la indemnidad. Ante la corte el abogado de 52 años asumió la responsabilidad por sus delitos diciendo que su deber era servir a Trump y “encubrir sus sucias acciones”.
En esta macroinvestigación dirigida por el procurador especial Robert Mueller el presidente enfrenta tres posibles acusaciones. Si bien el proceso se originó en la sospecha sobre su probable connivencia con agentes rusos para dañar la imagen de Hillary Clinton durante la campaña electoral, éste es el cargo menos sólido. La segunda acusación –ya más consistente- es que el mandatario mintió ante los investigadores y presionó al FBI para frenar la pesquisa, según lo acusa el desplazado jefe de la institución James Comey. La tercera inculpación (el pago a las dos mujeres), a su vez, ya está probado. ¿Qué puede pasar ahora?
Los pagos ilegales a las dos mujeres configuran un delito, pero solamente mediante el juicio político se puede sentar a Trump en el banquillo de los acusados. Como mayoría en la cámara baja, a partir de enero la oposición podría impulsar el proceso, aunque difícilmente ganaría en el Senado, de mayoría republicana. Sin embargo, los demócratas dudan de la conveniencia de basarse sólo en este cargo. Por el contrario, si se demostrara que Trump colaboró con el Kremlin o que obstruyó a la justicia, el panorama mudaría.
Mediante su política nacionalista y su férrea voluntad de poder, Donald Trump ha arrinconado al globalismo, pero ha abierto la puerta a toda suerte de aventureros que se consideran llamados a asaltar el poder y tendrá que librar duras batallas para llegar en 2020 a la reelección.
El acuerdo entre el Reino Unido y la Unión Europea no avanzó un paso, pero la primera ministra Theresa May sigue en su puesto, después de que los conservadores eurófobos fracasaran en su intento de sacarle la jefatura del Partido. En la mañana del miércoles los rebeldes presentaron una moción interna de censura contra la jefa del bloque parlamentario y primera ministra, pero 200 legisladores la respaldaron contra 117. Con esta victoria May puede seguir liderando el partido para los próximos 12 meses, pero carece de mayoría parlamentaria, porque –si se diera en los Comunes una votación sobre el Brexit, los rebeldes se manifestarían contra su jefa. Por esta razón, May confirmó también que no liderará a su partido en la elección parlamentaria de 2022, aunque se negó a confirmar, si continuará en el gobierno después de que el Brexit entre en vigor en marzo de 2019.
El tema de fondo sigue irresuelto. El acuerdo que May alcanzó con la UE en noviembre solo tendrá vigencia si el parlamento lo aprueba antes del 21 de enero, la fecha más tardía para empezar a votar las leyes necesarias para organizar la salida de la Unión. La votación debía hacerse el martes pasado, pero el lunes la primera ministra la suspendió ante la perspectiva de una gran derrota. Por eso pasó el martes recorriendo infructuosamente el continente, para pedir ayuda. Sin emabrgo, la UE se apresuró a avisar que el acuerdo era “el mejor posible” y que es inmodificable.
Los eurófobos denuncian que el acuerdo es una trampa para que no haya Brexit, porque permite mantener indefinidamente las regulaciones europeas en Irlanda del Norte, que tiene frontera seca con la República de Irlanda, rompiendo así la unidad del Reino. Hasta la votación puede suceder de todo, incluso que la oposición presente una moción de censura a la primera ministra, como el Partido Nacionalista Escocés pidió al laborismo. Si Corbyn finalmente se decide a presentarla, necesita el apoyo de dos terceras partes de la Cámara para que caiga May, pero si gana sólo por mayoría simple, la primera ministra tendría 15 días para formar una nueva alianza de gobierno. Si no lo logra, la tarea pasará al laborismo que deberá buscar para ello una mayoría parlamentaria.

Entre tanto, a pesar del atentado terrorista que el martes pasado costó la vida a tres personas y dejó otros trece heridos en el mercado navideño de Estrasburgo, Francia se prepara para un nuevo fin de semana de protestas de los Chalecos Amarillos. En una conferencia de prensa dada en la sala del Juego de Pelota de Versailles, donde en junio de 1789 el Tercer Estado se constituyó en Asamblea Nacional, Maxime Nicolle y Priscillia Ludosky (voceros del movimiento) desestimaron el discurso que el presidente Emmanuel Macron dio el lunes pasado y convocaron a movilizarse “más que nunca” este 15 de diciembre. Ambos exigieron al gobierno que baje ampliamente los impuestos y convoque a referéndum, cuando la población lo reclame.
Ante la eventualidad de que se produzcan nuevos y violentos choques como los del sábado pasado, Benjamin Griveaux, vocero del Elíseo, declaró el jueves que el gobierno “por ahora” no piensa prohibir la manifestación del sábado, pero que apela a la “razonabilidad” de los movilizados.
Después del golpe terrorista del martes a la noche la oposición, que hasta ahora apoyaba unitariamente a los manifestantes, se dividió. Por la derecha, Laurent Wauquiez, presidente de Los Republicanos, pidió que se suspenda la protesta del sábado próximo. Una posición similar adoptó Marine Le Pen.
También la izquierda está dividida. Mientras que Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa, acusa a los partidos del régimen de instrumentalizar el atentado contra la movilización de abajo, el disminuido grupo socialista en la Asamblea Nacional abogó por suspender la manifestación.
Apoyado por un abanico variopinto de fuerzas políticas, el movimiento de los Chalecos Amarillos ha expresado hasta ahora la veta popular del nacionalismo francés, oponiendo una cierta idea plebeya de Francia al aristocratismo de Emmanuel Macron, mientras que los partidos establecidos, intelectuales y medios boquean en busca de respuestas.

En Estados Unidos el nacionalismo trumpista ha vencido al globalismo neoliberal, pero éste se venga ahora promoviendo el juicio político al presidente. En Gran Bretaña, en tanto, Theresa May busca salvar la centralidad de la City de Londres en la economía financiera europea y evitar un voto parlamentario de desconfianza que podría llevar a los laboristas de Jeremy Corbin a Downing Street 10. En Francia, a su vez, republicanos de izquierda y de derecha se disputan la dirección de un nuevo movimiento nacional anti-UE.
Se podría seguir la lista: procesos similares se dan en Alemania, Italia, España, Hungría, Polonia, la República Checa, etc. La globalización ha terminado y los nacionalismos pujan por sucederla, a su vanguardia el norteamericano. Pero nadie sabe para dónde ir. Antes de que el globalismo esté enterrado, la lucha por su sucesión desgarrará a los países centrales del viejo sistema.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

EE.UU. venció por puntos

G20: Ganó Trump y China sacó provecho

Voces del Mundo
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Telma Luzzani
La cumbre del G20 en Argentina (118)
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"En lo inmediato ganó Donald Trump: consiguió que los chinos se avengan a una negociación con EEUU. Pero también ganó China, que se integra en la transición política planteada por su gobierno de pasar de una economía de exportación a una de consumo", señaló el historiador y analista Eduardo J. Vior. América Latina se quedó con las manos vacías.
Los presidentes de EEUU, Donald Trump, y China, Xi Jinping, llegaron a una tregua en su guerra comercial. El escenario fue la cumbre del G20 en Buenos Aires, Argentina, desarrollada el viernes y sábado pasados, donde ambos líderes acordaron una tregua para no imponer nuevos aranceles a las importaciones de sus productos.
Vior, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Heidelberg, analizó además las consecuencias de la tregua comercial entre Washington y Beijing para el Cono Sur.
"Los primeros que perdieron son Brasil y Argentina, porque si China compra más commodities a EEUU, como se ha anunciado ahora con la soja, por ejemplo, dejan de comprar a Brasil y Argentina. En el caso de Brasil llegó a Buenos Aires sin nada, porque dentro del equipo de transición entre el saliente Michel Temer y el electo Jair Bolsonaro no hay acuerdo sobre la línea de política exterior. En el caso argentino, lo que ha hecho el gobierno es someterse a la posición norteamericana, al no acordar inversiones en infraestructura con los rusos y los chinos", sostuvo Vior.
Presidente de EEUU, Donald Trump, y presidente de China, Xi Jinping (Archivo)

Finalmente, cuestionó la efectividad de la cumbre, un mero pretexto para que los líderes de cada país concreten reuniones bilaterales —según observó-, y describió la situación doméstica de los mandatarios. "Trump tiene que afrontar el cierre de una planta General Motors en EEUU. Theresa May vuelve a Londres y se someterá al voto del Brexit donde tiene oposición laborista pero también de su propio Partido Conservador. En Francia, Macron tiene que resolver el tema de los "chalecos amarillos", que es también el tema del desgaste y la ruptura de su bloque en la Asamblea Nacional. Vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza. Hay que ver qué pueden capitalizar, nadie va a darles crédito por lo que ocurrió en Buenos Aires", apuntó, señalando que de fondo lo que está en crisis es la multilateralidad y la globalización, que eran el escenario que daba sentido al G-20.