viernes, 26 de octubre de 2018

Brasil pone a todo el continente en peligro

La dictadura bolsonarista puede destruir Suramérica

Al instaurar su planeado régimen autoritario, Jair Bolsonaro no podrá mantener la heterogénea alianza que lo sostiene y agudizará las tensiones internas y externas
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
24 de octubre de 2018
Eduardo J. Vior
Después de que el manifiesto de Jair Bolsonaro en el acto del pasado domingo 20 en la Av. Paulista de São Paulo confirmó que planea instaurar una dictadura y de que las últimas encuestas hicieron previsible su triunfo sobre Fernando Haddad el próximo domingo 28, las especulaciones de los analistas se dirigen a prever el curso de su probable gobierno.
Cuatro ejes se perfilan claramente en la futura acción internacional del presidente Bolsonaro. En primer lugar, afianzará estrechos vínculos diplomáticos e ideológicos con los gobiernos de EE.UU. e Israel, segundo, en su ofensiva contra Venezuela puede llegar hasta la agresión militar. En tercera instancia, en América del Sur aspira a formar con Argentina, Paraguay, Chile y Colombia una alianza de gobiernos conservadores. Finalmente, si bien ha dicho que no piensa retirar a su país del Mercosur, pretende “desideologizarlo”.
Sin esperar a que el domingo próximo las urnas lo confirmen, el candidato ultraderechista ya llamó el pasado martes 16 a Mauricio Macri, para ratificar la “relación estratégica” entre Brasil y la Argentina. El sábado último también se comunicó con el presidente paraguayo Mario Abdo Benítez, a quien le expresó su deseo de fortalecer las relaciones bilaterales. En tanto, en su casa de Río de Janeiro recibió también a los senadores chilenos Jacqueline van Rysselberghe y José Durana, de la base parlamentaria del gobierno de Sebastián Piñera quien ya había manifestado públicamente su apoyo al futuro superministro económico de Bolsonaro, Paulo Guedes, quien, tras formarse en la Universidad de Chicago con Milton Friedman, durante la dictadura de Augusto Pinochet fue profesor en la Universidad de Chile. Según fuentes de la campaña, se espera que en los próximos días Bolsonaro también converse con Piñera y con el presidente de Colombia, Iván Duque.
El Mercosur no es mencionado en el programa electoral del candidato, que sólo apunta a una reforma de Itamaraty y, en general, a profundizar la integración con los países latinoamericanos “que estén libres de dictaduras”. En cambio, sí ha destacado que pretende forjar un alineamiento más firme con Washington e intensificar la colaboración y el comercio con Israel, Corea del Sur e Italia (ya está en comunicación con el viceprimer ministro italiano, el ultraderechista Matteo Salvini).
Aunque ya tiene un equipo que está elaborando los lineamientos de la política exterior, todavía no ha decidido, si para ejecutarla designará a un político o a un diplomático de carrera. Entre las opciones “políticas” suena mucho la senadora Ana Amélia Lemos, del Partido Progresista, ex compañera de fórmula de Geraldo Alckmin. Actual titular de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, luego de la primera vuelta se apresuró a respaldar al aspirante del PSL. De ser nombrada, sería la primera mujer canciller en la historia de Brasil.
Otro nombre político que se baraja es el del empresario Luiz Philippe de Orléans e Bragança, diputado electo por el PSL por São Paulo y heredero de la familia imperial derrocada en 1889. El Príncipe (como lo llaman) quiere revisar la estructura del Mercosur e impulsa la firma de acuerdos bilaterales de libre comercio, como el que acaban de negociar Brasil y Chile.
Entre las alternativas diplomáticas, en tanto, uno de los favoritos sería el embajador Ernesto Fraga Araújo, actual director del Departamento de Estados Unidos y Canadá de Itamaraty, firme defensor de Bolsonaro e impulsor de una “relación carnal” con Washington. Otras posibilidades profesionales serían el embajador Luiz Fernando Serra y tres mujeres embajadoras de alto perfil: María Luiza Ribeiro Viotti (actual jefa de gabinete del secretario general de la ONU, Antonio Guterres), María Nazareth Farani de Azevedo (representante permanente de Brasil ante la ONU en Ginebra) y María Dulce Silva Barros (subsecretaria general de Comunidades Brasileñas y Asuntos Consulares y Jurídicos en Itamaraty).
Por la conformación de su base de apoyo, da la impresión de que la política exterior de Bolsonaro oscilará entre el ideologismo, la demagogia y los intereses contrapuestos del Ejército, los grupos financieros, los terratenientes exportadores y los industriales de São Paulo, donde están las mayores industrias exportadoras del país, especialmente la automotriz. Indudablemente, Brasil buscará imponer a sus vecinos acuerdos comerciales desiguales, intervendrá en sus asuntos internos aplicando presión militar (especialmente en la Cuenca del Plata), probablemente entregue a Estados Unidos la base aeroespacial de Alcántara, en el nordestino Estado de Maranhão, y financiará la expansión de sus iglesias pentecostales allende las fronteras. Sin embargo, si se embarca junto con Washington y Bogotá en una intervención militar contra Venezuela, provocará un conflicto bélico de larga duración y amplio alcance, que fracturará el continente e involucrará también a Bolivia, Nicaragua, Cuba, Rusia, Irán y China.
Como el Ejército brasileño se concibe a sí mismo como pilar y equilibrador del Estado, en principio no es previsible que quiera meterse en un conflicto armado de grandes proporciones, antes de “reordenar” el escenario interno en el sentido propuesto por el “Grupo Brasilia” (equipo cívico-militar liderado por el general Augusto Heleno que se viene reuniendo en Brasilia desde hace un año, para planificar el futuro gobierno): combate a la corrupción y a la criminalidad, represión de los movimientos sociales y de la izquierda, disciplinamiento de los trabajadores y relanzamiento del crecimiento económico.
Sin embargo, a pesar de la confianza que los medios conservadores y liberales y los grandes grupos financieros tienen en que el superministro Paulo Guedes y los militares “moderen” a Bolsonaro, éste es un delirante paranoico, megalómano y místico. Cuando haya que comenzar a repartir los escasos recursos del Estado, la heterogénea alianza que lo está llevando al poder fracturará. Rupturas, enfrentamientos y persecuciones dentro de la elite serán entonces moneda corriente. Si por el desgobierno la crisis se agudiza, no sería raro que el presidente mesiánico intente imponer una dictadura personal con ayuda de las milicias evangelistas, los parapoliciales y las fuerzas de choque de los terratenientes. En ese contexto, también puede ocurrírsele invadir Venezuela, para coronarse como nuevo emperador de los trópicos.
El domingo próximo marcará el comienzo de una época tan negra de la historia suramericana, como no la hemos vivido desde 1865. Que el resultado sea diferente depende de la unidad de las fuerzas democráticas.

lunes, 22 de octubre de 2018

Washington, Ankara y Riad buscan calmar las aguas

Trump y Erdogan intentan silenciar el asesinato del espía Jamal Khashoggi

EE.UU.,  Turquía y Mohamed bin Salman, el hombre fuerte de Arabia Saudita, tratan de limitar las consecuencias de la desaparición del colaborador con la inteligencia británica
(Foto: AFP)
21 de Octubre de 2018
Tres semanas después de la desaparición y asesinato del periodista saudita Jamal Khashoggi (se pronuncia "Yamal Jashogui") en el consulado de su país en Estambul, Arabia Saudita, Turquía y EE UU parecen haber encontrado un chivo expiatorio, para calmar las aguas. Sin embargo, aun así la inestabilidad del régimen saudita y su enorme peso internacional pronostican nuevas y mayores explosiones.
"Las conversaciones entre Jamal Khashoggi y las personas con las que se entrevistó en el consulado del reino en Estambul... degeneraron en una pelea, que provocó su muerte", indicó la agencia oficial saudita SPA el viernes por la noche, citando a la fiscalía.
En el mismo acto, el reino de Arabia Saudita confirmó el despido del subjefe de la inteligencia, el general Ahmed al Assiri, quien cargará la responsabilidad por el homicidio. Además, el rey saudita instó al príncipe heredero a reformar los servicios de inteligencia
Hombre muy cercano al heredero del trono saudita, Mohamed bin Salman (conocido como MbS), al Assiri en 2016 ayudó al financiamiento de la campaña electoral de Donald Trump por orden de MbS y hasta hace nueve meses fue el vocero de la coalición árabe que desde 2015 lleva la guerra contra Yemen. The New York Times, había adelantado que Riad difundiría que el general debía interrogar a Khashoggi en Estambul y "se le fue la mano".
Jamal Khashoggi entró el 2 de octubre en el consulado de Arabia Saudita en el Bósforo y nunca más salió. Estaba citado, para retirar el certificado de divorcio que precisaba para casarse con su novia turca, pero 15 agentes sauditas lo esperaban allí, lo torturaron y, al parecer, lo descuartizaron vivo.
Desde los años '80 Khashoggi cooperaba con el servicio de contraespionaje británico MI6. Protegido por el exjefe de la inteligencia saudita, el príncipe Turki ben Faiçal, lo acompañó en la embajada en Londres a principios de los años '90. Más tarde pasó al servicio del príncipe Al-Walid bin Talal, torturado en noviembre de 2017 durante el golpe palaciego de MbS, pero ya desde el junio anterior Khashoggi vivía en EE UU donde fue columnista del Washington Post hasta su desaparición.
Si bien el gobierno turco mantuvo viva la atención internacional mediante filtraciones oficiosas de los hechos, los sospechosos y su huida, nunca acusó directamente a MbS. Del mismo modo se comportó Donald Trump, quien primero dudó de la muerte de Khashoggi, para recién pasar a reconocerla el jueves pasado.
Está claro que el periodista colaboró durante años con el servicio de contraespionaje británico MI6 y es probable que estuviera envuelto en un intento de golpe contra MbS. No es tampoco improbable que los émulos de James Bond lo hayan enviado a la muerte, porque ya no lo necesitaban. Asimismo, el periodista/agente estaba estrechamente vinculado a la Hermandad Musulmana, hasta 2015, sostenida por Arabia Saudita, Bajréin, los Emiratos y Turquía y con milicias propias dentro de Siria que Erdogan desmontó, cuando mejoró sus vínculos con Vladimir Putin. Luego sobrevinieron el asalto al poder de Mohamed bin Salman y el discurso de Trump en Riad en junio de 2017 en el que ordenó el fin del terrorismo islamista. A continuación, MbS escenificó el bloqueo de Catar, al que acusó de apoyar al terrorismo, pero el emirato resistió gracias al apoyo turco. Según afirmó Thierry Meissan en la Red Voltaire <http://www.voltairenet.org/article203485.html>, Jamal Khashoggi estaba implicado en un complot contra el príncipe heredero que estaban preparando varios miembros de la familia real saudita y, ante el asesinato de este, han huido del país.
Si bien los medios occidentales mostraron la reacción turca al asesinato de Khashoggi como un castigo a Arabia Saudita, Ankara presiona a MbS para que resuelva rápidamente el caso, al mismo tiempo que evita romper con los inversionistas y compradores sauditas a los que tanto necesita en la crisis actual. En este equilibrismo Erdogan coincide con Trump, quien acaba de aprobar una venta de armas al reino por 110 mil millones de dólares y no quiere escándalos.
Por esta vez Mohamed bin Salman parece haberse salvado, pero no puede repetir estas barbaridades sin pagar las consecuencias. Incluso, todavía no hay garantías de que nuevas revelaciones no arruinen el intento de silenciamiento. MbS ofrece material más que suficiente para hacerlas. En torno a Arabia Saudita, el final de una crisis es el prólogo de otra y cada una dibuja círculos más amplios que la anterior. «

Periodista y espía para dos coronas
Jamal Khashoggi (1958-2018, se pronuncia "Yamal Jashogui") fue un periodista y espía saudita que en los '80 acompañó a Ossama bin Laden en Afganistán.
Khashoggi conocía los secretos de la familia real y participó en las negociaciones con al-Qaeda previas a los atentados del 11/9/01 en Nueva York. Inmediatamente después su jefe, el príncipe Turki al-Faisal, dejó el mando de la inteligencia y lo llevó consigo a las embajadas en Londres (2002-05) y Washington (2005-06).
Por sus vínculos con el MI6 británico, durante la "primavera árabe" (2011-12) Khashoggi impulsó a los Hermanos Musulmanes y hasta 2017 fue protegido por el nuevo jefe de la inteligencia, el príncipe Al-Walid bin Talal. Fracasados los alzamientos, entre 2012 y septiembre de 2016 publicó críticas columnas de opinión en Al Arabiya.
Cuando Mohamed bin Salman (MbS) se convirtió en sucesor del trono en marzo de 2017, Khashoggi vio el peligro que corría y se exilió en EE UU en septiembre de ese año, donde escribió para el Washington Post hasta el 2 de octubre pasado.

jueves, 18 de octubre de 2018

La internacional neofascista tiene límites

A pesar de Steve Bannon, Bolsonaro no es Trump

Aunque el ex asesor presidencial quiere sumar al líder brasileño a su “global movement”, las diferencias son mayores que las coincidencias
Eduardo J. Vior
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
17 de octubre de 2018
El triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta de la elección presidencial brasileña y el apoyo público que recibió del ex asesor presidencial norteamericano Steve Bannon sugirieron en los medios de todo el mundo similitudes entre el presidente aupado a la Casa Blanca por el organizador de la derecha alternativa (“alt right”) y el ex oficial paracaidista devenido político. The Movement planea expandirse por Europa, América Latina y Asia, pero va a rebotar contra más de una realidad nacional.
En una entrevista mantenida el pasado miércoles 10 en Londres con el editor en jefe de Bloomberg, John Micklethwait, Steve Bannon sostuvo que los europeos deben abandonar el euro y elogió a líderes nacionalistas como el húngaro Viktor Orban a quien calificó de “heroico”. El otrora arquitecto del triunfo electoral de Donald Trump en 2016 dijo en la entrevista que “The Movement” tiene por finalidad convertir a la Unión Europea (UE) en “una colección de naciones soberanas”, en vez de un bloque integrado política y económicamente.
“Estoy convencido de que cada uno debe tener el control sobre su propia moneda”, declaró Bannon. En vistas a la elección del Parlamento Europeo en mayo próximo el ex asesor presidencial está tratando de coordinar a los partidos nacionalistas del continente, para alcanzar un tercio de los más de 700 diputados europeos. Éste sería el primer paso, para luego extender su movimiento a Brasil y Paquistán, fracturar la Iglesia Católica con el apoyo de los ultraconservadores y llegar hasta Filipinas y Argentina. “No se trata sólo de la UE; este movimiento es global por su propia naturaleza”, concluyó en la entrevista.
Bannon abrió el mes pasado en Bruselas la oficina de El Movimiento gracias a la colaboración de Mischael Modrikamen, presidente del pequeño Partido Popular Belga (PP), e inmediatamente emprendió con éste una gira por Roma, donde se reunió con su principal adalid, el ministro del Interior italiano Matteo Salvini, y Belgrado, donde conferenció con el presidente húngaro Viktor Orban.
Según Modrikamen, la nueva organización será un “club”, para “recaudar fondos en América y Europa que aseguren que las ideas ‘populistas’ sean escuchadas por los ciudadanos europeos”. El Movimiento va a destacar cuatro temas comunes a los partidos nacionalistas de la UE: el control de la inmigración, el “islamismo”, el aumento de la “seguridad” y la transformación de la Unión en “una Europa de naciones soberanas, orgullosas de sus identidades”.
Sin embargo, no todas son rosas. El pasado lunes 8, en una rueda conjunta con Salvini, Marine Le Pen cerró la puerta a futuras colaboraciones afirmando que “Bannon no es europeo. Es americano. Nosotros y sólo nosotros daremos forma a la fuerza política que resulte de las europeas de 2019”. La contundencia de estas declaraciones se vio, empero, matizada el jueves 11, cuando Bannon y Le Pen se reunieron en la ciudad francesa de Lille. Tras el encuentro, el vicepresidente de Reagrupación Nacional, Louis Aliot (que, además, es la pareja de Le Pen), concedió que su fuerza aceptaba a Bannon, porque “sólo quiere ofrecer asesoramiento a los partidos euroescépticos”.
El Movimiento tampoco ha podido hacer pie en Gran Bretaña, donde el nacionalista UKIP (Partido para la Independencia del Reino Unido) ha rechazado seguirlo, y donde Bannon aceptó no entrometerse, según manifestó en la entrevista con Bloomberg.
Entre tanto, Brasil debería ser el pivote para organizar El Movimiento en América Latina. Es público que Bannon asesora la campaña electoral de Jair Bolsonaro. Uno de los hijos del candidato presidencial, Eduardo (electo diputado federal por São Paulo), se reunió con Bannon en New York en mayo pasado donde cerraron el acuerdo de colaboración. La principal evidencia de esta intervención es la estrategia de guerra psicológica aplicada por la derecha en las redes. Mentiras, insultos y difamaciones han movilizado el odio de millones de electores contra el PT y sus candidatos.
Como Salvini ha elegido a Macron y Merkel como su principal enemigo para las elecciones europeas, hay quienes en Brasil asimilan este enfrentamiento a la confrontación entre Bolsonaro y Haddad. Sin embargo, las apariencias engañan. Mientras que Macron es un banquero de la Rothschild, Haddad es un profesor de Filosofía, que ha tenido una competente gestión como alcalde de São Paulo de donde salió sin cargo alguno por corrupción. Al contrario de Macron, un lobo neoliberal con piel de oveja, Haddad encarna lo que resta de una izquierda realmente progresista.
El trumpismo de Bolsonaro (“Tornem o Brasil Grande de Novo!”, “Hagan a Brasil grande de nuevo”) se asemeja al de Trump (“Make America great again!”). Sus persistentes apelaciones a la Patria, a la bandera y a las fuerzas armadas también suenan similares. No obstante, el aventurero brasileño no tiene interés en defender la industria nacional, los empleos ni la rica cultura de su país. A diferencia de su modelo norteamericano también ha avalado la tortura, la dictadura y el aniquilamiento físico de minorías y opositores. Bolsonaro no es fascista ni trumpista, sino muy brasileño, como apuntó el domingo el veterano periodista Mino Carta. “Un capitán del monte”, lo llamó, aludiendo a los salvajes cazaesclavos que en los siglos XVII y XVIII recorrían las serranías del Nordeste buscando a quienes habían huido de las plantaciones de azúcar.
Bolsonaro es un salvaje sanguinario a quien se ha encomendado la tarea de devolver al redil a tanto negro, indio y mulato liberado por Lula. Para ello está dirigido por el capital financiero especulativo concentrado y sostenido por los militares más reaccionarios. Sin embargo, el peligro es grande de que el payaso se crea dueño del circo y quiera eliminar a sus dadores de trabajo. Ni Steve Bannon podrá entonces limitar el caos en el país más grande de América Latina.
El ascenso de los nacionalismos en los países capitalistas centrales es producto de la combinación entre la creciente desigualdad, el desmontaje del Estado de Bienestar, la crisis de las izquierdas y de los movimientos obreros, la aparición de elites reaccionarias que ofrecen una nueva política identitaria y la facilidad de difusión que ofrecen las redes sociales.
Entre tanto, el Informe de Estabilidad Financiera 2018 del FMI, publicado en la reciente reunión de Singapur, constata que existe el riesgo concreto de una crisis global. Si se produce esta anunciada catástrofe, Bannon pretende pescar en río revuelto. No obstante, como demuestran los ejemplos de Francia y Brasil, las diferencias nacionales entre los ultraderechistas son más que las semejanzas.
La única alternativa posible a El Movimiento retificado, elitista, demagógico y (¡éste sí!) populista de los acólitos del suprematismo blanco mundial es el surgimiento de movimientos populares, democráticos, sociales, nacionales (en serio) e impregnados por una ética humanista y solidaria. Queda bastante por hacer.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Sólo Haddad puede salvar la civilidad

Brasil se debate entre la democracia y el golpe permanente

El triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta de la elección brasileña ha excedido todas las expectativas y pone al país al borde del caos
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
10 de octubre de 2018
Eduardo J. Vior
Una mezcla de rabia, frustración y odio han arrasado el cuadro institucional de la 3ª República. Excepto el candidato ultraderechista, casi ninguno de los favoritos ha sobrevivido a las urnas. El ejército y el bloque “BBB” (bala, Biblia, buey) chocan los cinco, pero también a ellos se los puede llevar la correntada.
Al día siguiente de la primera vuelta, Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal, PSL) y Fernando Haddad (Partido de los Trabajadores, PT) se lanzaron a la conquista del casi 35% de los votos que eligió mayormente opciones en el centro del espectro político. Mientras que el primero obtuvo 46% de los votos, su contrincante llegó al 29,28%. El candidato ultraderechista desmintió a su vice, el general Hamilton Mourão, quien había propuesto que un “consejo de notables” reforme la Constitución. Su oponente, en tanto, anunció el lunes 8 que, para hacer los cambios institucionales necesarios, prefiere que el parlamento enmiende la Constitución, en lugar de convocar a una conflictiva Asamblea Constituyente. Al mismo tiempo, se apartó del ex-ministro Jose Dirceu, quien desde la prisión declaró que “el PT debe prepararse para tomar el poder”.
El mayor beneficiado por los resultados de la elección fue el Partido Social Liberal (PSL) que aprovechó el arrastre de su candidato presidencial, para pasar en la Cámara de Diputados de ocho a 52 bancas y en el Senado de cero a nueve senadores.
Un total de 147 millones de brasileños fueron a las urnas este domingo para escoger presidente y vice, la totalidad de los diputados federales, dos tercios del Senado, gobernadores y legisladores estaduales. Al no alcanzar ninguno de los contendientes la mitad de los votos, el 28 de octubre habrá segunda vuelta. A pesar de que en Brasil el voto es obligatorio, 29,9 millones de ciudadanos se abstuvieron, el porcentaje más alto desde 2002. Movilizar a estos abstinentes será un segundo objetivo de ambos contendientes.
Tanto la abstención como el voto ultraderechista expresan un rudo castigo al PT y a los grandes partidos que sostuvieron la 3ª República desde la Constitución de 1988. Además del PT, vieron reducidas sus bancadas el Movimiento Democrático Brasileño (MDB, hasta mayo de 2018 PMDB) y el Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB). El PT sigue siendo la primera minoría en Diputados, aunque disminuyó de 68 a 56 legisladores. En el Senado bajó de 13 a 6 bancas. Su mejor resultado lo tuvo en el Nordeste, seguido por el Sudeste. El MDB, en tanto, pasó en la Cámara del segundo al quinto lugar, reduciéndose de 65 deputados a 34, mientras que en el Senado disminuyó de 19 a 12. A su vez, el PSDB, que en Diputados era el tercer partido más fuerte, ahora es el décimo, bajando de 54 diputados federales a 29 y de 10 senadores a ocho.
El análisis de los resultados electorales muestra que Bolsonaro recibió más votos en los municipios más ricos, mientras que Haddad lo hizo en los más pobres. Este patrón se verificó en todo Brasil.
Trece de los 27 estados de la República eligieron sus gobernadores ya en esta primera vuelta. Entre ellos el Partido Socialista Brasileño (PSB) y el PT tuvieron el mayor número de electos, tres cada uno.
A partir de enero de 2019, cuando asuman los mandatados, Diputados va a pasar de los actuales 25 partidos a 34. En el Senado, a su vez, de 16 partidos se llegará a 21. Si bien, en caso de ser elegido, Jair Bolsonaro tendría al principio el apoyo de los frentes interbloque de los ruralistas (el llamado Frente Parlamentario Agropecuario), los pentecostales (que forman el Frente Parlamentario Evangélico, con 199 miembros entre ambas cámaras) y los adeptos a la política de mano dura (el llamado “Frente de la Bala”), estaría en una situación muy inestable por la dispersión de la representación. Suba quien suba, la relación entre el ejecutivo y el legislativo será aún más complicada que en la actualidad, el sistema político sufrirá aún más de parálisis y dependerá en todavía mayor medida de los trueques de favores, agravando la crisis de gobernanza y la desconfianza popular.
El triunfo de Bolsonaro se fue perfilando a lo largo de la campaña. El apoyo del bloque BBB y de los militares y el atentado que el candidato sufrió a mediados de septiembre le arrimaron simpatías, pero el vuelco del sistema financiero y del obispo Edir Macedo (titular de la Iglesia Universal) en su favor, así como la publicitada “acusación” del ex ministro Antonio Palloci contra Lula por haber recibido coimas produjeron un vuelco decisivo. Al final superó el 46%.
Seguramente, la opinión democrática del país se va a movilizar ahora detrás de la candidatura de Fernando Haddad, pero es improbable que pueda invertir el resultado. Por supuesto, en tres semanas pueden “pasar cosas”, pero, aun si fuera vencido, el bolsonarismo subsistirá.
Según una entrevista con un jefe militar brasileño no identificado, publicada por M. Falak el pasado domingo 7 en Ámbito Financiero, el alto mando del Ejército de Brasil seleccionó y entrenó al candidato ya desde 2014, cuando a la crisis económica se sumó la crisis política que dos años más tarde acabaría con la presidenta Dilma Roussef. Lo reeducaron, lo hicieron casar con su tercera esposa, lo obligaron a hacer psicoanálisis y organizaron su pasaje al Partido Social Liberal. El objetivo del Estado Mayor sería instaurar lo que los militares denominan una “nueva democracia”, o sea un régimen neoliberal autoritario en el que las fuerzas armadas tengan incluso oficiales desempeñando cargos de gobierno, pero donde no gobiernen como tales.
Esta tendencia militar se autodefine como “liberal” y dispuesta a cumplir un rol subordinado dentro de la estrategia norteamericana para de América del Sur, pero con control del territorio propio e intervención “ordenadora” en los asuntos de los países limítrofes.
El golpe de estado y el “lava jato” destrozaron el sistema político brasileño. En medio de una crisis total la desorientación de los sectores populares los empujó hacia un aventurero facineroso y la moralina de las iglesias pentecostales. El Ejército especula con aprovechar este fascismo neoliberal y colonial, para instaurar una dictadura con disfraz legalista, pero debería recordar que, apenas las FF.AA. entran en la política, la política entra en los cuarteles y la crisis se perpetúa.
Por otra parte, Lula mantiene un fuerte espíritu de lucha y, aun preso, no cejará en organizar la resistencia. Los reaccionarios nunca tendrán paz.
Al mismo tiempo, no hay que menospreciar al personaje. Bolsonaro es un megalómano delirante capaz de creerse el rol que le han adjudicado. Puede verse tentado a utilizar las milicias pentecostales, a los latifundistas y los parapoliciales, para afirmarse en el poder. En ese caso, el Ejército tendría que remediar el caos que él mismo generó. Brasil se debate entre la democracia y el golpe permanente.

martes, 2 de octubre de 2018

Europa desafía a EE.UU.

La UE amaga con ponerse los pantalones largos

Si institucionaliza el anunciado canal de pagos para las transacciones con Irán, Europa puede salvar el acuerdo nuclear e independizar su política exterior de EE.UU.
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
2 de octubre de 2018
Eduardo J. Vior
Las grandes potencias no ven bien que los países medianos los presionen dando a conocer acuerdos que todavía no se han cerrado. Este error lo cometió el pasado lunes 1º de octubre la diplomacia iraní, cuando durante todo el día anunció que la Unión Europea (UE) pondría en marcha en el curso del mes el “canal de pagos” (SPV, por su sigla en inglés) con el que financiar las transacciones comerciales bilaterales y así salvar el Acuerdo Nuclear de 2015. Aunque el miércoles 26 la Encargada de las Relaciones Exteriores de la UE, Federica Mogherini, y el Ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Mohammad Javad Zarif, habían informado en la ONU la creación del SPV, la Comisión Europea se está tomando su tiempo para implementarlo. Es que, de entrar en vigor, el mecanismo revolucionaría las relaciones europeo-norteamericanas, echaría una buena palada para el entierro del dólar y desataría represalias estadounidenses que los europeos quieren evitar.
El “canal de pagos” sería un mecanismo por el cual las empresas europeas e iraníes negociarían entre sí con aval estatal y sin usar el dólar. Con este instrumento pretenden eludir las sanciones económicas decretadas por el gobierno de Donald Trump, después de retirarse en mayo pasado del acuerdo 5+1 con Irán (JCPOA, por su sigla en inglés), y cuya segunda fase debe entrar en vigencia a partir del 4 de noviembre afectando las transacciones comerciales, financieras y cambiarias.
Cuando Zarif y Mogherini hicieron el anuncio, la segunda enfatizó que, “en términos prácticos, adoptar este mecanismo implica que los estados de la UE van a poner en funcionamiento una entidad legal, para facilitar transacciones financieras con Irán, de modo que las empresas europeas pueden desarrollar sus transacciones con ese país ajustándose a la normativa de la Unión. El acuerdo podría incorporar a otros socios comerciales en el mundo.” El mecanismo debería empezar a funcionar antes del fin de este mes.
Si Bruselas finalmente se anima a implementar esta iniciativa, se posicionaría como un importante actor en la geopolítica mundial y estaría desafiando seriamente la hegemonía estadounidense. A pesar de la retirada de EE.UU. del acuerdo nuclear en mayo pasado, Rusia, China y los tres miembros de la UE signatarios del tratado (Gran Bretaña, Francia y Alemania), además de la República Islámica, han continuado insistiendo en mantenerlo vigente. Aunque les tomó algunos meses, los tres países europeos parecen haber entendido (lo que rusos y chinos ya sabían) que, para poder seguir haciendo negocios con Irán –como desean-, tienen que evitar el uso de dólares. Ahora, finalmente, se declaran decididos a hacerlo en euros. La picardía es que este mecanismo legal de la UE es a todas luces ilegal para EE.UU., o sea que no serán grandes conglomerados (con eventuales lazos comerciales y financieros con Estados Unidos) quienes lo protagonicen, sino pequeñas empresas que, a su vez, tratarán con pequeñas empresas que, a su vez, negociarán con empresas iraníes.
La extinta Unión Soviética ya lo hizo en la década de 1980, para eludir las sanciones norteamericanas. Es posible, pero no es un instrumento duradero ni remplaza el necesario acuerdo de fondo entre Washington y Teherán que permita retomar el comercio multilateral con la nación persa.
El paso tiene, empero, proyección a futuro, ya que, simultáneamente, Rusia y China ya están haciendo negocios con Irán, respectivamente en rublos y yuan. Sólo India cedió a la presión norteamericana y dejó de comprar petróleo y gas iraní. La entrada de Europa al comercio con moneda propia la obligaría, entonces, a organizar con rusos y chinos nuevos mecanismos de clearing que aseguren con respaldo en el oro las transacciones y los pagos entre zonas económicas muy diversas. Si funcionara, el sistema sería una opción para la crónica falta de divisas del Gran Sur.
Como las perspectivas de cambio estratégico son inmensas, tanto mayor debe ser el cuidado que pongan los actores involucrados. Por eso es riesgosa la desmedida presión iraní sobre Europa, ya que la burocracia bruselense es timorata y puede arrepentirse del paso dado la semana pasada. Si los líderes europeos no retroceden antes, la entrada en vigencia del canal de pagos permitiría a Irán seguir dirigiendo a Europa el 40% de sus exportaciones hidrocarburíferas y a las mayores corporaciones energéticas de la UE continuar desarrollando la infraestructura iraní. Al mismo tiempo, abriría una puerta trasera para que los asustadizos indios vuelvan a comprar el combustible persa.
Por ahora, los representantes norteamericanos -el Consejero de Seguridad Nacional John Bolton a la cabeza de ellos- están ejerciendo la máxima presión sobre todos los estados que comercian con Irán, para que se adhieran a las sanciones, pero la Comisión Europea no puede ceder. No sólo su industria petrolera y energética la aprieta. En mayo de 2019 se celebrarán elecciones al Parlamento Europeo y, si los votantes perciben que la Comisión baja la cabeza ante Trump, los partidos antieuropeístas se alzarán con la mayoría.
Washington seguramente seguirá apretando a Irán hasta poder alcanzar un compromiso. Las empresas norteamericanas tampoco quieren quedarse fuera del negocio persa y no están dispuestas a tolerar que todos los demás les birlen la oportunidad. Sin embargo, aunque después de la elección legislativa norteamericana del 6 de noviembre se llegue a un acuerdo, el nuevo mecanismo de pagos ya debería estar en funcionamiento y sirviendo como advertencia a Estados Unidos de que el dólar no es más la única moneda de referencia y de que hasta sus más cercanos aliados pueden independizar sus relaciones económicas externas.
Para los países del Sur ampliado, en tanto, la controversia monetaria actual revela que el dólar no tiene por qué seguir siendo la única referencia, que EE.UU. sigue siendo la primera potencia, pero ya no la única, y que negociando dura y astutamente, hasta con ellos es posible llegar a acuerdos mutuamente ventajosos.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Trump fortalece a Xi ante su pueblo

Con sus sanciones EE.UU. da más poder a China


Mientras que en su discurso en la ONU Trump amenazó a Xi con más castigos, en su reciente Libro Blanco Beijing ratifica sus propuestas de compromiso
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
26 de septiembre de 2018
Eduardo J. Vior
En el documento de principios publicado el pasado lunes 24 la República Popular reiteró su peculiar adhesión al multilateralismo, su oferta de acuerdo y su voluntad de alcanzar entendimientos mutuamente ventajosos. Por el contrario, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el pasado martes 25, Donald Trump acusó a China de prácticas comerciales “abusivas”. El conflicto comercial entre ambos gigantes se agudiza y es difícil que sea resuelto antes de la planeada reunión cumbre entre ambos presidentes el próximo 30 de noviembre en Buenos Aires.
“Muchas naciones de esta sala estarán de acuerdo en que el sistema comercial mundial necesita un cambio con urgencia”, ha insistido Trump el martes en Nueva York, criticando en particular las políticas comerciales de China. Así, aunque el líder estadounidense ha asegurado que tiene “mucho respeto y cariño” a su “amigo” el presidente de China, Xi Jinping, ha afirmado que el desequilibrio comercial entre sus países “no es aceptable”.
Un día antes, el 24 de septiembre, China publicó un Libro Blanco (documento de principio sobre política internacional) sobre sus relaciones económicas y comerciales con EE.UU. en el que defiende su posición en el conflicto comercial que confronta a ambos países y propone soluciones mutuamente ventajosas.
El documento, de 36 mil caracteres chinos, incluye seis partes: la cooperación económica y comercial beneficiosa para ambos países, los datos duros de dichas relaciones, las prácticas protecionistas de Washington, su hegemonismo comercial, los perjuicios que tal conducta acarrea a la economía global y, finalmente, la posición de Beijing.
Según el Libro Blanco, China es el mayor país en desarrollo del mundo y EE.UU. el mayor país desarrollado. Por consiguiente, sigue, “las relaciones comerciales y económicas entre ambos son determinantes para el desarrollo de la economía mundial.” Como los dos países están en diferentes estadios de desarrollo –continúa el documento-, es natural que tengan algunas disputas. “Sin embargo, sostiene, la clave reside en aumentar la confianza recíproca, promover la cooperación y saber encarar las diferencias.” Para ello, se afirma, en los últimos 40 años ambos estados hicieron enormes esfuerzos, para impulsar sus relaciones y superar los obstáculos.
Sin embargo, al proclamar la consigna de “America first!”, el gobierno norteamericano que asumió en enero de 2017 ha abandonado las normas fundamentales que deben orientar las relaciones internacionales, dice la publicación.
“Además, acusa, la parte norteamericana pregona el unilateralismo, el proteccionismo y la hegemonía, haciendo acusaciones falsas contra países y regiones, particularmente contra China, a la que intenta imponer sus intereses mediante una presión extrema.”
El Libro Blanco enfatiza que China responde desde la perspectiva de los intereses comunes de ambas partes, así como pensando en el necesario orden del comercio mundial, observando el principio de resolver las disputas a través del diálogo y respondiendo a las preocupaciones de los Estados Unidos con paciencia y buena fe.
No obstante, finaliza el documento, “como resultado de los actos unilaterales y las provocaciones estadounidenses, la fricción entre los dos lados se agravó, causando daños serios a las relaciones entre ambos países y representando una amenaza grave para el comercio mundial.”
Al desencadenar la guerra comercial, Donald Trump aplicó su conocida táctica de amedrentar a su adversario, para obligarlo a negociar bajo sus condiciones. Sin embargo, más allá de que la República Popular no se deja asustar fácilmente, el gobierno norteamericano no ha contado con el efecto adverso que sus bravuconadas pueden tener sobre la clase media china.
El surgimiento en los últimos 40 años de una clase media, hoy estimada en unos 400 millones de personas, es uno de los mayores logros de la política de reformas del Partido Comunista Chino (PCCh). El sostenimiento y la ampliación de esta capa social, incorporándole nuevas camadas provenientes de las clases trabajadoras, es uno de sus objetivos estratégicos centrales.
Debido, entre otros factores, a las sanciones comerciales norteamericanas, las acciones de las empresas chinas han perdido desde enero pasado el 24% de su valor y el yuan se ha devaluado en 10% desde las primeras medidas de Trump en abril pasado. También se está extendiendo el miedo a que eventuales movimientos bruscos de capitales desinflen la burbuja inmobiliaria en las grandes metrópolis y afecten incluso a ciudades menores.
Durante la primera presidencia de Xi Jinping (2012-17) su lucha contra la corrupción, su política medioambiental y la reforma de las fuerzas armadas le habían ganado muchas simpatías, pero en años recientes el ralentamiento del crecimiento económico, denuncias de corrupción, la degradación ambiental y escándalos por la falta de controles de medicamentos y alimentos habían provocado un creciente descontento de la clase media. Asimismo, la decisión del 19º Congreso del PCCh, en octubre pasado, de permitir la reelección ilimitada del presidente le había alienado la simpatía de estos sectores.
Por el contrario, las recientes sanciones norteamericanas han despertado en la población el miedo a la intromisión extranjera, una sensación dolorosamente vivaz en un pueblo que recuerda con horror el colonialismo extranjero entre 1842 y 1949. También, la reciente aprobación en el Congreso norteamericano de una ley que vuelve a normalizar las visitas oficiales entre EE.UU. y Taiwán, avivó el miedo generalizado a una agresión extranjera.
Para contrarrestar las sanciones económicas, el gobierno ha tomado medidas vigorosas para activar el consumo interno, ha dispuesto nuevos mecanismos de crédito a las pymes e incrementado las importaciones. También está intensificando la cooperación con Rusia, Canadá, Japón y la Unión Europea, entre otros.
Muchos chinos están vivamente convencidos de que la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y la parálisis de la economía japonesa entre 1990 y 2010 se debieron a la intromisión estadounidense. Que teman maniobras similares contra China es absolutamente comprensible. La incapacidad norteamericana para avizorar la reacción nacionalista que sus medidas pueden provocar da al gobierno chino la carta de triunfo.
El próximo 30 de noviembre Xi Jinping y Donald Trump se reunirán en Buenos Aires, 24 días después de las elecciones de medio término en Estados Unidos. No es de esperar que antes del comicio tome ninguna decisión trascendente en política económica y después el plazo será muy breve, para llegar a un acuerdo duradero. Hay demasiadas variables en juego que no permiten prever cómo se repartirán después las áreas de influencia entre las dos capitales. Más vale ser prudente y no apresurarse.

viernes, 14 de septiembre de 2018

La cuarta revolución industrial y el fin de la globalización

Seminario 2018 de Asofil Latinoamericana: “Los caminos de construcción: ocupar la plaza y elaborar el proyecto”

6ª Reunión (11 de agosto)
‘La cuarta revolución industrial y el fin de la globalización’

por Eduardo J. Vior
ejvior@gmail.com
“La única política seria es la mundial. El resto es cabotaje” (atribuido a Juan D. Perón).
La cita, puesta en boca del fundador del Justicialismo por muchos intérpretes, no sólo da un mayor peso analítico al entretejido de estrategias de poder e intereses entre los actores más importantes en el escenario mundial que a las determinaciones de la política nacional, sino que, además, indica una opción estratégica del Conductor que es preciso adaptar a las condiciones del siglo XXI: el mundo avanza hacia el universalismo y todo proyecto de salvación nacional debe incluirse en una estrategia para la incorporación de Argentina a las integraciones regionales y mundiales en condiciones de soberanía política, independencia económica, justicia social y cuidado de la casa común.
Toda adaptación a procesos regionales y mundiales requiere, primero, apreciar equilibradamente las tendencias y fuerzas predominantes en esos escenarios, segundo, escoger entre las alternativas y oportunidades existentes, tercero, determinar las propias prioridades, cuarto, elegir a los actores más capaces y hábiles para intervenir en esos escenarios y, quinto, articular una amplia política de alianzas regionales e internacionales que permita recuperar espacios, defender la propia integridad e imponer los propios intereses.
Para cumplir con el primero de los objetivos recién fijados, es importante tomar consciencia de los cambios epocales que se han puesto en marcha en el mundo en los últimos cinco años. El fracaso del intento emprendido por Estados Unidos en la posguerra fría para construir un imperio universal (1991-2014) desató una grave crisis de gobernabilidad del mundo que afecta la convivencia civilizada de la humanidad. Ya están apareciendo algunas alternativas, pero todavía se trata de procesos incipientes en los que, además, Argentina todavía no tiene parte.

Del monopolio de poder a la crisis de época

La crisis actual se incubó en largos procesos civilizatorios que se agudizaron en el cuarto de siglo posterior al final de la Guerra Fría. En la década de 1990 las potencias occidentales tuvieron la oportunidad de consolidar la paz y comenzar a construir un orden mundial paritario, pero, en cambio, decidieron abrir un nuevo período de guerras y conquistas, para imponer el dominio de un Imperio universal. Este monopolio del poder se consolidó a partir del atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, luego la aplicación de una estrategia de guerra y Estado de excepción permanente.
La invasión de Irak en 2003, sin decisión de la ONU y sin declaración de guerra, invirtió el orden internacional instaurado desde la Paz de Westfalia en 1648: la relación entre Estados dejó de estar regida por vínculos contractuales, para depender de decisiones unilaterales de las potencias dominantes. Sin embargo, la crisis financiera (luego económica) de 2007/08 cuestionó el consenso entre ellas. Ante el fracaso norteamericano en asegurar el orden económico internacional, los sectores financieros más globalizados prefirieron resucitar sus patas europeas, con apoyos en Londres, París y otras capitales. No es casual, entonces, que George W. Bush haya sido relevado por un oficial de la CIA que superó la crisis económica, trasladó el eje de la confrontación a Asia Oriental y al Pacífico y dio a Gran Bretaña, Francia, Israel y Holanda luz verde para intentar la reconquista del Oriente Medio ampliado y el Magreb.
La llamada “Primavera Árabe” (a partir de 2011), el derrocamiento de Gadaffi, la invasión a Siria, la aparición del Estado Islámico (EI) y el golpe de estado en Ucrania (2014) son parte de la misma maniobra. Sólo que, en ocasión del último ataque nombrado, Rusia ya había decidido reaccionar.
Después del fin de la Guerra Fría Rusia fue colonizada –como el resto de Europa Central y Oriental- por las fuerzas más espurias del capital financiero internacional. Hasta 1998 el país se fue desintegrando por la conjunción de las mafias con la nueva oligarquía que se apropió del Estado. Recién a partir de 1999, cuando Boris Yeltzin designó a Vladimir Putin como primer ministro y en 2000 éste fue elegido como Presidente, un nuevo compromiso entre la oligarquía industrial, el sistema de inteligencia y las fuerzas armadas aseguró la supervivencia del Estado y su paulatina reconstrucción.
Por su parte, China atravesó desde el fin de la Revolución Cultural (1966-76) un período de reconstrucción bajo la dirección de Deng Xiaoping (1978-98), Jiang Zemin (1993-2003) y Hu Xintao (2003-13) que culminó en la presidencia de Xi Jinping (2013- ). El sistema se sostiene en la alianza entre la conducción del PCCh, el Ejército y la burocracia estatal con tres consignas: mantener la unidad del Estado, devolver a China su lugar como centro del mundo y asegurar el bienestar de la población. Hasta asumir Xi la presidencia, la RPCh fue altamente prescindente en la política mundial y se concentró en acumular capital. Sin embargo, las propias crisis del mundo unipolar obligaron a Rusia y China a intervenir.

Las cinco patas de la crisis que desordena el mundo

La crisis civilizatoria tiene cinco aspectos que explican los conflictos sociales actuales:
a)       La crisis del orden económico-social mundial. Cuando en 1971 el presidente norteamericano Richard Nixon alteró la paridad de 35 dólares por onza de oro que había sostenido la estabilidad del orden económico capitalista desde 1945, inauguró un período de inestabilidad financiera que solamente no afectó a los Estados Unidos hasta 2007, porque tienen el monopolio de la moneda de cambio internacional. Sin embargo, este período altamente especulativo explica la crisis de la deuda de los países emergentes en la década de 1980, la abundancia de capital líquido con que contó el desarrollo de la Tercera Revolución Industrial a partir de 1975, la campaña armamentista con la que Ronald Reagan (1981-89) venció a la Unión Soviética y las crisis financieras de los años 1990 (México 1994, Tailandia 1997, Rusia 1998 y Argentina 2001).
El período de guerras continuas abierto a partir de 2001 postergó el estallido de la próxima crisis hasta 2007, mientras que el intento de Barack Obama (2009-17) por descargar el peso de la crisis sobre el resto del mundo acarreó a partir de 2012 la depresión en los precios de las commodities.
b)      La crisis del orden político mundial: el sistema de relaciones internacionales, asentado desde la Paz de Westfalia (1648) hasta 2003 sobre el principio de que el vínculo entre los estados sigue las reglas de un contrato, fue roto unilateralmente por Estados Unidos, al asaltar Irak sin declaración de guerra ni autorización de la ONU. Al mismo tiempo, los estados centrales aprovecharon los atentados del 11-09-2001 para instalar el Estado de emergencia permanente. El derrocamiento por Gran Bretaña y Francia de Muammar Gadaffi en 2011, aprovechando la autorización de la ONU para bloquear el espacio aéreo libio, convenció a Rusia y China de la necesidad de remplazar el orden internacional de la posguerra por otro basado en la negociación entre las grandes potencias intervinientes en todos los escenarios.
c)      La crisis sociodemográfica mundial: el empobrecimiento y destitularización de los países del Sur y la crisis medioambiental han expulsado a millones de personas que buscan su supervivencia fuera de sus regiones de origen. Al mismo tiempo, los centros norteamericanos y europeos atraen a centenares de miles de inmigrantes, pero su aflujo sirve a las elites de Europa Occidental y EE.UU. para atizar los odios raciales, dividir a las clases populares y debilitar a las izquierdas y oposiciones progresistas tradicionales.
d)      La crisis medioambiental fue magistralmente caracterizada por el Papa Francisco (2013- ) en Laudato Sí (Papa Francisco, 2015:18.): “A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de los ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman ‘rapidación’. Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de las evolución biológica. A esto se suma el problema de que los objetivos de ese cambio veloz y constante no necesariamente se orientan al bien común y a un desarrollo humano, sostenible e integral. El cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante, cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad”. Por eso mismo es que, para el Papa, la crisis económico-social, la política-ideológica y la ecológica son inseparables. De este modo, contrasta esta crítica sistémica integral con la modernización conservadora del sistema de producción y distribución impulsada por las potencias dominantes en el sistema mundial.
e)       La crisis de los sistemas de creencias: el fin del Imperio universal ha hecho caducar la ideología de la globalización. La ilusión del “fin de la historia”, “la realidad líquida”, “la era de la incertidumbre” y “la sociedad del riesgo” está desde hace cinco años confrontada por culturas con certezas duras: el nuevo mensaje papal, el patriotismo ruso, el sinocentrismo y, finalmente, el nacionalismo norteamericano.
Si bien este panorama crítico no es nuevo ni se generó de repente, se hizo evidente a partir de la invasión a Siria (2012), la propuesta de Xi Jinping del “Nuevo camino de la seda y la faja oceánica” (2013), el golpe de estado en Ucrania (2014) y el ingreso de más de un millón de refugiados en la Unión Europea (2015). Al mismo tiempo, la consciencia sobre los límites del crecimiento alcanzados por la Tercera Revolución Industrial impulsó la confluencia de las TICs y las biotecnologías en un salto cualitativo que ha dado en llamarse la Cuarta Revolución Industrial.

La cuarta revolución industrial

Si bien el término “Cuarta Revolución Industrial es una creación de Klaus Schwab (WEF, 2018), fundador y coordinador del Foro Económico Mundial que se reúne cada enero en Davos, Suiza, el concepto es de origen alemán.
Con la denominación de “Industria 4.0” el concepto fue presentado por primera vez en 2011 en la Feria Industrial de Hannover (Wikipedia, 2018). En 2012 el gobierno federal alemán formó una comisión con académicos y empresarios del sector electrónico que un año después presentó sus recomendaciones para la reforma de la economía, la educación y la legislación laboral del país.
Después de la publicación del informe el grupo siguió trabajando como parte de la “Plataforma industrial 4.0”, una iniciativa conjunta de las cámaras industriales de las Telecomunicaciones, la Electrónica y la Metalmecánica. La plataforma continuó incorporando nuevos miembros y actualmente está coordinada por los ministerios de Economía y Energía y por el de Educación e Investigación. A través de la concertación con cámaras empresarias, sindicatos, partidos y universidades está creando el consenso para la reforma integral de la sociedad alemana en función del nuevo proyecto.
La breve historia sirve para ilustrar el carácter político de la iniciativa. A partir de los desarrollos de los macrodatos, las cadenas de datos encriptados, el Internet de los objetos, la robótica, los sensores, nanotecnologías y las telecomunicaciones se está organizando su sinergia, para reducir el margen de error de las TICs vigentes, acelerar, optimizar y reducir los costos de los procesos de producción y distribución, adecuándolos a las necesidades específicas de usuarios y realidades cada vez más divergentes.
Después de Alemania la iniciativa se extendió con diversas denominaciones a otros países. En EE.UU. se constituyó en marzo de 2014 el “Consorcio Industrial de Internet” (IIC, por su sigla en inglés). Inicialmente lo formaron AT&T, Cisco, General Electric e Intel, pero a principios de 2016 ya agrupaba a más de 200 miembros, entre empresas norteamericanas y extranjeras, institutos de investigación y universidades. En Japón, por su parte, los mayores consorcios de la electrónica y las comunicaciones han formado la “Iniciativa de la Cadena de Valor” (IVI, por su sigla en inglés).
En China, en tanto, el proyecto industrial 4.0 fue incluido en el plan quinquenal aprobado en 2015 (Made in China 2025). Sin embargo, aunque el proyecto chino se basa en el alemán, lo supera ampliamente, ya que no se trata sólo de una estrategia para la reforma de la industria sino de toda la sociedad y el Estado. En tres etapas, hasta 2049 debe convertir a China en una nación “socialista y moderna”. Gracias a la plataforma WeChat, creada en 2011, ya es posible realizar todas las operaciones, sin necesidad de cambiar de plataforma. De este modo los usuarios ahorran tiempo y costos. Como la plataforma se basa en un sistema exclusivamente chino, está defendida de agresiones desde el exterior. Además, la Ley de Seguridad Informática, de 2016, eliminó la anonimidad en Internet y sanciona enérgicamente hackeos, difamación y todo tipo de delitos informáticos. Asimismo, el Ejército Popular de Liberación (EPL) ha creado una división de ciberdefensa y coloca el campo de combate cibernético a la par del de tierra, aire, mar y espacio.
También en otros países industriales hay iniciativas similares, pero ninguna alcanza el nivel de las expuestas. Por esta razón, en la inauguración del Foro de Davos de 2016 Klaus Schwab puso la “Cuarta Revolución Industrial” en la agenda de los próximos años.
Como en todos los procesos anteriores de innovación tecnológica en la historia del capitalismo, los beneficios o daños que el proceso pueda traer dependen del entorno político-social y cultural, de los sistemas de valores imperantes y del lugar de la respectiva economía en el sistema mundial. Por supuesto, las elites conservadoras dominantes intentan mostrar esta convergencia de innovaciones como un proceso "natural”·en el que no es necesario adoptar reformas políticassólo sobrevivirán “los más aptos”.
Este proceso acarreará una nueva distribución de los procesos productivos en el mundo, entre las regiones de un mismo país, entre las profesiones y sectores económicos. Si no se lo controla políticamente, perjudicará a la mayoría de la población en beneficio de unos pocos, pero utilizado inteligentemente y con clara discriminación de fines, medios e instrumentos, puede traer grandes beneficios, aun para economías atrasadas como la nuestra.
Entorno político de la Cuarta Revolución Industrial
Contra lo que sostuvo el mito de la globalización, la vinculación entre los procesos de innovación tecnológica, su implementación productiva y las consecuencias sociales y ecológicas no es “natural” sino política. Precisamente, el caso del actual proceso de innovación, que algunos denominan “Industria 4.0” y otros “Cuarta Revolución Industrial”, subraya el rol de las decisiones éticas y políticas en el cambio de la economía mundial.
Las determinaciones estratégicas adoptadas por los principales países impulsores del actual proceso de innovación (Alemania y China) responden a entornos geoestratégicos y a decisiones en áreas circunscriptas. Ambas naciones están estrechamente vinculadas desde hace dos décadas. Sus sistemas productivos están interrelacionados y sus grandes corporaciones toman sus decisiones estratégicas atendiendo al mercado del otro. Por ejemplo, el programa de la Nueva Ruta de la Seda está pensado, para conectar, primero, China central con Berlín y Hamburgo. Al mismo tiempo, las multas y sanciones aplicadas por las autoridades norteamericanas contra empresas alemanas desde 2014 son percibidas en Berlín como un arma de competencia desleal que contrasta con el buen trato que experimentan en Rusia y China y las empuja aún más a intensificar los vínculos con ésta última.
Si bien las percepciones de las elites no determinan las relaciones internacionales, cuando las mismas coinciden con intereses y se ven confirmadas por decisiones estratégicas, influyen en la ubicación mundial de un Estado. Después de la agresión contra Libia en 2011, la invasión a Siria en 2012, el golpe de estado en Ucrania en 2014, la expansión de la OTAN hacia el Este de Europa y el golpe de estado en Tailandia en 2014 persuadieron a Rusia y China de que EE.UU. estaba tratando de cercarlas desde la periferia.
Ambas respondieron consecuentemente. Rusia recuperó Crimea y sostiene en el este de Ucrania a las repúblicas autónomas de Donetsk y Luhansk, mientras intenta habilitar alguna ruta para construir el gasoducto que la conecte con Europa Central. A fin de 2015 comenzó a auxiliar a Siria y potenció su base naval en el puerto de Tartus, hasta poder neutralizar todos los radares en el Mediterráneo Oriental, con lo que anuló la ventaja estratégica del pasaje por el Canal de Suez. Además, aunque redujo su participación en el mercado, se mantiene como segundo exportador de armas del mundo. Mediante el Banco de Desarrollo Euroasiático, su participación en la Organización de Cooperación de Shanghai y el BRICS ejerce una gran influencia sobre países emergentes y el rol de Vladimir Putin como interlocutor privilegiado de Donald Trump le da una gran influencia.
Por su parte, China modernizó sus sistemas defensivos, incorporando el frente espacial y el cibernético, y expandió su presencia naval hasta la costa oriental de África donde instaló una base en Yibutí. Mientras tanto, sus inversiones en producciones primarias en todo el mundo y sus construcciones de infraestructura en África y Asia le aseguraron el abastecimiento sostenido de su industria. Finalmente, el plan “Made in China 2025” y la decisión de reconvertir su parque automotor a vehículos eléctricos hasta 2030 decidieron el cambio tecnológico de la industria automotriz y electrotécnica alemana, sus principales proveedoras en los respectivos rubros. Si bien la actual transición de una economía de exportación hacia una de consumo plantea grandes riesgos de todo tipo, la apelación al ideal de volver a ser el centro del mundo parece seguir garantizando la legitimidad del sistema.
Esta descripción del nuevo contexto geopolítico mundial no implica que Alemania se convierta en aliada política de Rusia y China, ya que está firmemente anclada en la OTAN y en la Unión Europea que lidera, pero sí que las diferencias entre los grupos globalistas –fundamentalmente instalados en EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Holanda e Israel- y las corporaciones vinculadas a la producción tienden a agudizarse. A falta de propuestas democráticas y sociales creíbles, esta brecha explica la proliferación de movimientos nacionalistas y xenófobos en Europa y EE.UU.
La elección de Donald Trump en 2016 representa el intento de un sector productivista de la elite norteamericana por reducir la exposición internacional de su poder, retirándose de algunos frentes, cerrando filas y consolidando su poder en otras áreas, como América Latina. Para ello recurre a la retórica patriótica y xenófoba, a la movilización contra “los de Washington” y a la absorción del capital financiero disperso por el mundo. Descree de las instancias multilaterales, renegocia acuerdos internacionales desde posiciones de fuerza y convierte alianzas en subordinación. Sin embargo, abre demasiados frentes a la vez y arriesga quedar entrampado en conflictos interminables. La elección legislativa de noviembre próximo será determinante de sus chances futuras.
En este contexto de relaciones de fuerza el Papa Francisco es una gran novedad. Su apelación a la política de los pueblos, a los movimientos populares y al diálogo rompe con la lógica de las políticas de potencia. Aunque sus alcances coyunturales son limitados, puede generar cambios duraderos en la cultura política internacional.
Si bien Gran Bretaña es un actor secundario de la política mundial, finalmente, no puede despreciarse el rol que desempeña. Su ruptura con la Unión Europea (UE) coincide con su intento por convertir a Londres en la principal plaza financiera mundial, el rearme de su marina, el renovado control sobre el Atlántico y su retorno al Golfo Pérsico. Al mismo tiempo, mediante operaciones especiales en Oriente Medio y África sabotea los acuerdos entre EE.UU., Rusia y China, se asegura la provisión de hidrocarburos y el futuro acceso a la Antártida.
La “Cuarta Revolución Industrial” puede dar a Alemania y China el liderazgo de la economía mundial, pero el poder de ambas todavía está limitado a Eurasia y no ha roto el cerco marítimo de las potencias anglosajonas. Mientras que América Latina ha quedado en la retaguardia de este último bloque, la batalla por la supremacía mundial se va a librar en el amplio espacio entre el centro de África y el Oriente Medio ampliado. El programa de construir un Imperio universal ha fracasado y la ideología de la globalización está siendo remplazada por patriotismos diversos y discursos “duros”. Las naciones se resguardan en bloques regionales y/o en acuerdos de pares y limitados a temas precisos.

Conclusiones

Todo indica que el gobierno de salvación nacional que –esperamos- asuma en diciembre de 2019 lo hará en condiciones de extrema debilidad del Estado, una soberanía muy limitada, probablemente sin aliados regionales de envergadura, en el marco de un mercado crediticio internacional concentrado en el desarrollo de las economías centrales y de una aguda competencia por la hegemonía mundial entre el bloque euroasiático y el atlántico liderado por EE.UU.
En esas condiciones la tarea principal del nuevo gobierno debería consistir en recuperar soberanía territorial y monetaria. Para ello, además de cimentar la unidad más amplia posible de los sectores populares, tendría que articular un compromiso con la economía de exportación y otros sectores empresarios desplazados por la irrupción de grandes empresas norteamericanas vinculadas a la política de Donald Trump.
Al mismo tiempo el nuevo gobierno debería explorar la recuperación de alianzas estratégicas con Rusia y China que le permitan ampliar su campo de juego internacional.
Inevitablemente, tanto la economía de exportación como la renovada alianza con superpotencias alternativas introducirían en el país los paradigmas de la Cuarta Revolución Industrial: robótica, cadenas de datos, macrodatos, Internet de los objetos, etc. Así se hace necesario, como parte del programa de salvación nacional, formular una estrategia de adaptación de las condiciones de trabajo y de los modos de organización sindical a las nuevas circunstancias. Adoptar e implementar esta estrategia de adaptación requiere una amplísima concertación social y una amplia discusión pública.
Al mismo tiempo, recuperar la soberanía territorial y establecer nuevas alianzas implica afrontar conflictos estratégicos para los que debemos estar preparados política, ideológica y militarmente. Considerando la actual debilidad del Estado, debe priorizarse la ocupación del territorio propio y del mar adyacente. La diplomacia tiene que esforzarse por romper el cerco que nos pondrán las potencias occidentales y el capital financiero, priorizando la amistad con los países latinoamericanos y caribeños afines, pero manteniendo las buenas relaciones con todos los demás. Es fundamental recuperar el control sobre las rutas de navegación, el tráfico satelital, Internet y la financiación.
La consigna es ganar tiempo e ir ampliando el poder del Estado. Hay que ser prudentes y silenciosos, evitando conflictos de los que no se sepa con seguridad que se ganan y acumular el máximo poder material y cultural posible.
Argentina no puede imponer las condiciones de desarrollo de la Cuarta Revolución Industrial y el mundo multipolar, pero puede elegir cómo integrarse a ellos.

Referencias bibliográficas

(Publicado originariamente en asoicacionfilosofialatinoamericana.wordpress.com)