martes, 25 de mayo de 2021

Después de la batalla de Gaza Palestina resurge

 

La derrota de Israel abre una nueva oportunidad a la paz

A pesar de los enormes sufrimientos, el movimiento nacional palestino resurgió victorioso y, no obstante los grandes riesgos, se avizora una nueva arquitectura política y constitucional

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
25 de mayo de 2021

El martes 25 el secretario de Estado, Antony Blinken, llegó a Israel y se reunió con el primer ministro interino Benyamin Netanyahu, para tratar de dar permanencia al acuerdo de cese de hostilidades en la Franja de Gaza, y anunció que EE.UU. ayudará a la reconstrucción de la devastada ciudad, “pero sin dialogar con Hamás”. Algo así como ducharse sin mojarse.

El alto el fuego que entró en vigor el viernes puso fin a 11 días de enfrentamientos entre Israel y la resistencia palestina. Sin embargo, esta batalla ha sido muy diferente a las anteriores y ha tenido otros resultados. Por primera vez desde el asesinato de Yasser Arafat en 2004 el movimiento nacional tiene la posibilidad de unirse y negociar con Israel una salida política, aunque abunden los interrogantes sobre su liderazgo y muchas nubes de guerra oscurezcan el horizonte.

Al menos 243 palestinos murieron por los bombardeos israelíes, según el Ministerio de Sanidad de Gaza. En Israel, en tanto, perdieron la vida 12 personas.

La batalla ha terminado, por el momento, tras un alto el fuego declarado unilateralmente por Israel y aprobado inmediatamente por la resistencia palestina el pasado viernes 21 de mayo, luego de una intensa negociación en la que participaron Estados Unidos, Egipto y Catar. Al cesar el fuego, Israel aceptó también dejar de expulsar a los habitantes del barrio árabe de Sheikh Jarrah y permitir el libre acceso a la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén Oriental. Cumplidas las condiciones que habían puesto, la resistencia palestina aceptó el alto el fuego, aunque mantuvo los misiles apuntados, por si Israel rompe el acuerdo.

Los palestinos de los territorios ocupados celebraron la victoria de Hamás y Yihad Islámica. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, es criticado internamente por quienes lo acusan de haber puesto fin a la guerra antes de tiempo. Netanyahu se justificó diciendo que Israel infligió grandes daños a las capacidades militares de Hamás, a pesar de que Israel nunca logró detener el lanzamiento de cohetes palestinos contra su territorio.Las milicias palestinas lanzaron masivas andanadas de cohetes (se calcula que más de 4.000) que, a veces, superaron las defensas aéreas de Israel. La FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) dice que tuvo una tasa de interceptación del 70% y que cientos de cohetes cayeron en Gaza, pero reconoce que un 30% cayó en distintos puntos de su Estado. Por ello fue que, cuando el jueves Joe Biden exigió a Netanyahu que cesara las hostilidades, éste se apresuró a obedecer por temor a que una ráfaga final de cohetes de Hamás destruyera la poca credibilidad que resta al ejército israelí.

Por primera vez los cohetes disparados desde la Franja han alcanzado blancos en todo el territorio controlado por Israel. Como la “cúpula de hierro”, el sistema de defensa antiaérea, funciona por radar, se ve sobrepasado, cuando los disparos son rasantes y muy masivos, lo que aprovecharon Hamas y Yihad Islámica hasta convertirse en serios contendientes de la FDI. En el futuro próximo se espera que el triunfo de la resistencia aliente el alzamiento en Cisjordania, en el mismo Israel e, incluso, entre los palestinos que viven en Jordania. También en Estados Unidos un número cada vez mayor de ciudadanos se manifiesta a favor del pueblo palestino. Si su activismo crece, podría obligar a la Casa Blanca a moderar su apoyo a los sionistas.

Cuando la violencia escaló, Netanyahu estaba a punto de ser remplazado por una extraña coalición de ultranacionalistas y árabes, pero el inicio de las hostilidades le permitió pulir su imagen de líder duro. El primer ministro se aferra al cargo, para evitar que los tres procesos por corrupción en su contra lo arrojen a la cárcel. Ahora, el cese del fuego ha alentado nuevas críticas. Sin embargo, no se sabe si los oponentes de Netanyahu son capaces de dejar de lado sus diferencias para apartarlo del cargo. Si así no fuera, los israelíes deberán concurrir a las urnas a finales de este año, por quinta vez en menos de tres años.

Los 11 días de bombardeos han dejado también un aterrador saldo económico. Según un comentarista de asuntos económicos del Canal 13, en cohetes antiaéreos se gastaron 86 millones dólares; en combustible para aviones de combate, 37 millones de dólares; en municiones y equipamiento, 337.500.000 dólares; en reclutamiento de reservistas, otros 7 millones de dólares. Por las pérdidas materiales el ejército israelí ha gastado unos 600.520.000 dólares más. Israel está al borde de un abismo económico y en estas condiciones, el gobierno interino puede verse tentado a reducir aún más los servicios sociales y subsidios, generando más descontento, especialmente entre el 20% de árabes israelíes, que, por primera vez, en esta batalla salieron a la calle en solidaridad con sus compatriotas de Gaza. Por eso, preventivamente, la policía israelí comenzó este lunes 24 redadas masivas contra quienes manifestaron contra la guerra.

Esta crisis y su desenlace han puesto de relieve graves falencias de la inteligencia israelí. En primer lugar, el Alto Mando pensó erróneamente que el ultimátum de Hamás del 10 de mayo era puro teatro y fue sorprendido por las primeras salvas de cohetes. Además, subestimó la capacidad de la resistencia palestina para lanzar misiles pesados a larga distancia y la ciudad de Tel Aviv fue sorprendida por la precisión de los bombardeos. La elite israelí está presa de sus prejuicios racistas e ideológicos y no ha registrado el resentimiento de la población palestina ni su voluntad de combatir. Por el contrario, Hamás ha salido de esta contienda como la única capaz de reunificar y liderar el movimiento nacional, pero cumplir este rol le implica dar un giro más de los tantos que lleva en sus más de tres décadas de existencia.

Hamás surgió como el ala palestina de la Hermandad Musulmana -un movimiento panislamista con sede en Egipto, refundado después de 1945 con apoyo del MI6 británico y siempre ligado a él-, también apoyado clandestinamente por Israel, para que compitiera con la Organización de Liberación de Palestina (OLP) liderada por Yasser Arafat.

Cohetes lanzados contra Israel desde el sur de Gaza el pasado 17 de mayo

Sobre la base de movimientos caritativos la organización fue fundada durante la primera Intifada en 1987, siguió el mismo camino pero a partir de 1994, cuando la OLP reconoció a Israel, Hamás comenzó con campañas de atentados suicidas, asesinatos y ataques con cohetes, lo que provocó crueles represalias israelíes. La OLP venció en las elecciones palestinas de 1996, pero Hamás ganó las de 2006 y desde entonces gobierna la Franja de Gaza, que entonces fue bloqueada por Israel y Egipto. En esa época Hamás estableció vínculos con Irán, el que respaldó al grupo financiera y militarmente. No obstante, cuando en 2011 comenzó la guerra en Siria, Hamás apoyó a los islamistas, mientras que Irán respaldó al gobierno de Bashar al-Assad y Teherán cortó la ayuda financiera, impulsando a su competidor en la Franja, la Yihad Islámica.

Cuando en 2015 Rusia intervino en Siria a pedido de Assad y los islamistas fueron derrotados, Hamas se reencontró con Irán. Por esa época, Teherán también decidió que sus aliados debían ser capaces de construir cohetes por sí mismos y Hamás desarrolló entonces su capacidad para construir cohetes con desechos. Así fue que sus brigadas Al-Qassam  almacenaron una enorme cantidad de proyectiles con los que en el último choque cubrieron todo Israel.

Si hoy hubiera elecciones para la Autoridad Palestina, Hamás ganaría tanto en Gaza como en Cisjordania. También en el aspecto militar. Es posible que ahora el grupo pase a elevar su arsenal al nivel de disuasión que posee Hezbolá.

La imagen del Estado sionista ha quedado seriamente dañada en todo el mundo y el pueblo palestino ha recibido muestras de apoyo generalizadas, incluso en Estados Unidos.

Después de muchos años la lucha palestina por su derecho a la existencia ha vuelto a la agenda internacional. Sin embargo, su eje se ha desplazado, ya que frente a la colonización de Cisjordania es impensable organizar allí un Estado palestino sostenible. Cada vez más la opinión pública en Medio Oriente y el mundo todo se convence de que Israel tiene un régimen de apartheid similar al de Suráfrica antes de 1991 y que la única solución factible es fundar un Estado árabe-israelí laico y democrático.

La correlación de fuerzas ha cambiado. Si el liderazgo israelí no entiende la necesidad de refundar el Estado, buscará una nueva confrontación militar, pero ahora frente a un movimiento nacional palestino reunificado y con fuertes apoyos internacionales. Por su parte, si Hamas quiere liderar a todo su pueblo, debe tomar distancia de la Hermandad Musulmana y de sus mentores turcos y cataríes, así como de los británicos que los empujan.

Por ahora, la tregua que se alcanzó el viernes 21 parece ser sólo el prólogo de una nueva batalla. Sin embargo, las constelaciones de poder han cambiado y paso a paso se van perfilando los contornos de una negociación constituyente. Sólo falta que las grandes y medianas potencias circundantes la apoyen y no la entorpezcan.

martes, 18 de mayo de 2021

Sólo Rusia puede parar la masacre contra Palestina

 

Gaza evidencia el apartheid colonialista de Israel y EE.UU.

Sorprendidos por la magnitud y potencia de la resistencia palestina, el terrorismo estatal sionista y su aliado norteamericano están aislados en una encerrona de la que no logran salir

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
18 de mayo de 2021

Aunque aún no se sabe cuándo cesarán los combates entre israelíes y palestinos en la Franja de Gaza, después de una semana larga de contienda Tel Aviv y Washington aparecen como los primeros derrotados. El alto mando israelí desoyó el ultimátum que Hamás y Yihad Islámica le dieron el domingo 9, para que cesara en Jerusalén el desalojo de los pobladores del barrio de Sheikh Jarrah y las irrupciones en la mezquita de Al Aqsa. Entonces fue sorprendido por las primeras descargas de cohetes y más tarde por el alto porcentaje de proyectiles que, volando a muy baja altura, perforó la “cúpula de hierro”, el sistema de defensa antiaérea que supuestamente haría invulnerable al Estado sionista. A pesar de los intensos bombardeos sobre la Franja, nueve días después de haber comenzado el combate los cohetes siguieron volando, las bombas siguen cayendo sobre la población del gueto y el desconcierto cunde entre los perpetradores.

En su ambición por retrotraer la situación de Medio Oriente a 2016, el gobierno de Joe Biden inició hace un mes negociaciones indirectas con Irán para revivir el Acuerdo Nuclear de 2015 y desconsideró el peso de la alianza entre Israel, Arabia Saudita, los Emiratos y Bajréin tejida por el yerno de Donald Trump, Jared Kushner, en los años pasados. Al estallar la crisis actual, se encontró, entonces, sin el pan y sin la torta: no sólo que la República Islámica no está dispuesta a abandonar su programa de enriquecimiento de uranio, sino que incrementa su ingente y eficaz fabricación de cohetes de corto y mediano alcance, con los que abastece al “Eje de la Resistencia”, incluida Gaza. El gobierno norteamericano fue sorprendido por el estallido de las hostilidades. No quiere que Israel lo empuje a una guerra con Irán, pero está obligado a darle su apoyo. Entonces juega a postergar las negociaciones, en la esperanza de que Tel Aviv derrote a Hamás y se acabe el problema. Pero los días pasan y los palestinos no sólo resisten, sino que contragolpean con mucha fuerza.

El domingo 16 se reunió el Consejo de Seguridad de la ONU convocado por China, su presidente durante mayo. La embajadora estadounidense ante las Naciones Unidas, Linda Thomas-Greenfield, dijo durante el encuentro que su país estaba «trabajando incansablemente a través de los canales diplomáticos» para detener los combates. Sin embargo, se negó a que el organismo sacara una mínima declaración pidiendo el fin de las hostilidades, cuando sabe que bastaría con una llamada de teléfono de Biden a Netanyahu para detener el bombardeo israelí y Hamas cesaría inmediatamente sus disparos. Por su parte, el propio secretario de Estado Tony Blinken prefirió estos días seguir en una gira por los países nórdicos, en lugar de dirigirse a Oriente Medio.

Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en la frontera con la Franja de Gaza

Ante la parálisis del máximo órgano de gobierno mundial, por iniciativa del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, este lunes 17 el Cuarteto de Oslo (ONU, UE, EE.UU. y Rusia) discutió virtualmente cómo alcanzar un alto el fuego, aunque sin avanzar con medidas concretas. Por lo menos, convinieron seguir discutiendo bajo ese formato.

Entre tanto, como si nada pasara, el gobierno de Joe Biden autorizó la venta a Israel de armamento teledirigido de alta precisión por un total de 735 millones de dólares, según informó este lunes The Washington Post. Según detalla el medio vocero de la CIA, el Congreso de EE.UU. fue notificado el pasado 5 de mayo sobre los planes para efectuar la transacción, es decir, casi una semana antes de que el grupo Hamás iniciara sus ataques con misiles contra territorio israelí, pero cuando ya se habían agudizado los enfrentamientos en Jerusalén Oriental. EE.UU. mantiene una posición ambigua cada vez más difícil de sostener: se ha pronunciado a favor de un alto el fuego inmediato, mientras sigue defendiendo el supuesto “derecho de Israel a defenderse”.

La indefinición del conflicto llamó al ruedo a la diplomacia rusa. «Condenamos los ataques que se lanzan desde la Franja de Gaza contra los barrios residenciales [israelíes] y también, por supuesto, los ataques —absolutamente inadmisibles— contra instalaciones civiles en el territorio palestino», dijo el ministro de Relaciones Exteriores Serguei Lavrov ante la prensa en Moscú.

La carnicería de Israel en Gaza puede ser detenida inmediatamente por Joe Biden, pero la pregunta que paraliza a Washington es qué hacer después. Ninguno de los actores en el teatro de combates cree ya en la solución de dos estados pergeñada por Itzjak Rabin y Yasser Arafat en Oslo en 1993. Ambos fueron asesinados por haberse atrevido a tanto y desde entonces es letra muerta. Netanyahu desea una solución de tres estados en la que Hamás gobierne en Gaza, la Autoridad Palestina en Cisjordania e Israel en todas partes. Hamás, a su vez, aspira a apoderarse de la representación de todos los palestinos, en la patria y en la diáspora y a dirimir con Israel la suerte del territorio en nombre de sus más de 12 millones de compatriotas.

En EE.UU. todavía se mantiene el apoyo bipartidista a Israel, pero la opinión pública está cambiando perceptiblemente. El reciente acento sobre los derechos humanos de los palestinos más que sobre su reivindicación nacional está haciendo que más personas se solidaricen con ellos. 30 representantes demócratas han criticado en la Cámara los bombardeos contra la población civil de Gaza, Bernie Sanders ha pedido un alto el fuego y en varias ciudades se han producido manifestaciones a favor de los palestinos. Claro que el lobby sionista en el Congreso y en los medios es muy dominante, pero el piso está crujiendo. Cada vez más norteamericanos y europeos están viendo la dominación israelí sobre los territorios ocupados y Gaza como un régimen de apartheid similar al que ejercía la minoría blanca de Suráfrica antes de 1991.

El crimen de apartheid se define como «actos inhumanos cometidos con el fin de establecer y mantener la dominación de un grupo racial sobre cualquier otro y oprimirlo sistemáticamente». En la actualidad, Israel es la única potencia gobernante o que ejerce un control primario sobre los palestinos desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo; sus políticas hacia el pueblo palestino constituyen innegablemente un crimen de apartheid y el público occidental poco a poco está abriendo los ojos ante este hecho.


El edificio de la prensa en Gaza, la torre al-Jalaa, que fue bombardeado intencionalmente por Israel el pasado 14 de mayo 

Como explica Elijah Magnier en su blog, la crisis en Gaza unificó a los palestinos y quebró el prestigio de Israel. El detonante fue la escalada y agresiva campaña israelí contra el barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Oriental, habitado por más de 38 familias palestinas amenazadas con ser desalojadas de sus hogares. Israel también atacó salvajemente a manifestantes y creyentes en la mezquita de Al-Aqsa hacia el final del mes sagrado de Ramadán. Especialmente digno de mención es el levantamiento de los árabes israelíes. Tras 72 años de convivencia han demostrado que la nueva generación quiere recuperar su territorio ocupado. Sin embargo, la batalla en Gaza continuará algunos días más, porque Israel necesita cuidar la imagen que los cohetes palestinos han perforado a la vista de todo el mundo.

Precisamente, por la pérdida de prestigio sufrida por Israel y EE.UU. se les hace más difícil hallar la salida. Cualquier cese de las operaciones sería percibido en todo el mundo como el reconocimiento de una derrota. Hamás y Yihad Islámica, por su parte, tampoco tienen prisa en dejar de disparar sus cohetes, al menos mientras la población de la Franja aguante los bombardeos. Para que la violencia cese un tanto, todos los actores deben poder salvar su cara. Quien medie, si quiere tener éxito, debe edulcorar las concesiones que las partes hagan, para que nadie aparezca como derrotado. Rusia se ofrece como el mediador con más chances, porque Putin tiene una muy buena interlocución con Netanyahu y todos en la región saben de la seriedad del Kremlin a la hora de cumplir sus compromisos. El acuerdo que se alcance ahora no será definitivo, sino el prólogo de la próxima contienda, pero ya con un nuevo árbitro, impensado hasta la semana pasada. Después de 75 años de hegemonía en Medio Oriente, Estados Unidos no va a abandonar el mito de los dos Estados de un día para otro e Israel va a persistir en su  política colonial racista por un tiempo más, pero después de esta crisis el ordenamiento de la región va a quedar en gran parte confiado a Rusia y, lógicamente, también a China.

jueves, 13 de mayo de 2021

Cada vez es más difícil que EE.UU. y Rusia dialoguen

 

Para tener éxito, la cumbre debe estar bien preparada

Eduardo J. Vior

Biden y Putin evalúan la posibilidad de encontrarse en junio próximo, pero hasta entonces deberán alcanzar consensos múltiples y cuidar los efectos de sus demostraciones de fuerza

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
12 de mayo de 2021

Los astros parecen alinearse para que los presidentes de Estados Unidos y de Rusia se reúnan durante el extenso viaje que el primero realizará por Europa en junio próximo. Del encuentro puede surgir una agenda que regule las diferencias entre ambas potencias, pero para que el mismo sea exitoso, primero deben controlar sus propios gobiernos, luego, alcanzar difíciles acuerdos dentro de sus propias alianzas y, finalmente, cuidar los efectos que pueden tener sus reiteradas demostraciones de fuerza.

Este martes 11 el embajador norteamericano Robert Wood, representante ante la Conferencia Permanente de la ONU para el Desarme, confirmó que se está preparando una reunión cumbre entre los presidentes Vladímir Putin y Joe Biden. “Ambos mandatarios están de acuerdo en explorar la posibilidad de mantener discusiones estratégicas sobre una cantidad de temas relativos al control de armamentos y nuevos riesgos para la seguridad internacional,» informó el diplomático.


Serguei Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de la Federación de Rusia

Por su parte, durante una visita a Bakú, donde se entrevistó con el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, Serguei Lavrov confirmó las declaraciones de Wood diciendo que, dado que EE.UU. se ha retirado de muchos tratados internacionales para el control de distintos tipos de armamentos, este tema y la estabilidad global en general deberían ser los tópicos principales de la reunión.

Aunque la relación entre ambas potencias se ha tensionado sensiblemente desde el inicio del gobierno de Biden, existe una serie de áreas en las que pueden cooperar, como por ej. el control de las armas nucleares, el Acuerdo Nuclear con Irán, la relación con Corea del Norte, y la búsqueda de estabilidad en Afganistán, después de que los norteamericanos y la OTAN se retiren de allí. Asimismo, la participación de Putin en la cumbre virtual sobre el cambio climático que Biden presidió el mes pasado es un aliciente para la búsqueda de entendimiento. De igual manera, aunque los dos países han salido del Tratado de Cielos Abiertos (OST, por su nombre en inglés) -un acuerdo internacional que permite los vuelos de observación sobre instalaciones militares extranjeras-, estarían dispuestos a renegociarlo, para adherirse nuevamente.

Para que una reunión entre ambos presidentes tenga éxito, debe ajustarse a una agenda de trabajo muy bien preparada y sin exigencias irreales. En este momento Rusia no podría exigir que EE.UU. y sus aliados en la OTAN cesen las maniobras militares en los países bálticos, Polonia y el Mar Negro, pero, a cambio, Putin va a negarse a quitar el apoyo a los autonomistas rusohablantes del este de Ucrania y no va a conceder la libertad a Alexei Navalny. Mucho menos negociará cualquier acuerdo con EE.UU. sin la participación de China.

A pesar de las altisonantes declaraciones de sus representantes, EE.UU. encuentra más dificultades que Rusia en el camino hacia la cumbre, en primer lugar con su principal aliado en el continente europeo. Ante todo, Washington quiere impedir la terminación del gasoducto Nord Stream 2 que, procedente de Rusia, atraviesa el Mar Báltico, para entrar en Alemania por el norte. Sólo falta colocar 25 km de tuberías y se estima que para fin de año puede estar funcionando. La Canciller Angela Merkel y buena parte del empresariado industrial del país lo consideran imprescindible para asegurar el abastecimiento durante la transición energética, después de que el país, por imposición de los Verdes, cerrara sus centrales nucleares. La alternativa ambicionada por Washington es vender a Berlín el gas licuado que manda a través del Atlántico. Ante un candidato demócrata cristiano (Armin Laschet) débil y una candidata verde (Annalena Baerbock) fuerte, la opción de Washington está clara, pero deberá esperar hasta la elección del 26 de septiembre y la formación del nuevo gobierno. Se trata de una carrera contra el tiempo entre partidarios y oponentes al gasoducto de cuyo resultado dependerá el futuro de la relación entre EE.UU. y Alemania.

Con suma prudencia, Joe Biden es reticente a presionar abiertamente a Alemania, para que cancele la obra, pero un fuerte lobby bipartidista en el Congreso logró sancionar en 2019 y 2020 sendas leyes que sancionan a empresas estadounidenses o extranjeras que participen en la construcción del gasoducto (significativamente, exceptuaron a las alemanas). Como ya ha hecho muchas veces Angela Merkel, lo más probable es que haga todo tipo de concesiones a Washington, mientras termina la obra a toda prisa antes de octubre.

Aunque los estrategas de EE.UU. están muy contentos de provocar a Rusia en sus propias narices, sus aliados en Europa Oriental muchas veces los comprometen en desafíos inconvenientes y riesgosos. Así, después de que británicos y ucranianos entre febrero y abril tensaron al máximo la crisis en el Don, este lunes 10 tuvo lugar una reunión virtual de Joe Biden con nueve miembros de la OTAN en Europa Oriental que fue organizada por Rumania y Polonia y estuvo concentrada en la “seguridad” (=militarización) en Ucrania y el Mar Negro. Al avanzar sus líneas hasta la misma frontera de Rusia, la superpotencia se ha comprado los conflictos e intereses de un puñado de líderes locales corruptos e irresponsables dispuestos a confrontar con Moscú sin arriesgar ellos nada.

Jen Psaki, vocera de la Casa Blanca

No sólo en el exterior el presidente de EE.UU. da la impresión de estar haciendo un esfuerzo denodado para mantener el control de las decisiones. La semana pasada la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, confesó en el programa de su amigo y excolega David Axelrod por CNN que a menudo los asesores de Biden le aconsejan que no hable con los periodistas fuera de encuentros pautados y se quejó de que «muchas veces le decimos que no acepte preguntas, pero va a hacer lo que quiera, porque es el presidente de los Estados Unidos».

La difusión de este conflicto entre Biden y sus asesores explica que el mandatario sólo llame a una lista predeterminada de periodistas que rara vez le repreguntan y, cuando el presidente acepta preguntas, sus respuestas sean a menudo confusas o erróneas. Claro que los interlocutores y adversarios registran que el equipo de la Casa Blanca no confía en su capacidad para hablar, si no está guionado por gente ideológicamente formateada por largos años de trabajo conjunto. Jen Psaki y David Axelrod, por ejemplo, trabajaron juntos en el gobierno de Obama-Biden y después de 2017 siguieron juntos en CNN, hasta que la primera volvió a la presidencia. Estas puertas giratorias quitan mucha independencia al mandatario. Se notó nuevamente este martes 11:

«El presidente (de EEUU, Joe) Biden dijo que la comunidad de inteligencia todavía no ha hecho una evaluación completa (…), pero el FBI (Buró Federal de Investigaciones) ha concluido que el ataque se originó en Rusia, por lo que el país tiene la responsabilidad de actuar responsablemente», dijo la portavoz en rueda de prensa refiriéndose al ataque al gasoducto Colonial, paralizado por háckers el lunes 10. O sea, que el jefe de Estado avisa que todavía no se puede confirmar la autoría, pero a su vocera le basta con un informe del FBI para advertir ella a Moscú. Evidentemente, no sólo en América Latina ciertos periodistas ligados a los servicios de inteligencia dirigen la política de sus gobiernos.

Las relaciones internacionales giran actualmente en torno a las percepciones mutuas entre Rusia y China, por un lado, y Estados Unidos, por otro. Durante la crisis con Ucrania el Kremlin ha demostrado decididamente su disposición a utilizar la fuerza en gran escala, si Kiev seguía provocando, confiada como estaba en la ayuda de Estados Unidos. Entre tanto, China ha realizado maniobras militares frente a las costas de Taiwán y los países occidentales han introducido nuevas sanciones contra Rusia y China, mientras hablaban de diálogo. Ante este cúmulo de roces y provocaciones nadie cree en la disposición de sus contrincantes a mejorar las relaciones.

El hecho de que EE.UU. agudice la tensión del clima político internacional es bastante comprensible. Sigue comportándose como el actor más importante, pero sin darse cuenta de que no puede restaurar el orden anterior a 2017. Como demuestran las recientes expulsiones de diplomáticos rusos de Estados Unidos, Polonia, Bulgaria y la República Checa, la reducción de las representaciones de los contrarios se ha hecho habitual en Occidente, pero se trata de acciones caóticas que han desestabilizado aún más la política internacional y paralizado las instituciones mundiales. En realidad, la administración Biden utiliza la «amenaza rusa» más como una herramienta adicional para disciplinar a sus aliados europeos y cimentar la asociación transatlántica que para castigar a Moscú. Por su parte, para muchos miembros europeos de la OTAN las expulsiones de diplomáticos rusos y chinos son una forma simbólica de demostrar su fidelidad a Estados Unidos.

En tiempos de crisis, cuando el coste de cualquier error crece exponencialmente, es esencial preservar e incluso ampliar los canales diplomáticos existentes. Cada diplomático, independientemente de su rango y cargo, es, entre otras cosas, un canal de comunicación, una fuente de información y una parte de un diálogo que puede ayudar a comprender la lógica, los temores, las intenciones y las expectativas de su oponente. El adagio de Nicolás Maquiavelo, «Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca» sigue siendo igual de pertinente cinco siglos después. Por desgracia, estas sabias palabras están fuera de circulación en la mayoría de las capitales occidentales hoy en día.

Poco a poco se está escribiendo la historia de una nueva era en el desarrollo del orden mundial. La Guerra Fría, que terminó hace 30 años, dejó una huella profunda en la conciencia y la estructura del sistema político internacional que todavía pervive. Los viejos esquemas ideológicos han renacido con fuerza. Sin embargo, la puerta de las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia sigue abierta. Hasta ahora, ambas partes han tratado de evitar acciones concretas que hicieran absolutamente imposible el diálogo. Las recientes sanciones de EE.UU. contra Rusia han sido sobre todo simbólicas, y los dirigentes rusos no han demostrado hasta ahora ningún deseo de una nueva y rápida escalada. Una reunión entre los presidentes Joe Biden y Vladímir Putin sigue siendo una opción y una oportunidad. Una reunión de este tipo no conducirá seguramente a ningún «reinicio» de las relaciones bilaterales, pero aportará más claridad a los intercambios. Estabilizar el vínculo entre Estados Unidos y Rusia, aunque sea a un nivel muy bajo, ya sería un gran logro, pero, para subir a la cumbre de esa colina, ambas partes todavía deben moderar las provocaciones y controlar tanto a sus propios gobiernos como a sus aliados. Falta mucho tiempo hasta junio.

jueves, 6 de mayo de 2021

Sometida a EE.UU., la UE pierde protagonismo

Europa avanza… hacia ningún lado

Eduardo J. Vior

Mientras que EE.UU. juega al “que sí, que no” con Rusia, la UE adopta sanciones contra Moscú que sólo la dañan a ella misma y paralizan al bloque

Por Eduardo J. Vior

Los líderes norteamericanos y europeos piensan que son astutos. En su relación con Rusia juegan todos los días al “policía bueno y el policía malo”. El martes 4 el presidente Joe Biden reiteró su disposición a encontrarse con su colega ruso Vladímir Putin durante el viaje que en junio hará a a Europa. Lo dijo tan solo un día después de que la Unión Europea (UE) reclamara severamente ante Rusia por las sanciones que ésta adoptó contra autoridades del bloque como respuesta a las que previamente decretó la Unión y un día antes de que el secretario de Estado Tony Blinken anunciara que en su viaje a Ucrania el próximo sábado 8 llevará consigo a la subsecretaria Victoria Nuland, la responsable del golpe de Estado de 2014.

Nadie puede hacerse el distraído: las sanciones europeas contra funcionarios rusos, la declaración del habitante de la Casa Blanca y el grosero gesto del jefe de su diplomacia son las dos caras y el canto de la misma moneda. EE.UU. ha retomado la vieja política británica dirigida a separar a Europa de Rusia para dominarlas. A diferencia de lo sucedido en los primeros quince años del siglo, esta vez la UE será la mayor perjudicada, pero sus dirigentes se hacen los tontos. Es que en Bruselas faltan visiones, autoconfianza y liderazgo. La Europa de los 27 está a la deriva.

El martes pasado el presidente Joe Biden ratificó su voluntad de encontrarse con Vladímir Putin en el marco de su próximo viaje a Europa, del 11 al 13 de junio, cuando vuele a Inglaterra, para conferenciar en Cornwall (en el Oeste del país) con sus socios del G-7. De la isla el presidente piensa seguir viaje a Bruselas, donde se reunirá con los líderes de la UE y el 14 de junio participará en una cumbre de la OTAN. De realizarse el parlamento, probablemente lo hagan en Finlandia o en Austria, los pocos países neutrales que quedan entre el Atlántico y el Ural.

A pesar de la insistencia de Biden, Putin todavía no ha respondido a la convocatoria. Durante una conversación telefónica que mantuvieron en abril pasado, Biden propuso a Putin reunirse en junio, para tratar todos los incordios que separan a ambas potencias, pero a los dos días decretó sanciones contra Rusia y expulsó a diez de sus diplomáticos, un gesto que no favorece precisamente un acercamiento civilizado.

Apenas un día después de la última declaración presidencial, el secretario de Estado anunció que aprovechará su viaje a Kiev el próximo fin de semana, para “apoyar enérgicamente” al presidente Volodymir Zelensky en sus conflictos con Rusia en Crimea y en la Cuenca del Don. Para subrayar el desafío a Moscú, Blinken llevará consigo a la subsecretaria de Asuntos Políticos Victoria “Toria” Nuland, la misma funcionaria de carrera que en febrero de 2014, durante el golpe de Estado neonazi que derrocó al presidente Yanukovich, aventó por teléfono los reparos del embajador norteamericano en Kiev por la falta de acompañamiento de la Unión Europea con un sonoro Fuck the EU (me cago en la UE) que la inteligencia rusa se encargó de difundir por todo el mundo. Si el secretario Blinken quiere destruir los puentes de diálogo con Moscú, no puede elegir mejor acompañante.

Victoria Nuland, subsecretaria de Asuntos Políticos del Departamento de Estado

Como parte del carrusel de sanciones, este lunes la Unión Europea protestó ante el embajador ruso en Bruselas por las sanciones impuestas por Moscú a ocho altos dirigentes europeos, entre ellos el presidente de la Eurocámara, David Sassoli, y la vicepresidenta de la Comisión encargada de Valores y Transparencia, Vera Jourová. Por su parte, Moscú lanzó su última rueda de sanciones como respuesta a las aprobadas por la UE por el caso del estafador ruso Alexéi Navalni, convertido en mártir opositor por acción de la prensa occidental.

Maria Zajárova, vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores de la Federación de Rusia

Siguiendo el juego de ping-pong, la portavoz del Ministerio de Exteriores de Rusia, María Zajárova, declaró este lunes en una entrevista con RT que las sanciones contra el país representan un «gesto de desesperación» debido a la incapacidad de las naciones occidentales para aceptar los evidentes éxitos de la economía rusa y el aumento de su competitividad internacional.

Además, señaló, Rusia está trabajando para minimizar los posibles riesgos y los daños económicos que podrían producirse, si fuera desconectada del sistema de transferencias bancarias internacional SWIFT.

Otra fuente de tensión entre Rusia y EE.UU. es la construcción del gasoducto Nord Stream. Sólo falta tender 25 km de tubería, para que el ducto alcance la costa alemana en el Estado de Mecklenburgo-Antepomerania, pero el boicot norteamericano a la obra no cesa, al punto de que el propio Parlamento Europeo votó mayoritariamente la semana pasada contra la terminación del emprendimiento. En realidad, se trata de una medida suicida, impulsada por un pseudo principismo ecológico, ya que Alemania cerró todas sus centrales nucleares, sin haber desarrollado todavía suficientes fuentes alternativas. Si no recibe el gas ruso, entonces, se hará extremadamente dependiente del gas licuado norteamericano que llega a través del Atlántico. Éste es el quid de la feroz campaña antirrusa que asola a Europa.

La relación económica y comercial entre Rusia y la Unión Europea tiene un potencial inmenso, pero cada uno de los interesados ve el vínculo desde perspectivas encontradas. Mientras que el liderazgo ruso busca ampliar el comercio y las inversiones extranjeras en su país, para sustituir importaciones y agregar valor a sus exportaciones, las principales potencias europeas pretenden mantener a la Federación Rusa como proveedora de productos primarios (principalmente hidrocarburos y minerales) y compradora de productos elaborados. Sobre este vínculo influye decisivamente Estados Unidos que, bajo todos los gobiernos desde principios de siglo trata de reducir al mínimo los lazos comerciales y financieros entre la UE y Rusia, por un lado, para ahogar económicamente a ésta, debilitarla y alcanzar el viejo objetivo estratégico británico del siglo XIX de dividir el país para someterlo. Al mismo tiempo, si EE.UU. lograra cortar los lazos comerciales y financieros entre la UE y Rusia, aumentaría la ya enorme dependencia de Europa respecto de su aliado atlántico.

El proceso de integración europeo vivió y creció desde 1949 en torno a la alianza franco-alemana. El fin de la era de Angela Merkel en Alemania ha creado un peligroso vacío de liderazgo que el debilitado Emmanuel Macron no puede llenar. Es la hora, entonces, de los mediocres atlantistas que en Bruselas calientan los sillones directivos del bloque. Ciegamente plegados a la estrategia de cambio energético propugnada por Shell (la Reina Máxima), George Soros y Bill Gates con el apoyo de Joe Biden, no tienen empacho en aumentar durante un largo, impreciso período de transición la dependencia europea del abastecimiento gasífero estadounidense. Junto al gas incorpora también su discurso de “derechos humanos”, su conducción militar y sus guerras.

La “coronacrisis”, la crisis económica, la climática, la migratoria y la demográfica ofrecen oportunidades irrepetibles para que las potencias que hoy compiten por el liderazgo mundial busquen alternativas. Pero para ello hacen falta liderazgos con conciencia histórica, confianza en sí mismos y voluntad de hallar entendimientos que hagan posible llegar a soluciones de mutua conveniencia. Hoy en Europa no existen ni unos ni otros. El continente marcha sin rumbo… hacia ningún lado.

 

miércoles, 28 de abril de 2021

Biden enfrenta la crisis pasada y quiere evitar la futura

 

Entre crisis y crisis

Eduardo J. Vior

El gobierno de Joe Biden celebra sus primeros 100 días con un fervoroso activismo para superar la crisis del régimen político y evitar el próximo cimbronazo que ya se insinúa.

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
28 de abril de 2021

Cuando este miércoles 28 el presidente norteamericano Joseph “Joe” Biden celebre sus primeros cien días en el gobierno, presentará un balance desparejo, pero habrá que reconocerle que impuso un ritmo frenético a la ferruginosa maquinaria del Estado. Es que las caóticas semanas que mediaron entre la elección presidencial de noviembre y la asunción del mando el pasado 20 de enero pusieron al descubierto una gigantesca crisis de gobernanza. Al mismo tiempo, la sensación de endeblez que trasmite el nuevo presidente induce a prever que no terminará su mandato y que el país se encamina hacia una nueva crisis, esta vez por su sucesión. Para aventar esta sensación, sus técnicos procuran dar una imagen de eficiencia, pero las resistencias internas y las barreras externas son reales y el gobierno demócrata puede darse de bruces contra unas y otras.

Se espera que, cuando Biden hable hoy ante el Congreso, no se limite a defender políticas específicas, sino que abogue en general por un gobierno más intervencionista. Aprovecha para ello la crisis impuesta por el COVID-19, pero también el hecho de que la población exige soluciones a problemas largamente pendientes. Hay algunas encuestas que respaldan esta visión. El propio presidente está subiendo en la aprobación pública, especialmente en relación con su gestión de la pandemia. Su logro legislativo más destacado hasta ahora fue su paquete de ayuda para superar las consecuencias de la pandemia de COVID-19 por 1,9 billones de dólares. También ha impulsado un programa inicial de infraestructuras por valor de 2,3 billones. Se espera también que esta noche Biden defienda otra avalancha de gastos, esta vez en infraestructuras sociales. La propuesta se sufragaría principalmente con el aumento de los impuestos a los más altos ingresos.

Los republicanos han criticado todos estos programas, argumentando que son propuestas que buscan colar en la legislación el estatismo demócrata, pero el presidente, por el contrario, cree que el peligro político reside en hacer demasiado poco, no demasiado. En una encuesta de NBC News publicada el domingo se pidió a los entrevistados que eligieran entre la afirmación «el gobierno debería hacer más para resolver los problemas y ayudar a satisfacer las necesidades de la gente» o «el gobierno está haciendo demasiadas cosas que es mejor dejar a las empresas y a los individuos» y el 55% optó por la primera, en tanto sólo el 41% se inclinó por la segunda. En un nuevo sondeo, esta vez del Washington Post/ABC News, difundido también el domingo, Biden obtuvo la aprobación del 52 por ciento de los adultos por su desempeño en general y del 64 por ciento por su gestión de la pandemia. Sin embargo, el relevamiento del Post muestra que el 53% de los estadounidenses expresan algún nivel de preocupación por que Biden aumente excesivamente el peso del gobierno. Este resultado puede ser una advertencia para que los progresistas no se entusiasmen demasiado. Cuando en EE.UU. el tamaño y el alcance del gobierno se convierten en un problema público, la resistencia a la suba de los impuestos domina el orden del día.

Significativamente, un estudio de Fox News, dado a conocer el mismo domingo, preguntaba a los encuestados si preferirían «pagar más impuestos para mantener un gobierno más grande que proporcione más servicios» o «pagar menos impuestos y tener un gobierno más pequeño que proporcione menos servicios». Enunciado de esta manera, el lado del gobierno pequeño ganó una victoria decisiva: 56% a 36%.

Manifestación en apoyo a los inmigrantes en la frontera con México

El balance del gobierno de Biden muestra numerosos claroscuros. En la política interna su principal problema está en la cuestión migratoria. En su programa electoral prometió elevar a 125.000 el tope de refugiados que se aceptarían por año, frente a los 15.000 que fijó el presidente Donald Trump. Sin embargo, la Casa Blanca dijo primero que mantendría el tope de 15.000 de Trump debido a «preocupaciones humanitarias», tras enfrentarse a la reacción de los demócratas aceptó aumentar el límite, pero lo más probable es que este año no admitan más de 15.000.

Al abandonarse los acuerdos con México, para que este país actuara como “tercer país seguro” y controlara los flujos que llegan del Triángulo Norte de América Central (Guatemala, Honduras y El Salvador), se produjo un súbito incremento de los contingentes que llegaron a la frontera. La encargada del gobierno para la recepción de esos inmigrantes, la veterana política demócrata Roberta Jacobson, fracasó en su intento por contenerlos y fue desplazada. La manzana envenenada le tocó entonces a la Vicepresidenta Kamala Harris, pero ella se desentendió diciendo que le habían encargado las relaciones con el Triángulo Norte y no la frontera. En los tres países la presidenta in pectore ha pergeñado la intervención de fundaciones privadas (la de George Soros, la Rockefeller y la Ford), para que ayuden a la reconstrucción tras los huracanes que devastaron la región y creen empleos que permitan retener aunque sea a una parte de los emigrantes. Mientras tanto, en la frontera la herida sigue abierta.

El gobierno tampoco ha podido avanzar en la reforma de las policías y la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por su nombre en inglés) ha reclamado un fallo de la Corte Suprema para convalidar la libre tenencia y portación de armas.

No obstante, debe reconocerse al gobierno de Biden su éxito en la vacunación contra el Covid-19: había prometido aplicar 100 millones de vacunas antes de que finalicen sus primeros 100 días y ya ha llegado a las 140 millones. Sin embargo, una parte importante de la población es reticente a vacunarse y en los depósitos se han acumulado muchas vacunas sin destinatario, de modo que crece el reclamo público para que EE.UU. entregue sus antivirales sobrantes al mecanismo COVAX o simplemente las done a países necesitados como India.

Además, EE.UU. ha reingresado al acuerdo climático de París y ha reunido la semana pasada una cumbre mundial sobre el clima. Sin embargo, el cambio de la matriz energética impulsado por el gobierno demócrata tiene dos lados oscuros: por un lado beneficia unilateralmente a algunas pocas empresas productoras de energía eólica, mientras perjudica a la cuenca del petróleo de esquistos del Medio Oeste. Para paliar este daño, presiona a Alemania, para que no termine de construir el gasoducto Nord Stream 2 a través del Báltico, que le permitiría abastecerse con gas barato de Rusia, y compre el gas natural licuado norteamericano que llega a Europa a través de las terminales construidas en Irlanda, Francia e Inglaterra.

La decisión de Donald Trump de retirar todas las tropas de Afganistán no dejó otra alternativa a Biden que aceptarla

Donald Trump había convenido con los talibanes el retiro del último contingente estadounidense de Afganistán hasta el próximo 1º de mayo. El gabinete de Biden titubeó, pero finalmente, el miércoles pasado el presidente confirmó que saldrían del país asiático hasta el 1º de septiembre. Su secretario de Estado Antony Blinken también anunció que cesaría el apoyo para la coalición saudita-emiratí que desde hace seis años azota Yemen, pero todavía no hay signos visibles de este giro político.

En su política de derechos humanos el gobierno de Biden es tan poco creíble como el de Obama. El presidente ha planteado al presidente chino, Xi Jinping, su preocupación por Hong Kong, la situación de los uigures en Xinjiang, y las tensiones con Taiwán. En repetidas ocasiones ha denunciado el encarcelamiento del estafador ruso Alexei Navalny, pero se negó a responsabilizar al príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman, por el asesinato de Jamal Jashogui y sigue tolerando el terrorismo de estado en Colombia.

El peor error de su política exterior ha sido tratar de amenazar a Rusia y China ignorando el poder que ambas potencias han adquirido y la solidez de la alianza estratégica ente ellas.

Sólo lentamente los norteamericanos van aprendiendo que tampoco con Irán pueden adoptar un lenguaje arrogante. Desde que EE.UU. salió del Acuerdo Nuclear en 2018, la República Islámica ha continuado su programa nuclear y desarrollado con tecnología propia un potencial tal de ofensiva con drones que ha eliminado la supremacía aérea que EE.UU. e Israel tenían en Oriente Medio. En Viena se están llevando a cabo conversaciones indirectas entre representantes iraníes y estadounidenses a través de otros signatarios del acuerdo de 2015, pero Teherán se ha negado hasta ahora a cumplir el antiguo acuerdo sin un alivio de las sanciones y recientemente ha comenzado a enriquecer uranio hasta su máxima pureza. A Washington no le queda más remedio que comenzar a levantar sanciones, pero carece de garantías iraníes y debe prestar atención a las críticas en el frente interno.

Para culminar los 100 días, el fin de semana pasado el presidente Biden calificó como “genocidio” la masacre a los armenios cometida por el Imperio Otomano en 1915. Si bien la declaración le ganó el apoyo de la minoría armenia en EE.UU., le acarreó un fuerte rechazo del gobierno turco que puede conducir a nuevos roces diplomáticos.

El esfuerzo del presidente Joe Biden y sus equipos técnicos y políticos por demostrar eficiencia es demasiado notorio. Tratan de devolver el mundo y el país a la situación de 2016, buscando obviar el tiempo de Donald Trump, como si hubiera sido sólo un pequeño traspié. No miden la profundidad de la grieta sociocultural que divide la sociedad norteamericana, manipulada por el uno por ciento más rico para separar a pobres de pobres, y no se atreven a las reformas profundas que requiere su superación. En el plano internacional, en tanto, Rusia, China e Irán han tejido en los últimos cuatro años una sólida alianza estratégica que Estados Unidos no puede romper ni doblegar. Producto de su debilitamiento, la superpotencia tampoco puede competir con las ofertas que el bloque euroasiático hace a los demás países del Sur Global. Se nota mucho en la competencia por las vacunas durante la actual pandemia.

Si a esta paridad estratégica y fractura interna se suma la débil salud del presidente, que probablemente no termine el mandato, asoma en el horizonte la sombra de una crisis sucesoria. Si el presidente se muestra incapaz de ejercer el cargo y el poder establecido se niega a aceptar a Harris, ante la vejez de la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi (81 años) es altamente posible que la Corte Suprema (donde seis de los nueve jueces son conservadores) tome las riendas en sus manos. El gobierno de Joe Biden surgió de una profunda crisis de gobernanza y se dirige hacia otra. ¿Le bastará con su activismo para evitarla?

miércoles, 21 de abril de 2021

Todas las porvocaciones de EE.UU. y GB terminan mal

 

Novedades del frente occidental

Eduardo J. Vior

La nueva Guerra Fría 2.0 delimitó una frontera entre bloques que circunda Eurasia, pero los cambios recientes en Ucrania y Medio Oriente han debilitado a los atlantistas

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
21 de abril de 2021

Cuando Erich-Maria Remarque en 1928 publicó su novela antibélica “Sin novedad en el frente occidental” (en castellano sólo traducida como “Sin novedad en el frente”) apostrofó, desde su experiencia como joven soldado en las trincheras entre 1914 y 1918, el sinsentido de una guerra de posiciones entre Alemania de un lado, Francia e Inglaterra del otro en la que las tropas de ambos lado morían por millones sin que el frente se moviera. El libro describió subjetivamente un equilibrio catastrófico en el que los contendientes se deciman sin obtener ventajas.

Éste no parece ser el caso del frente occidental en la Guerra Fría 2.0. Desde Ucrania hasta Irán cada provocación de la alianza occidental revierte como un búmerang en un avance del bloque euroasiático. Parece que esta guerra se va a caracterizar por movimientos intensos.

Irán, esa potencia

Contra lo que esperaba el gobierno de Joe Biden, en la reunión de Viena de los países firmantes del Acuerdo Comprensivo Nuclear de 2015 (Rusia, China, Francia, Gran Bretaña y Alemania, por un lado, Irán por el otro) la República Islámica mordió con dientes afilados. No sólo rechazó que el enviado de EE.UU. se sumara a la reunión, dado que ese país desde 2018 ya no integra el acuerdo, sino que aprovechó el sabotaje israelí contra la planta de enriquecimiento de uranio en Natanz para atacar al Estado sionista y a todos sus aliados. Además, informó en la mesa de negociaciones que ha comenzado a enriquecer uranio hasta el 60% y que sus centrifugadoras IR9 pueden producir 9 gramos de uranio enriquecido por hora, aunque pronto bajará la producción a 5 gramos por hora.

Planta de enriquecimiento de uranio en Natanz, Irán

Esta actitud ofensiva de la delegación iraní desorientó al primer ministro israelí Benyamin Netanyahu, quien, después del ataque a la planta nuclear creía controlar la situación. Por el contrario, ahora comprueba que ha favorecido la reacción de Irán y éste ha mejorado mucho su posición negociadora. Los servicios de inteligencia estadounidenses estimaban erróneamente que Teherán necesitaría nueve meses para restablecer la producción de Natanz y que, por lo tanto, no había prisa para levantar las sanciones. Por el contrario, la República Islámica tardó sólo nueve horas en cambiar la vieja centrifugadora IR1 por una más avanzada, la IR6, que puede separar isótopos aún más rápidamente. Así reanudó rápidamente la producción para el estupor de sus adversarios.

El primer ministro Netanyahu creyó asimismo que la falta de respuesta iraní a sus múltiples ataques contra objetivos de ese país en Siria le permitía actuar de la misma manera en el Estrecho de Ormuz y el Mar Rojo. Llegó incluso hasta a romper la tradición israelí de negar la responsabilidad por los sabotajes realizados por el Mossad en el extranjero. Para su asombro, empero, Irán lo sorprendió atacando en el Mar Rojo un barco israelí con un cohete lanzado desde un dron. El ataque demostró a la vez la capacidad de la inteligencia iraní, que había seguido estrechamente el barco, hasta que la armada de la Guardia Revolucionaria Iraní (IRGC) lo alcanzó.

El primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahu, pasa revista las tropas de la FDI

En los últimos diez años, el primer ministro Netanyahu y sus asesores militares estimaron correctamente que la guerra en Siria era una oportunidad para destruir la capacidad del ejército sirio para atacarlos. Además, como Rusia quería evitar a toda costa otro frente entre Siria e Israel, ofreció al presidente Bashar al-Assad cantidades ilimitadas de cohetes de interceptación. De ese modo Siria se abstuvo de entrar por ahora en guerra con Israel. Por la misma razón el presidente sirio rechazó la presión iraní para que disuadiera a Israel (como lo hace Hizbolá desde Líbano) bombardeando objetivos de ese país con sus reservas de proyectiles iraníes.

En cambio, Netanyahu y su equipo se equivocaron, cuando pensaron que Irán dejaría de tomar represalias por los asesinatos, sabotajes y ataques israelíes contra los barcos iraníes. Teherán ya había cambiado su estrategia, cuando derribó el más caro de los aviones estadounidenses no tripulados y bombardeó la mayor base militar estadounidense en Irak, Ayn al-Assad. Aprovechó entonces, cuando Israel difundió su autoría del sabotaje en Natanz y el ataque contra el barco persa en el Mar Rojo. Gracias a su medida reacción la República Islámica pudo imponer en Viena sus condiciones, exigiendo el inmediato levantamiento de todas las sanciones. El líder supremo, Alí Jamenei, dio instrucciones a sus enviados, para que no hagan gestos de buena voluntad ni sean concesivos con las disputas que el presidente estadounidense mantiene dentro de su propio gobierno. La pelota está en el campo norteamericano y Biden debe responder ya. Esta vez Netanyahu está en un rincón, lamiéndose las heridas y mirando las negociaciones por TV.

Ucrania, esa entelequia

Las tropas todavía no regresaron a sus cuarteles, pero el peligro más agudo de guerra en la frontera ruso-ucraniana ha pasado … por ahora. Hoy todos dicen que nadie quería el choque, pero durante semanas olió a pólvora entre el Dniéper y el Don. Esta pausa es buena para sacar conclusiones.

Siete años después del golpe de estado de febrero de 2014 el PBI de Ucrania todavía está un 20% por debajo del que había entonces. El país está profundamente fragmentado entre bandas, mafias, intereses regionales y sectoriales. Se ha convertido en un protectorado occidental, pero sus probabilidades de ser admitido en la OTAN o en la UE son nulas. En sus dos años de gobierno el presidente Volodymyr Zelensky y su partido El Siervo del Pueblo han dilapidado su popularidad. La presión conjugada de la minoría rusohablante del este y de los neonazis del oeste del país ha triturado al partido.

Desde que Rusia reaccionó al golpe de estado reincorporando la península de Crimea y los distritos mineros e industriales de la Cuenca del Don se alzaron para protegerse contra un genocidio inminente, Occidente quedó choqueado. Nunca se había imaginado la potencia del patriotismo ruso cuando se siente amenazado. Todavía no lo entiende. Entre tanto, la falta de diálogo ha alejado cada vez más a las repúblicas populares de Donetsk y Luhansk de la lejana Kiev. Todo su comercio se dirige hacia Rusia y se estima que 600 mil de sus 3,6 millones de habitantes han recibido el pasaporte ruso, aunque Moscú ha dejado bien claro que no va a incorporar dichas regiones autónomas. Por lo tanto, es su responsabilidad arreglar su relación con Ucrania.

 Sir Stuart Peach, Comandante de la Royal Air Force, Jefe del Comité Militar de la OTAN

El último episodio comenzó el 12 de febrero pasado, cuando en una visita al este de Ucrania el mariscal británico Sir Stuart Peach, Jefe del Comité Militar de la OTAN, reclamó a Rusia que deje de apoyar a los autonomistas de Donetsk y Luhansk. Rápido y fiel, Zelensky cerró los canales de TV en ruso y acusó a sus empresarios de “traición a la Patria”. Acto seguido, sin respetar Constitución ni leyes, convirtió el Consejo de Defensa Nacional en máxima institución del Estado y  movilizó hacia el este tropas y el abundante arsenal recibido de EE.UU. Sabe que Ucrania no puede enfrentarse a Rusia, pero sí provocarla para que ésta reaccione y los aliados occidentales se inmiscuyan en una guerra mayor. Con esta maniobra, de neto corte británico, la OTAN esperaba romper definitivamente el diálogo entre Rusia y las potencias occidentales, especialmente Alemania y Francia. El objetivo central que está detrás es evitar la colocación de los 25 km faltantes del gasoducto báltico North Stream II, para mantener en pie la ambición ucraniana de monopolizar los ductos que desde el Mar Caspio pasan por su territorio llevando el fluido hacia Occidente.

Aunque para el Kremlin el bleuf era evidente, Vladímir Putin decidió jugar a fondo. En pocos días puso en las fronteras decenas de miles de efectivos (Ucrania habló de 80.000), entre ellos la histórica 76ª División Aerotransportada de Pskov, tanques, artillería misilística, hospitales de campaña y alistó las más recientes unidades de la Fuerza Aeroespacial.

 76ª División Aerotransportada de Pskov

Rusia concentró sus tropas en la frontera tan ostensiblemente que nadie pudo hacerse el distraído. Así el Kremlin alcanzó varios objetivos a la vez: intimidó a los líderes ucranianos, avisó a EE. UU. que controle a sus protegidos para evitarse problemas, convenció a franceses y alemanes de que el gobierno ucraniano sólo puede aumentarles los costos y reaseguró al pueblo de la cuenca del Don que la Madrecita Rusia nunca los abandonará. Por las dudas, el subjefe de Estado Mayor de las FF.AA. de Rusia, Dmitri Kozak –encargado de las relaciones con el ejército ucraniano- dejó varias veces en claro que, si Ucrania atacaba, sería su fin en 48 horas.

Hecha la advertencia, los comandantes rusos rechazaron ante sus pares norteamericanos, franceses y alemanes toda crítica por los movimientos de tropas dentro del propio territorio y se concentraron en un detallado tratamiento técnico del despliegue de fuerzas con el jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU., el general Mark Milley, para que éste tuviera todos los datos y fuera prudente al tomar sus decisiones.

Rusia apostó muy fuerte para evitar una guerra con Ucrania ahora y en el futuro y ganó.

El mayor derrotado en esta crisis fue el Servicio de Inteligencia Secreto de Su Majestad, el MI6. Zelensky actuó siguiendo al pie de la letra el guión del jefe del SIS, Richard Moore. Parte de la escenificación rusa fue la denuncia “casual” que hicieron de su accionar en el canal Rossiya 1. En Bruselas, en tanto, se rumorea a los gritos que el Reino Unido incita el estallido de una gran guerra en el este de Europa, para que el continente se incendie, mientras la isla cotiza en la Bolsa. Nuevamente, no es casual que el secretario de Estado Blinken y el secretario general de la OTAN Stoltenberg hayan cantado en coro con Downing Street 10.

Nicolai Patrushev, secretario del Consejo de Seguridad Nacional de la Federación Rusa

A la distensión de la crisis contribuyó potentemente la entrevista que Nikolai Patrushev, secretario del Consejo de Seguridad Nacional de Rusia, dio el 7 de abril pasado al diario moscovita Kommersant, durante la cual, en dos pasajes sucesivos denunció los laboratorios de guerra biológica que EE.UU. y sus aliados han instalado en las cercanías de las fronteras de Rusia, Irán y China e informó a la periodista que a fin de marzo había mantenido una muy civilizada conversación con Jake Sullivan, su par norteamericano. Éste avisó entonces que EE.UU. no se entrometería en un conflicto entre Ucrania y Rusia,  a lo que el interpelado parece haber respondido algo así como “¡Ah! Entonces no los vamos a incinerar”. Este intercambio abrió la puerta para que el martes 13 Joe Biden llamara a Putin. No pasó nada, pero hablaron y eso ya es mucho, aunque dos días después EE.UU. sancionó a funcionarios y fondos de inversión rusos.

Nadie se hace ilusiones de que en un futuro cercano haya una reunión cumbre entre ambos presidentes. Mucho menos después de que el vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, declarara que “Rusia no va a permitir que se hable con ella desde una posición de poder”. Curiosa coincidencia: lo mismo advirtió el responsable de la política internacional del PCChino, Yang Jiechi, a Tony Blinken, cuando se enfrentaron en Alaska. ¿Casualidad o causalidad?

Después de haber visto la guadaña de cerca, los mafiosos de Kiev ahora posan de ángeles y afirman a los cuatro vientos que nunca quisieron la guerra. Todavía se espera la misma proclama de Washington.

Con todo, Zelensky salió bastante bien parado: convalidó sus credenciales patrióticas, consiguió que Biden lo llamara por teléfono, EE.UU. y la OTAN reafirmaron su apoyo a Ucrania, el Reino Unido lo sostiene y el jefe de estado pudo insistir en su fatuo pedido de adhesión a la Alianza Atlántica. Por ahora salvó la ropa.

Que en Ucrania oriental haya amainado la tensión no quiere decir que se haya reducido la confrontación. Los nacionalistas de Kiev no están dispuestos a implementar el acuerdo Minsk II de 2015, que preveía la desmilitarización de la Cuenca del Don, la libre circulación de los civiles y el restablecimiento de los servicios. Pero tampoco pueden renegar de lo convenido, porque Berlín y París mediaron entonces para salvar a Ucrania.

Ucrania está plantada en plena ruta del gas del Caspio hacia Europa y podría beneficiarse de la Nueva Ruta de la Seda, si tuviera un gobierno menos rapiñero. Por ahora se mantendrá el statu quo, aunque la crisis sirvió para que Rusia convenza a los occidentales de que no sueñen con una guerra. Esta constatación puede obligar a Estados Unidos a desplazar el foco de sus agresiones.

Joe Biden parece haber asumido el gobierno en enero pasado y comprado sin leer los libretos que le escribió el Pentágono que, evidentemente, no se basan en una apreciación seria de la realidad. Si a cada provocación norteamericana sucede, como en estos dos casos, una reacción arrolladora de sus contrincantes, EE.UU. se va a encontrar pronto defendiendo sus bases en el Mediterráneo Oriental. En el frente occidental hay mucho movimiento.