lunes, 16 de noviembre de 2020

En EE.UU. la lucha por el poder recién empieza

 

Trump quiere pasar a la Historia como artífice de la paz

Eduardo J. Vior

Sabiendo que le será muy difícil impedir la toma del gobierno por los globalistas, el presidente está minando el ejecutivo y colocando hitos para mantener su vigencia futura

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
16 de noviembre de 2020

Después de haber concedido este domingo por la mañana que Joe Biden ganó la elección del 3 de noviembre, en un segundo tuit el presidente Donald Trump aseguró que su rival demócrata «sólo ganó a los ojos de los medios falsos», reiterando que no va a darse por vencido en su impugnación de una elección que tachó de «amañada».

En Washington ningún interlocutor serio duda de que el 3 de noviembre se cometió fraude en distintos estados, aunque todos saben que es muy difícil probarlo y, si se pudiera, recién sucedería mucho tiempo después de la asunción de Joe Biden. Previendo que el 19 de enero deba abandonar la Casa Blanca, entonces, Donald Trump está dificultando al máximo el acceso del nuevo equipo y poniendo funcionarios leales en posiciones estratégicas, para dejar testimonio de las políticas que él habría ejecutado, si durante casi cuatro años no lo hubiera saboteado el “Estado profundo”. Entre tanto, libra batalla en cada una de las etapas de la transición.

El pasado lunes 9 el despido del secretario de Defensa, Mark Esper, puso sobre alerta a la plana mayor del Pentágono, que ahora teme que llegue la orden para abandonar inmediatamente Afganistán, Siria e Irak. Por su parte, el saliente enviado especial de EE.UU. para Siria, Jim Jeffrey, confesó el viernes 13 en una entrevista con Defense One que su equipo ocultó deliberadamente a sus superiores y al presidente Donald Trump el número de soldados estadounidenses estacionados en Siria, dando a entender que en ese país se encuentran muchos más de los 200 efectivos que Trump autorizó a dejar allí en 2019.

Manifestantes trumpistas el sábado 14 en Washington

A confesión de parte, relevo de prueba: el reconocimiento del funcionario de que traicionó a sus jefes, incluido el presidente, confirma por un lado que Donald Trump efectivamente pretendía acabar con las continuas invasiones que Estados Unidos lleva desde 1945 y, por el otro, que los generales y almirantes no piensan abandonar el negocio de la guerra permanente.

No es casual, por lo tanto, que se hayan multiplicado los rumores sobre el remplazo de Gina Haspel al frente de la CIA, a quien los partidarios del presidente acusan de entorpecer la desclasificación de documentos secretos que probarían la obstrucción intencionada de la agencia a la investigación de 2017-18 que debía probar la inocencia del mandatario ante las acusaciones formuladas por los demócratas sobre su supuesta complicidad con agentes rusos para ganar la elección de 2016. Si cae Haspel, debería seguirla su antecesor en el cargo y jefe político, el secretario de Estado Mike Pompeo.

“Durante tres años y nueve meses Trump tuvo que responder a cada maniobra del Estado profundo,” declaró a The Hill Bryan Lanza, un asesor que participó en 2016-17 en el equipo de transición del presidente. “Ahora el mandatario está desatado y es el Estado profundo quien tiene que responder a su avance”, continuó.

“La prioridad de Trump es crear el caos”, evaluó por su parte Dov Zakheim, quien fuera subsecretario de Defensa en el gobierno de George W. Bush. “Cuando cambia el gobierno, se necesita gente del elenco saliente que entregue las oficinas a los entrantes, lo que él trata de impedir. Está causando una disrupción y haciendo muy difícil la transición,” agregó.

La purga en el Pentágono es la más relevante de todas las que el presidente está haciendo. “Si el presidente no consigue sacar ahora las tropas de Afganistán, los movimientos que está haciendo carecerán de sentido”, comentó un dirigente republicano cercano a la Casa Blanca. “Sus seguidores quieren que traiga a las tropas de vuelta a casa y el pueblo está deseoso de que las retire. Si logra sacarlas de ese pantano, pasará a la historia como el hombre que terminó la guerra más larga en la historia de EE.UU.”, completó.

Según Myron Ebell, quien dirigió en 2016-17 el equipo de transición en la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA, por su sigla en inglés), “gran parte de los errores cometidos por el gobierno de Trump se debió a que el jefe de Estado nunca pudo controlar los nombramientos de personal en la presidencia”. “Los funcionarios de carrera son reacios a la agenda conservadora. Como parte de la misma consistía en reducir la planta de personal y controlar la carrera funcionarial, obviamente la boicotearon”, adicionó.

Kamala Harris, la muy probable vicepresidenta electa de Estados Unidos y verdadera cabeza del poder 

Entre tanto, el presidente va a librar batalla en cada una de las instancias hasta el 20 de enero. Ordenó a sus abogados que presenten demandas por fraude en todos los estados donde la Justicia las admita. Al mismo tiempo va a intentar “doblar” a electores no militantes, para desmontar la mayoría de Biden en el Colegio Electoral. Todavía, el 14 de diciembre, cuando éste se reúna para elegir al presidente, buscará plantear cuestiones de procedimiento para entorpecer el proceso y retrasar la elección. Similares medidas dilatorias va a impulsar el 3 de enero, cuando sesione por primera vez el nuevo Congreso y el 5 de ese mes, cuando Georgia defina en una segunda vuelta los dos senadores que enviará a Washington. Según quien gane allí, los demócratas pueden alcanzar la paridad (49-49) y la vicepresidenta Harris tendrá la decisión o los republicanos cimentarán una mayoría de bloqueo de 50 a 48 escaños. Es también esperable que Donald Trump no acompañe la ceremonia inaugural de la nueva fórmula, para dedicarse desde el primer día de gestión de ésta a organizar la resistencia colorada (por el color identificatorio del Partido Republicano).

En la elección del 3 de noviembre el presidente obtuvo 71 millones de votos, más que ningún otro candidato republicano en la Historia, y esos sufragantes le son leales, aunque los aprovechó mucho su partido avanzando posiciones en la Cámara de Representantes y en numerosos estados, así como reduciendo sus pérdidas en el Senado. Seguramente, buena parte del liderazgo del GOP va a negociar con los demócratas, para poner un coto a la turba trumpista, pero, si marginan al magnate neoyorquino, perderán sus votos. Trump, en cambio, perdiendo ganó. O le conceden el control del Partido Republicano o funda una nueva formación y rompe el duopolio del poder. Es el único dirigente norteamericano que en cualquier momento puede movilizar masas, para forzar decisiones del establishment aun desde afuera del mismo. Es un factor desde hace tiempo ausente de la política norteamericana cuyos efectos todavía se desconocen.

Dos actores más han ganado en la elección, sin candidatearse: Wall Street y el “Estado profundo”. El primero (la banca, los fondos de inversión), porque apostó a ambos partidos y seguirá medrando a costa del trabajo y del capital productivo. El segundo, en tanto, porque aprovecha la polarización de la sociedad estadounidense y la incentiva, para seguir haciendo política, sin que nadie lo controle.

La brecha entre patriotas y globalistas está hoy más abierta que nunca. Joe Biden será el presidente-gerente del aparato militar-industrial-comunicacional y de espionaje. Enfrente se le planta la resistencia racista, xenófoba, homofóbica, chovinista, pero patriota del amplio interior norteamericano. El país está irremisiblemente dividido y el Estado profundo puede verse tentado a iniciar una nueva guerra para justificar una nueva vuelta del torniquete autoritario en lo interno.

Si, por el contrario, el presidente consigue imponer la retirada de las tropas hasta enero, habrá colocado el zócalo de su monumento. La política norteamericana tropezará a cada paso con esa herencia perdurable.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Ante el "empate catastrófico" rige el Estado profundo

 

La dictadura y la guerra no son salidas para EE.UU.

La negativa de Trump a aceptar un triunfo demócrata y el “empate catastrófico” entre el ejecutivo y el legislativo inducen al “Estado profundo” a emprender aventuras autoritarias y belicistas

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
12 de noviembre de 2020

Eduardo J. Vior

La reticencia del presidente en aceptar los resultados del conteo de votos en varios estados deja a EE.UU. sin gobierno legitimado democráticamente: supuestamente Donald Trump ha perdido la elección del 3 de noviembre y debe entregar el gobierno a Joe Biden el 20 de enero próximo. Habitualmente se forma un equipo mixto entre la administración saliente y la entrante, para coordinar la transición, pero, al no haberse proclamado oficialmente quién será el próximo mandatario, los que están no saben qué va a pasar en dos meses y los que quieren remplazarlos no pueden conocer los expedientes. Aún más, para mostrar que todavía manda y piensa seguir haciéndolo, el jefe de Estado acaba de remplazar a toda la cúpula del Pentágono por funcionarios adictos.

Este relevo ha inducido a los medios demócratas a sospechar públicamente que el líder republicano podría poner en escena una crisis bélica con Irán que justificara su permanencia en el cargo. Sin embargo, parece más bien que es a los demócratas a quienes serviría que los militares emprendan una aventura exterior, para forzar el apoyo del Congreso al gabinete que propondrá Biden. Ante el vacío de gobierno legítimo, el “Estado profundo” está tentado de apretar las clavijas autoritarias en lo interno e iniciar una guerra exterior que le permita imponer sus condiciones y defender sus privilegios más allá de enero. 

Después de que el fiscal general William Barr autorizara el lunes por la noche al Departamento de Justicia a investigar si hubo fraude en las elecciones de este mes, el traspaso del mando entre Donald Trump y Joe Biden quedó en el limbo. Consecuentemente, un vocero de la Administración de Servicios Generales (GSA, por su sigla en inglés) insinuó que no pondría en marcha la transición hasta que no se defina quién gobernará después de enero próximo. Por consiguiente, no pueden entregarse las oficinas ni los fondos para la transición gubernamental. 

Para soslayar la sensación de vacío de poder, Joe Biden ha emprendido un activismo frenético. El lunes designó a un equipo de notables para asesorar a su (supuesto) futuro gobierno en la lucha contra la pandemia de Covid-19 y el martes habló sucesivamente con la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Boris Johnson y recibió las felicitaciones del mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan. 

Proyecciones de los medios en base a resultados oficiales de los diferentes estados (en EE.UU. no existe una autoridad electoral central) muestran que Biden, de 77 años, y su vicepresidenta Kamala Harris, de 55, tienen una ventaja insuperable en los conteos y, aunque la certificación de los resultados finales aún demore semanas, no se esperan cambios en la tendencia. No obstante, los republicanos se quejan por la falta de trasparencia, los errores o el fraude que se habría cometido en Pennsylvania, Wisconsin y Michigan, tres estados en los que Trump tenía la delantera en la noche del día 3 y que luego habrían sido ganados por los demócratas gracias al voto postal que en los dos últimos mencionados habría llegado (dicen que más de cien mil sobres) entre las dos y las cuatro de la madrugada del miércoles 4. En Pennsylvania, en tanto, los abogados de Trump ya habían pedido que se desecharan aquellos votos que el Correo entregara después del día 3 a medianoche. Si bien el tribunal supremo estadual rechazó el amparo, la Corte Suprema federal ordenó que esos sobres se contaran por separado, para decidir más adelante en la cuestión de fondo. 


The New York Times y otros medios demócratas argumentan que Trump habría remplazado a Mark Esper por Christopher Miller en el Departamento de Defensa (DoD, por la sigla en inglés), para escenificar en Irak un atentado de falsa bandera que le permita crear un casus belli con Irán, de modo de justificar su permanencia en el mando. Sin embargo, numerosas veces ha cambiado el gobierno de EE.UU. en épocas de guerra o iniciándolas y nunca se ha alterado el proceso sucesorio. Donald Trump se saca de encima a una conducción militar adversa para aliviar presiones durante una transición problemática.

Quienes sí pueden estar interesados en comenzar ahora una guerra en el exterior (y, consecuentemente, limitar las libertades en lo interno) son los demócratas. Parecería confirmarse que Joe Biden ha derrotado a Donald Trump, pero ha sido incapaz de arrastrar votos para otras candidaturas. Los demócratas solo sumaron un senador más, llegando a 48 y, dependiendo del repechaje en Georgia, quizás alcancen los 49. En este caso, con el voto de la vicepresidenta Harris tendrían la mayoría del pleno. En la Cámara de Representantes los demócratas perdieron seis bancas y los republicanos ganaron ocho. Mantienen allí la mayoría, pero debilitados. Los republicanos tienen seis jueces en la Corte Suprema contra sólo tres de los demócratas. 

Por el contrario, aun perdiendo, Trump ha ganado. No sólo ha cosechado 71 millones de votos (la mejor votación de la historia para un candidato republicano), sino que ha impulsado las candidaturas republicanas al Senado y la Cámara, así como a numerosos legisladores estaduales.

Como en EE.UU. a la cámara alta cabe la confirmación de los miembros del gabinete, Biden deberá negociar la integración de su gobierno con Mitch MacConnell, pero, si le concede demasiado, será atacado por la fortalecida izquierda demócrata. Un eventual gobierno demócrata asumiría en condiciones de “equilibrio catastrófico”: los poderes del Estado pueden trabarse y anularse mutuamente, paralizando el país. En estas circunstancias, iniciar una guerra exterior permitiría a Biden obtener apoyo parlamentario y popular.

La elección agudizó la polarización social y regional del país. Como revela un estudio que acaba de publicar la Brookings Institution, Joe Biden solo venció en 477 de los 3.141 condados (gobiernos subestaduales) de EE.UU., pero esos condados aportan el 70 por ciento del PBN. En tanto, los 2.497 condados que votaron por Trump solo contribuyen con el 29 por ciento del PBN. El cuasi-presidente demócrata sostiene que viene a superar la grieta (sic), pero la polarización del electorado, el oscuro trascurso del escrutinio y el empate entre los poderes del Estado sugieren una profundización de las divisiones ideológicas, culturales, regionales y sociales. En estas condiciones, considerando la fragilidad de Biden, la resistencia de Trump a abandonar el gobierno y el rechazo de los poderes fácticos que lo rodean a toda reforma que disminuya sus privilegios, el riesgo de que el “Estado profundo” intente huir hacia adelante obliga al mundo entero a prestar suma atención a toda amenaza contra la paz, sea donde sea.

viernes, 6 de noviembre de 2020

La división de EE.UU. es un riesgo para la paz mundial

Una elección, una decisión y un conflicto (II)

La elección norteamericana mostró un país fracturado, con un paralizante equilibrio entre ambas facciones y pasible de seguir cualquier aventura guerrera pergeñada por el “Estado profundo”

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
6 de noviembre de 2020

Eduardo J. Vior

No sabemos todavía quién será el próximo presidente de los Estados Unidos y probablemente demoremos en tener certeza sobre el resultado de las elecciones que este martes tuvieron su fase presencial (cien millones de votantes habían sufragado ya por correo o anticipadamente y muchos sobres este jueves aún estaban en camino). Sin embargo, sí tenemos otras certezas: en primer lugar, que el país está dividido por la mitad, de un modo profundo y perdurable y que ambas facciones se equilibran y paralizan mutuamente. En segundo lugar, que en tiempos de fractura social y cultural hasta los mejores sondeos electorales fracasan. Tercero, que durante varios años la mayor superpotencia del globo será incapaz de adoptar una iniciativa estratégica duradera. A pesar de las tres certezas, empero, sensatamente hay que temer la tentación de su elite a eludir la resolución de su crisis mediante una guerra exterior.

Ya avanzado el día jueves, la candidatura de Joe Biden iba primera en Nevada y en Arizona, aunque en esta última su ventaja se había reducido en las horas anteriores. Si los demócratas ganan la mayoría en ambos estados, obtendrían en el Colegio Electoral los 270 votos que necesitan para asegurarse la presidencia, pero los triunfos alcanzados el miércoles en Michigan y Wisconsin les permiten también buscar otras combinaciones para alcanzar la anhelada mayoría. Si bien en Georgia todavía iba ganando Trump, su ventaja se había reducido a 18.000 votos y durante el mismo día debían llegar resultados adicionales de Atlanta y sus suburbios donde los demócratas esperaban salir primeros. 

En Pennsylvania, en tanto, el jueves por la mañana Trump mantenía una ventaja de 164.000 votos, pero 24 horas antes la misma ascendía a 600.000 y se especula con que los demócratas se beneficien con el escrutinio del voto postal, ya que por un fallo de la Corte Suprema del estado debe ser escrutado todo sobre que haya sido sellado en el correo hasta el martes 3 a la noche. El Partido Demócrata recomendó especialmente a sus seguidores que votaran por correo, para no arriesgarse a contagios en los locales electorales, por lo que en general se prevé que la inmensa mayoría de esos sobres contengan boletas azules. Obviamente, los republicanos reclamaron contra el fallo judicial y el presidente denunció varias veces que no aceptaría el fraude. Si Biden finalmente vence en Pennsylvania, los 20 votos electorales que conquistaría bastarían para darle los 270 que necesita para ser elegido presidente, aun sin necesidad de vencer en otros estados. 

Mientras tanto crecen en todo el país las manifestaciones que reclaman que se cuenten todos los votos, es decir, que no se interrumpa el escrutinio. El miércoles por la noche se reportaron protestas en Minneapolis, Portland, Oregon, New York, Phoenix y otras ciudades y para el jueves había muchas otras ya convocadas.


Los abogados de la campaña de Trump, en tanto, han demandado la revisión de los escrutinios en Michigan, Wisconsin y Georgia y anunciado que, si el voto postal revierte el resultado en Pennsylvania, impugnarán allí la elección.

¿Puede intervenir la Corte Suprema, como sostiene el presidente? Al igual que en Argentina, la Corte Suprema de Estados Unidos decide sobre demandas concretas, aunque sus fallos (a diferencia de nuestro país) sean vinculantes. El mes pasado se rehusó a aplicar un per saltum en la demanda republicana por la decisión arriba mencionada de la Corte de Pennsylvania, pero tres jueces avisaron que podrían tomar el caso, si las circunstancias lo hicieran necesario. Si así fuera, y la Corte fallara a favor de la demanda republicana, ese estado debería repetir la elección y el Colegio Electoral no se podría reunir como está previsto el 14 de diciembre, para consagrar a la fórmula ganadora,.

No obstante, no está claro en qué medida la mayoría del Partido Republicano (GOP, por su sigla en inglés) está dispuesta a seguir al presidente en la batalla legal. El GOP ha defendido exitosamente su posición en el Senado, impedido que los demócratas aumenten su mayoría en la cámara baja, tiene seis de nueve jueces de la Corte Suprema y ha conquistado la mayoría de las gobernaciones estaduales en juego. ¿Vale la pena paralizar el país para defender al jefe derrotado? ¿O hay algún motivo de fondo aún más potente?

Las elecciones han agravado la crisis del régimen político. Por primera vez desde la votación de 1860 vuelven a enfrentarse el campo republicano y patriótico, que afirma la soberanía del Estado sobre toda reivindicación particular, y el demócrata, que prioriza las demandas de grupos y estados sobre las necesidades de la Unión. Claro que, a diferencia de entonces, el complejo militar-industrial-mediático-tecnológico y de inteligencia tiene ahora patas en ambos campos. Por ello la lucha por el poder es al mismo tiempo tan aguda y tan confusa. 

Desde los años 30 del siglo pasado las encuestas electorales fueron adquiriendo una importancia enorme en el sistema político norteamericano. Cuanto más se difuminaban los perfiles partidarios por la falta de alternativas, más relevante se hacía afinar la puntería, para ajustar la oferta electoral a los gustos y disgustos de cada pequeño grupo de votantes. Por el contrario, cuando las diferencias entre las coaliciones sociales opuestas se agudizaron, las encuestas fallaron. Aunque después de los enormes errores de cálculo de 2016 las empresas de sondeos electorales redujeron sensiblemente la escala de medición, para poder registrar más detalladamente las alteraciones en la conducta de los votantes, esta vez han vuelto a equivocarse, al menos en Florida, Georgia, Carolina del Norte y Ohio. A priori, puede afirmarse que las encuestas electorales funcionan, cuando existe una base de creencias y supuestos compartidos que permiten preguntar sobre distintas expectativas y decisiones alternativas. Por el contrario, si ese consenso se ha roto, hay que rediseñar completamente las encuestas.

En el momento de cerrar esta columna es difícil prever en qué medida el escrutinio de los votos postales va a alterar los resultados ya conocidos y qué consecuencias tendrán las impugnaciones presentadas por los republicanos. Tampoco puede anticiparse, si en algún momento de la batalla legal intervendrá la Corte Suprema. De todos modos, aun si Biden gana la presidencia, teniendo el Senado en contra y la máxima instancia de la Justicia en una actitud obstruccionista, tendrá enormes dificultades para llevar adelante cualquier programa reformista (si lo tuviera). Los Estados Unidos están paralizados y son incapaces de superar su crisis, hasta tanto uno de los partidos venza al otro o ambos depongan las armas. Como modo de huir a la parálisis, probablemente el “Estado profundo” se vea tentado a iniciar una o más guerras, para despertar el sentimiento patriótico y entronizar una dictadura burocrática. Ahí se verá si visiones enfrentadas se someten a la demagogia patriotera. Si así fuera, todo el planeta se va a derrumbar junto con el monstruo.

martes, 3 de noviembre de 2020

Xi Jinping llama a China a basarse en las propias fuerzas

 

Una elección, una decisión y un conflicto (I)

Eduardo J. Vior

El mundo está pendiente de la elección presidencial en EE.UU., pero las decisiones adoptadas por el PC Chino la semana pasada tienen tanto o mayor peso para el futuro común de la humanidad

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
3 de noviembre de 2020

Indudablemente, el resultado de la competencia por la Casa Blanca decidirá sobre el modo y los tiempos de la decadencia de la mayor superpotencia y merece un análisis pormenorizado. Sin embargo, como las noticias sobre los dimes y diretes entre Donald Trump y Joe Biden han acaparado las primeras planas de todos los medios, la opinión pública internacional ha perdido de vista la información sobre las trascendentales resoluciones que ha tomado la reunión del Comité Central (CC) del Partido Comunista de China (PCCh) que se reunió en Beijing entre el lunes 26 y el jueves 29 de octubre pasados. Sus decisiones dan cuenta de la gravedad de la situación mundial y tienen implicaciones aun para escenarios geográficamente muy alejados de Asia Oriental. Por su relevancia, excepcionalmente, Infobaires24 ha desdoblado la columna semanal sobre política mundial y hoy informa sobre China.

Al concluir la Quinta Sesión plenaria del 19º Comité Central (elegido en el Congreso del PCCh celebrado en octubre de 2018), se emitió un comunicado que fija los objetivos del 14º Plan Quinquenal 2021-25 y la visión a mediano plazo, para llevar a cabo la “modernización socialista” hasta 2035. Ambos planes parten declaradamente de la lucha contra la pandemia de coronavirus y de la resistencia a las sanciones impuestas por Estados Unidos. A ambos desafíos China respondió exitosamente. No solo pudo superar rápidamente la pandemia con un mínimo de contagios y de muertes, sino que a partir del tercer trimestre retomó el crecimiento económico y se estima que terminará el año con una tasa de incremento del PBI del 1,9%. Es lógico, entonces, que el liderazgo del país festeje ambos logros como prueba de la capacidad de adaptación que tiene el modelo chino.

 

Los 198 miembros permanentes y 126 alternos del Comité Central que se reunieron en Beijing aprobaron el Plan Quinquenal y la perspectiva de desarrollo a mediano plazo que serán presentados en marzo a la reunión de primavera del Congreso Nacional del Pueblo, el máximo órgano legislativo del país. ¿Por qué una perspectiva a quince años? Porque en 2035 la potencia oriental habrá recorrido la mitad del camino hacia 2049, cuando se cumplan los 100 años de la República Popular y haya alcanzado el estatuto de “nación socialista desarrollada”. 

Este año termina el 13º Plan Quinquenal y se espera que el PBI supere los 15 billones de dólares (aproximadamente 35 veces el PBI argentino). Al haber sacado de la pobreza extrema a casi 56 millones de pobladores rurales en los últimos cinco años, el país cumplió con un decenio de antelación la meta fijada para 2030 en la Agenda de Desarrollo Sostenible de la ONU. Si el 13º Plan realizó la transición del “crecimiento de alta velocidad” al “crecimiento de alta calidad”, el 14º debe asegurar, en palabras de Xi Jinping, la “doble circulación”, para que las relaciones económicas externas y la economía interna se retroalimenten recíprocamente. 

El corte de las cadenas de suministro al comienzo de la pandemia y las sanciones norteamericanas enseñaron a los líderes chinos que deben asegurar dentro del país la realización del ciclo productivo de los principales sectores económicos. Por esta razón el 14º Plan se propone cerrar el ciclo de las biotecnologías, asegurar localmente la producción de semiconductores, el desarrollo de los grandes bancos de datos, la robótica y las telecomunicaciones, así como el pasaje de las energías fósiles a las renovables y disminuir la brecha de ingresos entre los sectores urbanos y los rurales.

Como un modo de subrayar la transición de un crecimiento cuantitativo a uno cualitativo, el comunicado publicado tras el pleno del CC no menciona metas numéricas para el 14º Plan Quinquenal. Por el contrario, junto a los objetivos materiales el texto pone el acento en la “felicidad del pueblo”, que para la mayoría de la población significa disminuir las desigualdades y alcanzar un desarrollo inclusivo, sobre todo difundiendo el acceso a servicios públicos de calidad. 


El pasado 8 de abril un tren de carga que se dirigía a Barcelona esperaba su partida en la estación de Xi’an, en la provincia de Shaanxi, en el noroeste de China. (Xinhua/Li Yibo)

La mayor parte de la sociedad china está convencida de que la presidencia de Donald Trump ha paralizado a largo plazo las relaciones sino-norteamericanas. En las redes chinas Trump tiene el apelativo «Chuan Jianguo», que literalmente quiere decir «Trump construye China». Si bien la ironía tiene el trasfondo desesperanzador de que China ya no podrá contar en el futuro con la cooperación norteamericana, tiene un núcleo de verdad: las sanciones estadounidenses obligaron a la potencia asiática a cerrar los circuitos de producción, distribución y consumo dentro del propio país o, al menos, dentro del propio espacio económico euroasiático.

La certeza de que los Estados Unidos nunca van a admitir la independencia y el desarrollo de China no sólo obliga a ésta a sostenerse en su propio esfuerzo, sino que la fuerza a incrementar drásticamente su esfuerzo para la defensa nacional. Así, junto al Plan Quinquenal se anunció que para 2027, cuando se cumplan los 100 años de la fundación del Ejército Popular de Liberación (ELP), China va a modernizar radicalmente sus fuerzas armadas, mecanizando, automatizando, aplicando la inteligencia artificial y preparándose para defenderse a la vez en el Himalaya, en el Mar Meridional y en el Mar Amarillo, mientras protege la Nueva Ruta de la Seda y la Franja y sus rutas mundiales de abastecimiento. Claro que alcanzar este objetivo va a implicar duplicar el gasto actual en Defensa (el 1,3% del PBI) y llevarlo a la media mundial de 2,6%. 

Las relaciones internacionales están entrando en un período peligroso. Estados Unidos no va a admitir su decadencia ni a ceder sin pelear el primer puesto mundial. La única diferencia entre futuros gobiernos de Trump o Biden puede residir en los blancos que ataquen o en los tiempos de su agresión. La decisión china de basarse casi exclusivamente en las propias fuerzas deviene de una apreciación descarnada de la realidad y va a provocar un cierre hacia afuera del espacio euroasiático que Beijing y Moscú vienen construyendo. También los socios más importantes de China en otros continentes sufrirán la presión para optar entre uno y otro bloque.

Probablemente este martes 3 no sepamos si Donald Trump mantendrá la Presidencia de los Estados Unidos o si lo remplazará Joe Biden, pero sí sabemos que el mundo se adentra en un período de máxima tensión que nos involucra a todos. Basarse en las propias fuerzas no es una consigna exclusivamente china.

miércoles, 28 de octubre de 2020

El plebiscito chileno cambia la correlación de fuerzas

 Vamos completando el abecedario

Eduardo J. Vior

Tras la elección boliviana, el plebiscito constituyente en Chile resquebraja aún más el cerco montado alrededor de Argentina, aunque todavía falta Brasil y hay muchos imponderables

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
28 de octubre de 2020

En su obra póstuma de 1944 (“La Geografía de la Paz”) el geopolítico holando-norteamericano Nicholas Spykman (1893-1943) afirmó (aproximadamente) que “el Caribe es un lago interior de los Estados Unidos. Nada de lo que ocurra en sus márgenes puede escapar a nuestro control. En cambio, en el extremo sur de América, Argentina tiene las características y capacidades para convertirse en una gran potencia, si logra asociarse con Brasil y Chile. En ese caso, liderará a todo el continente y se convertirá en nuestro rival más fuerte. A toda costa debemos impedir que esos tres países se unan.” 76 años más tarde la sentencia geopolítica mantiene su vigencia. Por eso es que desde la década de 1970 EE.UU. ha hecho ingentes esfuerzos por cercar a Argentina. Cuando no dominaba a todos los países en su entorno, por lo menos controlando Chile impedía la integración política de la región, pero el plebiscito chileno del domingo pasado muestra que el cerco se resquebraja y la elección municipal brasileña del 15 de noviembre puede abrir un rumbo aún más ancho en el muro imperial. No obstante, falta todavía mucho para recuperar nuestra independencia.

El resultado de la votación del pasado 25 de octubre es categórico e inapelable. Tras un parto durísimo, la sociedad chilena ha reiniciado su transición hacia la democracia. La convocatoria a la Convención Constituyente es el primer paso legal para desmontar el complejo y tramposo entramado de privilegios y enclaves autoritarios establecidos a lo largo de medio siglo. La redacción de una nueva Constitución es el pasadizo que Chile ha elegido recorrer para reencontrarse con la democracia, brutalmente tronchada por el golpe de 1973 y sólo reconstruida con muchas cortapisas en los largos treinta años de gobiernos de derecha y de la Concertación.


El Estadio Nacional, centro de torturas de la dictadura pinochetista, convertido este domingo pasado en local electoral

A un año de las protestas masivas que reclamaron reformas estructurales, el pueblo chileno acudió a las urnas este domingo y optó mayoritariamente por el cambio de la Constitución impuesta por Augusto Pinochet en 1980. Con una participación electoral del 50% (mucho más del 40% que votó cuando se eligió a S. Piñera en 2018), el 78% manifestó su apoyo a la redacción de una nueva Carta Magna, al mismo tiempo que triunfó la opción de la Convención Constitucional como mecanismo reformatorio.

El plebiscito fue convocado en noviembre de 2019 tras un acuerdo político de las principales fuerzas políticas, acorraladas por la presión de las masivas movilizaciones en las principales ciudades del país. Luego de que el Comandante del Ejército, el general Ricardo Martínez Menanteau, dejara en claro que las fuerzas armadas no intervendrían en la represión de las protestas, el Gobierno convocó a las urnas para el mes de abril, pero debido a la pandemia de Covid-19 pospuso más tarde la votación para este fin de semana pasado.

A partir del triunfo del “Sí” ha comenzado un proceso de dos años, durante el cual debería redactarse y votarse la nueva Constitución. En un apretado cronograma, en ese lapso la ciudadanía estará convocada a acudir siete veces a las urnas: el próximo 11 de enero vence el plazo para la inscripción de las candidaturas a convencional constituyente; el 11 de abril siguiente se eligen los 155 convencionales (50% varones y 50% mujeres), además de realizarse las elecciones municipales y de gobernadores; el 17 de mayo se instalará la Convención, que hasta el 1º de marzo de 2022 debe entregar el texto de la nueva Constitución. Si hasta ese momento no lo tiene, dispondrá de una prórroga hasta el 1º de junio siguiente. Finalmente, para el 1º de agosto de 2022 está previsto el plebiscito de aprobación de la nueva Carta que, por primera vez, deberá hacerse por voto obligatorio. En el entretiempo, el 21 de noviembre de 2021 se votará al nuevo presidente de Chile, lo que a su vez supone previamente la realización de elecciones primarias.

  

Este calendario condiciona muchas decisiones, porque obliga a las fuerzas políticas a formular plataformas y definir candidaturas en dos meses y medio. Además, el acuerdo de noviembre pasado aceptó que todas las decisiones de la Constituyente deben adoptarse por mayoría de dos tercios, de modo que la actual oposición tendrá que hacer un esfuerzo máximo para unificar fuerzas tan diversas como los partidos de la Concertación (que gobernó entre 1990 y 2009), la “Nueva Mayoría” (entre 2013 y 2017), el Frente Amplio y la variopinta oposición extraparlamentaria que creció al calor de las movilizaciones entre octubre y marzo pasados. Bastaría con que la derecha junte 52 convencionales en la votación de cualquier artículo, para obstaculizar su aprobación. Lo mismo puede suceder con el texto completo. Probablemente –estiman observadores avezados- la nueva Constitución se limite a establecer principios y normas generales, reconociendo derechos sociales y ambientales, pero dejando su legislación a leyes especiales que deberán conquistarse a lo largo de los próximos años. El poder de veto remanente del pinochetismo impone pues a las fuerzas populares una sólida vocación de unidad, aliento largo y creatividad.

Un capítulo aparte, pero sumamente importante, será el perfilamiento internacional de Chile en el período de transición. El país trasandino tiene 26 acuerdos de libre comercio (entre ellos el de Asia y el Pacífico), desde 1973 coopera estrechamente en materia militar y de seguridad con Estados Unidos, participa en el Grupo de Lima contra Venezuela y tradicionalmente colabora con el Reino Unido en el control del paso interoceánico y el acceso a la Antártida. Dar plena vigencia a los derechos al agua, a la salud y a la educación (reivindicaciones centrales de las protestas desde octubre de 2019) y reconocer los derechos de jubilados y pensionados implica afectar intereses corporativos protegidos por acuerdos internacionales. Por consiguiente, para evitar el resurgimiento de la derecha y satisfacer las demandas por derechos el pueblo chileno necesitará coordinar sus esfuerzos con las demás fuerzas que en la región e internacionalmente pugnan por la democracia y la justicia social.

Después del triunfo del MAS en Bolivia, el resultado del plebiscito constituyente en Chile revierte con todavía más fuerza la ola reaccionaria iniciada en 2014 en Brasil. También la elección municipal brasileña del 15 de noviembre próximo puede ayudar a invertir la tendencia, pero nada remplaza la imprescindible unidad y movilización permanentes de nuestros pueblos.

El proyecto de pacto ABC (Argentina, Brasil y Chile) fracasó en los gobiernos de Hipólito Yrigoyen y Juan D. Perón. Ahora se sumó Bolivia. Desde este domingo marchamos hacia un nuevo ABC, pero necesitamos un ABBC. Vamos completando el abecedario.

lunes, 19 de octubre de 2020

En EE.UU. se acerca el momento de la decisión

 

Ya queda poco margen para sorpresas

Eduardo J. Vior

Dado que todas las encuestas dan a Joe Biden una cómoda ventaja sobre Donald Trump y que el tiempo hasta la elección se acorta, sus posibilidades de revertir la tendencia son muy reducidas

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
19 de octubre de 2020

A poco más de dos semanas del 3 de noviembre, el candidato demócrata a la Presidencia lidera ampliamente en todas las encuestas nacionales y también en la mayoría de los estados oscilantes, incluso en aquéllos tradicionalmente demócratas de la “Franja de Óxido” (la antigua región industrial en torno a los Grandes Lagos devastada por el cierre de industrias desde la década de 1970), varios de los cuales Donald Trump conquistó en 2016. Biden supera también al presidente en la cantidad de donaciones que ha recibido y está gastando muchísimo más que él en la propaganda por los canales de aire. Si bien nadie descarta una sorpresa, el tiempo corre y la elección se aproxima.

En la jerga política norteamericana se llama “Sorpresa de Octubre” (October surprise) a las acciones inesperadas que puede emprender un presidente que busca el segundo mandato en las semanas previas a la elección. Esas “sorpresas” generalmente se han dado en el exterior, mayormente escenificando algún ataque enemigo contra blancos norteamericanos, para despertar la solidaridad patriótica de los votantes con el jefe de Estado. Sin embargo, esta vez no parece que el Pentágono y la CIA tuvieran tiempo para preparar el teatro: provocaron en el Mar Negro, amenazan en el Mar de la China Meridional, trataron de llevar a cabo una “revolución de colores” en Bielorrusia, agravaron las sanciones contra Irán y en ningún caso tuvieron respuesta a sus provocaciones.

Ahora el presidente está intentando escenificar una “sorpresa” dentro de Estados Unidos, pero sin éxito. El martes pasado el diario sensacionalista The New York Post publicó el primero de una serie de informes sobre las actividades corruptas de Hunter Biden (el hijo mayor del candidato demócrata) en Ucrania en el período inmediatamente posterior al golpe de estado de febrero de 2014. Con suculentos pagos a autoridades ucranianas el vástago del entonces vicepresidente se habría asegurado contratos exclusivos para una comercializadora de petróleo y gas en la que participaba junto con sus socios ucranianos. A pesar de las advertencias de diplomáticos estadounidenses Joe Biden habría persistido entonces en proteger a Hunter.

La denuncia no es nueva. Ya hubo algunas publicaciones al respecto el año pasado, cuando los demócratas comenzaron el fallido proceso de juicio político contra el presidente. Lo absolutamente nuevo es que las redes sociales hayan censurado la publicación que, entonces, los republicanos difundieron por correo electrónico. Con esta censura las mayores empresas de información y comunicación demostraron no sólo el poder omnímodo que ejercen sino su imbricación con la comunidad de inteligencia y su apoyo a la candidatura demócrata.

A Trump, por lo tanto, le queda muy poco tiempo, para remontar la diferencia que le lleva Biden. En el debate entre ambos candidatos que se realizará el jueves próximo en Nashville (Tennessee) deberá presentarse con un perfil muy diferente al del primero, si es que quiere recuperar puntos.

Hasta el viernes pasado 20 millones de votantes habían ya mandado su sobre por correo. Esta inédita afluencia de sufragantes tempranos puede adjudicarse en parte a su temor a que las aglomeraciones en los locales de votación aumenten el contagio de Covid-19, pero también a una mayor movilización de los votantes demócratas.

En el promedio nacional de las encuestas que Real Clear Politics (RCP) publica en ningún momento de la campaña Trump ha podido reducir la ventaja de Biden a menos de cinco puntos. La relativa estabilidad de las diferencias en las sucesivas encuestas, tanto nacionales como estaduales, sugiere que los votantes tienen una opinión consolidada sobre Trump y su gobierno. Una importante minoría de ellos (entre el 30 y el 35%) adora al presidente y su voto es inconmovible. El presidente puede contar también con otros grupos conservadores que, no obstante las actitudes personales del jefe de Estado, lo siguen en tanto garante del cumplimiento de una agenda conservadora, como, por ejemplo, sucederá con la muy probable confirmación de Amy Coney Barrett en la Corte Suprema, la tercera jueza que el presidente designa allí y en este caso aún antes del 3 de noviembre.

Sin embargo, las fronteras del apoyo a Trump parecen estar rígidamente dibujadas. De acuerdo a una encuesta realizada por NBC News y el Wall Street Journal la semana pasada, el 47% de los votantes empadronados afirmó que “desaprueba enérgicamente” el resultado de la presidencia de Trump contra sólo un 32% que la aprueba entusiastamente. La misma encuesta otorgó a Biden una ventaja de 11 puntos en el promedio nacional.

Hay dos factores que muy especialmente justifican la calificación negativa de la gestión presidencial republicana: en primer lugar, su manejo desastroso de la pandemia. Segundo, Trump se ha malquistado con las mujeres de todas las formas posibles. En la encuesta de NBC News y Wall Street Journal el 60 por ciento de ellas rechaza al presidente contra el 34 por ciento que lo apoya. Por el contrario, entre los hombres el 50 por ciento aprueba su desempeño contra el 45 por ciento que lo rechaza. No parece haber habido algún hecho o actitud en particular que haya motivado este repudio masivo, sino que ha sido un efecto negativo que se ha ido acumulando a lo largo de los años.

Todavía hay alguna tenue posibilidad de que el presidente remonte la cuesta. Observadores cuidadosos advierten sobre la timidez y retraimiento de los encuestados republicanos. Cuando los encuestadores llaman, los adherentes al presidente en general prefieren no contestar o les da vergüenza reconocer que lo apoyan. En las encuestas presenciales también callan, para evitar represalias de sus vecinos y conocidos. Hay quien sospecha, por consiguiente, que las encuestas no reflejan la dimensión real del voto republicano.

Además, a falta de dinero, la campaña del GOP ha acudido al activismo de base. Mientras que los demócratas confían casi exclusivamente en las redes y la publicidad masiva (en octubre han gastado hasta ahora 56 millones de dólares en publicidad televisiva contra 32 de los republicanos), especialmente en los estados oscilantes los partidarios de Trump han realizado ya 20 millones de visitas domiciliarias cara a cara y en los caminos de las zonas rurales sólo se ve publicidad a favor del presidente. Al mismo tiempo, la campaña reeleccionista ha puesto considerable énfasis en la población afroamericana, si bien se debate mucho si es que quiere sumar o asustar a este grupo poblacional.

Se discute también públicamente sobre la falibilidad de las encuestas y sondeos de opinión. Sin embargo, hasta el momento Biden mantiene una ventaja considerable. Al sábado a la tarde, según la evaluadora de encuestas Five Thirty Eight (538), Biden tenía el 87 por ciento de chances de vencer. SI va a haber una “sorpresa de Octubre”, va a tener que verse pronto, porque el tiempo huye.

martes, 6 de octubre de 2020

El "Estado profundo" dirige nuevamente la política exterior

 Con el pretexto del ”business as usual” Pompeo marca la línea

Mientras Donald Trump y su esposa retornan a la Casa Blanca, el “Estado profundo” pone su sello a la política exterior en nombre de la continuidad

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
5 de octubre de 2020

Eduardo J. Vior

Este lunes, a poco de saberse que el Presidente Donald Trump y su esposa serían dados de alta y continuarían su recuperación del Covid-19 en la Casa Blanca, el secretario de Estado Mike Pompeo advirtió públicamente que los Estados Unidos están «completamente preparados» para enfrentar cualquier acción que pudieran realizar «actores pícaros» durante la convalecencia del mandatario. Como cada crisis política interna de relevancia, la enfermedad del presidente y su cónyuge puso a la diplomacia norteamericana bajo presión. Por un lado, deben esforzarse por mostrar a sus aliados que nada ha cambiado y a los indecisos y adversarios, firmeza, para que no pretendan sacar ventajas. Sin embargo, habida cuenta de las inconsistencias e incongruencias de la diplomacia estadounidense en los últimos años, ya tratar de mostrar coherencia y continuidad implica cambiar las políticas en todos los ámbitos.

“Sabemos que hay actores malvados en todo el mundo”, declaró el secretario poco antes de partir hacia Tokio, donde se entrevistará con el nuevo primer ministro japonés, Yoshihide Suga. «Esta tarde estuve con el general Milley» (Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto) «y me aseguró que nuestras fuerzas están prontas», agregó. Pompeo informó también que habló con el presidente Trump, para ponerlo al día de los últimos acontecimientos mundiales, y que lo encontró «de muy buen humor».

Cuando el viernes se anunció que el test de coronavirus realizado a Trump había dado positivo, Pompeo estaba en Croacia y decidió no interrumpir su visita. Igualmente el sábado –ya de vuelta- viajó a Florida para un acto de campaña y este lunes partió hacia el Extremo Oriente. ¿Business as usual? (¿Seguir con los negocios como de costumbre?). Como cuarto en la línea sucesoria (detrás del vicepresidente, el presidente interino del Senado y la de la Cámara de Diputados), durante su gira el secretario de Estado se mantendrá en estrecha comunicación con Washington y deberá responder a las demandas de sus aliados sobre el futuro inmediato de la política exterior norteamericana. Tanto él como los mayores jefes militares y los responsables de las principales agencias de inteligencia tratarán de convencer a sus interlocutores de que “todo sigue igual” y mostrar a sus adversarios, especialmente a Rusia y China, que “nada ha cambiado”.

El problema es que la política exterior de Donald Trump se ha caracterizado precisamente por su continua variación. El presidente ha dado frecuentemente órdenes contradictorias: retiren las tropas de Siria, no las retiren; vamos a negociar con Putin, trasladen más efectivos de la OTAN hacia Europa Oriental, etc. El permanente cambio de rumbo ha sido una forma de independizarse del aparato diplomático, militar y de espionaje que gobierna Washington, así como un modo de sorprender a sus contrincantes e imponerles sus reglas de juego. Tratar ahora, a menos de un mes de la elección presidencial más reñida de la historia norteamericana desde el siglo XIX, de mantener una línea coherente en su política exterior es un oxímoron … o esconde un cambio de rumbo.

“Con el presidente enfermo y en medio de una campaña electoral muy polarizada, no podemos descontar la posibilidad de que China aumente su presión sobre Taiwán o de que Rusia trate de sacar ventaja en Europa Oriental”, tuiteó Nicholas Burns, uno de los principales asesores de Joe Biden en política exterior y ex subsecretario de Estado en el gobierno de George W. Bush (2005-09). “Es importante darles una señal de que los estamos vigilando y podemos reaccionar en cualquier momento”, reclamó. ¿Se trata de una sugerencia precavida o de una exhortación a avanzar? No son Rusia ni China quienes amenazan en los escenarios mencionados por él. Muy por el contrario.

Pompeo viaja esta semana a Japón, Mongolia y Corea del Sur, tres países fronterizos con China, en los que el secretario agitará contra la República Popular y contra Corea del Norte. Buena oportunidad para atizar el fuego.

Las divisiones dentro de EE.UU., la incoherencia e incongruencia política y diplomática del país en los últimos largos años (mucho antes de 2016), su incapacidad para prevenir la crisis económica y para manejar la pandemia y su tendencia a mostrar músculo fuera de tiempo y en exceso han hecho que gobiernos extranjeros y autoridades de organismos supranacionales desconfíen, cuando los líderes norteamericanos hablan de “mantener el rumbo”. ¿Qué significa esto en el Mar Meridional de China? ¿Qué van a meter allí más portaviones y arriesgar un choque con la marina china? ¿O piensan intensificar los vuelos espía sobre el Mar Negro y las maniobras en Polonia y Lituania, hasta bajar “por error” un avión ruso? Mantener el rumbo en zonas de alta tensión implica ir al choque.

Mike Pompeo no lo va a decir, y mucho menos en una campaña electoral en la que los halcones dirigen la política exterior de ambos partidos, pero el pretexto de la continuidad es el mejor para quitarle al presidente las riendas de la diplomacia y embretar al país en un conflicto sin retorno que el próximo gobierno (quien quiera que sea) no pueda evitar. Probablemente, business as usual sea la mejor tapadera, para que diplomáticos, militares y espías impongan su marca a la política exterior de la superpotencia. Así se gobierna al margen de cualquier mecanismo democrático.