viernes, 22 de mayo de 2015

En Asia se forma el triángulo RIC

¿Qué consiguió Modi en China?

Aunque el primer ministro indio Narendra Modi recién el miércoles 20 regresó de su viaje por Asia Oriental, en su patria ya arreciaba la batalla mediática sobre el mismo y sus referencias a India durante el trayecto.

India arrastra un viejo complejo de inferioridad hacia China y duda de la contribución de este viaje para superarlo.
Con desusada deferencia Xi Jinping recibió el miércoles al premier indio en su ciudad natal de Xi'an. Durante su viaje, que continuó por Beijing y Shangai, la comitiva india firmó acuerdos de cooperación económica y comercial sobre una amplia gama de temas por 32 mil millones de dólares.
El viernes el mandatario indio conversó con su par chino, Li Kechiang, sobre el centenario conflicto fronterizo entre ambos países. China ha rechazado siempre el acuerdo limítrofe firmado entre las autoridades coloniales británicas sobre India y las de Tibet en 1914. Por este conflicto en 1962 el ejército chino invadió India e impuso una línea de alto el fuego que aún se mantiene. Como el variopinto nacionalismo indio nunca superó este trauma,los medios de Nueva Delhi reaccionan ahora hipersensibles ante el primer viaje de un mandatario indio a Beijing.
Los reclamos mutuos se concentran en los extremos oriental y occidental de la frontera. A 5000 metros de altura, las zonas litigiosas son del tamaño de Suiza o Bélgica y están casi despobladas, pero Tibet es el mayor reservorio de agua dulce de Asia y por la disputada región occidental de Aksai Chin, fronteriza con Cachemira (reclamada por Pakistán e India), pasa la carretera que une Tibet con Xinjiang. La amenaza del cerco sino-paquistaní aumentó la presión sobre el viaje de Modi.
El primer ministro Li no le ofreció una solución al litigio, pero prometió cooperar para que ambos países encuentren una solución "justa, razonable y mutuamente aceptable". Para reducir las tensiones, ambos países acordaron una estrecha comunicación y cooperación militar. Al mismo tiempo una comisión mixta tratará de equilibrar el intercambio comercial, reduciendo el déficit indio de 45 mil millones de dólares, y de facilitar las inversiones privadas recíprocas. También se acelerará la emisión de visas para turistas.
Mientras que los medios chinos informaron muy escuetamente sobre la visita, este magro balance desató una tempestad en la escena india. Las críticas opositoras –mayormente del Partido del Congreso (CP, por su sigla en inglés), que gobernó India casi ininterrumpidamente desde 1947– se centraron en la falta de resultados concretos de la visita y en la visión negativa de India que el primer ministro habría tenido en su mensaje ante la importante diáspora india en Shangai. El premier habría dicho entonces que "los indios antes se avergonzaban por la corrupción en su país, pero desde el año pasado pueden estar orgullosos de su patria", en referencia a la victoria que su hinduista Partido Popular Indio (BJP, por su sigla en inglés) obtuvo hace justo un año. Esta visión de las casi siete décadas anteriores naturalmente encendió la ira del CP.
Después de China, Narendra Modi se dirigió a Mongolia y Corea del Sur buscando compensar la masiva influencia china con la apertura de puertas para empresas indias.
¿Para qué sirvió la visita? Indudablemente China se beneficiará de la apertura del mercado indio mucho más que su contraparte por el acceso al chino.También Rusia espera que sus tradicionales buenas relaciones con India y su vínculo estratégico con China culminen en un triángulo mágico ("RIC") con indiscutible poder sobre Asia. Modi, por su parte, volvió el miércoles a Nueva Delhi con las manos llenas de promesas y cuantiosas inversiones, pero sobre todo rompió el hielo en una relación difícil y abrió el camino para un vínculo que, de prosperar, tendrá un peso enorme en la política mundial. La diplomacia china quizás prefirió hacer negocios con el líder derechista y no con sus antecesores siguiendo el viejo adagio de Deng Xiaoping: "No importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones."

viernes, 15 de mayo de 2015

En Levante Washington está preso de sus dilemas

Estados Unidos busca la cuadratura del círculo

Al desistir de concurrir a la reunión cumbre de EE UU con los monarcas del Golfo hoy en Camp David, el rey saudí Salman y su par de Baréin, Hamad, aumentaron su presión para que Barack Obama se comprometa a sostenerlos incondicionalmente como precio de su aceptación del acuerdo nuclear con Irán.

Al desistir de concurrir a la reunión cumbre de EE UU con los monarcas del Golfo hoy en Camp David, el rey saudí Salman y su par de Baréin, Hamad, aumentaron su presión para que Barack Obama se comprometa a sostenerlos incondicionalmente como precio de su aceptación del acuerdo nuclear con Irán.
Como al mismo tiempo el sultán de Omán Qaboos y el presidente Jalifa, de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), están enfermos, el jefe de la Casa Blanca deberá contentarse con la amenazante segunda fila regional. El desplante de los emires marca el límite del intento estadounidense de cuadrar el círculo levantino.
El mandatario estadounidense invitó a los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (GCC, por su sigla en inglés) a una reunión consultiva para ayer en Washington y a una cumbre para hoy en la residencia veraniega de Camp David para convencerlos de que el documento final a firmarse en julio próximo no dejará intacto el poder nuclear de Teherán ni le dará carta blanca para intervenir en los asuntos internos de los países vecinos.
Para justificar la ausencia de Salman, el ministro saudí de Relaciones Exteriores, Adel Al-Jubeir, explicó que el monarca debe supervisar el cumplimiento de la tregua de cinco días en Yemen que empezó el domingo pasado. Pero antes de la cumbre los miembros del GCC ya reclamaron la superioridad militar sobre Irán como condición de su apoyo al acuerdo y recibir una garantía de ayuda automática de EE UU ante cualquier amenaza externa o interna, lo que Washington no puede ni quiere dar. Ante la ausencia del rey saudí, Obama deberá vérselas ahora con su hijo y sobrino, Mohamed al Salman (ministro de Defensa y jefe de las Fuerzas Armadas) y Mohamed al Nayef (ministro del Interior y jefe de la poderosa Guardia Nacional), respectivamente. Ambos son herederos del trono, ambiciosos,  y necesitan victorias militares para legitimarse internamente.
Los emires declaran temer un gran alzamiento chií alentado desde Teherán, pero la línea divisoria en Levante no pasa entre suníes y chiíes, sino entre los propulsores de gobiernos laicos y/o pluralistas y las elites que parasitan la riqueza del petróleo. Los monarcas de la península construyeron un enemigo chií, para mantener su control sobre las masas sunís, pero en realidad temen que se propaguen a sus países el debate y la vivacidad de la escena política iraní, que a pesar de teocrática es una república.
EE UU necesita negociar con Irán, para evitar un choque frontal con Rusia y China. Al mismo tiempo sus aliados europeos y sus propias empresas presionan para penetrar en el mercado iraní, de 80 millones de habitantes. Pero Washington al mismo tiempo quiere limitar la influencia regional de Teherán. Por ello es tan tímido en la lucha contra el terrorismo suní en Siria e Irak e insiste en fragmentar ambos países. Paralelamente en Siria y Yemen tolera o acompaña intervenciones saudíes y/o turcas que impulsan al terrorismo.
Desde que el año pasado apareció el Estado Islámico, EE UU sigue sin saber cuál es su enemigo principal en Levante: si los islamistas extremos o la influencia iraní. El acuerdo nuclear con Teherán de marzo pasado enloqueció a sus aliados levantinos y la Casa Blanca no sabe hoy cómo contenerlos.
Estados Unidos busca mantenerse en la mesa del poder mundial aceptando que rusos y chinos medien ante Irán, mientras apacigua a sus aliados levantinos. Lo más probable es que no pueda evitar que al mismo tiempo Irán acreciente su rol de protector de los movimientos republicanos y que sus aliados lo involucren en sus aventuras reaccionarias.
El acuerdo nuclear con Irán se limita a un solo aspecto de las relaciones de la República Islámica con las potencias rectoras de la ONU y Alemania. Washington busca a la vez negociar con Teherán y limitar su influencia regional apoyándose en los regímenes más reaccionarios del mundo. Al igual que en el tratamiento geométrico de la cuadratura del círculo, EE UU trata en Medio Oriente de cubrir un espacio inabarcable respondiendo a demandas contradictorias y quedará preso de ellas hasta que se decida a iniciar una negociación global que incluya a las otras grandes potencias interesadas y a los poderes regionales.

sábado, 9 de mayo de 2015

Londres se apresta a desestabilizar el orden mundial

Ganó el imperio y el mundo tiembla

La sorpresiva y arrasadora victoria conservadora en la elección parlamentaria británica del pasado jueves 7 preanuncia potentes tormentas sobre la economía y la paz mundiales.

Viejos himnos de guerra resonaron cuando el reelecto primer ministro David Cameron anunció ayer que gobernará para "una nación" y que pretende hacer "más grande a Gran Bretaña". Con este grito de guerra llamó a la carga contra los derechos de las naciones que integran el Reino Unido y anunció que la City londinense se apresta a desestabilizar las finanzas mundiales, mientras empuja a su aliado norteamericano a las guerras neocoloniales que sola no sabe dar.
Los conservadores (CP) tendrán 326 bancas en el nuevo Parlamento, formando un gobierno de mayoría que no tenían desde el igualmente sorpresivo triunfo de John Major en 1992. Ed Miliband, líder del Partido Laborista, Nick Clegg, de los Demócratas Liberales (LDP), y Nigel Farage, del nacionalista Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP), renunciaron después de su apabullante y desconcertante derrota. Anoche se esperaba que el viejo /nuevo primer ministro anunciara el gabinete que la reina presentará el 27 de mayo.
Al referirse a la otra gran triunfadora, Nicola Sturgeon, quien conquistó para su Partido Nacional Escocés (SNP) 56 de las 59 bancas en juego en la región, Cameron prometió "extender los brazos para unir a la nación". Ante un pueblo escocés que pide masivamente reformar la Constitución para que reconozca a las cuatro naciones (ingleses, escoceses, galeses y norirlandeses) que integran el Reino Unido, esta consigna preanuncia el recorte de la soberanía que Edinburgo supo conseguir.
Los tories obtuvieron el 37% de los sufragios totales, los laboristas el 31%, UKIP el 13%, el LDP el 8%, el SNP el 5%, los verdes el 4% y los galeses de Plaid Cymru el 1 por ciento.
Según su voto, el país quedó claramente fracturado en cinco regiones: el sur y suroeste son masivamente conservadores; la mayor parte del Gran Londres, el centro y norte de Inglaterra siguen siendo laboristas, aunque estas dos regiones son más pobres y menos pobladas; Escocia y Gales responden masivamente a los propios nacionalismos, e Irlanda del Norte sigue segmentada entre unionistas y nacionalistas.
Contra los pronósticos de todas las empresas de sondeos de opinión que esperaban un empate técnico entre ambos partidos mayores, el CP triunfó ampliamente gracias al “conservador tímido" (el que ante los encuestadores no se atreve a reconocer que votará a los tories) y al miedo que los medios hegemónicos suscitaron entre votantes ingleses de clase media sobre la "inestabilidad" política y económica que acarrearía un gobierno laborista con apoyo de los nacionalistas escoceses.
Tiempos sombríos se anuncian para Gran Bretaña y el mundo. A la profundización de los recortes presupuestarios y el aumento de la xenofobia, la arrogancia conservadora añadirá una mayor dureza hacia la Unión Europea, más libertad para la especulación  financiera y más guerras regionales para que el Imperio vuelva al escenario. Como en los últimos cuatro siglos, proclamar la "grandeza" del Imperio, sólo puede traer desgracias a Europa y el mundo.

domingo, 26 de abril de 2015

Londres sueña con reinstaurar el Imperio

Escenario

La crisis política británica puede desbordar

La crisis política británica puede desbordar
Cabeza a cabeza - El conservador David Cameron (izquierda) en empate técnico don Ed Milliband, laborista.

A menos de dos semanas de las elecciones generales británicas del 7 de mayo, todas las encuestas siguen mostrando un empate técnico entre los dos partidos mayores. Quien gane casi seguro deberá formar un gobierno de coalición o uno minoritario tolerado desde el Parlamento. Considerando la conflictividad de la agenda política que se impondrá al próximo gabinete, nadie le augura que dure los cinco años de su mandato. A falta de alternativas democráticas viables, empero, las salidas que se avizoran son siniestras.
En los últimos días dos encuestas dieron al Partido Conservador (CP, según la sigla en inglés) una ventaja de cuatro puntos sobre el Partido Laborista (LP) y otras dos pusieron a este a dos y tres puntos por delante respectivamente. Todos los sondeos ubican a ambas fuerzas en una faja entre 32 y 36 por ciento. Gracias al referendo de 2011, por primera vez se celebran elecciones en un día prefijado por ley con mucha anticipación, quebrando el privilegio gubernamental de sugerir a la reina la fecha de elecciones, pero dificultando también la disolución del Parlamento en caso de ruptura de la coalición de gobierno.
En el sistema electoral vigente, cada uno de los 650 distritos electorales elige un diputado según el sistema de "el primero se lleva todo". Las minorías quedan sin representación y se pierden muchos sufragios, de modo que la distribución de las bancas refleja sólo tendencialmente el resultado electoral. Aunque todos los partidos, excepto los conservadores, demandan que se introduzca la representación proporcional, en otro referendo en 2011 la mayoría se opuso.
Los grandes temas de esta campaña electoral son el déficit presupuestario, el aumento de impuestos a las grandes fortunas, la reforma del sistema de salud y el futuro de las relaciones con Escocia. Significativamente, ni las relaciones con la Unión Europea (UE), ni la inmigración ni la anunciada renovación de la flota de submarinos nucleares estacionados en Escocia han sido materia de discusiones relevantes.
Previsiblemente, ningún partido alcanzará la mayoría absoluta de 326 mandatos, por lo que debería formarse un gabinete de coalición o un gobierno minoritario apoyado desde el Parlamento. Podría continuar el actual gobierno CP-LDP (poco probable) o formarse un gobierno conservador minoritario. Es más difícil que David Cameron acceda a coaligar con el xenófobo Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), pero otros toriessí aceptarían girar aún más a la derecha. En caso de que Labour forme gobierno, en tanto, podría aliarse con el LDP o formar un gobierno minoritario con el apoyo de los regionalistas y los verdes.
En un escenario tan equilibrado, los conservadores precisan evitar la fuga de votos hacia el UKIP, mientras que los laboristas deben prevenir que los verdes y los nacioanlistas escoceses (SNP)les roben bancas. Aunque los nacionalistas ya han anunciado su apoyo a un eventual gobierno laborista, si estos no son mayoría, no podrán formar gobierno.
Tanto un gobierno minoritario como uno de coalición serán puestos a prueba por la agenda de los próximos años: pertenencia a la Unión Europea, inmigración, renovación de los submarinos nucleares Trident, mayor devolución a Escocia, mayores impuestos sobre las grandes fortunas, etcétera.
La alianza que forjó Thatcher entre un Partido Conservador neoliberal, el capital financiero concentrado, la Corona y la aristocracia militar rechaza toda reforma democrática, para no rendir cuentas. Los laboristas, por su parte, carecen de voluntad política; verdes y regionalistas no son alternativa. La salida más probable, entonces, se hallará hacia la derecha: un golpe de la City, una dura política hacia la UE o guerras importantes que despierten el fanático nacionalismo inglés. "Rule Britannia, rule!"

lunes, 6 de abril de 2015

Washington tambièn fue derrotado en Tikrit

OPINIÓN

Cálculo e incoherencia de ee uu en levante

Durante la batalla por Tikrit, la ciudad natal de Saddam Hussein recuperada de manos del Estado Islámico (EI), el pasado miércoles pasado la aviación de la coalición liderada por Estados Unidos estuvo mayormente ausente hasta la tercera semana, cuando ayudó a destrabar el bloqueo de la ofensiva, aunque algunas de sus bombas cayeron sobre las fuerzas iraquíes que pujaban por reconquistar la plaza. Hay quien dice que no fue un error y allí reside el enigma de la política norteamericana en Levante: ¿se trata de una genial estrategia para dividir y reinar o de la incoherencia de un imperio en crisis?
El triunfo iraquí tiene un doble valor estratégico: por un lado, con la liberación de la ciudad se abrió la ruta hacia Mosul, en el Norte. La tercera ciudad del país (hace un año tenía casi 2 millones de habitantes) es la mayor bajo control del EI. Por otro lado, la batalla fue principalmente ganada por el ejército iraquí con el apoyo de milicias chiítas y suníes con el asesoramiento de Quds, la brigada exterior de la Guardia Revolucionaria Iraní.
Vista en el contexto regional, la batalla verifica la cooperación fáctica entre EE UU e Irán, ya que el liderazgo central correspondió al general Kassem Soleimani, comandante de Quds. En un reportaje concedido el pasado 20 de marzo al Washington Post, el general retirado David Petraeus resumió la alarma de muchos jefes norteamericanos: "Las milicias chiítas representan la mayor amenaza a la estabilidad y al equilibrio de la región." Voceros oficiosos del Pentágono, a su vez, dudan de que las milicias chiítas tengan interés en liberar la mayoritariamente suní ciudad de Mosul. La propia incerteza revela hasta el corsé ideológico en el que Washington se encerró. En Irak siempre hubo diferencias étnicas y confesionales, pero se hicieron políticas cuando el Estado iraquí fue destruido en 2003. La alianza irano-iraquí y la coalición interconfesional que recuperó Tikrit, por el contrario, ayudan a recuperar la unidad nacional de Irak y a derrotar los planes de muchos –también del Pentágono– para dividir el país.
Otros grandes derrotados en la batalla de Tikrit han sido los saudíes y sus aliados del Golfo. Ya el pasado 5 de marzo el príncipe Saud al-Feisal, ministro de Exteriores de Ryad, declaró que "la situación en Tikrit demuestra que Irán está tomando el control del país".
Desde el punto de vista geopolítico, el acuerdo nuclear firmado esta semana con Irán indica que Washington reconoce a la República Islámica como un interlocutor regional garantizado por Rusia y China, pero no impide que siga tratando de reducir su influencia regional. En este sentido sirve a la política de dividir para reinar.
Lo mismo sucede con la tan proclamada escisión entre suníes y chiítas. Se trata de un recurso retórico que sirve a las poderosas cadenas de TV del Golfo para cimentar la lealtad (y el sometimiento) de sus poblaciones, pero no se corresponde con la realidad, como lo demuestran las alianzas pluriconfesionales e interétnicas que respaldan a los gobiernos de Siria, Irak y Yemen.
La estrategia divisionista se combina con la crisis del poder norteamericano por la competencia entre agencias gubernamentales y la división sectaria de EE UU. Por primera vez desde la Guerra Civil en el siglo XIX chocan allí visiones irreductibles sobre el futuro del país y su lugar en el mundo.
Ambas fracturas se expresan en órdenes contradictorias, comandos divididos y cambios repentinos de frente. Si bien este desorden permite a Barack Obama gobernar sin poder propio, difuminó el perfil de la política norteamericana hacia la región.
"A río revuelto, ganancia de pescadores" es la máxima que orienta a los actores en Levante. La falta de claridad sobre la estrategia de Washington los induce a subir sus apuestas. Nadie sabe hoy a ciencia cierta quién es EL aliado preferido de Estados Unidos y nadie está a salvo de que Washington, apostando a la división o por incoherencia, realice maniobras dañinas para sus propios aliados. En esas condiciones la sobrepesca puede agotar rápidamente el cardumen.

miércoles, 1 de abril de 2015

En Yemen pierde el Imperio

EE.UU. y la Liga Árabe, empantanados

Ambos contendientes en la guerra abierta la semana pasada entre la coalición de la Liga Árabe y la resistencia yemení liderada por la milicia Ansar Alá (Seguidores de Alá) buscan posicionarse para negociar la partición del poder en el Suroeste de Arabia, pero la multiplicidad de los actores y la tendencia de muchos a subir las apuestas pueden fragmentar Yemen, potenciar el extremismo y extender la guerra a los países vecinos.
A pesar de una semana de bombardeos masivos sobre posiciones civiles y militares y del bloqueo de todos los puertos por la coalición de 20 países árabes más Pakistán, la alianza entre las milicias chiíes, gran parte del ejército y de la policía y milicias nacionalistas continúa su avance en el sureño puerto de Adén, reacciona al ataque saudita incursionando más allá de la frontera y en el Este y el Sur mantiene a raya a las milicias beduinas aliadas a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA).
Según la Liga Árabe, la operación “Tormenta de la Firmeza” responde al pedido del ex-presidente Abd-RabbuMansur Hadi (2012-14) que quiere ser repuesto en su cargo. Cuando éste subió al gobierno luego del derrocamiento de Alí Abdulá Salé (1990-2012), tenía el apoyo de la minoría chiíta de los Zaydis (llamados hutíes por el nombre de su líder), un tercio de la población del país que este grupo gobernó durante un milenio hasta 1962.Sin embargo, Hadi perdió credibilidad por su política oscilante. En setiembre pasado todavía quiso modificar la Constitución dividiendo el país en Norte y Sur y quitando a los hutíes el acceso al mar. Entonces la alianza nacionalista ocupó Sanaá y confinó al presidente. Para recuperar la iniciativa, el mandatario renunció en enero pasado, para luego desdecirse y ser sometido a arresto domiciliario de donde huyó en febrero, exiliándose finalmente en la capital saudita.
Medios occidentales y árabes afirman que la ofensiva hacia el Sur responde a un plan de Irán para conquistar Adén, llave de la ruta hacia el Canal de Suez, pero los nacionalistas yemeníes no necesitanla ayuda iraní, porque el ejército y la policía los proveen con armas norteamericanas, y buscan formar un gobierno de compromiso étnico y regional.
Las circunstancias empujan al Rey saudita Salman a buscar la solución de sus conflictos en el campo de batalla. Con 79 años y de mala salud, el monarca busca en el campo de batalla legitimar su joven reinado de dos meses. Como sus tropas han sido siempre derrotadas en Yemen (la última vez, en 2009), ha delegado ahora el mando en su hijo, el ministro de Defensa Mohamed bin Salmán, de 34 años. Éste logró integrar en una sola coalición poderes tan disímiles como los emiratos del Golfo, Pakistán, Egipto, Marruecos, Turquía y Somalía con el de Sudán del Norte, todavía considerado por Washington un “Estado terrorista”.
La guerra contra Yemen es parte de la competencia entre Arabia Saudita, Turquía y Egipto, por un lado, con Irán, por el otro, por la hegemonía sobre Levante, pero sigue reglas propias. La alianza patriótica surgida en el mayoritario Norte del país va más allá de los milicianos de Ansar Alá y se ha convertido en un movimiento popular. Esta coalición no puede impedir los ataques de la Liga Árabe y es difícil que pueda conquistar Adén, pero puede desgastar a sus adversarios mediante una guerra prolongada. Por su parte, Arabia Saudita también busca una negociación que devuelva al ex -presidente Hadi al poder en un gobierno compartido con los hutíes, pero, si la guerra se prolonga, Yemen se dividirá como lo estuvo desde la ocupación británica en el Sur en el siglo XIX hasta 1990. Si así sucediera, un reducido Noryemen quedaría cercado por el Norte y el Sur, pero las milicias hutíes comenzarán a operar en todo Levante y nunca habría paz. Al mismo tiempo, si el país se fractura, AQPA erigiría en el Sur un reino del terror que perpetuaría y expandiría la guerra al infinito. Por ello todos los contendientes necesitan sofrenar a sus propios perros de guerra, para evitar que el conflicto se difunda como una mancha de aceite.

lunes, 30 de marzo de 2015

Europa busca neutralizar el Banco de Inversión Asiático

OPINIÓN

En Asia se juega nuestro lugar en el mundo

En las últimas semanas la prensa china ha desmentido reiteradamente a los medios estadounidenses que acusan a Beijing de fundar el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por su nombre en inglés) para remplazar el sistema financiero y monetario mundial con centro en Washington por uno bajo su hegemonía. Razón no les falta, ya que el aluvión de pedidos de incorporación al AIIB antes del cierre de presentaciones el 31 de marzo confirma que el mundo ya tiene un segundo centro en el Este, pero la maniobra envolvente con la que los principales aliados de los EE UU han respondido a la convocatoria también puede afectar a los países emergentes.
Entre los solicitantes de incorporación figuran estrechos aliados de los EE UU, como el Reino Unido, Alemania y Francia. Esta semana pasada se sumaron Suiza, Austria, Corea del Sur y Australia. Japón todavía deshoja la margarita.
La carta de intención para el nuevo Banco fue firmada por veintiún países en Beijing en octubre pasado. La presión norteamericana evitó entonces que Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur se adhirieran, pero, cuando a principios de marzo el Canciller del Tesoro británico, George Osborne, anunció la adhesión del Reino Unido, impulsó a casi todos los aliados norteamericanos con intereses en Asia a acompañarlo. Osborne justificó la decisión diciendo que Gran Bretaña entra como país fundador para influir sobre la institución. Ante la avalancha, finalmente, el pasado domingo 22 el presidente Obama pidió que la nueva entidad, el FMI y el Banco Mundial (BM) cooperen estrechamente, a lo que adhirió la presidenta del Fondo, Christine Lagarde.
El AIIB resulta de una propuesta china para financiar proyectos de infraestructura en toda Asia. Se calcula que, para mantener una tasa de desarrollo aceptable, la región debería invertir unos 800 mil billones de dólares en los próximos veinte años. Entre los proyectos más urgentes para China se encuentran ferrocarriles que unan la sureña Yunnan con todo el Sureste Asiático, puertos en Indonesia, Pakistán y Sri Lanka (la llamada Ruta de Zheng-he, en homenaje al almirante que a principios del siglo XV exploró el Océano Índico) y la Nueva Ruta de la Seda que por Asia Central lleva a Europa.
Las potencias occidentales se adhieren al AIIB para condicionar sus decisiones. Según el Financial Times del pasado 18 de marzo en un comentario titulado “Con estos amigos …”, “China debe dejar de dar créditos por razones políticas a países corruptos y populistas como Sri Lanka, Zimbabue o Argentina, que luego caen en default, para guiarse más por criterios técnicos”. Con su crítica los conservadores ingleses quieren evitar que China use el nuevo Banco para ampliar su influencia internacional y pretenden ahogar a países emergentes independientes. Como además, por el peso del yuan en su volumen crediticio la nueva institución amenazaría la hegemonía del dólar, los europeos buscan limarle los dientes.
Las inversiones de Beijing en infraestructura en América del Sur y sus créditos a países de la región aumentan la circulación del yuan y permiten a la industria china acceder a recursos estratégicos. Tienen objetivos predominantemente políticos que dependen del liderazgo de Xi Jinping. Si la adhesión de potencias occidentales al Banco tuerce esta línea, el financiamiento de las potencias emergentes estará en riesgo y disminuirá la influencia mundial de Beijing.
Por ello es de esperar que China dosifique el ingreso de los nuevos socios. Al mismo tiempo, si los países de desarrollo medio pueden acceder con sus productos de consumo al mercado chino, fortalecerán la política del presidente chino para reducir las desigualdades entre las clases y regiones de su inmenso país y se beneficiarán con los proyectos de infraestructura del nuevo Banco.
La Nueva Ruta de la Seda y la Ruta del Almirante Zheng-he tienen más que ver con nosotros de lo que nos imaginamos.