domingo, 14 de mayo de 2017

Dimitiendo al jefe del FBI Trump concentra poder

Trump no es Nixon
por Eduardo J. Vior
Tiempo Argentino
14 de mayo de 2017
"A James Comey le conviene que no haya grabaciones de nuestras conversaciones", tuiteó el Presidente de los Estados Unidos (Potus, por su sigla en Twitter) a las 14,40 h (de Buenos Aires) del pasado viernes 12. Desde que el martes 9 despidió al Director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) sus advertencias han ido subiendo de tono. La mayoría de los observadores subrayan las similitudes entre esta crisis y el affaire Watergatede 1973-74. Sin embargo, Donald Trump no es comparable con Richard Nixon. Las apariencias engañan.
Cuando fue despedido, Comey conducía una investigación sobre posibles connivencias entre los funcionarios de la campaña electoral de Trump y Rusia. Según trascendió, el Presidente no estaba contento con el modo en que su equipo de prensa venía explicando su decisión de despedir a Comey y decidió abordar el tema con sus propias manos.
El argumento de la Casa Blanca para justificar el despido fue que Comey no era digno de confianza por el mal manejo que había hecho en 2016 de la investigación sobre el uso por Hillary Clinton de un servidor de correo electrónico personal para enviar mensajes con información clasificada, cuando era Secretaria de Estado de Barack Obama (2009-13). En el primer momento el Presidente y su equipo negaron que el despido tuviera que ver con su investigación sobre las relaciones de ellos con representantes rusos, pero, como el sucesor de Comey en la dirección interina del FBI, Andrew McCabe, dijo el jueves que sigue siendo "una investigación muy significativa", el Potus aceptó el desafío y denunció al jefe expulsado por "deslealtad".
La crisis presente es casi inédita: desde la creación del FBI en 1908 es la segunda vez en la historia que un presidente estadounidense despide a un director. La primera ocasión fue en 1993, cuando Bill Clinton destituyó a William Sessions acusándolo de faltar a la ética que debe mantener un funcionario de su rango.
No sólo demócratas, sino también algunos republicanos opinan que el súbito despido responde a que el mandatario quiere frenar las investigaciones y lo asocian con el escándalo Watergate. "Esto es nixoniano", declaró el senador demócrata Bob Casey. Esa frase se refiere a la noche del 20 de octubre de 1973, conocida como la "Masacre del sábado a la noche", cuando el Presidente Richard Nixon hizo renunciar al fiscal general Elliot Richardson y a su adjunto William Ruckelshaus por no obedecer la orden de despedir al fiscal especial Archibald Cox.
A mediados de octubre de 1973, este procurador había pedido formalmente al Presidente que le entregara las grabaciones de las reuniones que aquél había mantenido con su equipo en la Oficina Oval. De esas cintas esperaba obtener pistas sobre lo ocurrido en torno al escándalo Watergate. El suceso había empezado con la detención de cinco hombres por la intrusión en Washington el 17 de junio de 1972 en el complejo de ese nombre perteneciente al Partido Demócrata. El FBI encontró conexión entre los ladrones y dinero negro utilizado por el Comité para la Reelección del Presidente (CRP), la organización oficial de la campaña electoral de Nixon y el Partido Republicano. En julio de 1973, gracias a los testimonios de antiguos funcionarios y colaboradores del mandatario, las investigaciones del Comité Watergate del Senado de Estados Unidos revelaron que Nixon tenía en sus oficinas un sistema de cintas de grabación y que muchas conversaciones habían sido grabadas.
Nixon no sólo se negó a entregar los audios íntegros, sino que ordenó a su fiscal general, Elliot Richardson, el cierre de la oficina a la que Cox estaba adscrito. Richardson decidió renunciar antes de cumplir esa orden. Su reemplazante, el fiscal general adjunto Ruckelshaus, también presentó su dimisión. Fue entonces Robert Bork, el procurador general de EE UU, quien se quedó con el cargo y cumplió con la orden presidencial. No obstante, tras varias batallas legales la Corte Suprema de la Unión dictaminó por unanimidad que el presidente debía entregar las cintas a los investigadores gubernamentales, a lo que finalmente accedió.
Las grabaciones revelaron que el mandatario había tratado de encubrir el robo. Debido a que con casi total seguridad habría sido sometido a juicio político por las dos cámaras del Congreso, Nixon renunció a la presidencia el 9 de agosto de 1974.
El pasado 20 de marzo, el propio Comey declaró ante una subcomisión del Senado que el FBI estaba investigando los posibles nexos entre miembros del equipo de Donald Trump y Rusia. La catarata de dichos y contradichos abrió nuevos cuestionamientos a la credibilidad del Presidente, quien el miércoles mantuvo en la Casa Blanca un inesperado encuentro a puertas cerradas con el canciller ruso, Serguei Lavrov. Manejar a discreción el ritmo de las investigaciones sobre Rusia que el Congreso realiza por su cuenta parece una tarea cada vez más difícil para los republicanos. Con semejante ambiente de intriga y la perspectiva de otra batalla política para designar al próximo director del FBI, el gobierno puede sufrir atrasos en temas sensibles de su agenda.
Algunos analistas creen que el problema para el presidente está cada vez más en la débil lealtad de su propio partido. Comey es republicano y ayudó al triunfo del Potus difundiendo pocos días antes del 8 de noviembre pasado la copia de los mails de Hillary Clinton. Sin embargo, como la mayor parte del Partido Republicano, el ex director del FBI sólo adhirió a la candidatura triunfante en el último momento y estaría feliz si el Presidente fuera remplazado por el Vicepresidente Mike Pence, más leal al aparato.
A pesar de las aparentes similitudes, Trump no es Nixon. En 1973 el republicano estaba en su segundo mandato y, por lo tanto, sin poder ser reelecto. Era lo que en la jerga política norteamericana llaman "un pato rengo". A pesar de llevar nombre de pato, Trump se encuentra al principio de su primer período y con ganas de gobernar a su país ocho años más.
Nixon firmó en enero de 1973 los acuerdos de París por los que EE UU retiró en poco tiempo sus tropas de Vietnam. Estos acuerdos nunca fueron aprobados por el Senado. Finalmente, en octubre del mismo año se produjo la “Guerra de los Seis Días” entre Israel y sus vecinos árabes que, como medio de presión, suspendieron las ventas de petróleo, desatando la primera gran crisis económica mundial de la posguerra.
Es probable que Donald Trump haya mantenido tratativas ilegales con representantes rusos. También lo hizo Kissinger en aquella época. A diferencia de Nixon, empero, ante la presión el Potus se apoyó en los militares y se avino a intervenir en Siria, para delimitar su zona de influencia, aun arriesgando una crisis con Turquía.
A diferencia de 1973, finalmente, la economía está creciendo, el desempleo es bajísimo, EE UU prácticamente se autoabastece de hidrocarburos y la progresiva suba de las tasas de interés obra como una aspiradora que chupa dólares de toda la economía mundial.
Indudablemente la investigación sobre las relaciones entre el equipo de Trump y Rusia va a perturbar su gobierno durante varios meses, pero el Presidente tiene iniciativa y poder suficientes como para marcar la agenda con nuevos temas cada día. Éste puede ser el Watergate de los aparatos partidarios y mediáticos, no el suyo.



domingo, 23 de abril de 2017

El presidente de EE.UU. avanza hacia el desastre

Trump juega a la guerra también con Irán
En algún punto del globo, en algún momento va a desatar un conflicto en serio
por Eduardo J. Vior
Tiempo Argentino
23 de abril de 2017
No pasa semana sin que el gobierno de los Estados Unidos active algún conflicto internacional. El jueves pasado le tocó a Irán al que el presidente Donald Trump acusó de no estar cumpliendo el acuerdo sobre desarme nuclear que firmó con seis potencias en 2015. ¿Torpeza política, indecisión o calculado confusionismo? Los analistas internacionales se dividen entre estas tres interpretaciones sobre los juegos de guerra de la mayor superpotencia del globo. Cualquiera de las tres opciones puede llevar al desastre termonuclear.
No obstante la crítica, el martes pasado el secretario de Estado Rex Tillerson cumplió con su deber de informar al vocero de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, sobre la marcha del acuerdo. Lo hizo anunciando que Irán está cumpliendo lo estipulado, pero que el pacto será reconsiderado.
Nadie está feliz con lo estipulado, pero muchos reconocen que permitió negociar muchas cuestiones e impulsó el intercambio comercial norteamericano-iraní. Tillerson, en cambio, objeta que no se ha contenido la creciente influencia de Irán en Levante. Por el contrario, muchos expertos advierten que amenazar a Irán en el comienzo de su campaña presidencial favorece a los nacionalistas radicales que critican la "blandura" del presidente Hasán Rouhaní que busca su reelección.
Hay muchos indicios de que Trump resolvió de la peor manera el dilema entre su estrecho vínculo con Vladimir Putin, su alineamiento con Israel y sus negocios con los jeques de la Península Arábiga. Ahora se encolumnó detrás de la estrategia israelo-saudí.
La mayoría de los analistas descree que Trump vaya a retirar a EE UU del acuerdo nuclear, porque chocaría con aliados importantes que defienden su preservación, pero es probable que promueva una implementación más estricta. Al mismo tiempo buscará aumentar la presión sobre Irán por su programa balístico y sus intervenciones en Levante. Este endurecimiento de la relación con Teherán justificaría un mayor apoyo a Ryad en su intervención en Yemen.
Desde hace tres semanas, luego de un golpe de salón, las fuerzas armadas y la comunidad de inteligencia conducen sin tutela la política exterior de EE UU. Es previsible que aún pase cierto tiempo hasta que definan las prioridades. Las indecisiones y contradicciones están a la orden del día. Esta sería la primera explicación para la sucesión de crisis en distintos escenarios. También hay que contar con la torpeza del equipo presidencial que insiste en inmiscuirse en la política exterior. Sin embargo, hay una tercera posibilidad mucho más preocupante.
Entre septiembre de 1939 y mayo de 1940 Alemania hizo creer a Francia y Gran Bretaña que se expandiría hacia países menores y no los atacaría directamente. A este juego se lo llamó en francés drôle de guerre (la guerra falsa). Agudizando al mismo tiempo los conflictos con Corea y China, en Afganistán, Yemen y Siria, contra Venezuela y ahora Irán, Washington suscita el interrogante sobre dónde va a atacar en serio. ¿Se atreverá? Sería mejor que los países que quieren y necesitan la paz no especulen más y se unan para imponerla. «

Escuche también el reportaje que me hizo Eduardo Anguita en Radio Nacional: http://www.radionacional.com.ar/juan-buchet-corea-del-norte-es-una-amenaza-para-la-paz-mundial-desde-hace-mucho-tiempo/ 

lunes, 10 de abril de 2017

El giro de Trump puede provocar una gran guerra

El EI festejó en Suecia las bombas de EE.UU. en Siria
 por Eduardo J. Vior
Tiempo Argentino
9 de abril de 2017

No es casual que el Estado Islámico (EI) haya cometido un atentado terrorista en Estocolmo un día después de que la Marina de los Estados Unidos bombardeara la base aérea de Shayrat, en el centro de Siria, con el argumento de que de allí habría partido el avión que el martes pasado lanzó gas sarín y cloro sobre JanSheikjun, en la provincia de Idlib, matando a 80 personas de los cuales once eran niños.

El grupo terrorista es el primer beneficiario del giro estratégico de Donald Trump. Los otros son el gobierno israelí y sus aliados árabes en la región, el aparato militar y de inteligencia norteamericano y, quizás, los desafectos al presidente Bashar al Assad en las fuerzas armadas sirias.

El Estado Islámico se apresuró a festejar el ataque norteamericano, atropellando a los paseantes que deambulaban por una de las calles más concurridas del centro de Estocolmo con un camión de reparto robado poco antes. Cuatro personas resultaron muertas y muchas más heridas.
 
Según la Casa Blanca, la US Navy bombardeó la base siria como represalia por la masacre de civiles en la aldea del noroeste, pero hasta ahora nadie pudo comprobar fehacientemente quién fue el autor del ataque con gas. Según Damasco, la contaminación se produjo, porque su aviación bombardeó un depósito de armas químicas que los islamistas habrían tenido en medio de una población civil. Si el propio Assad ordenó lanzar el gas en el noroeste, habría demostrado un sentido del suicidio político que le es desconocido. El presidente necesita la coalición internacional antiterrorista que Putin estaba organizando como el aire para respirar, y tanto el bombardeo como el castigo norteamericano han torpedeado la cooperación entre las grandes potencias para restaurar la paz en Irak y Siria.
 
También podría pensarse en una facción de las fuerzas armadas sirias que quiera cerrar a su presidente el camino hacia la victoria y la paz. O, quizás, un atentado de falsa bandera de la fuerza aérea israelí, para destruir el entendimientoentre EE UU y Rusia. Lo cierto es que en el Consejo de Seguridad de la ONU las potencias occidentales se apresuraron a acusar al gobierno sirio por el bombardeo con gas, sin ofrecer prueba alguna.

Como primera respuesta al ataque naval en la provincia de Homs, Rusia suspendió el sistema de mutua información con EE UU sobre vuelos en el espacio aéreo sirio, vigente desde que en octubre de 2015 comenzó su intervención en el país árabe. Por otra parte, señaló el portavoz del Ministerio de Defensa ruso en Moscú, por su complejidad y por la información que requiere, el ataque contra la base aérea tiene que haber estado planificado con mucha antelación. No fue resultado de una decisión repentina del presidente Trump.

Esta crisis mundial sobreviene, después de que la semana anterior el jefe del Consejo Nacional de Seguridad, el general Herbert McMaster, desligó a Steve Bannon, de toda responsabilidad sobre la Defensa. Editor del portal ultraderechista Breitbart y principal asesor de Trump, Bannon sigue trabajando en la Casa Blanca, pero el Pentágono y los servicios de inteligencia ahora se autogobiernan sin control político. A cambio de la concesión presidencial, el Congreso de mayoría republicana impuso el viernes al ultra Neil Gorsuch como miembro de la Suprema Corte.
 
Como Trump quiere seguir vivo y continuar como presidente, prefirió acatar el golpe de Estado y someterse al Partido Republicano. El Estado Mayor Conjunto, por su parte, retomó la alianza con Israel y las monarquías sunitas de la región, para destruir Siria como paso previo al ataque contra Irán, para así poder aislar a Rusia y cerrar a China el camino hacia el Oeste. Pero Assad tiene aliados poderosos y Trump no podrá vender tan fácilmente una guerra en Levante, después de haber pregonado el aislacionismo.  En la movediza geografía entre el Mediterráneo y el Tigris solo dos festejan: el "Califa" al Bagdadi, líder del Estado Islámico, y el premier Benjamín Netanyahu. «

jueves, 23 de marzo de 2017

La elección de Le Pen o Macron definirá a Europa

Francia: la puesta en abismo

A un mes de unas elecciones que pueden definir el futuro de Europa, los franceses oscilan entre Macron y Le Pen. Integración y economía, los ejes principales de unos comicios claves.
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Después del debate televisivo entre los cinco candidatos mejor posicionados para la primera vuelta de la elección presidencial francesa del próximo 23 de abril, Emmanuel Macron alcanzó en los sondeos a Marine Le Pen. Al otro lado del Rin, Angela Merkel debe haber suspirado de alivio, pero la decisión sobre el futuro de la integración europea no es la única opción sobre la que deben decidir los votantes galos. También está en juego el modelo económico y social y la posición ante la nueva ola proteccionista que viene de Estados Unidos. La complejidad de las decisiones pendientes carga una enorme responsabilidad sobre los hombros de las y los votantes. De la decisión de los franceses depende la suerte de Europa.

El sábado pasado el Consejo Constitucional confirmó que once candidatos disputarán la primera vuelta de la elección presidencial. Sin embargo, sólo cinco tienen chances de pasar al segundo turno a realizarse el 7 de mayo: Marine Le Pen (Front National, FN), Emmanuel Macron (En Marche!/¡En Marcha!), François Fillon (Les Republicains/Los Republicanos), Benoît Hamon (Parti Socialiste, PS), Jean-Luc Mélenchon (France Insoumisse/La Francia Insumisa).

La undécima elección presidencial de la Vª República fundada en 1958 tiene la particularidad de que, por primera vez, el Presidente no se presenta a un segundo mandato, aunque está habilitado para hacerlo. Sin voluntad de poder ni capacidad de convocatoria, François Hollande prefiere volver a su casa.
 
Por eso este lunes a la noche había tanta expectativa antes del primer debate que el canal oficial TF1 realizaría entre los cinco candidatos “mayores”. Hubo mucha polémica por la exclusión de los seis restantes, pero se justificó por el éxito de público y la complejidad de los temas a discutir. Además de la profundización de la unidad europea que Alemania reclama, el debate se ocupó de la discusión entre globalistas y proteccionistas acicateada por el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y de la progresiva reducción de la tradicional intervención del Estado francés en la economía que algunos candidatos proponen.
Las encuestas posteriores al debate demostraron que, por primera vez en la campaña Macron superó a Le Pen y alcanzó el primer puesto en las preferencias del electorado. Mientras que el primero alcanzó ya el 25,5 por ciento, la segunda se estanca en 25 puntos. Es que, gracias al descenso de François Fillon, dañado por el affaire sobre el empleo ficticio de su esposa Penélope, y al escándalo que estalló la semana pasada porque el Ministro del Interior Guido La Roux habría empleado ventajosamente a dos hijas en la administración pública, Macron está cosechando votantes en el centroderecha y el centroizquierda.

El joven dirigente (39 años) había explicado las grandes líneas de su política en su libro Révolution (2012) en el que se presenta a la vez como liberal y de izquierda y propone una “tercera vía” (a la Tony Blair) que, por ejemplo, proteja a los asalariados y no el empleo. Quiere reducir el presupuesto del Estado en 60 mil millones de euros, 25 mil de los cuales sólo en los programas sociales. Otros 10 mil pretende ahorrarlos en el subsidio de desempleo.

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Emmanuel Macron es especialista en inversión bancaria. Trabajó y acabó siendo socio de la Banca Rothschild hasta llegar al Palacio del Elíseo como asesor económico del Presidente François Hollande. Entre 2014 y 2016 se convirtió en uno de los más jóvenes ministros de Economía de la historia reciente. Como corresponde a un alto funcionario francés, realizó su formación de posgrado en la Escuela Nacional de Administración (ENA) entre 2002 y 2004, una de las “grandes escuelas” en las que se recluta la elite francesa.

En su programa electoral Macron combina fuertes bajas de impuestos a las empresas y las personas físicas con recortes presupuestarios. Propone eliminar 120.000 empleos en las administraciones públicas, descentralizar la negociación de los contratos colectivos y sustituirlos progresivamente por leyes. También promete un régimen de “tolerancia cero” hacia la delincuencia, endurecer las penas de cumplimiento efectivo e incorporar 15.000 efectivos a las fuerzas de seguridad. Del mismo modo se propone flexibilizar el acceso a la jubilación según los oficios y profesiones.

Un capítulo especial de su plataforma se dedica al fortalecimiento de la Unión Europea, por lo cual fue especialmente bien acogido por la Canciller alemana, cuando visitó Berlín hace dos semanas. Para la protección “inteligente” del mercado europeo, el ex-ministro sugiere coordinar las políticas anti-dumping. Como complemento de la unión monetaria aboga por un presupuesto común de la zona del euro.
 
En el debate del lunes Marine Le Pen necesitó sólo un minuto y medio para acusar a la Unión Europea de frenadora de la iniciativa francesa, reclamar la independencia respecto a Bruselas, aplaudir el Brexit, acusar a Merkel de hegemonista y responsabilizar a la moneda común por la disminución de la producción industrial en la mayoría de los países europeos. Sus contendientes no le respondieron.

A casi cinco semanas de la primera vuelta electoral parece haberse perfilado ya la bipolarización entre Macron y Le Pen. El primero puede aumentar su potencial electoral sumando votantes conservadores y socialistas, mientras que la segunda parece haber tocado techo. No obstante, más allá del enfrentamiento entre pro y antieuropeístas, la líder nacionalista todavía puede apelar al miedo de muchos sectores populares a perder los subsidios y las ayudas sociales, al de las corporaciones locales que se quedarían sin el impuesto inmobiliario, al de los pequeños y medianos empresarios que reniegan de la hegemonía alemana y, en general, al resentimiento popular contra el “niño bien” salido de la ENA.

Como en junio se hacen también las elecciones legislativas, los candidatos presidenciales sazonan sus campañas nacionales con los problemas regionales y locales. Junto a Alemania, Francia es uno de los pilares de la construcción europea. Del rumbo que ella tome dependerá el futuro de la UE. Con tantos factores a considerar, cualquier error que un candidato cometa puede tener consecuencias internacionales funestas. El juego está abierto y recién el 22 de abril comenzará a definirse.

martes, 14 de marzo de 2017

Los militares empujan a Trump a un choque con Irán

El camino a una nueva guerra

Por la carencia de una política consistente el presidente norteamericano avala decisiones de los militares que pueden tener consecuencias desastrosas para el mundo.
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Después de 16 años de reiteradas y fallidas intervenciones en Levante y Asia Central los Estados Unidos están ahora incrementando aceleradamente su presencia militar en Afganistán, Siria, el Golfo y Yemen, sin que Donald Trump u otro responsable político haya fijado los fines y alcances de estas operaciones. El riesgo de una confrontación con Irán aumenta, pero después del levantamiento del embargo en 2015 la nación persa retornó al mercado mundial y tiene en Rusia y China poderosos aliados. Un ataque norteamericano podría desatar un conflicto mundial que nos involucraría por la presencia de fuerzas de EE.UU., autorizada irresponsablemente por el gobierno argentino.

Ante una comisión del Senado de EE.UU. el jefe del Comando Centro del Ejército (Centcom), el general Joseph Votel, anunció el jueves pasado que solicitará al Congreso la autorización para enviar próximamente más tropas a Afganistán, Irak y Siria. Aunque el gobierno aún no se ha expedido sobre el tema, se supone que apoyará el pedido del comandante.

El reclamo es parte de un súbito incremento de la presencia militar norteamericana en la región. La semana pasada cientos de efectivos fueron desplegados en el noreste de Siria para controlar a las milicias kurdas en la decisiva batalla que se acerca para la toma de Rakka, el centro administrativo del llamado Estado Islámico (EI). Al mismo tiempo la aviación estadounidense lanzó una nueva campaña de bombardeos contra Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) en el sur de Yemen.

Los jefes militares norteamericanos se esfuerzan por presentar el repentino aumento de su presencia entre el Mediterráneo y el Hindu Kush como la continuación de una política ya iniciada bajo el gobierno de Barack Obama, pero la velocidad con la que están interviniendo en numerosos frentes a la vez revela que han dejado de lado las cavilaciones que antecedían cada operación bajo el anterior presidente.
 
El aumento de la intervención militar en Yemen ejemplifica esta falta de política. Después de semanas de intensos bombardeos en el sur del país la guerra civil entre el norte apoyado por Irán y el sur sostenido por los sauditas sigue empatada. Como la acción aérea no ha estado acompañada de gestiones diplomáticas, nadie tiene idea hasta cuándo y dónde piensa seguir bombardeando la Fuerza Aérea de EE.UU. (USAF).

Sin dudas el general Votel cumplió con su deber, cuando el pasado jueves asumió ante el Senado su responsabilidad como comandante de la desastrosa operación de fuerzas especiales que el pasado 29 de enero terminó matando a 30 civiles y causó la pérdida de un oficial estadounidense en una aldea del sur de Yemen. Éste, empero, no es el tema. Alguien debe tomar la responsabilidad política y decir qué piensan hacer en la región y qué límites están dispuestos a respetar.

También en Siria las fuerzas norteamericanas se están involucrando en el conflicto sin planificación ni concepto y pueden producir una catástrofe. El viernes pasado las fuerzas turcas que actúan en el noroeste del país junto con milicias árabes anunciaron que durante la semana habían matado a más de 70 kurdos. Ankara identifica a los milicianos kurdos del norte de Siria con los guerrilleros que combaten dentro de su territorio, pero para Estados Unidos los milicianos kurdos son por su efectividad y control del territorio norte el mejor aliado en el norte de Siria, sobre todo ante la próxima batalla por Rakka. Los kurdos, a su vez, han declarado que están en condiciones de tomar la capital del EI sin ayuda externa, o sea que desprecian la ayuda norteamericana y rechazan toda colaboración con los turcos y el gobierno sirio.

Como los turcos y los kurdos -cada uno por su lado- están cercando en el noroeste la ciudad de Manbij, las tropas estadounidenses han debido colocarse en medio de ambos para que no choquen antes de la toma de la posición islamista. Al mismo tiempo se publicaron fotografías que muestran a oficiales rusos junto con milicianos kurdos equipados por Estados Unidos, o sea que Washington no puede confiar en ninguno de sus aliados.

Sin concepto ni plan los norteamericanos están aumentando vertiginosamente su presencia militar simultáneamente en Siria, el Golfo, Yemen y Afganistán. En todos estos frentes pueden chocar con fuerzas apoyadas por Irán y/o Rusia. Si Washington no define públicamente su política para la región, acciones irreflexivas de los militares pueden fácilmente producir reacciones difíciles de controlar que obliguen a Irán, Rusia y China a intervenir para proteger sus intereses y a sus aliados. Una escalada de este nivel podría tener consecuencias mundiales, por lo que es aconsejable que el gobierno argentino, que ha abierto tan generosamente cuarteles y bases navales y aéreas argentinas a tropas norteamericanas, intervenga para moderar en algo a su poderoso aliado.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Argentina no puede ser el "aliado privilegiado" de EE.UU.

Macri go home

A pesar de su autopostulación como “interlocutor privilegiado”, el gobierno argentino no encaja con la Casa Blanca y Trump lo empuja de vuelta hacia América Latina.
Foto: AFP
Foto: AFP

El gobierno de Mauricio Macri subió el 10 de diciembre de 2015 con el objetivo de alejar a Argentina de América Latina, alinearla con el proyecto globalista de Barack Obama y Hillary Clinton y ofrecerse como bisagra entre las zonas de libre comercio del Pacífico y el Atlántico. Catorce meses más tarde, la estrategia de Donald Trump para fracturar el mercado mundial en áreas comerciales dominadas por grandes potencias rivalizantes empuja a los conservadores argentinos de vuelta a su continente. Ahora bien, como este imprevisto y brutal retorno a nuestro entorno histórico les repele, el regreso se perfila como más desastroso aún que la ida hacia el globalismo.

Mauricio Macri se muestra mucho más cauto que hace unos meses cuando le preguntan por Donald Trump. Ya no dice que es un hombre “totalmente chiflado”. Entrevistado el pasado jueves 23 en Madrid por el fundador del grupo Prisa, Juan Luis Cebrián, prefirió definirlo como “un personaje particular” al que “hay que darle tiempo”. No obstante, dejó en claro en sus presentaciones que no comparte la visión proteccionista del nuevo presidente de los Estados Unidos y se presentó como un “convencido defensor del libre comercio”. También manifestó su voluntad de intensificar lazos con México y Brasil para coordinar posiciones en el G-20 y en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Del mismo modo, insistirá para impulsar la firma del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur.

Tanto globalismo no podía caer bien en Washington. 48 horas tardó la embajada de EE.UU. en Buenos Aires hasta sacar un comunicado de forma sobre la conversación telefónica que ambos mandatarios mantuvieron el pasado 14 de febrero. El informe tiene apenas tres líneas y media en las que consta que Trump destacó “las fuertes y duraderas relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Argentina”. Luego, subrayó “el liderazgo que el Presidente Macri está desempeñando en la región”. Como último punto menciona que el jefe de Estado fue invitado a visitar Washington “en los próximos meses”. La tardanza en publicar el comunicado y la insistencia -como único tema- en la valoración que Trump haría de Macri sugieren que varias llamadas de la Casa Rosada fueron necesarias para que la minuta saliera a la luz.
 
El gobierno de Cambiemos confió desde el inicio en “la lluvia de inversiones” y la apertura hacia el Acuerdo Transpacífico (TPP) que -en su cálculo- le permitiría jugar como bisagra hacia la Unión Europea y beneficiarse a dos bandas. Pero la llegada de Trump, la retirada norteamericana del TPP y su bloqueo a las importaciones de limones argentinos, combinados con la resistencia de varios países europeos a abrirse a las importaciones agropecuarias provenientes de nuestro país, así como la desconfianza generalizada con la que potencias y empresas europeas ven la capacidad de la resistencia popular para bloquear las políticas neoliberales han dejado a los conservadores a la intemperie. Ni los norteamericanos los cuidan ni los europeos les dan cheques en blanco.

Trump y Macri comparten la misma ideología reaccionaria. Ambos son hijos de empresarios exitosos que acrecentaron la riqueza y el poder de sus familias por métodos cuasi-mafiosos. Llegados al poder, los dos armaron gobiernos de CEOs y se presentan como ajenos a la política. Sin embargo, los ejecutivos de Trump buscan hacer nuevamente de Estados Unidos una potencia, mientras que los de Macri aumentan la riqueza de los capitales y monarcas extranjeros.

El gobierno argentino cometió el enorme error de inmiscuirse a favor de los demócratas en la campaña electoral norteamericana. Este error lo cobró ásperamente Ivanka Kushner Trump al meterse en la primera conversación que su padre y Macri mantuvieron el pasado 14 de noviembre después del triunfo del primero y reclamar a Macri que facilitara la construcción de una torre en Puerto Madero, a lo que éste accedió raudo.

El gobierno argentino insiste en su optimismo de oficio sobre el desarrollo de las relaciones con EE.UU., pero “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”. Mauricio Macri ganó las elecciones del 25 de octubre de 2015 como ejecutor de un plan de los fondos buitre, el J.P. Morgan, el HSBC y las coronas de Gran Bretaña y Holanda, para apropiarse de los recursos energéticos y mineros argentinos, entregar el Atlántico Sur a la marina británica y -golpe en Brasil mediante- alinear el continente con el globalismo. Sin embargo, la realidad le pegó una patada en la nuca. En vez de Hillary vino Donald y en lugar del libre comercio, la fractura del mundo en cotos de caza exclusivos de las grandes potencias. Argentina entró en el angloholandés, no en el norteamericano.

La expulsión del área comercial norteamericana y las persistentes barreras que bloquean el ingreso a Europa están devolviendo a los conservadores argentinos al ámbito del que nunca debieron salir: a América Latina. En los países mayores del continente, empero, no gobiernan patriotas con visión estratégica, sino mediocres reaccionarios que buscan un imperio al que someterse. Tanto Peña Nieto como Temer y Macri ansían acceder al mercado estadounidense, pero Trump impide su ingreso. Ante el cercano colapso los tres se ven forzados a coordinar su salida al mundo. La realidad los empuja a unirse defensivamente, lo que termina por alejarlos de todo acuerdo de libre comercio con potencias exteriores. Buscando a Estados Unidos, Mauricio Macri puede terminar por descubrir América Latina, pero de la peor manera.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Provocando a Irán Trump arriesga un conflicto grave

Jugar con fuego

Los halcones en la Casa Blanca quieren empujar a Irán a un enfrentamiento frontal. Pero en la apuesta arriesgan un conflicto mundial.
Foto: Sipa/AP
Foto: Sipa/AP

Cuando el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu sea recibido hoy en Washington por el presidente Donald Trump, ambos mandatarios tendrán que moderar mucho su ambición de abandonar la política de “dos estados” para alcanzar la paz entre Israel y Palestina y su agresiva retórica contra la República Islámica de Irán. Es que, al forzar con sus revelaciones la renuncia de Michael Flynn, principal consejero de seguridad nacional del Presidente, la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y el New York Times recordaron en voz alta que la política exterior norteamericana sólo puede hacerse en consulta con la comunidad de inteligencia.

Desde que el nuevo jefe de Estado asumió el 20 de enero pasado, viene gobernando en solitario y ha criticado rudamente a los servicios de inteligencia. La devolución la obtuvo el domingo pasado, cuando el New York Times dio a conocer la conversación que el general Flynn tuvo con el embajador ruso en EE.UU. antes del traspaso del mando. Esta información sólo pudo provenir de la NSA, que es responsable por las escuchas a todas las conversaciones que funcionarios relevantes mantienen con representantes extranjeros. La infidencia sirvió para recordar al presidente y el primer ministro que la política exterior norteamericana sólo se ejecuta en consenso entre la Casa Blanca y numerosas agencias, especialmente las de inteligencia.

El nuevo gobierno estadounidense ha estado provocando a Teherán para empujarlo a romper el acuerdo nuclear de 2015, con la esperanza de aplicarle renovadas sanciones económicas, antes de invadirlo y apropiarse de los mayores yacimientos de hidrocarburos del mundo. Sin embargo, si EE.UU. va al choque con Irán, corre serios riesgos militares, ya que puede toparse con Rusia y China y quedarse sin aliados.

Teherán probó el 29 de enero un misil balístico convencional de medio alcance de carácter defensivo que las autoridades de EE.UU. calificaron, no obstante, como “muy provocativo” y amenazaron con una “amplia gama” de medidas de respuesta. Como réplica, el presidente de Irán, Hasán Rohaní, avisó el viernes 3 que “cualquiera que se dirija a los iraníes con amenazas lo lamentará”. “Es mejor que tengan cuidado”, retrucó Trump por Twitter. El miércoles 8, por su parte, la revista neoconservadora online Breitbart (cuyo editor, Steve Bannon, es el jefe de asesores del Presidente) informó que una flota aliada bajo mando norteamericano había realizado la semana anterior una maniobra en el Golfo de Omán a 65 kilómetros de la costa iraní.
 
Washington provoca a Teherán también en Yemen, escenario de una guerra entre los rebeldes hutíes del movimiento Ansar Alá (del norte del país) y los partidarios del expresidente Alí Abdalá Salé, por una parte, y las fuerzas leales al en 2014 renunciado presidente Abdu Rabu Mansur Hadi, por otra. Desde marzo de 2015 éste último quiere reasumir el mando apoyado por una coalición liderada por los sauditas. Esta guerra ya ha costado 16 mil muertos (de los cuales 10 mil eran civiles) y ha privado al 20 por ciento de los 27 millones de habitantes de todo alimento.

La conflagración ha fortalecido a al Qaeda en la Península Arábiga que ha expandido su control territorial en el sureste desértico del país. Contra este grupo se dirigió el pasado 29 de enero una fracasada incursión de Seals, la fuerza especial de los Marines norteamericanos. Los yihadistas imbricaron a los atacantes en combates en casas donde murieron mujeres y niños y las imágenes de los masacrados recorrieron el mundo. El fracaso fue atribuido a Trump, que lo había ordenado en una cena con sus colaboradores más estrechos y sin más consultas. En Yemen el gobierno norteamericano está tratando de provocar un choque con los asesores iraníes de los rebeldes para sacar a Teherán de las casillas, pero con su impericia está fortaleciendo a la vez a los hutíes y a al Qaeda.

Donald Trump eligió a Irán como el objetivo de su “cruzada”, en primer lugar, porque la nación persa se ha convertido en una potencia regional de consideración que empata a la alianza saudita-israelí. Pero además el martes 14 se confirmó el hallazgo de enormes yacimientos de petróleo y gas natural en la suroccidental provincia de Juzistán, junto a la frontera iraquí, donde tienen previsto invertir la angloholandesa Royal Dutch Shell PLC y la francesa Total. Con el descubrimiento el país persa tiene reservas para 21 años. Como, por otra parte, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) lo ha autorizado a no reducir la producción de crudo, está exportando a los cuatro vientos, lo que provoca la actuada irritación“ de Washington que teme por la baja del precio de sus propias empresas. No obstante, Trump está aún más molesto por la irrupción de los europeos en la industria petrolera iraní donde Chevron y Exxonmobil pensaban hacer su agosto.

Cuando le preguntaron sobre posibles represalias militares contra Teherán, el presidente afirmó que “no se descarta ninguna opción”, pero si EE.UU. ataca a Irán, Rusia y China seguramente sostendrán a su principal aliado regional, mientras que los principales países europeos no abandonarán a tan prometedor socio. Puede que Washington sólo esté queriendo forzar a Teherán a hacer mayores concesiones, pero los iraníes están fuertes y no van a ceder. Si el gobierno norteamericano insiste, puede sufrir una grave derrota y provocar un gran conflicto mundial. Es de esperar, por lo tanto, que el Presidente se acuerde de consultar a la comunidad de inteligencia.