sábado, 25 de septiembre de 2021

En Berlín se abren tiempos inciertos

 Agencia Télam

24/09/2021 15:30 - opinión

Alemania se dirige hacia la incertidumbre

El doctor en Ciencias Políticas y analista internacional Eduardo J. Vior analiza el interrogante que se abre en el país europeo con las elecciones del 26 de septiembre, en que se elegirá el nuevo Bundestag (cámara baja del Parlamento) cuya mayoría escoge, a su vez, al Canciller Federal, con el agregado que en esta oportunidad no se presentará Angela Merkel

Eduardo J. Vior

Por Eduardo J. Vior

El 26 de septiembre próximo 60.4 millones de votantes podrán elegir al nuevo Bundestag (cámara baja del Parlamento) cuya mayoría escoge, a su vez, al Canciller Federal por cuatro años. Será la primera elección desde 2005 en la que no se presentará Angela Merkel (de la Unión Demócrata Cristiana, CDU). Pero, además, por primera vez desde 1998 el Partido Socialdemócrata (SPD) tiene serias chances de vencer. Confrontado con la superación de la pandemia de coronavirus y el cambio climático, pero tironeado por el conflicto geopolítico entre el Este y el Oeste, el pueblo alemán se adentra en aguas inciertas. No es un buen horizonte para una sociedad que ama la estabilidad y la seguridad por encima de todo.

Como ningún partido supera el 25 o 26% de preferencia en los sondeos, seguramente el próximo será nuevamente un gobierno de coalición. La actual Gran Coalición de la CDU/CSU y el SPD ya casi no tendría mayoría de gobierno ni sus miembros muchas ganas de seguir juntos. Se plantean, por lo tanto, varias opciones, pero la que tiene más chances es la alianza del SPD con Los Verdes (Die Grünen) y el Partido Liberal Democrático (FDP). De acuerdo a los últimos sondeos, el SPD obtendría un 25 o 26% de los votos contra 22% de la CDU/CSU, Los Verdes alcanzarían el 15% y los liberales el 11%. La Izquierda, por su parte, suma 10%, en tanto la derechista Alternativa por Alemania (AfD) ronda el 11%. Con el 48% de las preferencias el cambio climático representa de lejos la mayor preocupación de los ciudadanos alemanes, seguido con el 28% por la superación de las consecuencias económicas de la pandemia de Coronavirus.

En Alemania es usual que el primer candidato del partido más votado asuma la formación de gobierno. Armin Laschet (CDU) y Olaf Scholz (SPD) son los líderes con más chances para optar a ese cargo. Laschet, ministro-presidente del Estado de Renania del Norte-Westfalia es el actual presidente del partido demócrata cristiano, pero no tiene buena imagen ni ha logrado perfilarse como sucesor de Merkel. En cambio, Olaf Scholz, abogado socialdemócrata, fue hasta 2016 ministro-presidente de Hamburgo. Tiene un estilo moderado y aparece como garante de estabilidad. Por ello está primero en las encuestas.

En condiciones normales esta tendencia se mantendría hasta la elección del domingo próximo, pero en situaciones críticas se acude a remedios extremos, para cambiar el rumbo. Así este lunes 20 la Comisión de Asuntos Financieros del Bundestag debatió a pedido del interbloque de la CDU/CSU sobre la deficitaria persecución del lavado de dinero por la Unidad de Investigación Financiera (FIU) de la Oficina Federal de Aduanas (Zollamt). Se estima que en Alemania se lavan anualmente unos 100.000 millones de euros. Los bancos informan a la FIU cada vez más casos sospechosos, pero ésta no habría aumentado sustancialmente el número de denuncias presentadas a las fiscalías, dicen los críticos demócrata cristianos. Es evidente que se trata de una maniobra preelectoral para dañar al ministro de Finanzas Scholz, superior del FIU, quien ni lerdo ni perezoso acudió sin preaviso a la reunión de la Comisión, para rechazar los cargos. La verdad, declaró, es que las fiscalías ocupadas por militantes de la CDU se han negado a recibir muchas denuncias. Todavía no está claro qué efectos puede tener esta denuncia sobre el voto ciudadano, pero su utilización en esta campaña pone en peligro el sistema político.

Durante 16 años Angela Merkel condujo el país oscilando de derecha a izquierda a tenor de los cambios en la opinión mayoritaria, pero siempre mantuvo el consenso. Ninguno de los candidatos a sucederla iguala la empatía que ella supo establecer durante años con una sociedad en pleno cambio. Gane quien gane necesitará acuerdos amplios, pero si se contamina la atmósfera con denuncias altisonantes, el equilibrio político puede quebrarse. El mero mantenimiento del consenso no resuelve los problemas, pero la fractura y polarización del país los agravaría profundamente. A fin de año, cuando se haya formado nuevo gobierno, seremos más sabios.

*Dr. en Ciencias Sociales – Analista internacional

viernes, 24 de septiembre de 2021

Washington se acerca peligrosamente a la dictadura

 

El avance militar sobre el poder agrava la crisis de EE.UU.


Aunque Bob Woodward ensalza al jefe de las fuerzas armadas como salvador de la democracia y la paz, Mark Milley trasgredió la Constitución y representa un riesgo para su país y el mundo

Ante el empate hegemónico entre continentalistas y globalistas, la actividad política y diplomática que está desplegando el general Marc Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de las FF.AA. norteamericanas, representa un grave peligro para la democracia en su país y para la paz en el mundo. La aparición del último libro de Bob Woodward, Peligro (Peril), es un signo más del alarmante avance autoritario que se está desplegando delante de nuestros ojos. Cuando el caudillo militar encuentra un poeta que lo cante (hoy, un periodista), es que está buscando el poder imperial.

El máximo responsable de las FF.AA. norteamericanas se reunió este miércoles 22 con su homólogo ruso, para tratar de ablandar el rechazo moscovita a que EE.UU. use bases militares en los países fronterizos con Afganistán, supuestamente para combatir el terrorismo. La reunión tuvo lugar a 40 kilómetros al norte de la capital finlandesa, entre el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, y el jefe del Estado Mayor ruso, general Valery Gerasimov. Milley no quiso dar detalles de la reunión a los periodistas que viajaron con él, pero hasta ahora no hay indicios de ningún progreso.

Bob Woodward, periodista estrella de The Washington Post desde hace casi 50 años

La reunión se encuadra dentro de la diplomacia paralela que el general Milley viene llevando desde que asumió el mando conjunto en 2019 y que Bob Woodward, el periodista estrella del Washington Post tanto ensalza en su último libro. Peligro es el tercer libro que Woodward dedica al gobierno de Donald Trump. En 2018 publicó Miedo (Fear) y en 2020 salió Furia (Fury). Pero en este último ha cambiado el sujeto y lo dedica al elogio del máximo jefe militar.

Woodward tiene un estilo propio, que aplica sin matices en todos sus libros y que podría apodarse «Woodwardiano». El héroe principal de Peligro es el general Mark Milley, que es presentado como el guerrero-salvador que mantuvo el mundo en paz durante los arrebatos más turbulentos de Donald Trump. Milley exagera y Woodward lo festeja.

El volumen, coescrito con Robert Costa, se explaya sobre el establishment militar. Cuando en 2018 había que designar al nuevo jefe del Estado Mayor Conjunto, Donald Trump se impuso al secretario de Defensa, Jim Mattis, que quería nombrar a un oficial de la Fuerza Aérea, y puso a Milley en el cargo. El presidente estaba impresionado por su fanfarronería de tipo duro y sus medallas. Ya en el cargo, el general podría haber trabajado en el anonimato, pero el 1° de junio de 2020, tras la muerte de George Floyd, Trump utilizó la policía para desalojar a los manifestantes y poder sacarse una foto con una Biblia frente a la iglesia de St. Milley, en Washington. El jefe militar recibió muchas críticas por estar entonces junto al presidente y en traje de fajina, pero, según él mismo, fue entonces cuando se dio cuenta de que Trump era muy peligroso. Con esta versión Milley justifica su giro político en el período preelectoral.

En diciembre de 2020, después de que el presidente hubiera perdido las elecciones, Trump despidió al Secretario de Defensa, trató de poner un nuevo director de la CIA y puso a alguien como consejero general de la Agencia Nacional de Seguridad. Al ver que Trump se preparaba para permanecer en el poder por la fuerza, Milley habría comenzado a preocuparse por el uso que el mandatario pudiera dar a las armas nucleares. Convocó, entonces, a los oficiales de alto rango para revisar los procedimientos de lanzamiento de las mismas y les recordó que, si bien el presidente es quien da las órdenes de marcha, la política al respecto requiere que él (Milley) también sea consultado. Luego pidió a cada oficial que afirmara que lo había entendido, en lo que, según Woodward, Milley consideró «un juramento».

Li Zuocheng, jefe del Departamento de Estado Mayor Conjunto de la Comisión Militar Central de la R.P. China
 
Por esa época también el general Milley llamó a su homólogo en China para tranquilizarlo sobre el estado del país tras el 6 de enero y las elecciones. Preocupado por la posibilidad de que Trump lanzara un ataque nuclear contra China, se comunicó con el general Li Zuocheng, jefe del Departamento de Estado Mayor Conjunto de la Comisión Militar Central, para decirle que, si Trump preparase un ataque contra China, él le avisaría con tiempo. Preguntado al respecto por Associated Press, dijo que las llamadas eran «rutinarias» para «tranquilizar tanto a los aliados como a los adversarios», pero se negó a dar más detalles derivando sus respuestas al testimonio que deberá dar ante el Congreso el próximo 28 de septiembre.
En este libro y en otros relatos recientes Milley se ha presentado como el salvador de la democracia, pero, de ser ciertas estas revelaciones sobre su llamada al jefe chino, representan una importante ruptura en las relaciones cívico-militares al más alto nivel. Como jefe del Estado Mayor Conjunto, Milley es sólo un asesor del presidente. Aunque es el militar de mayor rango y responsable de comunicar las intenciones del presidente a los demás mandos superiores, no es responsable de ejecutar la política o la estrategia militar y. esto incluye el lanzamiento de armas nucleares.En segundo lugar, sienta un precedente potencialmente peligroso para futuros líderes militares.

Por último, es probable que las acciones de Milley politicen aún más a un ejército que ya está sometido a una gran tensión. Los líderes militares se identifican cada vez más con un partido político, expresan abiertamente sentimientos partidistas y acatan con menos frecuencia las normas establecidas. Los líderes políticos también han utilizado cada vez más al ejército para promover sus programas partidistas. Las nuevas acusaciones de que el jefe de Estado Mayor trató de socavar la autoridad presidencial acelerarán la politización de las fuerzas armadas.

Cualquier persona mínimamente informada en la capital de EE.UU. lee el Washington Post como órgano oficial de la CIA y a Bob Woodward como su jefe de propaganda desde hace ya casi 50 años. En el libro se condensan todos los prejuicios demócratas contra Trump: narcisista, paranoico y golpista. Pero, cuando el escriba ensalza al Jefe del Estado Mayor Conjunto como salvador de la democracia y de la paz mundial, y ese salvador no sólo desobedeció órdenes del presidente, sino que, además, se ocupó de que se publicara el libro y continúa en el mando supremo de las fuerzas armadas a pesar del cambio de gobierno, quiere decir que esa persona es el miembro más poderoso del Estado norteamericano. Seguramente habrá otros más poderosos en el mundo empresario, pero él tiene el mando sobre todas las tropas del país y violó sus deberes constitucionales. ¿Quién es entonces el golpista? ¿No se habrá construido la imagen del expresidente como golpista, para ocultar un golpe de estado que se está ejecutando paso a paso? Lo que sabemos sobre la conspiración que preparó, ejecutó y aprovechó los atentados del 11-S aconseja que pensemos mal, si queremos acertar con nuestro juicio.

General Mark Milley, Jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU.

 Marc Milley nació en Winchester, Massachusetts, en 1958 y es de religión católica. En 1980 obtuvo en la Universidad de Princeton una licenciatura en política con una tesis sobre «Un análisis crítico de las organizaciones revolucionarias guerrilleras en la teoría y en la práctica». O sea, que ya entonces se preocupó por los problemas de la “guerra antisubversiva”.

Milley también tiene un máster en relaciones internacionales por la Universidad de Columbia y otro en seguridad nacional y estudios estratégicos por la Escuela de Guerra Naval, pasó la mayor parte de su carrera en misiones de Infantería y ha ocupado múltiples puestos de mando y personal en ocho divisiones y fuerzas especiales a lo largo de los últimos 39 años. Participó en las operaciones en Panamá (1989), Haití (1994), Bosnia-Herzegovina (1995), Irak (2003) y en tres ocasiones estuvo en Afganistán (2001-2021). En 2015 asumió la Jefatura del Estado Mayor del Ejército, que ocupó hasta pasar en 2019 a la del Estado Mayor Conjunto. Propio de su generación de oficiales, adhiere a los principios tecnocráticos de la reforma de las fuerzas en los años 2000: contratación-prueba-adquisición. Deja de lado los cuidadosos, aunque largos, procedimientos de antaño y pasa a incorporar tecnología que recién es probada en el campo de batalla. La alternativa ideal para gastar mucha plata en ferretería inútil.

Mark Milley es una personalidad mediocre, un tecnócrata que responde más a la gran industria de armamentos que a las necesidades de sus comandados, ni hablar de las del país. Carece de proyecto, pero desde hace algunos años ha intervenido reiteradamente en política, primero apoyando a Donald Trump, luego en contra. Al mismo tiempo está llevando una diplomacia propia, sin control de la autoridad electa. Estas acciones son tanto más problemáticas, cuanto que en un momento de profunda crisis, cuando el enfrentamiento entre continentalistas y globalistas permanece irresoluto, el peso y prestigio de la corporación militar se sobreimpone al de los políticos. Los militares no se dividen tanto en torno a ejes partidarios, como al revés: faltos de objetivos puestos por la política, sus diferencias sobre doctrina, estrategia y conducción están condicionando la agenda política en Washington con la particularidad de que cualquier decisión en estos aspectos repercute en todo el mundo.

Desde el fin de la Guerra Fría Estados Unidos ha retrocedido hacia un régimen oligárquico altamente concentrado y con la mayoría de la población muy empobrecida. Se trata de un capitalismo rentístico, especulativo y de muy baja productividad. Al mismo tiempo, la reforma militar de Rumsfeld-Cebrowski en 2002 ha instaurado la estrategia de la “guerra interminable” y dado una enorme autonomía de mando a los comandantes que, así, se han convertido en condottieri de las empresas armamentistas. Los objetivos geoestratégicos y/o económicos se han subordinado a la necesidad de no acabar nunca las guerras.

Mark Milley ha encontrado en Bob Woodward a su propio Virgilio que lo canta y lo quiere emperador, pero en un mundo donde la rivalidad hegemónica se está decidiendo a favor de las potencias euroasiáticas. Ya ha violentado la Constitución. ¿Piensa seguir adelante e instaurar la dictadura o va a retroceder y rendirse ante el régimen desfalleciente? De la respuesta a este interrogante dependen la democracia norteamericana y la paz mundial.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Washington no logra ordenar su retirada

 Agencia Télam

19/09/2021 19:28 - opinión

El AUKUS tensiona a Asia y daña las alianzas de EE.UU.

En cada ocasión que se presenta los representantes del gobierno de Joe Biden proclaman la necesidad de construir “un orden internacional de acuerdo a reglas”. Sin embargo, al anunciar un nuevo pacto militar con el Reino Unido y Australia, sólo han tenido en cuenta los propios intereses y los británicos y han dañado severamente su vínculo con los aliados europeos. Parece una maniobra sagaz, pero puede ser costosa en el largo plazo.

Eduardo J. Vior

Por Eduardo J. Vior

El pasado miércoles 15 el presidente Joe Biden, el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, y su colega de Australia, Scott Morrison, anunciaron el acuerdo AUKUS (por las siglas de los tres países en inglés), por el cual Washington entregará a Canberra seis submarinos nucleares que ésta utilizará para patrullar áreas del Mar de China Meridional reclamadas por la República Popular.

Los buques están equipados con sistemas de propulsión nuclear que ofrecen un alcance ilimitado y funcionan tan silenciosamente que son difíciles de detectar. "Se trata de invertir en nuestra mayor fuente de fuerza, nuestras alianzas, y de actualizarlas para afrontar mejor las amenazas de hoy y de mañana", dijo Biden en la Sala Este de la Casa Blanca al anunciar la nueva alianza.

Sin embargo, el acuerdo rompe otros en funcionamiento. Al cerrar con EE.UU. el contrato para comprar seis submarinos nucleares, Australia canceló el que tenía con Francia, para la construcción de doce navíos subacuáticos de propulsión diésel por un valor de 55 mil millones de euros. "Es realmente una puñalada en la espalda. Habíamos construido una relación de confianza con Australia que ha sido traicionada", declaró el jueves 16 Jean-Yves Le Drian, Ministro de Asuntos Exteriores de Francia. Los franceses estuvieron trabajando en este acuerdo durante años y nadie les consultó sobre este pacto. Es más, según informó el londinense The Telegraph el domingo 19, los últimos detalles del acuerdo se limaron durante la cumbre del G7 celebrada a principios de junio en Cornwalles. Aunque el presidente francés Emmanuel Macron estaba presente, no recibió ninguna información al respecto.

En París se reflexiona ya en voz alta sobre un posible segundo retiro de la estructura militar de la OTAN, similar al que ordenó en 1966 el presidente Charles De Gaulle. Recién en 2009 Nicolas Sarkozy dispuso volver al redil atlantista. Sin embargo, no parece una opción realista, dado que Alemania –el principal socio de Francia- elige a fin de mes al o la sucesora de Angela Merkel y los candidatos en pugna no parecen dispuestos a tomar distancia de Washington.

Por su parte, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Zhao Lijian, ha tachado de "extremadamente irresponsable" el pacto AUKUS y ha instado a los países miembros a "abandonar la obsoleta mentalidad de suma cero de la guerra fría y los conceptos geopolíticos de miras estrechas".

Al negociar este pacto, Scott Morrison está arriesgando mucho. Los submarinos de propulsión nuclear vienen sin ningún coste estimado, ni calendario preciso de entrega (se sabe que sólo estarán disponibles en décadas), ni decisión sobre qué modelo se elegirá, ni definición sobre la participación australiana en su construcción. El gobierno conservador tensa el lazo con su vecina Nueva Zelanda (firmemente antinuclear), escala la tensión con China, mete al país por décadas en un compromiso costoso y no se ve cuál es el beneficio.

Por su parte, al estrechar su alianza con Australia y el Reino Unido, mientras que cada vez confronta más con China, Estados Unidos retoma la estrategia de Barack Obama del “pivote de Asia-Pacífico”, para cercar a la República Popular. Tras la derrota en Afganistán el Pentágono busca concentrar fuerzas y promover las industrias militares para reactivar la economía, pero, alienando a los aliados europeos, hará que éstos se retraigan en la confrontación con Rusia y en la lucha contra el terrorismo en África. A la larga, Estados Unidos pagará muy caro el haberse plegado sin reparos a la “astuta” maniobra británica.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Washington carece de estrategia para su repliegue

 

La retirada de EE.UU. sólo deja el caos

Tras retirarse de Afganistán, Washington retoma el “pivote Asia-Pacífico” manteniendo la “guerra contra el terrorismo”, pero peleándose con los aliados y sin estrategia clara

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
16 de septiembre de 2021

No hay casualidades, cuando el presidente de Estados Unidos y dos altos funcionarios de la Inteligencia civil y militar en un mismo día anuncian los hitos de su futura estrategia para Asia. Tras la derrota estrepitosa que sufrió en Afganistán la superpotencia debió retirarse de Asia Central, pero ya aclaró que va a retomar la estrategia de Barack Obama del “pivote entre Asia y el Pacífico”, continuando al mismo tiempo la “guerra contra el terrorismo” en Oriente Medio, mientras se reserva el derecho a seguir atacando Afganistán. En lugar de concentrar sus fuerzas para ordenar la retirada, el gobierno de Joe Biden corre detrás de la agenda británica, se pelea con sus propios aliados y multiplica un activismo insostenible con el que arriesga seguir perdiendo terreno en Asia Occidental y en África. Su falta de estrategia coherente sólo multiplica el caos actual.

El pasado miércoles 15 el gobierno de EE.UU. ajustó el cerco contra China, al anunciar que junto con Gran Bretaña ayudarían a Australia a desplegar submarinos de propulsión nuclear que Washington entregará próximamente a Canberra. Australia empezará entonces a patrullar áreas del Mar de China Meridional reclamadas por la República Popular. El anuncio, realizado por el presidente Biden, el primer ministro británico Boris Johnson y el primer ministro australiano Scott Morrison el pasado miércoles 15, implica que Australia se compromete con el despliegue británico en el Pacífico y con la política de provocación contra China.

Los buques están equipados con sistemas de propulsión nuclear que ofrecen un alcance ilimitado y funcionan tan silenciosamente que son difíciles de detectar. El nuevo acuerdo de defensa refuerza sobre todo la estrategia de «Gran Bretaña Global» centrada en el Pacífico, el sueño de Boris Johnson para restaurar el papel imperial del reino después de la salida de la Unión Europea.

«Se trata de invertir en nuestra mayor fuente de fuerza, nuestras alianzas, y de actualizarlas para afrontar mejor las amenazas de hoy y de mañana», dijo Biden en la Sala Este de la Casa Blanca al anunciar la nueva alianza.

Sin embargo, la nueva alianza rompe otras. Al cerrar con EE.UU. el contrato para la compra de los seis submarinos nucleares, Australia canceló el que tenía con Francia, para la construcción de doce navíos subacuáticos de propulsión diésel. Se trataba de un negocio por 50 mil millones de dólares cuya ruptura golpeó severamente la economía francesa, pero mucho más la alianza entre Washington y París. «Es realmente un golpe en la espalda. Habíamos construido una relación de confianza con Australia que ha sido traicionada», declaró el jueves 16 Jean-Yves Le Drian, Ministro de Asuntos Exteriores de Francia. Los franceses estuvieron trabajando en este acuerdo durante años y ni siquiera se les consultó sobre esta decisión. La opinión pública y los principales dirigentes políticos y empresarios del país están estupefactos, ya que no se esperaban tamaña traición australiana y estadounidense, pero así son los tiempos que corren.

Por su parte, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Zhao Lijian, ha tachado de «extremadamente irresponsable» el pacto AUKUS (Australia-Reino Unido-Estados Unidos, por su nombre en inglés) y ha instado a los países miembros a «abandonar la obsoleta mentalidad de suma cero de la guerra fría y los conceptos geopolíticos de miras estrechas». A su vez, el diario oficioso Global Times afirmó que Australia se ha convertido en adversario de China y que «las tropas australianas serán también muy probablemente el primer grupo de soldados occidentales que desperdiciarán sus vidas en el Mar de China Meridional».

La severa advertencia china a Australia luego de que se hubiera conocido la venta de submarinos nucleares de EE.UU., fue formulada por el medio oficioso Global Times el jueves 16.

También la primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern envió un mensaje contundente a su aliado y vecino australiano, afirmando que los submarinos nucleares no serán bienvenidos en aguas del dominio insular. Ardern declaró que habló con su colega Morrison sobre el anuncio y le hizo saber que no se permitiría la entrada de submarinos nucleares en aguas de Nueva Zelanda, que es una zona libre de armas nucleares desde 1984.

Aliados en conflicto: los primeros ministros de Nueva Zelanda, Jacinda Ardem, y de Australia, Scott Morrison.

Coincidentemente con el anuncio del presidente Biden, los principales jefes de la Inteligencia exterior de EE.UU. se pronunciaron sobre la estrategia a seguir en Asia Occidental y Central. Tal como advirtió este martes el director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA, por su nombre en inglés), el teniente general Scott Berrier, Al Qaeda podría recomponerse en Afganistán en apenas uno o dos años y volver a representar una amenaza. Es significativo que la misma organización que EE.UU. prohijó desde fines de los años 80 hasta fines de los 90, a la que sigue protegiendo en Siria y en el sur de Yemen, ahora aparezca como “amenaza”, cuando los norteamericanos han debido retirarse de Afganistán. Parece un buen pretexto para seguir bombardeando el sufrido país asiático.

Por el contrario, la Directora de Inteligencia Nacional, Avril Haines, sostuvo el lunes en la misma Cumbre anual de Inteligencia y Seguridad Nacional que Afganistán ya no es la principal preocupación de EE.UU. entre las amenazas terroristas internacionales. Según la jefa del espionaje norteamericano, las amenazas terroristas que emanan de Somalia, Yemen, Siria e Irak -en particular el Estado Islámico- suponen un peligro mucho mayor. ¿Se contradicen la inteligencia civil y la militar o están jugando a boxear en las sombras para ocultar sus operaciones? El futuro lo dirá.

En su primer discurso a la nación tras la retirada, el pasado 6 de septiembre el Presidente Joe Biden explicó que el país necesita «apuntalar su competitividad» para hacer frente al desafío de China, y el viernes 10 llamó al Presidente chino, Xi Jinping, para hablar de las relaciones entre ambos países. Miembros del gobierno demócrata han dicho que piensan remplazar la “guerra contra el terrorismo” por la confrontación con Rusia y China, pero difícilmente puedan y quieran desmontar el gigantesco mecanismo de vigilancia, persecución y represión armado en los últimos veinte años ni es pensable que abandonen los fabulosos negocios conexos, especialmente el tráfico de drogas y el de armas. Por ello no deberían verse como contradictorios el aumento de la presión sobre China y el mantenimiento de la “guerra contra el terrorismo”.

Entre tanto, según un alto funcionario del Golfo citado anónimamente por The Guardian, la conquista de Afganistán por los talibanes es un terremoto que marcará Oriente Medio durante muchos años. El funcionario también dijo el lunes pasado que la rápida y caótica retirada de Estados Unidos plantea serias dudas sobre el valor de las promesas de seguridad de Estados Unidos. Asimismo comentó que el triunfo talibán ha preocupado mucho a los líderes de África Occidental y el Sahel que luchan contra el ascenso de un nuevo extremismo islámico.

Muchos Estados del Golfo ya han comenzado a recalibrar su política exterior, para tener en cuenta la disminución de la dependencia norteamericana del petróleo importado del región y la creciente insularidad mental de este país, pero el funcionario espera que ese proceso ahora se acelere, dando lugar a realineamientos en las alianzas y al deseo de algunos rivales históricos de establecer relaciones más pragmáticas. Como ejemplo, refirió que esperaba ver pronto mayores discusiones entre Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e Irán. Mencionó asimismo la firma de un acuerdo de defensa entre Arabia Saudí y Rusia como una señal de que los Estados del Golfo están diversificando sus fuentes de seguridad sin contar necesariamente con Estados Unidos. El énfasis se pondrá en «intentar que en esta región se reduzca la presión de la olla».

Entre tanto, en el extremo occidental del mundo islámico también se libra una lucha por la hegemonía entre el bloque atlántico y el euroasiático. Francia se manifestó este martes 14 preocupada por las conversaciones entre el gobierno interino de Malí y la empresa militar privada rusa Wagner que podrían llevar al despliegue de un millar de paramilitares rusos en el país, según las fuentes. La llegada de estas tropas podría poner en entredicho el compromiso de Francia en el país de África Occidental, donde sus soldados luchan contra los grupos yihadistas desde hace ocho años y este miércoles han anunciado orgullosamente la muerte del jefe del Estado Islámico en el Sáhara, Adnan Abou Walid al-Sahraoui.

Según una fuente francesa conocedora del asunto, la junta en el poder en Bamako estudia la posibilidad de concluir un contrato con Wagner para el despliegue de un millar de paramilitares rusos en Malí con la misión de entrenar a sus fuerzas armadas (FAMa) y garantizar la protección de los dirigentes. Una fuente de seguridad de África Occidental, por su parte, dijo a la AFP que Wagner estaba negociando su llegada a Malí por dinero y con contrapartes mineras.

El acercamiento ruso a Malí se suma a la presencia desde hace algún tiempo de tropas rusas que combaten al terrorismo en la República Centroafricana. Ante la reticencia de la Unión Europea en acudir en ayuda del presidente Faustin-Archange Touadéra, desde 2017 la empresa privada Wagner ha mandado soldados rusos al país ecuatorial que están teniendo mucho éxito y son bien vistos por la población local.

Al aliarse con Australia y el Reino Unido, mientras entrega cada vez más armamento a Taiwán, realiza ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, en tanto se endurece la posición japonesa, Estados Unidos retoma la estrategia de Obama del “pivote de Asia-Pacífico”, para cercar a China. Al mismo tiempo anuncia que mantendrá la llamada “guerra contra el terrorismo” en Asia Occidental y, quizás, también en Afganistán. Estas iniciativas dispersas, empero, no resuelven la necesidad de una estrategia coherente para consolidar su frente en Asia y África después de la retirada de Kabul. Esta carencia de un concepto coherente se refleja en el aumento geométrico de la presencia rusa en Asia Central, Siria y África.

En la política no hay espacios vacíos y mucho menos en la política internacional. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial, pero, si no define prioridades para reagrupar sus fuerzas, pronto se encontrará rebalsado en varios frentes al mismo tiempo. Si no ordena su retirada, el caos que ha creado pronto lo alcanzará

jueves, 9 de septiembre de 2021

Las Torres Gemelas: pretexto para una guerra sin fin

 

El golpe de Estado del 11/9, veinte años después

El autoatentado del World Trade Center sirvió para instaurar el Estado de vigilancia total e iniciar un ciclo bélico continuo que llevaron a la derrota de Afganistán y a una cuasi-guerra civil interna

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
8 de septiembre de 2021

Este sábado 11 el mundo conmemora el vigésimo aniversario de la voladura de las Torres Gemelas de Nueva York que sirvió de pretexto, para la promulgación de la Ley Patriótica que puso a la sociedad norteamericana bajo el control total de sus servicios de inteligencia y para justificar el inicio de un ciclo de guerras sin fin que condujo a la calamitosa retirada de Kabul. El recuerdo debería servir para revisar la maniobra de entonces y a Estados Unidos para reconducir su relación con el mundo. Sin embargo, el cerrado círculo que lo domina persiste en su versión mentirosa sobre el volantazo que dio hace dos décadas, en repetir las aventuras exteriores que llevaron al país a perder el cetro mundial y en tensar los conflictos socioculturales que polarizan a su sociedad.

Cuando volvemos la mirada hacia lo que sucedió el 11 de septiembre de 2001, se reavivan en nuestras retinas ‎las ‎imágenes de los atentados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, pero no guardamos recuerdo de los pingües negocios que algunos hicieron con las acciones de las empresas aéreas afectadas, gracias a que tenían información de primera mano sobre lo que iría a suceder. Tampoco están en nuestra memoria el incendio en el anexo ‎de la Casa Blanca (el Old Eisenhower Building) ni la caída de un tercer ‎edificio del ‎World Trade Center. ‎Por ello es bueno refrescar la denuncia del periodista francés Thierry Meissan (en castellano: La Gran Impostura, Buenos Aires: El Ateneo, 2013). El libro, publicado por primera vez en Francia en 2002, fue traducido a 18 idiomas y tuvo una gran resonancia. Más allá de muchos detalles técnicos, es importante después de la retirada occidental de Afganistán revisar sus implicaciones políticas.

Richard Clarke, jefe de Contraterrorismo de los gobiernos de Bill Clinton y George W. Bush (1998-2003)

En primer lugar, resulta sorprendente que casi nadie recuerde ya que a las 10 de la mañana de aquel ‎día ‎Richard Clarke, Coordinador Nacional de Seguridad, Protección de Infraestructuras y Lucha contra el Terrorismo (1998-2001), puso en marcha el “Plan de Continuidad del Gobierno”. Se trataba de un esquema de emergencia de la época de D. Eisenhower (1953-61), para evacuar al ejecutivo, al Congreso y a los directivos de las principales empresas norteamericanas en caso de guerra nuclear. Al aplicarse esta medida, el presidente George W. Bush y todo ‎el legislativo ‎quedaron suspendidos de sus funciones y bajo protección militar. ‎

El jefe de Estado fue conducido a una base aérea en Nebraska, donde ya estaban ‎desde ‎la noche anterior todos los jefes de empresas que ocupaban los pisos superiores de ‎las ‎Torres Gemelas. Cuenta T. Meissan (https://www.voltairenet.org/article213880.html#nb6 ) que, “como todos los años, Warren Buffet –entonces el hombre más rico ‎del ‎mundo– daba una cena de caridad en Nebraska. Pero, cosa que nunca antes había ‎sucedido, ‎aquel día el evento no se realizó en un gran hotel sino en una base militar. ‎Los jefes de sociedades invitados habían dado el día libre a sus empleados de Nueva York, ‎lo cual explica la ‎cantidad relativamente reducida de muertos en el derrumbe de las ‎Torres Gemelas”.

Por su parte, los miembros del Congreso habían sido concentrados en ‎el megabúnker de Greenbrier, en Virginia Occidental. ‎El poder quedó así durante doce horas en manos del “gobierno de continuidad” ‎refugiado en el llamado “Complejo R” de Raven Rock Mountain, Virginia, hasta que fue devuelto a las autoridades legítimas al final de aquel día. Todavía no se sabe quiénes eran los miembros de aquel ejecutivo de emergencia ni qué hicieron ‎durante esas doce horas. En el Congreso tampoco prosperaron nunca los pedidos de audiencia pública para discutirlo. ‎

El autor francés insiste en que, “mientras no se aclaren ese y otros aspectos de ‎lo sucedido ‎aquel día, se mantendrá la polémica sobre el 11 de septiembre de 2001”. Ese día no murió ningún miembro del gobierno, el poder legislativo o el judicial ni los servicios de inteligencia tuvieron noticia alguna de que amenazara un ataque exterior. Por lo tanto, el traslado del poder a un gobierno paralelo nunca estuvo justificado. “‎En otras palabras, fue un golpe de Estado”, dice T. Meissan. ‎

 Thierry Meissan, periodista francés, analista internacional, editor de Voltaire.net

Es más, la versión oficial sobre los atentados es insostenible (T. Meissan, https://www.voltairenet.org/article213880.html#nb6):

1) ‎‎Hasta el día de la fecha, no se ha demostrado que los 19 supuestos “secuestradores aéreos” efectivamente hayan estado a bordo de los aviones ‎secuestrados. ‎Esas personas no aparecen en las lista de pasajeros que las compañías ‎aéreas publicaron ‎aquel mismo día y los videos que los muestran ‎no fueron grabados ‎en Nueva York, sino en otros aeropuertos por donde pasaron en tránsito.‎

2) Tampoco existen pruebas de las tan citadas 35 comunicaciones telefónicas ‎con ‎pasajeros que se hallaban en los aviones secuestrados. ‎Por el ‎contrario, el FBI especificó que los aviones secuestrados no tenían teléfonos ‎incorporados en ‎los asientos de los pasajeros, quienes habrían tenido que utilizar ‎sus propios ‎teléfonos celulares que en aquella época no funcionaban a más de 5.000 pies (1.700 m) de ‎altitud. ‎Además, en las listas de comunicaciones proporcionadas por las compañías ‎telefónicas ‎no apareció ninguna de las llamadas mencionadas. ‎

3) ‎Hasta ahora tampoco nadie ha explicado congruentemente el derrumbe ‎vertical (sobre ‎sí mismas) de las Torres Gemelas y de un tercer edificio de aquel ‎complejo. Según la versión oficial, el combustible de los aviones ardió y el fuego fundió ‎las ‎vigas verticales que sostenían las dos torres, lo cual explicaría su derrumbe. Un tercer ‎edificio ‎del complejo también se derrumbó –sin impacto de ningún avión– supuestamente, porque ‎fue ‎afectado por los derrumbes de las torres vecinas, pero ‎también ‎se derrumbó sobre sí mismo. Tanto las explosiones laterales como la ‎presencia ‎de vigas seccionadas indican la existencia de una demolición no accidental sino ‎controlada. Para terminar, las fotos de verdaderas “piletas” de ‎acero fundido ‎tomadas por los bomberos y las fotos de la FEMA (la agencia estadounidense para ‎la gestión de ‎catástrofes) que muestran cómo se derritió la roca sobre la cual estaban ‎construidos ‎los cimientos son inexplicables según la versión oficial. ‎
4) Del mismo modo no existe asimismo evidencia alguna de que un avión de pasajeros se haya ‎estrellado ‎contra el Pentágono. Al día siguiente de los atentados, los bomberos explicaron que no habían encontrado allí nada proveniente de un ‎avión. Por el contrario, las autoridades sí anunciaron ‎haber ‎encontrado numerosas piezas de avión, pero nunca las mostraron.

‎Inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre, sólo en cuestión de días, ‎la ‎administración de George W. Bush hizo aprobar el USA Patriot Act (la Ley Patriótica estadounidense). Es un texto ‎muy ‎voluminoso que fue redactado a lo largo de los dos años anteriores por la Federalist ‎Society, que contaba entre sus miembros al Procurador General Theodore Olson y al secretario ‎de ‎Justicia John Ashcroft. Esta ley suspende la aplicación de la Carta ‎de Derechos ‎‎(Bill of Rights), incorporada a la Constitución en 1791, en los casos de terrorismo.‎

La Declaración de Derechos (Bill of Rights) fue añadida en 1791 a la Constitución de EE.UU. para balancear el poder de un Ejecutivo muy fuerte.

La interpretación política de los hechos del 11/9 aún no es concluyente. Según Thierry Meissan, los atentados habrían sido escenificados por una facción reaccionaria dentro del poder norteamericano para limitar las libertades individuales e imponer una estrategia de guerra permanente. Para aplicar la ley mencionada, se creó ‎el ‎Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security, DHS) que concentró 16 servicios de inteligencia ya existentes. En 2011 el Washington Post informó que el DHS había reclutado a 835.000 funcionarios, de los cuales 112.000 tenían contratos secretos. En 2013 Edward ‎Snowden reveló cuán masiva es la vigilancia que el Estado ejerce sobre cada habitante de EE.UU. Por algo ‎vive todavía hoy en Rusia como refugiado político. ‎

Como explica a continuación el periodista francés, un mes después de los atentados el entonces ‎secretario ‎de Defensa, Donald Rumsfeld, creó la Office of ‎Force Transformation (Oficina de Transformación de la Fuerza) y la puso bajo el mando del almirante Arthur Cebrowski. ‎Con esta oficina no sólo se modificó radicalmente la organización del poder militar norteamericano sino todas sus funciones. Estados Unidos ya no trataría de ganar guerras, sino de prolongarlas ‎el ‎mayor tiempo posible. Para ello, los siete comandantes regionales obtuvieron un poder sólo comparable al de los virreyes coloniales. La superpotencia ya no se interesa más por vencer a sus adversarios, ocuparlos y remodelarlos a su imagen y semejanza. Con la nueva estrategia sólo interesa destruir ‎ los Estados en los países cuyas riquezas se pretende explotar.

Esta estrategia se aplicó primero en Afganistán. A Washington nunca le interesó combatir al terrorismo ni instaurar un sistema democrático, sino extraer el opio para mantener el control sobre el mercado europeo de la heroína y, eventualmente, construir el gasoducto de Turkmenistán a India, a través de Afganistán y Paquistán, que le habría dado el control sobre el gas turkmeno. Nada más.

Es lícito preguntarse, si tanta gente estaba involucrada en los secretos de esa conspiración, por qué nadie salió a denunciarla. En primer lugar, efectivamente, a lo largo de los años hubo muchas denuncias sobre aspectos parciales de los acontecimientos del 11/9, pero pasaron desapercibidos, porque los sucesivos gobiernos de EE.UU. parecían estar llevando adelante una guerra mundial contra el “terrorismo islámico” y nadie parecía cuestionar seriamente la finalidad proclamada.

Después de las invasiones a Libia, Siria e Irak y tras difundirse innumerables revelaciones sobre la responsabilidad de los servicios secretos norteamericanos en la promoción y el sostén de al Qaeda, el Estado Islámico y organizaciones similares, es evidente que algunas instituciones estadounidenses por épocas pueden haber estado interesadas en combatir el terrorismo islámico, pero sólo después de que otras lo habían fomentado y lo siguen haciendo.

La primera conclusión a extraer es, entonces, que mucha gente estuvo involucrada en la conspiración del 11/9, quizás conociendo sólo aspectos parciales, pero que no lo denunciaron, porque pensaron que el fin justificaba los medios. Y si lo hicieron, sus voces fueron silenciadas por el consenso general sobre la corrección básica de la “lucha contra el terrorismo islámico”.

La cuestión de fondo radica en la disposición que mostró la opinión pública norteamericana y buena parte de la europea para aceptar la mentira del 11/9. Durante la Guerra Fría en EE.UU., Europa Occidental y Japón se convenció a los pueblos de que el precio del Estado de Bienestar y de la paz precaria de los que gozaban era aceptar el enfrentamiento constante con el bloque soviético y las consecuentes restricciones a la libertad. Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1989-91, no sólo desapareció la imagen de enemigo que justificaba esas limitaciones, sino que la reducción de la productividad de la economía norteamericana obligaba a la superpotencia triunfante a buscar el modo de mantener su supremacía.

Entonces, primó dentro de EE.UU. la tendencia al facilismo: en lugar de modernizar su infraestructura y de mejorar la productividad de su economía, la política económica de Clinton, Bush Jr. y Obama favoreció la especulación global del capital financiero, para sostenerse mediante beneficios rentísticos. Mientras tanto, la República Popular de China se desarrollaba a la sombra de la hegemonía norteamericana, mientras se apropiaba de gran parte de la deuda pública de EE.UU. El gobierno de Donald Trump y la fractura que hoy divide a la sociedad estadounidense son sólo el resultado de esa decadencia. Se ha roto el consenso de la Guerra Fría. Al no existir el bienestar generalizado, no se justifican ni la guerra permanente ni el cercenamiento de las libertades. 

Después de la derrota en Afganistán, la sociedad estadounidense está pasmada. Quizás por el estupor que la invadió todavía no pide cuentas por la sucesión de mentiras, ocultamiento y engaños de los últimos veinte años. La oligarquía dominante sigue agitando el odio interno, mientras busca espantajos externos que justifiquen nuevas aventuras, pero quien no revisa su pasado, entrega su presente e hipoteca su porvenir.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Dejar marcas apestosas a cada paso no es una buena receta para un poder imperial decadente

 

La filosofía del pato silvestre

Tras la retirada de Afganistán, en EE.UU. se echan mutuamente la culpa por la derrota y debaten sobre cómo hacer mejor la guerra, pero nadie se arrepiente del caos que crean en todo el mundo

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
2 de septiembre de 2021

El último soldado estadounidense abandonó Kabul al filo de la medianoche del lunes 30. Se trata del general de división Chris Donahue, comandante de la 82ª División Aerotransportada

En Washington todos los actores políticos y militares coinciden en que la derrota sufrida en Afganistán ha sido la peor de la historia de los Estados Unidos desde el incendio de la capital por los ingleses en 1812. También acuerdan en que la evacuación de las tropas y de sus cómplices afganos fue desastrosa. Sin embargo, muy pocos cuestionan las permanentes intervenciones exteriores y la controversia pública se centra más bien en las recíprocas atribuciones de culpa y la preocupación por evitar repetir errores en la próxima guerra. Mientras que el Pentágono negocia con el gobierno interino de Afganistán la evacuación de las fuerzas y colaboradores remanentes, la CIA reorganiza el ejército secreto que debe asegurarle el control del lucrativo tráfico de opio. Como la falta de liderazgo político-militar se hace aún más patente por el deterioro neurofísico del presidente, han aparecido peligrosas señales de insubordinación militar que hacen temer por el futuro de la democracia norteamericana. El Imperio está sembrando el caos en los propios Estados Unidos.

Tras negociar un sorprendente paquete de medidas con los talibanes, el alto mando norteamericano concluyó el lunes una humillante evacuación de Afganistán. El general Mackenzie, comandante del CENTCOM (Comando Centro del US-Army), ha admitido que los militares estadounidenses están compartiendo con los talibanes información sobre el Estado Islámico Jorasán (ISIS-K, por su nombre en inglés). En realidad, según informó el portavoz talibán Zahibullah Mujahid, fueron ellos quienes el jueves 19 advirtieron a los estadounidenses sobre una amenaza inminente de atentado en el aeropuerto. Sin embargo, según reconoció el Pentágono, se dejaron dos puertas abiertas, porque los británicos habrían informado que acelerarían la evacuación de sus ciudadanos desde un hotel cercano. En la práctica, cuando se produjo el atentado suicida, sólo murieron dos civiles británicos, o sea que, una vez más, el Reino Unido (RU) incumplió su compromiso, si no fue algo peor.

Cada día que pasa se acumulan más dudas sobre el atentado suicida de Kabul del jueves 19 y la inmediata represalia contra un «planificador del ISIS-K» en el este del país. Investigaciones amateur realizadas en la capital afgana desmienten la versión oficial norteamericana. Cabe destacar al canal de You Tube Kabul Lovers, que está haciendo un excelente periodismo de a pie en la calle. Según un oficial militar afgano que examinó en el Hospital de Emergencia de Kabul los cuerpos de muchas de los muertos por el atentado, “a ninguna de las víctimas le dispararon por detrás. Todos los agujeros de bala vinieron de arriba» (de las torres donde estaban las tropas norteamericanas y turcas).

Asimismo, ha quedado establecido que, contrariamente a las afirmaciones del Pentágono, el posterior ataque con drones alcanzó al azar una casa en Jalalabad, no un vehículo en movimiento, y mató al menos a tres civiles. Y el cohete lanzado en Kabul contra un coche desde el que, según EE.UU., se iba a lanzar otro ataque contra el aeropuerto, mató a una familia de nueve personas, entre ellos seis niños, que estaban en camino del aeropuerto para abandonar el país.

Los contactos entre el Departamento de Defensa (DoD, por su nombre en inglés) y el gobierno interino de Afganistán continúan ahora con la mediación de Catar. El Emirato ha desempeñado un importante rol en las etapas finales de la retirada occidental y después, tras el cierre de la embajada en Kabul, ha asumido la representación de los intereses norteamericanos. De hecho, EE.UU. prevé atender sus intereses allí desde Doha.

El emir de Catar, el jeque Tamim bin Hamad Al Thani, y el general Lloyd Austin, secretario de Defensa de EE.UU. mantuvieron una conversación sobre Afganistán el pasado 31 de agosto

Civiles y militares nunca se entendieron dentro del gobierno de EE.UU. y ahora menos. Mientras que el presidente Biden se ha rodeado de experimentados funcionarios del Departamento de Estado y de los servicios de inteligencia, los militares están llevando adelante su propia diplomacia. Para contrarrestarla, la CIA continúa con sus perennes guerras en la sombra.

Después del triunfo militar la máxima prioridad de los talibanes es acabar con  el ejército secreto que la CIA ha desplegado en Afganistán en colaboración con el servicio de inteligencia indio RAW (Research and Analysis Wing, Ala de Investigaciones y Análisis). Como ahora se sabe, los talibanes tuvieron “células durmientes” en Kabul desde mayo y mucho antes en determinados organismos gubernamentales afganos, consiguieron hacerse con la lista completa de agentes de los dos principales planes de la CIA en el país. Efectivamente, los talibanes saben hoy dónde vive cada uno y para quién ha trabajado.

No obstante, el mayor problema actual de la CIA no está en la evacuación o remplazo de sus miles de agentes en Afganistán, sino en mantener el control del mercado de la heroína en Europa. Durante 20 años la agencia norteamericana sacó la droga afgana (80% de la producción mundial) a través de puertos paquistaníes y llegó a controlar el 95% del mercado en Europa. Por el contrario, según la DEA, sólo el 1% del suministro de heroína a Estados Unidos procede de Afganistán. La mayor parte viene de México y una parte creciente de Colombia.

Durante su anterior gobierno (1996-2001) los talibanes prohibieron el cultivo de la amapola, granjeándose así la enemistad de muchos campesinos, que dieron su apoyo a señores de la guerra locales o a los propios ocupantes norteamericanos. Ahora, si bien han anunciado una nueva prohibición, probablemente actúen más prudentemente y tomen el control de las exportaciones de opio para fines medicinales, asegurando así los ingresos de miles de familias y la aplicación de las divisas resultantes al desarrollo económico, además de propinar un golpe terrible al financiamiento de las operaciones de la CIA en todo el Medio Oriente ampliado.

La derrota y la caótica retirada de Afganistán están repercutiendo severamente en la política estadounidense. Este 30 de agosto una asociación de altos oficiales retirados de las cuatro armas norteamericanas, Flag Officers For America (FO4A), publicó una carta abierta en la que exigen la dimisión del secretario de Defensa, Lloyd Austin, y del jefe del Estado Mayor Conjunto, Mark Milley, por su «negligencia» y su responsabilidad en la «catastrófica retirada» de las tropas de EE.UU. de Afganistán. Según afirma la asociación, “(…) Los terroristas de todo el mundo están envalentonados y pueden pasar libremente a nuestro país a través de nuestra frontera abierta con México.» Y finalizan con esta advertencia: «Además de estas razones operativas (…), hay razones de liderazgo, entrenamiento y moral para las renuncias. (…) ha quedado claro que los altos mandos de nuestras fuerzas armadas están poniendo en el entrenamiento un énfasis imperativo en la corrección política, que es extremadamente divisivo y perjudicial para la cohesión de la tropa, la preparación y su capacidad de combate.» El manifiesto fue firmado por cerca de 100 altos oficiales retirados del Ejército, la Marina, la Fuerza Aérea y la Infantería de Marina.

Esta asociación ya ha sacado varias declaraciones advirtiendo contra el acceso al gobierno del Partido Demócrata y contra “la militarización de Washington” (el pasado 6 de enero). Podría desestimarse esta protesta por su orientación trumpista, pero el hecho de que 220 oficiales retirados hayan firmado el documento del pasado 9 de agosto y casi 90 este último implica una grave insubordinación en un país en el que los altos mandos hacen política desde sus cargos activos, en empresas, think tanks o en puestos políticos, pero nunca a través de manifiestos corporativos. Si el Pentágono no sanciona severamente esta infracción, estará dando una peligrosa señal de falta de autoridad.

La opinión pública norteamericana está habituada a que sus dirigentes incumplan las promesas electorales. Sin embargo, sigue esperando que quien se siente en el Salón Oval de la Casa Blanca –al menos cada tanto- diga la verdad y dé un mensaje de aliento. No fue el caso con Donald Trump y tampoco lo es con Biden. Especialmente en la etapa final de la crisis afgana se contradijo demasiadas veces.

En julio pasado negó que el triunfo talibán fuera inevitable y rechazó que se volvieran a ver imágenes similares a la salida de Saigón en 1975. El 15 de agosto circuló por todo el mundo la foto del último helicóptero despegando del techo de la embajada norteamericana en Kabul. Todavía el miércoles 18 sostuvo en una entrevista televisiva que su objetivo era evacuar “hasta al último” norteamericano y afgano que hubiera colaborado con la ocupación, pero el 31 clausuró la operación dejando en manos de los talibanes a miles de colaboracionistas y a 200 estadounidenses. El presidente sigue afirmando que tiene medios económicos para presionar a los afganos, pero se olvida de que China, Rusia e Irán van a auxiliar rápidamente a su nuevo socio, para que la economía no se desbarajuste y para que el chantaje estadounidense pierda efecto.

Las contradicciones del presidente, la incapacidad y la parálisis del gobierno y la decepción de los votantes por el montón de promesas incumplidas se reflejan en las encuestas. Sólo el 41% de los votantes registrados aprueba ahora a Biden, mientras que el 55% lo desaprueba, según una encuesta de USA Today y la Universidad de Suffolk publicada la semana pasada. El índice de aprobación del presidente ha caído 16 puntos desde esta primavera. En las cuestiones clave a las que se enfrenta el país (la economía, la inmigración, la pandemia y Afganistán) el gobierno demócrata recibe valoraciones negativas.

La derrota en Afganistán no es la causa sino la consecuencia de la decadencia del Imperio. Con ella no se acaba su dominio, pero se inicia un efecto dominó que pronto va a tener réplicas en otras partes del globo y dentro de EE.UU. mismo. Intentar detener el retroceso negando sus causas profundas implica conducirse como un pato silvestre. Como se sabe, estos plumíferos de digestión tan rápida son presas fáciles de los cazadores.