sábado, 9 de enero de 2021

El Imperio se desgrana en una guerra civil en cuotas

 

No contaban con mi astucia

La asonada del miércoles 6 en Washington partió el Partido Republicano, dio inicio a la campaña electoral de 2024 y lanzó un movimiento nacionalista de masas de consecuencias imprevisibles

Eduardo J. Vior

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
9 de enero de 2021

El 24 de agosto de 1814, después de haber derrotado a los estadounidenses en la batalla de Bladensburg, una fuerza británica al mando del Mayor General Robert Ross prendió fuego a la ciudad de Washington. En el incendio quemaron la Casa Blanca, el edificio del Capitolio y otras dependencias oficiales. Por suerte, pocas horas después un tornado apagó el fuego. Esta fue la última vez que se invadió el edificio del Congreso norteamericano … hasta el pasado miércoles 6 de enero.

Tres días después de la toma del Capitolio por los trumpistas el establishment norteamericano sigue paralizado. Los líderes de ambos partidos en el Congreso han encontrado un chivo expiatorio en la policía del Congreso a cuya plana mayor quieren echar. Sin embargo, nadie en la primera línea de la política, de los medios o de las redes sociales pregunta públicamente cómo fue posible que un presidente a punto de abandonar el cargo (el llamado “pato rengo” del folklore político local) fuera capaz de convocar a decenas de miles de seguidores, cuestionar el resultado electoral del 3 de noviembre pasado y que éstos se sintieran impulsados a invadir la sede del Legislativo, vandalizar salas y despachos y revisar impunemente la documentación de los congresistas, para luego de una hora y poco más retirarse pacíficamente, cuando el mismo mandatario se lo pidió. En un país tan afecto a los gestos simbólicos se debería prestar atención al poder de la palabra de Donald Trump, porque la van a tener que soportar por algún tiempo más. Dueño de la agenda, al día siguiente el presidente confirmó en simultáneo que garantizará una transición pacífica y que seguirá denunciando el fraude cometido en la última elección.

La reanudada sesión de conteo de los votos electorales en la noche del miércoles estuvo marcada por el quiebre definitivo del presidente con su vice Mike Pence y parte de los legisladores republicanos que acordaron con los demócratas retomar la sesión de validación. Por el contrario, cerca de 100 congresistas republicanos insistieron –sin éxito- en debatir sobre la validez de los resultados en Arizona y Pensilvania.
Tras el choque provocado por el asalto al Capitolio, los líderes demócratas en el Congreso llamaron al vicepresidente Mike Pence a invocar la 25ª enmienda de la Constitución y a hacerse cargo ya del Ejecutivo, pero se trataría de un hecho demasiado disruptivo para un hombre del aparato como el vicepresidente. Si no, evocan iniciar un nuevo juicio político contra el republicano, pero esta alternativa lleva un tiempo hoy no disponible. Así que todas y todos deberán soportar a Trump hasta el día 20.

A los manifestantes que protagonizaron la jornada del miércoles se los puede ubicar en la llamada Derecha Alternativa (Alt-Right). Uno de los personajes más caracterizados fue un joven de unos 30 años, con el rostro pintado y cubierto apenas con una piel de búfalo y un casquete con cuernos. Se trata de Jake Angeli, conocido como el chamán de QAnon, un movimiento de extrema derecha que sostiene que Donald Trump está librando una guerra secreta contra una secta liberal global formada por pedófilos satanistas. Surgió en la red 4chain en 2017, cuando uno de los usuarios –identificado como “Q”- afirmó ser un funcionario oficial y contó que la investigación del procurador especial Robert Mueller sobre la presunta relación entre la campaña de Trump y Rusia en realidad tenía como fin conseguir datos sobre élites globales y que el jefe de Estado había elaborado un plan secreto para arrestar a políticos y estrellas de Hollywood por corrupción y abuso infantil.
Según especialistas, estas milicias cuentan con varios miles de activistas que se comunican en las redes sociales con mensajes encriptados. El número de adeptos a esa corriente se disparó durante la campaña electoral. En agosto pasado aparecieron por primera vez en público en un acto de Trump en Tampa, Florida, al que asistieron con remeras con la letra «Q» y pancartas con leyendas como «Somos Q» y «El gran despertar». Actualmente la red tendría millones de seguidores no activos, pero constantes.

Jake Angeli desafiando a la policía en dependencias el Senado
Jake Angeli desafiando a la policía en dependencias el Senado

La Alt-Right (“alt” por “alternativa”, pero también por la tecla homónima de las computadoras) es un movimiento difuso, mayormente virtual, surgido del Tea Party de principios de la década pasada. Tiene dos facciones: una más intelectual, liderada por Richard Spencer, centrada en el tema de la raza, y otra liderada por Steve Bannon, el exconsejero político del presidente Donald Trump, y otra gente, que está más centrada en la preservación de la cultura. Esta segunda facción es la que ha hecho más por acercar el discurso de la Alt-Right al pensamiento del gran público. El asalto al Congreso es la culminación de un relato dirigido a condicionar el poder, pero no a ejercerlo, porque va contra su discurso antiestablishment.

Richard "Bigo" Barnett, 60, sentado el miércoles 6 en la oficina de Nancy Pelosi.
Richard «Bigo» Barnett, 60, sentado el miércoles 6 en la oficina de Nancy Pelosi.

Sería un grave error tratar el asalto al Capitolio como “la aventura de un grupo de loquitos”. Aunque en la manifestación sólo participaron entre 15 y 20 mil personas, tienen el respaldo de millones en todo el país. Según encuestas, dos de cada tres votantes republicanos no consideran la irrupción como «una amenaza para la democracia», e incluso casi la mitad respalda abiertamente esta acción. El sondeo de la firma YouGov, elaborado a partir de unas 1.400 entrevistas, mostró que el 62 por ciento de las personas encuestadas cuestiona sin ambages el asalto, un dato que se dispara al 93 por ciento entre los votantes demócratas. Entre los republicanos, sin embargo, solo un 27 por ciento cree que la movilización puso en riesgo la democracia y un 45 por ciento respalda «por completo o de alguna manera» el asalto. Quienes creen que hubo fraude en las elecciones de noviembre son más proclives a apoyarlo, con un 56 por ciento.

En cuanto a los responsables de lo ocurrido, un 55 por ciento del total de los encuestados señala a Trump, tendencia que se invierte en el caso de los republicanos, entre quienes un 52 por ciento responsabiliza al presidente electo, Joe Biden, por encima del 28 por ciento que culpa al actual mandatario. Las discrepancias se extienden también a cómo se denomina a los invasores. Entre los republicanos el término más repetido (50 por ciento) es el de «manifestantes», seguido de «patriotas», mientras que los demócratas optan por otros como «extremistas», «terroristas», «criminales» o «antidemócratas».

El efecto más importante del asalto del miércoles fue «el apoyo social» que demostró tener Donald Trump o, en su defecto, sus herederos, de cara a la elección presidencial de 2024. Por ello la previa del acto de masas la protagonizaron Egon, Ivanka y Donald Trump Jr., quienes anunciaron, primero, que dieron por iniciada una larga lucha, segundo, que éste ya no era el Partido Republicano, sino “el Partido Republicano de Donald Trump” y, tercero, que ponían en marcha un nuevo, gran movimiento nacional que ya no pararía.

Más allá de la retórica y de las muertes ocasionadas, algunos hechos duros están sobre la mesa: en el corto plazo hasta el 20 de enero nadie va a poder remplazar a Trump y el establishment seguirá dependiendo de su firma para muchas decisiones del día a día. Además, ante la fáctica fractura del Partido Republicano y la visibilidad que ha adquirido la oposición antisistema, los líderes de ambos partidos van a estar tentados a estrechar filas públicamente, lo que dejará todo el espacio político a Trump. Por su parte, Joe Biden subirá al gobierno lastrado por una imagen de gran debilidad y, probablemente, su entorno caiga en el accionismo para compensarla. Cuantas más iniciativas irreflexivas emprenda la alianza de poder, empero, más nítidamente se diferenciará el exmandatario, sentado cómodamente sobre el apoyo de 70 millones de votos.

En este contexto el Partido Republicano se enfrenta a la perspectiva más oscura. Si se alía visiblemente con los demócratas, deja a Trump todo el campo opositor. Si intenta mediar o conciliar, difuminará sus contornos y perderá atractivo. Finalmente, si se pliega al expresidente, deberá remover a toda su primera línea, perderá el apoyo de los votantes conservadores tradicionales y se convertirá en una fuerza reaccionaria de masas pronta al choque con el Estado.

Pero tampoco los demócratas la tienen fácil. El 80% de sus votantes sufragaron contra Trump, no por Biden. El partido absorbió demandas particulares de grupos sociales y culturales demasiado disímiles. Satisfacerlas manteniendo unido a este electorado requiere un liderazgo que no está a la vista. Es probable, entonces, que el gobierno de Biden, repleto de cuadros traídos de las administraciones de Clinton, Bush y Obama, pronto se empantane en iniciativas contradictorias y pierda el rumbo.

Ante la crisis política asoma la dictadura de los medios. El anuncio de Mark Zuckerberg, propietario de Facebook, de que había bloqueado los perfiles de Donald Trump y sus seguidores por sus afirmaciones falaces marcó la cancha a todo el sistema político: sólo las empresas de telecomunicaciones tienen la potestad de determinar la legitimidad de un actor político. De la democracia a la mediocracia.

Parafraseando al Chavo, Trump puede decir “no contaban con mi astucia”. Dueño del mayor electorado unido, tiene un programa, el apoyo financiero de sus adherentes y una imagen antisistema sin competencia. Nadie puede ganar una elección sin él, pero nadie quiere hacerlo con él. El 6 de enero se ha agudizado el dilema norteamericano: o el establishment se democratiza y sucumbe a la presión popular o reprime al movimiento trumpista e instaura una dictadura que tampoco puede sostener a largo plazo. Los enfrentamientos que esperan en 2021 definirán la existencia de Estados Unidos.

martes, 29 de diciembre de 2020

Biden prepara un gobierno de delincuentes

 

Apología del crimen de Estado

Eduardo J. Vior

La designación de April Haines como futura Directora Nacional de Inteligencia de EE.UU. confirma la voluntad de Joe Biden de retomar las torturas y asesinatos de Bush y Obama.

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
29 de diciembre de 2020

Joe Biden insiste en afirmar ante quien quiera oírlo que su gobierno no será un Obama 3.0. Sin embargo, al menos los nombramientos que viene anunciando para las áreas de política exterior, defensa, inteligencia y seguridad indican que será peor, ya que potencia lo peor de Clinton, Bush y Obama juntos. Puede especularse que el futuro presidente quiera encaminar su gobierno rodeado de profesionales altamente cualificados y experimentados, pero al hacerlo está entregando a priori las riendas del poder. Todos los cuadros seleccionados son figuras descollantes dentro del poder imperial, tienen juego propio y ninguno de ellos se va a limitar a sostener la mano del anciano en el Salón Oval esperando hasta que Kamala Harris lo remplace. La escogida para conducir el aparato de inteligencia es un ejemplo.

La semana pasada el presidente electo confirmó que nombrará a Avril Haines (New York, 1969) como Directora de Inteligencia Nacional. Nacida y educada en un medio laico judeocristiano (su madre, quien murió joven, era judía), hasta sus 30 años recorrió la escena liberal de la intelectualidad norteamericana. Estudió Física en Chicago, tuvo junto con su marido una librería erótica en Baltimore y se doctoró en Derecho Internacional en Georgetown en 1999. Evidentemente, su pasaje por esa universidad tan cercana al poder de Washington dio frutos, ya que en 2001 se convirtió en asesora legal delegada en la Conferencia de La Haya sobre Derecho Internacional Privado, en 2002 comenzó a trabajar en un tribunal federal con jurisdicción sobre Kentucky y Michigan y en 2003, finalmente, comenzó su carrera en el gobierno federal, en la Oficina de Asesoramiento Legal del Departamento de Estado, donde permaneció hasta 2006. Siempre leal a sus cambiantes jefes, en 2007 y 2008 Haines se desempeñó en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado como Consejera Adjunta por la mayoría (demócrata) bajo la dirección del senador Joe Biden.

Luego volvió al Departamento de Estado, donde sirvió entre 2008 y 2010, surfeando sin problemas la transición entre los gobiernos de Bush y Obama. En 2010 dio el salto a la Casa Blanca, para trabajar como asesora adjunta del Presidente para asuntos de Seguridad Nacional. Como premio a su profesionalidad, luego de algún titubeo, en junio de 2013 Obama la designó como Subdirectora de la CIA. Fueron muy sonados su ocultamiento entonces del informe sobre las torturas realizadas por la CIA entre 2002 y 2009 en distintos centros de detención clandestinos esparcidos por el mundo y su participación como asesora legal en el programa de asesinato selectivo de sospechosos de terrorismo que el gobierno de Obama llevó a cabo con drones en distintos países de Oriente Medio y África Oriental. Se estima que unas 11.000 personas fueron asesinadas ilegalmente en esos años por orden directa del Presidente y bajo su supervisión.


April Danica Haines, futura Directora Nacional de Inteligencia 

Después de dejar el gobierno en enero de 2017, Haines tuvo un contrato en la Universidad de Columbia como miembro del Instituto de Derechos Humanos, mientras trabajaba para Palantir Technologies, una empresa de Denver (Colorado) especializada en el análisis de grandes bancos de datos y que fuera acusada de asistir al gobierno de Donald Trump con programas para la detención de inmigrantes. Al mismo tiempo no tuvo empacho en trabajar para WestExec Advisors, la empresa de software fundada por el futuro Secretario de Estado Antony Blinken y Michèle Flournoy, para asesorar a empresas que buscan contactos con el Pentágono. Con estos antecedentes Haines reúne todos los requisitos para dirigir a los espías: capacidad técnica, contricción al trabajo, oportunismo, inescrupulosidad y cinismo. Altamente respetada por estas cualidades y su experiencia gubernamental, Haines va a ser la primera Directora Nacional de Inteligencia.

No obstante, se espera que durante el proceso de confirmación en el Senado sea cuestionada por su participación en el programa de asesinatos con drones y en el ocultamiento del informe sobre el programa de torturas clandestinas de la CIA. Estos antecedentes han suscitado acerbas críticas de la izquierda demócrata y de organismos defensores de los derechos humanos contra la nominación de Haines, aunque, por ejemplo, Human Rights Watch resalta su “franqueza” y “transparencia”.

Como Directora Nacional de Inteligencia deberá coordinar el trabajo de los 16 servicios del país. Consecuentemente con la estrategia general demócrata, se espera que ponga el acento en el cerco, aislamiento y boicot contra Rusia, a quien ve como el enemigo principal. Es posible también que intensifique las campañas de desestabilización contra China, así como el ciberespionaje para contrarrestar el ascenso del país asiático. Retornando a las prácticas del gobierno de Obama, seguramente se inmiscuirá en los asuntos internos de sus aliados, suscitará alzamientos contra gobiernos desafectos y acumulará el máximo pensable de datos sobre toda la humanidad, para luego comercializarlos o usarlos en conflictos, según pinte la ocasión.

Avril Haines es una eficiente, experimentada, ambiciosa y ciega servidora del peor poder norteamericano. Con ella a cargo del aparato de espionaje, Biden confía en poder dormir tranquilo delegando las principales decisiones exteriores, sin atisbar que está llamando a una guerra entre caciques. Todas las figuras que el futuro presidente y sus asesores están nominando para dirigir la política exterior, las fuerzas armadas, la inteligencia y la seguridad del país rezuman las mismas cualidades y todos ambicionan más poder. Cada uno es más aventurero que el otro. Evidentemente, el “Estado profundo” ha decidido que, repitiendo las fórmulas fracasadas en los 1990, los 2000 y los 2010, se puede alcanzar el éxito que se esfumó entonces. No parece entender que el mundo ha cambiado, que los adversarios también juegan, son mucho más poderosos y no están más dispuestos a dejar impunes los crímenes cometidos en nombre de la libertad. El entronizamiento de esta banda de criminales es un búmerang que va a retornar sobre el corazón de Washington. Quien siembra vientos, cosecha tormentas.

lunes, 14 de diciembre de 2020

La corte corona hoy al rey pro tempore de EE.UU.

 

En el reino del revés

No el pueblo, sino 538 electores eligen este lunes 14 al 46º presidente de EE.UU., en un país donde hay demócratas que rechazan el voto popular directo y algunos republicanos son pacifistas

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
14 de diciembre de 2020

Eduardo J. Vior

Durante más de un siglo y medio el sistema político norteamericano ha contradicho muchas reglas de la democracia, pero esta anomalía se ha hecho insostenible para sus propios sostenedores. Este lunes 14 se reúnen en sus respectivos estados los 538 miembros del Colegio Electoral de los Estados Unidos para elegir al 46º presidente del país. En 48 de los 50 estados el ganador se lleva todo (o sea que se desconsideran los votos del segundo) y en 17 de los 50 los electores pueden votar a quien quieran. Los defensores del sistema argumentan que así se defienden los derechos de los estados menos poblados. Sin embargo, en cinco ocasiones (1824, 1876, 1888, 2000 y 2016) el voto electoral contradijo el popular y la fractura ideológica que recorre la nación hace que muchos derechistas aboguen por el voto popular directo. La misma inversión de los alineamientos tradicionales se manifiesta en la discusión sobre la ley de Defensa. La presidencia Biden-Harris será un tiempo de batalla.

Durante las últimas cinco semanas el presidente Donald Trump y sus leales dentro del Partido Republicano han cuestionado los resultados en algunos estados oscilantes en los cuales denunciaron distintas formas de fraude. En todos los casos los tribunales rechazaron las demandas. La última derrota la sufrieron el pasado viernes, cuando la propia Corte Suprema desestimó la demanda de Texas contra Michigan por graves infracciones durante el escrutinio.

Entre las muchas peculiaridades del sistema hay que contar que hoy los electores sólo se reúnen en las respectivas capitales estaduales, en diversos tipos de locales y a diferentes horas. Se supone que se hace así, para evitar que una multitud los presione, pero de este modo la posibilidad de manipulación se multiplica por 50.

A diferencia del 3 de noviembre, cuando en la mayoría de los estados se votó electrónicamente, este lunes se sufraga en papel. Las legislaciones de 33 estados y del Distrito de Columbia (ciudad de Washington) obligan a los electores a optar por quien obtuvo la mayoría del voto popular en su distrito, pero los restantes 17 les dan libertad de elección.

Los electores fueron escogidos según listas presentadas por los partidos. En general, se trata de activistas, funcionarios estaduales y locales, donadores y personas estrechamente vinculadas a los candidatos. La única restricción es que no sean funcionarios federales. En general, los electoers son leales al mandato recibido de sus votantes.

Finalmente, el 6 de enero corresponderá al Congreso hacer el recuento final de los votos electorales. El vicepresidente Mike Pence deberá entonces abrir los sobres en orden alfabético según el nombre del estado y presentarlos a los cuatro relatores (dos por el Senado y dos por la Cámara) que harán el conteo a viva voz. Cuando éste finalice, el vicepresidente proclamará al vencedor. Recién entonces la elección estará oficialmente terminada y el triunfador prestará su juramento al mediodía del 20 de enero. 

Muchos detractores del sistema esperan que ésta sea la última vez en la que el Colegio Electoral se arrogue la facultad de elegir al presidente. El llamado Pacto Interestatal en pro del Voto Popular Nacional (NPVIC, por su sigla en inglés) está movilizando activamente, para que en la mayor cantidad posible de estados las legislaturas mocionen la transición hacia el voto directo y lo propongan al Congreso de la Unión. El movimiento se está concentrando actualmente en nueve estados en los que espera persuadir a las legislaturas. En casi todos ha obtenido la aprobación de una de las cámaras, pero le falta la otra.

En general, en años recientes el voto indirecto ha beneficiado a candidatos republicanos (George W. Bush en 2000 y Donald Trump en 2016), pero pequeños estados del interior con gobiernos demócratas tampoco quieren abandonar el sistema, porque les da un peso en las campañas electorales nacionales muy por encima de su importancia poblacional o económica.

La unificación del sistema electoral a nivel nacional, su trazabilidad mediante la combinación de voto electrónico y boleta en papel y el voto popular directo democratizarían sustancialmente la política estadounidense, promoverían a nuevos líderes y disminuirían el peso de los aportes financieros en las campañas. Sin embargo, esta propuesta es demasiado democrática para la elite y va a enfrentar serias resistencias.

El mismo sistema de frenos y restricciones opera en la política de Defensa Nacional. Cuando el viernes pasado el Senado aprobó por 84 votos contra 13 la Ley de Presupuesto para la Defensa, se hizo evidente la fractura del Partido Republicano entre trumpistas y partidarios del establishment. Quienes se ven con chances de candidatearse en 2024, si el actual presidente no repite su intento, tienen en vista el liderazgo de éste y no se apartan ni un centímetro de su línea.

 

Josh Hawley, Tom Cotton, Ted Cruz y Rand Paul: halcones trasmutados en palomas
Josh Hawley, Tom Cotton, Ted Cruz y Rand Paul: halcones trasmutados en palomas

Paradójicamente, esta lealtad ha llevado a conocidas figuras reaccionarias a contradecir posiciones que sostuvieron durante años. Resulta extraño ver a senadores tan conservadores como Josh Hawley (Montana), Tom Cotton (Arkansas), Ted Cruz (Texas) y Rand Paul (Kentucky) defendiendo el derecho del presidente a retirar las tropas de Afganistán sin necesidad de autorización parlamentaria o criticando el derecho de las empresas de comunicación a decidir por sí solas sobre los contenidos que pueden circular por sus redes.

El Senado aprobó el viernes la ley para el financiamiento de la Defensa y la envió al poder ejecutivo, tal como ha hecho en los últimos 59 años, pero esta vez es muy probable que el presidente la vete. Aunque la mayoría que la aprobó es suficiente para rechazar un veto presidencial, el episodio va a servir al mandatario para subrayar ante sus 71 millones de votantes su firmeza de convicciones y a los potenciales candidatos del futuro para ponerse a su sombra.

Como consecuencia de sus denuncias contra la censura sobre sus tuits durante la campaña electoral, el presidente y sus seguidores reclaman la abrogación del artículo 230 de la Ley de Decencia en la Comunicación, de 1996, que concedió a las plataformas de Internet el exclusivo derecho a determinar los contenidos que pueden circular por sus redes.

Por otra parte, piden también que se quite de la ley de Defensa una enmienda incluida por la senadora demócrata Elizabeth Warren (Massachusetts) que obliga a retirar de cuarteles y unidades militares todo símbolo que recuerde a la Confederación (1861-65). El reclamo conservador es un gesto demagógico hacia sus seguidores en el sur del país, pero no menos relevante de cara a la elección de 2024.

En el reino del revés hay conservadores que abogan por el voto popular directo, el retiro de las tropas de Afganistán y la limitación del monopolio de las corporaciones sobre los contenidos en Internet. La elección del 3 de noviembre aún no ha terminado y ya comenzó la campaña para 2024. ¿Podrán por el camino aparecer posiciones más coherentes o seguiremos teniendo que escudriñar en la niebla?

miércoles, 2 de diciembre de 2020

La elección brasileña de 2022 se dirimirá en el Ejército

 

El triunfo militar aumenta la inestabilidad de Brasil

La concentración y dispersión de la mayoría de los votos en un “Gran Centro” amorfo y oportunista deja la política brasileña a merced de las luchas facciosas dentro del Ejército

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
2 de diciembre de 2020

Eduardo J. Vior

El pasado domingo 29 de noviembre se realizó la segunda vuelta de las elecciones municipales en Brasil. Los votantes de 57 ciudades de más de 200.000 habitantes, en las que en el primer turno, quince días antes, ningún candidato a intendente (prefeito) hubiera alcanzado más del 50% de los sufragios, debieron concurrir a sufragar entre los dos candidatos mejor posicionados. Los medios concentrados, la Bolsa de São Paulo y un sector del gobierno y de las Fuerzas Armadas, conservador, pero distante del presidente Jair Bolsonaro y su ministro de Economía, Paulo Guedes, festejaron el crecimiento de los partidos del Centrão (el gran centro político), una amalgama de unas diez fuerzas pequeñas, conservadoras, oportunistas y corruptas, pero alejadas del extremismo del presidente y sus acólitos. Obviamente, también celebran la mala performance del centroizquierda y de la izquierda en general, especialmente la del PT.

Todo salió de acuerdo a la estrategia del Alto Mando militar: en 2014 impulsaron el impeachment que en 2016 llevó a la deposición de Dilma Rousseff, en 2017 al juicio contra Lula, en 2018 a su detención y a la elección de Jaír Bolsonaro, en 2019 desmontaron el Lava Jato y desplazaron a Sergio Moro (su promotor principal), también durante ese mismo año intervinieron las comunicaciones del país y siempre agitaron las “carpetas” que podrían destruir cualquier carrera política. De ese modo obtuvieron el total disciplinamiento de la elite política y empresaria.

Las consecuencias están a la vista, ya que nadie tiene alternativas al poder omnímodo de esta nueva dictadura militar con disfraz civil. Sin embargo, el secreto del futuro está en el detalle del presente.

Si sólo se comparan los votos obtenidos con los de 2016, el Partido de la Social Democracia Brasileira (PSDB), del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, fue el gran perdedor y, sin embargo, su candidato Bruno Covas ganó en la ciudad de São Paulo. También el presidente Bolsonaro perdió votos, pero los partidos que probablemente le den apoyo en 2022 (REP, avante, Podemos, PSC, etc) aumentaron su caudal.

El tradicional MDB (la oposición consentida de la época de la dictadura, hoy un partido “fisiológico”) y el PSDB fueron quienes más votos trasvasaron hacia el “centro bolsonarista”. No obstante, mantuvieron el control de capitales importantes, como la mencionada São Paulo y también Porto Alegre. El partido Demócratas (DEM, supervivencia del oficialismo dictatorial), creció mucho y será clave para definir la candidatura presidencial conservadora. En él se destacan el bahiano Antonio Carlos Magalhães y el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia.

En el centroizquierda el Partido Socialista Brasileiro (PSB) perdió muchos municipios, pero mantuvo Recife y ganó en Maceió (capital de Alagoas). El Partido Democrático Laborista (PDT, fundado por Leonel Brizola) también cayó un poco, pero conservó Fortaleza (capital de Ceará) y conquistó Aracajú (capital de Sergipe). Ambos partidos preservaron sus bases electorales, pero siguen confinados en el nordeste.

En la izquierda, en tanto, el PT perdió 71 intendencias, pero creció en las grandes ciudades y en la cantidad de población que gobierna. Entre tanto, el Partido Comunista do Brasil (PCdoB) perdió muchas intendencias y no consiguió ninguna victoria relevante, ni siquiera en el estado de Maranhão, donde su líder Flávio Dino es el gobernador. Tanto este partido como la Rede, de Marina Silva (ex ministra de Medio Ambiente en el primer gobierno de Lula) corre el riesgo de no superar en 2022 la barrera del 5% y perder presencia parlamentaria y televisiva. También el Partido Socialismo e Liberdade (PSOL), que en la reciente elección paulista tuvo una excelente performance con Guilherme Boulos, corre ese riesgo.

Salvo que se produzca una hecatombe económica, Bolsonaro será candidato a un segundo mandato con el apoyo de un «Gran Centro» remozado. João Dória (PSDB), gobernador de São Paulo, estará en la fórmula de la derecha tradicional. El PT también va a presentar candidato, quizás junto con el PSOL y el PCdoB. Está asimismo cantado que Ciro Gomes (PDT) será el candidato de la coalición entre el PDT y el PSB. Sin embargo, si las fuerzas de izquierda y centroizquierda no se unen, el triunfo del bolsonarismo será muy probable y varias de ellas quedarán fuera de juego.

Más allá del tablero electoral, la izquierda debe preocuparse por la manipulación de las campañas. ¿Hubo fraude, como denunció el presidente? No es imposible, habida cuenta de que Brasil tiene un sistema de voto electrónico sin respaldo en papel, con un software comprobadamente vulnerable y que el general Augusto Heleno, desde el Gabinete de Seguridad Institucional de la Presidencia, monitorea todas las comunicaciones. Pero las intensas fake news, las milicias ultraderechistas, la prédica de las iglesias pentecostales y la compra de votos también inciden contra las izquierdas.

Significativamente, este trasvase de votos beneficia a toda la derecha. Nadie gana demasiado, pero todos cosechan un poco del ataque permanente contra las izquierdas. El Alto Mando está perfeccionando así la ingeniería política que experimentó bajo la dictadura. En vez de dos partidos, como entonces, ahora ha aparecido un sinfín de lemas, de modo que ninguno se torne demasiado fuerte y todos deban coaligarse, para obtener sus minutos de televisión y poder negociar cargos más ventajosamente.

Sin embargo, el poder omnímodo que el Ejército de Brasil ha alcanzado puede volvérsele en contra. Mientras que el general Heleno y otros altos oficiales bajo las órdenes de la embajada norteamericana han colaborado activamente con el desguace del Estado y la entrega de la soberanía, numerosos cuadros, entre ellos el vicepresidente, general Hamilton Mourão, y el jefe de la Casa Civil, general Walter Braga Netto, resisten el desmonte de algunas empresas estatales estratégicas y, especialmente, de las industrias militares y se oponen a la política extremadamente neoliberal del ministro de Economía Paulo Guedes.

No es previsible que en el corto plazo sectores de la oficialidad busquen la alianza con fuerzas de izquierda, nacionalistas o de centroizquierda. Sin embargo, sus arremetidas contra el titular de Economía cuentan con el beneplácito de grandes sectores empresarios y de las corporaciones ruralistas que, para salir de la crisis, necesitan expandir los negocios con China y con Argentina. Así puede surgir una alianza militar-conservadora-empresaria que dé un vuelco a la política económica. Como no tiene alternativas para la Presidencia, en esa eventualidad se dislocaría el poder político y se abriría un ciclo de inestabilidad y crisis que habilitaría la irrupción de nuevos actores. Hoy el partido se juega en los casinos militares, pero pronto puede desbordar. Brasil es más impredecible que nunca en los últimos cincuenta años y está abierto a desarrollos muy caóticos que van a sorprender a propios y extraños.

martes, 24 de noviembre de 2020

Vuelve el Imperio, vuelve la guerra

 

El retorno de los zombis

Eduardo J. Vior

Los integrantes del equipo de política exterior que Joe Biden presentó ayer son veteranos del “Estado profundo” diplomático y de inteligencia que gobierna a EE.UU. desde 1945

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
24 de noviembre de 2020

Nadie sabe aún quién ganó la elección presidencial norteamericana del 3 de noviembre, pero los medios, Wall Street y la comunidad de inteligencia ya han proclamado al candidato demócrata como nuevo mandatario de Estados Unidos y se han apresurado a designar en el gobierno a su propia gente. Los nombramientos para el área de política exterior y seguridad que el elegido de los poderosos anunció este lunes 23 ratifican la vuelta de las estrategias imperiales aplicadas entre 1993 y 2017. Sin embargo, en estos últimos cuatro años el mundo ha cambiado mucho y la esperanza de que, utilizando los mismos ingredientes de entonces se alcancen los mismos resultados, pronto se va a chocar con la realidad.

La ronda de nombres presentados ayer por Joe Biden incluye a Anthony Blinken como secretario de Estado, a Alejandro Mayorkas para la Secretaría de Seguridad Interior, a Avril Haines como Directora de Inteligencia Nacional y a Linda Thomas-Greenfield para representar al país ante las Naciones Unidas.

Anthony Blinken en Corea del Sur en 2016

Blinken, de 58 años, fue subsecretario de Estado y subasesor presidencial de Seguridad Nacional durante las presidencias de Obama (2009-17). En Washington se lo ve como “uno de los nuestros”, de buenos modales, conocedor de cada resquicio del gobierno y el Congreso y con buen trato con demócratas y republicanos, lo que seguramente le aliviará la confirmación por el Senado. Al mismo tiempo se espera que sirva también de mediador hacia los sectores progresistas y los incluya en la agenda diplomática de los próximos cuatro años.

Blinken hizo la escuela media en París, estudió Derecho en Harvard y, ya graduado, también trabajó como periodista. Durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) fue funcionario del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por su sigla en inglés) y durante seis años jefe de los asesores de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado que presidía Joe Biden. Durante la presidencia de Obama, en tanto, Blinken fue subasesor de Seguridad Nacional y subsecretario de Estado. 

Avril Haines, en tanto, sirvió como subdirectora de la CIA y principal subasesora de Seguridad Nacional bajo Obama. De ser confirmada, se convertiría en la primera Directora Nacional de Inteligencia de EE.UU.

Alejandro Mayorkas, por su parte, es un cubano-estadounidense de 61 años de edad, con una larga experiencia como abogado y lobista para grupos latinos. Entre 2013 y 2016 fue subdirector de Seguridad Interior. Durante el segundo gobierno de Obama fue asimismo responsable por el programa para la acogida (controlada) de niños inmigrantes (DACA, por su sigla en inglés).

Greenfield, a su vez, es una diplomática afronorteamericana con una carrera de 30 años en el servicio exterior, hasta que se retiró en 2017.

Como  secretario de Estado, a Blinken le cabrá el endurecimiento del trato con países y regímenes con los cuales Donald Trump fue especialmente cuidadoso, como Turquía, Corea del Norte y Rusia, entre otros. Sin embargo, sus mayores desafíos los hallará en el trato con China e Irán. Es de esperar que el eventual gobierno demócrata combine severas críticas a las políticas de derechos, trato de minorías, soberanía territorial e independencia tecnológica de Beijing, tratando al mismo tiempo de negociar acuerdos comerciales, cooperar en la lucha contra la pandemia y en el cuidado del medio ambiente. Una verdadera cuadratura del círculo. 

Respecto a Irán, en tanto, es probable que Blinken busque imponerle condiciones, para poder justificar el regreso norteamericano al acuerdo nuclear de 2015 sin perder prestigio. De su éxito en la maniobra depende que pueda frenar el impulso belicista de la coalición israelo-saudita-emiratí-bajreinita para atacar al vecino persa. Sin embargo, desde que Washington se retiró del acuerdo en 2017, Teherán siguió enriqueciendo uranio y desplegando sus cohetes antiaéreos, por lo que es dudoso que quiera retroceder al estadio de 2015, aunque necesita el levantamiento de las sanciones y el bloqueo.

Joe Biden comenzó su carrera senatorial en 1972, en plena Guerra Fría, y continuó ininterrumpidamente hasta 2009, cuando fue electo vicepresidente, para acompañar a Barack Obama. Durante gran parte de su trayectoria participó en y/o presidió la Comisión de Relaciones Exteriores, por lo que tiene una sólida formación en el área, conoce a numerosos diplomáticos, militares y espías, así como a representantes y funcionarios extranjeros. 

Su visión sobre las relaciones con Rusia y China está enteramente moldeada por el exsecretario de Estado (1969-74) Henry Kissinger quien, a sus 96 años, sigue asesorando al que lo quiera oír. Por ello fue que recientemente Biden definió a China como un “competidor estratégico”, pero señaló a Rusia como la mayor amenaza.

El “Estado profundo” busca separar a China de Rusia, para aislar a ésta y provocar el cambio de régimen, pero las circunstancias han cambiado mucho desde 2015. La iniciativa china del Nuevo Camino de la Seda y la Franja absorbió desde 2017 al Espacio Económico Euroasiático pergeñado por el Kremlin. La incorporación de Rusia a la Organización de Seguridad de Shanghai (SSO, por su sigla en inglés) y al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB), además, ha creado sinergias tales que ninguna maniobra diplomática puede romper.

Por cierto, si Rusia entrara en crisis, China no se va a inmiscuir en sus asuntos internos, pero sabe que necesita una socia unida y fuerte, para poder extender su influencia sobre Asia Central y Occidental y llegar al Mediterráneo. Para la República Popular los próximos 15 años son esenciales en la marcha hacia la “sociedad socialista avanzada con rostro chino” y no puede permitirse un entorno inestable ni separarse de sus aliados.


Un agente de la policía china gesticula en Beijing, cerca de la Ciudad Prohibida, el 8 de noviembre de 2017, en ocasión de la visita de Donald Trump 

No solo que el Reino del Medio es la única gran potencia que termina 2020 creciendo y habiendo vencido a la pandemia, sino que las sanciones comerciales de Estados Unidos la han inducido a completar las cadenas productivas en sus desarrollos científico-tecnológicos de mayor avanzada.

La lógica de la política interna norteamericana se extiende a sus relaciones exteriores. Una elección dudosa, cuyo resultado es proclamado por los medios concentrados que, al mismo tiempo, marcan la agenda del próximo gobierno, repercute en el modo en que pretenden recuperar la iniciativa estratégica a nivel mundial. Partiendo de la apreciación realista de que los demócratas alcanzarán el gobierno por la fuerza más que por los votos, es previsible que a la vez intenten restablecer todos los acuerdos y tratados multilaterales que Trump interrumpió o abandonó, se comprometan en la expansión de la OTAN hacia el Este de Europa, en dar protección a sus aliados medioorientales contra supuestas agresiones iraníes, incrementar su presencia militar en el área indopacífica, tratar de obtener la neutralidad de China, mientras la atacan en Tibet y Xinjiang y recuperar la delantera tecnológica en los desarrollos de armas hipersónicas y radares que han perdido ante Rusia.

Quien mucho abarca, poco aprieta, dice el refrán. Como mientras tanto no cesará la resistencia de Donald Trump y sus 71 millones de seguidores, lo más probable es que el poder norteamericano se enrede en una maraña de conflictos mezclados y combinados que terminarán por maniatar su fuerza. El retorno de los muertos vivos hará que en los próximos cuatro años la todavía superpotencia sea muy agresiva. No hay que atacarla, sólo sentarse a esperar que caiga por su propio atolondramiento.

lunes, 16 de noviembre de 2020

En EE.UU. la lucha por el poder recién empieza

 

Trump quiere pasar a la Historia como artífice de la paz

Eduardo J. Vior

Sabiendo que le será muy difícil impedir la toma del gobierno por los globalistas, el presidente está minando el ejecutivo y colocando hitos para mantener su vigencia futura

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
16 de noviembre de 2020

Después de haber concedido este domingo por la mañana que Joe Biden ganó la elección del 3 de noviembre, en un segundo tuit el presidente Donald Trump aseguró que su rival demócrata «sólo ganó a los ojos de los medios falsos», reiterando que no va a darse por vencido en su impugnación de una elección que tachó de «amañada».

En Washington ningún interlocutor serio duda de que el 3 de noviembre se cometió fraude en distintos estados, aunque todos saben que es muy difícil probarlo y, si se pudiera, recién sucedería mucho tiempo después de la asunción de Joe Biden. Previendo que el 19 de enero deba abandonar la Casa Blanca, entonces, Donald Trump está dificultando al máximo el acceso del nuevo equipo y poniendo funcionarios leales en posiciones estratégicas, para dejar testimonio de las políticas que él habría ejecutado, si durante casi cuatro años no lo hubiera saboteado el “Estado profundo”. Entre tanto, libra batalla en cada una de las etapas de la transición.

El pasado lunes 9 el despido del secretario de Defensa, Mark Esper, puso sobre alerta a la plana mayor del Pentágono, que ahora teme que llegue la orden para abandonar inmediatamente Afganistán, Siria e Irak. Por su parte, el saliente enviado especial de EE.UU. para Siria, Jim Jeffrey, confesó el viernes 13 en una entrevista con Defense One que su equipo ocultó deliberadamente a sus superiores y al presidente Donald Trump el número de soldados estadounidenses estacionados en Siria, dando a entender que en ese país se encuentran muchos más de los 200 efectivos que Trump autorizó a dejar allí en 2019.

Manifestantes trumpistas el sábado 14 en Washington

A confesión de parte, relevo de prueba: el reconocimiento del funcionario de que traicionó a sus jefes, incluido el presidente, confirma por un lado que Donald Trump efectivamente pretendía acabar con las continuas invasiones que Estados Unidos lleva desde 1945 y, por el otro, que los generales y almirantes no piensan abandonar el negocio de la guerra permanente.

No es casual, por lo tanto, que se hayan multiplicado los rumores sobre el remplazo de Gina Haspel al frente de la CIA, a quien los partidarios del presidente acusan de entorpecer la desclasificación de documentos secretos que probarían la obstrucción intencionada de la agencia a la investigación de 2017-18 que debía probar la inocencia del mandatario ante las acusaciones formuladas por los demócratas sobre su supuesta complicidad con agentes rusos para ganar la elección de 2016. Si cae Haspel, debería seguirla su antecesor en el cargo y jefe político, el secretario de Estado Mike Pompeo.

“Durante tres años y nueve meses Trump tuvo que responder a cada maniobra del Estado profundo,” declaró a The Hill Bryan Lanza, un asesor que participó en 2016-17 en el equipo de transición del presidente. “Ahora el mandatario está desatado y es el Estado profundo quien tiene que responder a su avance”, continuó.

“La prioridad de Trump es crear el caos”, evaluó por su parte Dov Zakheim, quien fuera subsecretario de Defensa en el gobierno de George W. Bush. “Cuando cambia el gobierno, se necesita gente del elenco saliente que entregue las oficinas a los entrantes, lo que él trata de impedir. Está causando una disrupción y haciendo muy difícil la transición,” agregó.

La purga en el Pentágono es la más relevante de todas las que el presidente está haciendo. “Si el presidente no consigue sacar ahora las tropas de Afganistán, los movimientos que está haciendo carecerán de sentido”, comentó un dirigente republicano cercano a la Casa Blanca. “Sus seguidores quieren que traiga a las tropas de vuelta a casa y el pueblo está deseoso de que las retire. Si logra sacarlas de ese pantano, pasará a la historia como el hombre que terminó la guerra más larga en la historia de EE.UU.”, completó.

Según Myron Ebell, quien dirigió en 2016-17 el equipo de transición en la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA, por su sigla en inglés), “gran parte de los errores cometidos por el gobierno de Trump se debió a que el jefe de Estado nunca pudo controlar los nombramientos de personal en la presidencia”. “Los funcionarios de carrera son reacios a la agenda conservadora. Como parte de la misma consistía en reducir la planta de personal y controlar la carrera funcionarial, obviamente la boicotearon”, adicionó.

Kamala Harris, la muy probable vicepresidenta electa de Estados Unidos y verdadera cabeza del poder 

Entre tanto, el presidente va a librar batalla en cada una de las instancias hasta el 20 de enero. Ordenó a sus abogados que presenten demandas por fraude en todos los estados donde la Justicia las admita. Al mismo tiempo va a intentar “doblar” a electores no militantes, para desmontar la mayoría de Biden en el Colegio Electoral. Todavía, el 14 de diciembre, cuando éste se reúna para elegir al presidente, buscará plantear cuestiones de procedimiento para entorpecer el proceso y retrasar la elección. Similares medidas dilatorias va a impulsar el 3 de enero, cuando sesione por primera vez el nuevo Congreso y el 5 de ese mes, cuando Georgia defina en una segunda vuelta los dos senadores que enviará a Washington. Según quien gane allí, los demócratas pueden alcanzar la paridad (49-49) y la vicepresidenta Harris tendrá la decisión o los republicanos cimentarán una mayoría de bloqueo de 50 a 48 escaños. Es también esperable que Donald Trump no acompañe la ceremonia inaugural de la nueva fórmula, para dedicarse desde el primer día de gestión de ésta a organizar la resistencia colorada (por el color identificatorio del Partido Republicano).

En la elección del 3 de noviembre el presidente obtuvo 71 millones de votos, más que ningún otro candidato republicano en la Historia, y esos sufragantes le son leales, aunque los aprovechó mucho su partido avanzando posiciones en la Cámara de Representantes y en numerosos estados, así como reduciendo sus pérdidas en el Senado. Seguramente, buena parte del liderazgo del GOP va a negociar con los demócratas, para poner un coto a la turba trumpista, pero, si marginan al magnate neoyorquino, perderán sus votos. Trump, en cambio, perdiendo ganó. O le conceden el control del Partido Republicano o funda una nueva formación y rompe el duopolio del poder. Es el único dirigente norteamericano que en cualquier momento puede movilizar masas, para forzar decisiones del establishment aun desde afuera del mismo. Es un factor desde hace tiempo ausente de la política norteamericana cuyos efectos todavía se desconocen.

Dos actores más han ganado en la elección, sin candidatearse: Wall Street y el “Estado profundo”. El primero (la banca, los fondos de inversión), porque apostó a ambos partidos y seguirá medrando a costa del trabajo y del capital productivo. El segundo, en tanto, porque aprovecha la polarización de la sociedad estadounidense y la incentiva, para seguir haciendo política, sin que nadie lo controle.

La brecha entre patriotas y globalistas está hoy más abierta que nunca. Joe Biden será el presidente-gerente del aparato militar-industrial-comunicacional y de espionaje. Enfrente se le planta la resistencia racista, xenófoba, homofóbica, chovinista, pero patriota del amplio interior norteamericano. El país está irremisiblemente dividido y el Estado profundo puede verse tentado a iniciar una nueva guerra para justificar una nueva vuelta del torniquete autoritario en lo interno.

Si, por el contrario, el presidente consigue imponer la retirada de las tropas hasta enero, habrá colocado el zócalo de su monumento. La política norteamericana tropezará a cada paso con esa herencia perdurable.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Ante el "empate catastrófico" rige el Estado profundo

 

La dictadura y la guerra no son salidas para EE.UU.

La negativa de Trump a aceptar un triunfo demócrata y el “empate catastrófico” entre el ejecutivo y el legislativo inducen al “Estado profundo” a emprender aventuras autoritarias y belicistas

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
12 de noviembre de 2020

Eduardo J. Vior

La reticencia del presidente en aceptar los resultados del conteo de votos en varios estados deja a EE.UU. sin gobierno legitimado democráticamente: supuestamente Donald Trump ha perdido la elección del 3 de noviembre y debe entregar el gobierno a Joe Biden el 20 de enero próximo. Habitualmente se forma un equipo mixto entre la administración saliente y la entrante, para coordinar la transición, pero, al no haberse proclamado oficialmente quién será el próximo mandatario, los que están no saben qué va a pasar en dos meses y los que quieren remplazarlos no pueden conocer los expedientes. Aún más, para mostrar que todavía manda y piensa seguir haciéndolo, el jefe de Estado acaba de remplazar a toda la cúpula del Pentágono por funcionarios adictos.

Este relevo ha inducido a los medios demócratas a sospechar públicamente que el líder republicano podría poner en escena una crisis bélica con Irán que justificara su permanencia en el cargo. Sin embargo, parece más bien que es a los demócratas a quienes serviría que los militares emprendan una aventura exterior, para forzar el apoyo del Congreso al gabinete que propondrá Biden. Ante el vacío de gobierno legítimo, el “Estado profundo” está tentado de apretar las clavijas autoritarias en lo interno e iniciar una guerra exterior que le permita imponer sus condiciones y defender sus privilegios más allá de enero. 

Después de que el fiscal general William Barr autorizara el lunes por la noche al Departamento de Justicia a investigar si hubo fraude en las elecciones de este mes, el traspaso del mando entre Donald Trump y Joe Biden quedó en el limbo. Consecuentemente, un vocero de la Administración de Servicios Generales (GSA, por su sigla en inglés) insinuó que no pondría en marcha la transición hasta que no se defina quién gobernará después de enero próximo. Por consiguiente, no pueden entregarse las oficinas ni los fondos para la transición gubernamental. 

Para soslayar la sensación de vacío de poder, Joe Biden ha emprendido un activismo frenético. El lunes designó a un equipo de notables para asesorar a su (supuesto) futuro gobierno en la lucha contra la pandemia de Covid-19 y el martes habló sucesivamente con la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Boris Johnson y recibió las felicitaciones del mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan. 

Proyecciones de los medios en base a resultados oficiales de los diferentes estados (en EE.UU. no existe una autoridad electoral central) muestran que Biden, de 77 años, y su vicepresidenta Kamala Harris, de 55, tienen una ventaja insuperable en los conteos y, aunque la certificación de los resultados finales aún demore semanas, no se esperan cambios en la tendencia. No obstante, los republicanos se quejan por la falta de trasparencia, los errores o el fraude que se habría cometido en Pennsylvania, Wisconsin y Michigan, tres estados en los que Trump tenía la delantera en la noche del día 3 y que luego habrían sido ganados por los demócratas gracias al voto postal que en los dos últimos mencionados habría llegado (dicen que más de cien mil sobres) entre las dos y las cuatro de la madrugada del miércoles 4. En Pennsylvania, en tanto, los abogados de Trump ya habían pedido que se desecharan aquellos votos que el Correo entregara después del día 3 a medianoche. Si bien el tribunal supremo estadual rechazó el amparo, la Corte Suprema federal ordenó que esos sobres se contaran por separado, para decidir más adelante en la cuestión de fondo. 


The New York Times y otros medios demócratas argumentan que Trump habría remplazado a Mark Esper por Christopher Miller en el Departamento de Defensa (DoD, por la sigla en inglés), para escenificar en Irak un atentado de falsa bandera que le permita crear un casus belli con Irán, de modo de justificar su permanencia en el mando. Sin embargo, numerosas veces ha cambiado el gobierno de EE.UU. en épocas de guerra o iniciándolas y nunca se ha alterado el proceso sucesorio. Donald Trump se saca de encima a una conducción militar adversa para aliviar presiones durante una transición problemática.

Quienes sí pueden estar interesados en comenzar ahora una guerra en el exterior (y, consecuentemente, limitar las libertades en lo interno) son los demócratas. Parecería confirmarse que Joe Biden ha derrotado a Donald Trump, pero ha sido incapaz de arrastrar votos para otras candidaturas. Los demócratas solo sumaron un senador más, llegando a 48 y, dependiendo del repechaje en Georgia, quizás alcancen los 49. En este caso, con el voto de la vicepresidenta Harris tendrían la mayoría del pleno. En la Cámara de Representantes los demócratas perdieron seis bancas y los republicanos ganaron ocho. Mantienen allí la mayoría, pero debilitados. Los republicanos tienen seis jueces en la Corte Suprema contra sólo tres de los demócratas. 

Por el contrario, aun perdiendo, Trump ha ganado. No sólo ha cosechado 71 millones de votos (la mejor votación de la historia para un candidato republicano), sino que ha impulsado las candidaturas republicanas al Senado y la Cámara, así como a numerosos legisladores estaduales.

Como en EE.UU. a la cámara alta cabe la confirmación de los miembros del gabinete, Biden deberá negociar la integración de su gobierno con Mitch MacConnell, pero, si le concede demasiado, será atacado por la fortalecida izquierda demócrata. Un eventual gobierno demócrata asumiría en condiciones de “equilibrio catastrófico”: los poderes del Estado pueden trabarse y anularse mutuamente, paralizando el país. En estas circunstancias, iniciar una guerra exterior permitiría a Biden obtener apoyo parlamentario y popular.

La elección agudizó la polarización social y regional del país. Como revela un estudio que acaba de publicar la Brookings Institution, Joe Biden solo venció en 477 de los 3.141 condados (gobiernos subestaduales) de EE.UU., pero esos condados aportan el 70 por ciento del PBN. En tanto, los 2.497 condados que votaron por Trump solo contribuyen con el 29 por ciento del PBN. El cuasi-presidente demócrata sostiene que viene a superar la grieta (sic), pero la polarización del electorado, el oscuro trascurso del escrutinio y el empate entre los poderes del Estado sugieren una profundización de las divisiones ideológicas, culturales, regionales y sociales. En estas condiciones, considerando la fragilidad de Biden, la resistencia de Trump a abandonar el gobierno y el rechazo de los poderes fácticos que lo rodean a toda reforma que disminuya sus privilegios, el riesgo de que el “Estado profundo” intente huir hacia adelante obliga al mundo entero a prestar suma atención a toda amenaza contra la paz, sea donde sea.