jueves, 24 de septiembre de 2020

Ocupar el continente, aislar a Argentina y repeler a China

 

EE.UU. está demasiado urgido por ocupar América del Sur

La gira de Pompeo por el norte del subcontinente y las crisis en los países andinos son signos de la prisa del Pentágono por controlar la región, aislar a Argentina y dejar afuera a China

por Eduardo J. Vior

Eduardo J. Vior

La coincidencia entre la reciente visita del secretario de Estado norteamericano a Surinam, Guyana, Brasil y Colombia y la agitación que azota a Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia dan cuenta de la impaciencia de Washington por volver a controlar el subcontinente, cercar a Argentina y frenar el avance chino. Parecería que el gobierno de Donald Trump quisiera impedir que un eventual gobierno demócrata tuerza el rumbo norteamericano en la región. Sin embargo, más allá de un cambio de estilo, no es esperable que otro equipo en Washington altere las líneas maestras de su política hacia la mitad sur del continente.

Este lunes 21 Washington y Georgetown han anunciado que comenzarán a realizar patrullas navales conjuntas en las aguas fronterizas con la República Bolivariana. El anuncio sucede a la visita del secretario de Estado Mike Pompeo, el pasado viernes 18, y a su promesa de apoyo para la construcción de infraestructuras que sostengan la explotación y exportación del petróleo recién comenzada frente a la costa de la faja occidental del Esequibo. No casualmente la empresa licenciataria es la Exxon Mobil, del grupo Rockefeller, que ha estimado que la cuenca tiene reservas por 15 mil millones de barriles. Exxon, otrora la mayor petrolera del mundo, apoya y financia al presidente Donald Trump.

 

La faja del Esequibo y su prolongación marítima son reclamadas por Venezuela, que desconoce el fallo ilícito de un tribunal arbitral que en 1899 las entregó a Inglaterra, entonces mandante colonial de la actual Guyana. Después de independizada ésta en 1966, ambos vecinos declararon nulo el arbitraje y acordaron buscar una solución arbitrada. Por esto Caracas ha criticado acerbamente las concesiones petroleras otorgadas por Georgetown en los últimos tres años.

Pompeo llegó a Guyana procedente del vecino Surinam, donde se reunió con el presidente Chan Santokhi, electo en mayo pasado. Si bien en la ex colonia holandesa Pompeo repitió su rogativa para el otorgamiento de licencias a empresas norteamericanas y su exhortación a no hacer negocios con China, el nuevo presidente reiteró su neutralidad ante la crisis venezolana y su voluntad de expandir las actividades de la petrolera estatal Statsolie, aunque respetando la concesión local otorgada por su antecesor a Apache-Total.

El sábado, en tanto, el secretario llegó a Boa Vista, capital del norteño Estado de Roraima, donde le rindió pleitesía el ministro brasileño de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo. Cínicamente prometió allí una ayuda de U$S 30 millones para la asistencia a los inmigrantes venezolanos, pero no hizo mención al persistente cierre de la frontera. Boa Vista depende de los insumos (especialmente combustibles) venezolanos para su supervivencia. Además, el bloqueo del límite impide los contactos humanitarios, el retorno de los migrantes venezolanos y/o la llegada de nuevos. La presencia de Pompeo en Roraima fue enérgicamente criticada por seis antiguos ministros de Relaciones Exteriores que le imputaron un «uso espurio del territorio nacional» para utilizar el país «como plataforma de provocación y hostilidad con una nación vecina».

Finalmente, la última parada de la gira fue el domingo en Bogotá, donde el secretario de Estado elogió el apoyo del presidente Iván Duque al autoproclamado “presidente” venezolano Juan Guaidó. Su presencia allí coincidió con maniobras militares conjuntas colombo-estadounidenses y con las críticas opositoras por la presencia, desde hace dos meses, de una fuerza especial norteamericana de seguridad. Su visita fue seguida el lunes 21 por un paro nacional de protesta y masivas manifestaciones opositoras que en Bogotá fueron ferozmente reprimidas.

La masiva y urgente presión norteamericana se reproduce de distintas maneras en el resto del eje andino. En Ecuador, que prevé realizar la elección presidencial el próximo 28 de febrero, la justicia electoral no ceja en su persecución a los seguidores de Rafael Correa. Después de prohibir al ex presidente candidatearse como acompañante de Andrés Arauz y de proscribir su fuerza, Compromiso Social, el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció este lunes 21 que está evaluando también desautorizar al Centro Democrático (Lista 1), la lista en la que se ha refugiado el correísmo. Éste, a su vez, propuso la semana pasada al periodista Carlos Rabascall como candidato a la vicepresidencia, pero aún no registró la fórmula en la Justicia electoral.

Dada su intensa persecución contra el correísmo, a la derecha le resultaron especialmente chocantes la semana pasada los resultados de una encuesta de la empresa brasileña Atlas Intel que dio al correísta Andrés Arauz el 45% de los votos, a Guillermo Lasso el 32%, a Yaku Pérez el 4,3% y a César Montúfar el 1,1%. Los demás candidatos tienen menos de 1%. Entre blancos, nulos, abstenciones y quienes no saben por quién votar suman 10,6%. Una simulación de segunda vuelta también ubica a Arauz como ganador con 48,2%, frente al 39,4% para Lasso. Pese a la burda ofensiva judicial y proscripción política, en tanto, el expresidente Rafael Correa mantiene la mayor imagen positiva (50%) y la menor negativa (45%).

La inocultable mano de las embajadas norteamericanas se nota también en Bolivia. Ante la imposibilidad de posponer la elección presidencial y legislativa del próximo 18 de octubre, los golpistas de noviembre pasado proscribieron a Evo Morales con demandas judiciales sin base ni fundamento. De todos modos, las últimas encuestas dieron a la fórmula Arce-Choquehuanca (MAS-IPP) cerca del 37%, mientras que el ex presidente Carlos Mesa (2005-06) obtiene el 27% y todos los demás menos de 10%. Por esta razón, la semana pasada la presidenta de facto Jeanine Añez bajó su candidatura.

Tras el fracaso de Añez, la embajada y los golpistas esperaban  presentar una fórmula unitaria de la derecha, pero no pudieron reconciliar a Carlos Mesa con Luis F. Camacho. El ascenso de la candidatura masista, entonces, la acerca a un escenario de triunfo en la primera vuelta. En Bolivia, si un partido alcanza en la primera ronda comicial el 40% de los votos con una diferencia superior al 10% sobre el segundo candidato, resulta electo sin posibilidad de repechaje.

Ahora la embajada se prepara a impedir a como dé lugar el triunfo del MAS. La policía y el ejército golpistas están encargados de la distribución, vigilancia y recolección de urnas, el centro de cómputos, en manos de los amigos de Añez, los medios militan unánimemente el antimasismo y la única misión internacional observadora hasta ahora autorizada es la de la OEA, que ya cumplió un papel nefasto en noviembre pasado. En definitiva, el triunfo del MAS dependerá de la movilización del pueblo boliviano y de que la diferencia de votos a su favor sea abrumadora. Cuando Evo Morales obtuvo victorias del 52%, 64% y 62%, pudo imponer el resultado electoral. La única vez que no superó el 50 %, no reconocieron su triunfo y dieron el golpe.

En Uruguay, finalmente, las elecciones para Intendentes y Juntas de los 19 departamentos  se realizarán el próximo domingo 27 de setiembre. El Frente Amplio va por el triunfo en Montevideo y Canelones, departamentos que, juntos, representan más de la mitad de la población del país. 14 de las 19 intendencias ya están prácticamente definidas. Apoyado en el tradicional ruralismo conservador, el Partido Nacional (líder de la coalición gobernante) se quedaría con 12 de los 17 distritos del interior. El Partido Colorado por su parte, retendría Rivera, en la frontera con Brasil, mientras que tres departamentos aún están en disputa.

En un escenario ya mayormente definido, la cuestión principal consiste en saber por cuánto ganará el FA en Montevideo, donde gobierna desde 1990. Allí la coalición derechista presentará la candidatura única de Laura Raffo, mientras que el Frente Amplio va con tres candidatos: Daniel Martínez, Álvaro Villar y Carolina Cosse. Según las últimas encuestas, existe un empate técnico en 17 puntos para cada uno, pero, por el sistema electoral, quien gane la mayoría dentro de una leyenda registrada se lleva también los de sus competidores internos. Así, algunos sondeos han dado a Carolina Cosse como posible vencedora de la interna frenteamplista. Daniel Martínez, ex intendente y ex candidato a presidente, a su vez, representa la línea interna socialdemócrata, en tanto Álvaro Villar es el candidato con menos intención de voto, aunque en las últimas encuestas se ha acercado a los otros dos. Tiene el apoyo del Movimiento de Participación Popular (MPP, de José Pepe Mujica), de Fuerza Renovadora y de UNIR, un grupo escindido del Partido Colorado que no integra la orgánica del Frente Amplio.

El Pentágono se ha fijado como objetivo recuperar el control sobre América del Sur, aislar a Argentina e impedir que crezca la influencia china. Al Comando Sur toca ejecutar la estrategia dispuesta. Para ello recurre a la manipulación de elecciones, provocaciones armadas en las fronteras de Venezuela, el pacto entre el Alto Mando brasileño y el crimen organizado, el intento de golpe de estado en Perú y furiosas campañas de agitación y desestabilización en nuestro país. Los agresores quieren crear hechos consumados antes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el próximo 3 de noviembre, pero nada indica que un improbable gobierno demócrata tome un curso diferente. La unidad y solidaridad que los gobiernos no tienen entre sí deben remplazarlas los movimientos populares.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

La puja entre EE.UU., Rusia y China disloca a la UE

 

Europa es el pelotero de las grandes potencias*

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
16 de septiembre de 2020

Eduardo J. Vior

“Europa tiene que ser un jugador mundial, no un campo de juego”, declaró el lunes Charles Michel, presidente del Consejo Europeo (la reunión de los jefes de Estado y de gobierno que dirige la UE) al terminar la conferencia cumbre virtual entre los representantes de los 27 y los de China. Por los primeros participaron el belga Michel y las alemanas Angela Merkel (presidenta pro-tempore del bloque) y Ursula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea, el órgano ministerial de gobierno de la Unión); por la segunda, en tanto, estuvieron presentes el Presidente Xi Jinping y el ministro de Relaciones Exteriores Wang Ming. La cumbre debió haberse realizado en Leipzig, Alemania, pero la pandemia de Covid-19 aconsejó hacerla por vía virtual. En la reunión debieron haberse cerrado con la firma de convenios siete largos años de negociaciones sobre el régimen de inversiones recíprocas, pero repentinamente los europeos reclamaron por las supuestas violaciones de los derechos humanos en Hong Kong y Xinjiang, la adecuación de la economía china a las normas sobre emisiones del Acuerdo de París y “el cumplimiento de reglas de mercado”. Finalmente, solamente pudieron cerrar un acuerdo sobre denominaciones de origen, importante, pero insuficiente.

Desde el estallido de la pandemia en Europa, en marzo pasado, los líderes de la UE comenzaron a acusar a China de falta de transparencia en la circulación de la información epidemiológica. Pronto esas imputaciones se trasladaron a tópicos de derechos humanos y medioambientales y, finalmente, a cuestiones de patentes y normas comerciales. En 2019 la República Popular fue la tercera mayor compradora de bienes europeos (9 %) y la mayor proveedora de la UE (19 %). Entre los miembros de la Unión en 2019 los Países Bajos fueron los mayores importadores de bienes y servicios chinos y Alemania, la mayor proveedora de la República Popular. Para entender la presión europea para hacer fracasar la reunión cumbre habrá, entonces, que buscar que buscar motivos (geo)políticos. 

El reciente giro en la posición europea se evidencia en que la UE ha pasado a considerar oficialmente a China al mismo tiempo como un interlocutor “esencial” y un “rival estratégico”. En el plano comercial los europeos reclaman para sus empresas en China el mismo trato que reciben las chinas en Europa. Según la diplomacia de Bruselas, reclaman libertad de comercio en las telecomunicaciones y la industria automotriz, mientras exigen el fin de las subvenciones para la siderurgia china. Significativamente, la semana pasada el presidente de Siemens, Joseph Kaeser, declaró al semanario Die Zeit que “condenamos categóricamente toda forma de opresión, trabajo forzado y amenazas a los derechos humanos”. La declaración careció de lógica, porque Siemens está presente en China desde 1872, emplea a 35.000 personas y obtiene allí el 10 % de sus ganancias. Por otra parte, el gigante de la electroingeniería tiene una larga trayectoria de complicidad con regímenes dictatoriales (como el argentino de 1976-83) y nunca se preocupó seriamente por los derechos humanos. Tanto ruido hizo la declaración de Kaeser que la empresa debió ratificar su interés en seguir haciendo negocios en el mamut asiático. 

La videoconferencia UE-China se realizó en momentos en que la guerra comercial entre Washington y Beijing alcanza proporciones de Guerra Fría. Muchos diplomáticos europeos reconocen que el choque entre las superpotencias los convirtió en jamón del sándwich y que amagaron con los derechos humanos para recuperar perfil.

Los delegados de la UE exigieron a China que autorice el envío de una “misión internacional independiente” de observación a Xinjiang. Se trata de una de las cinco regiones autónomas que forman parte de la República Popular China. Está ubicada en el extremo noroeste del país, abarca más de 1,6 millones de km2 y tiene una población de unos 20 millones de habitantes. Históricamente se ha conocido la región como Turquestán chino o Turquestán Oriental y está habitada principalmente por la etnia uigur, un grupo de origen turcomano y mayoritariamente musulmán. La histórica Ruta de la Seda atravesó el territorio desde el este hasta su frontera noroeste. La región fue incorporada al Imperio Chino en el último tercio del siglo XVIII y desde entonces forma parte del país. Desde 1955 tiene el estatuto de región autónoma especial. 

Concomitantemente con la guerra de Afganistán y los posteriores alzamientos islamistas en el mundo árabe e islámico, desde hace unos treinta años un grupo de militantes se ha radicalizado y formado el Movimiento Independentista del Turquestán Oriental, un grupo islamista formado en escuelas coránicas financiadas por Arabia Saudita, que ha realizado ataques terroristas y se ha enfrentado con las fuerzas gubernamentales chinas. Sus militantes, financiados por EE.UU., también han combatido en Afganistán, el Cáucaso y Oriente Medio. Es, por consiguiente, comprensible que las autoridades de Beijing cerraran las madrassa más radicales, persiguieran a los independentistas, establecieran campos de prisioneros e implantaran en la región a numerosos inmigrantes de la etnia mayoritaria Han, para debilitar la influencia de los islamistas. 

Europa conoce la situación y esta información no ha sido óbice para sus negocios con China en los últimos 35 años. Que ahora se escandalice es producto de la competencia entre su facción atlantista (liderada por los neerlandeses) seguidora de la política norteamericana, y las potencias mayores (Alemania y Francia) que intentan –ellas también con fuertes conflictos internos- construir una alternativa internacional independiente.

Además del gobierno norteamericano, la campaña antichina es impulsada por usinas ideológicas del mismo país que en informes sin fundamento ni fuentes verificables acusan a Beijing de llevar adelante un “genocidio cultural” en Xinjiang. Con esta campaña han impuesto su narrativa en los medios de la UE, creando una fuerte corriente antichina, crítica de las estrechas relaciones comerciales entre Bruselas y Beijing. Sólo la retrasada industria estadounidense, que cubre su incapacidad para competir con retahílas ideológicas, puede beneficiarse de este distanciamiento. Es evidente que los Estados Unidos quieren impedir todo acercamiento de Europa a China.

La alianza ruso-china, la pérdida de la vanguardia tecnológica, el retroceso forzado de EE.UU. en el Oriente Medio ampliado y la acelerada expansión de la Iniciativa china de la Ruta y la Franja (BRI, por su nombre en inglés) impulsaron al “Estado profundo” norteamericano a dar un salto estratégico, pasando de la guerra híbrida inaugurada en 2001 a la estrategia del ataque integral, fundamentalmente semiótico, comunicacional y mediático. Tanto los soportes republicanos como los demócratas dentro del mismo coinciden en totalizar aún más la estrategia bélica, hacia adentro y hacia afuera del país. Sólo difieren entre sí en la selección del enemigo principal: para los demócratas es Rusia, para los republicanos, China. El próximo 3 de noviembre debe dirimirse hacia dónde dirigir los cañones, pero con seguridad la batalla principal se va a definir en Europa.

Durante quince años Angela Merkel fue el péndulo de la oscilación europea. Más que una líder, fue la mediadora entre los atlantistas, los europeístas y los nacionalistas de todos los colores. Sus silencios prolongados y sus arbitrajes a último momento sirvieron para mantener pegada una construcción mal hecha y sin otro norte que servir de arenero a las grandes corporaciones y los bancos. Pero la presión de los neoconservadores norteamericanos, el resurgido poder de Rusia y el crecimiento de China han desequilibrado la balanza. Además, la salida de Gran Bretaña dejó a los atlantistas sin su principal sostén interno. Desacreditado su rol mediador, Merkel está tratando de llegar a un honroso final de ciclo en medio de la peor crisis sanitaria y económica de los últimos cien años. Hasta entonces el subcontinente boyará a la deriva. El piadoso deseo del belga Michel ya está cumplido en el sentido contrario: Europa es el campo del juego mundial entre la vieja superpotencia que se niega a bajar la cerviz y las nuevas/viejas que vuelven por sus fueros.

 

El autor agradece los intercambios con y la ayuda de Pepe Escobar, periodista brasileño con más de 20 años de experiencia en Asia, en la concepción de este artículo.

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miércoles, 9 de septiembre de 2020

Los demócratas garantizan la guerra, Trump quizás no

 

Al rechazar las intervenciones militares, Trump no miente

El Presidente aceptó el desafío de los más altos jefes del Pentágono, ratificó su voluntad de poner fin a «las guerras interminables» y de “traer a los muchachos de regreso a casa»

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
9 de septiembre de 2020

Eduardo J. Vior

Nadie duda de que el Presidente de los Estados Unidos ha construido su fortuna y su carrera mintiendo, fanfarroneando, amagando, estafando, etc. Una joyita el muchacho. Sin embargo, hay un punto central de su programa político en el que nunca ha mentido: terminar el ciclo interminable de guerras en el que está envuelta la superpotencia. Se trata del primer presidente desde 1898 que no ha iniciado ninguna intervención militar. Si gana la reelección en noviembre, seguirá adelante con el desescalamiento. Los jefes del Pentágono lo saben y, por ello, apuestan a que sea derrotado.

El jefe de Estado aseguró el lunes 7 que los principales líderes del Departamento de Defensa están comprometidos con la guerra, para contribuir con el enriquecimiento de los contratistas y empresas militares. “Hay alguna gente que no quiere que las tropas vuelvan a casa y quieren seguir gastando dinero”, declaró en una conferencia de prensa celebrada en la puerta norte de la Casa Blanca. “Se trata de una traición tras otra de los corazones de hielo globalistas”, añadió. Y continuó, «no estoy diciendo que los círculos militares me amen, pero los soldados me aman. Las personas más importantes del Pentágono probablemente no lo hagan, porque no quieren nada más que pelear guerras, para que todas estas maravillosas compañías que fabrican bombas, aviones y todo lo demás estén felices», sostuvo. Por el contrario, reiteró su deseo de poner fin a la política de «guerras interminables», para así poder traer a los soldados estadounidenses «de vuelta a casa». 

No es la primera vez que el líder norteamericano habla de “guerras interminables”. El pasado junio, durante la ceremonia de graduación de la academia militar de West Point, anunció el fin de esa época, subrayando que EE.UU. no es «la policía del mundo», dejando en claro que «no es deber» de las tropas estadounidenses «resolver conflictos antiguos en tierras lejanas de las que mucha gente nunca ha oído hablar». 

Trump continúa luchando contra las acusaciones de que en varias ocasiones se habría expresado despectivamente sobre los militares caídos en el exterior y que se habría referido a los estadounidenses muertos en la Primera Guerra Mundial enterrados en un cementerio estadounidense en Francia como «perdedores» y «fracasados», como lo citó el pasado jueves The Atlantic.

La relación de Trump con los mandos militares nunca fue buena, pero se tensó mucho desde que en junio pasado amenazó con usar la Ley de Insurrección y desplegar fuerzas armadas, para reprimir los disturbios civiles provocados por la muerte de George Floyd, el afroamericano que falleció a manos de la Policía el pasado 25 de mayo.

Gran parte de las aseveraciones de Trump en la conferencia de prensa del lunes respondían a las historias publicadas en los principales medios durante el fin de semana.

El último episodio del enfrentamiento entre el Presidente y los más altos jefes militares se dio, después de que el pasado jueves 3 The Atlantic publicó un informe en el que relataba que durante una visita al Cementerio Nacional de Arlington, cerca de Washington, en el Día de los Caídos (Memorial Day) -31 de mayo- de 2017- junto con el entonces Secretario de Seguridad Interior, el General John Kelly, cuyo hijo murió en Afganistán, el mandatario se habría expresado despectivamente sobre los caídos en combate en el exterior. Además, al cancelar en 2018 por motivos climáticos una visita al cementerio del bosque de Belleau, en Francia, donde en 1918 miles de soldados norteamericanos dejaron sus vidas, el jefe de Estado habría dicho “¿qué tengo que hacer allí, si son un montón de perdedores?” Si bien la Casa Blanca desmintió enérgicamente ambas aseveraciones, en medio de la polarización de la campaña electoral el informe fue pan comido para quienes quieren evitar su reelección en noviembre próximo. 

Más allá de que Donald Trump se haya expresado despectivamente sobre los caídos en las guerras exteriores de los Estados Unidos o no (es capaz de hacerlo y de negarlo al mismo tiempo), el actual entredicho responde a una crisis mayor: en un país que desde hace 122 años vive en guerra permanente, el voto de los soldados y de los veteranos es crucial en cualquier elección. El Presidente afirma tener el apoyo de la tropa y de los cuadros intermedios, pero sabe que el generalato y almirantazgo lo odian, primero, por elitismo y, segundo, porque desde hace 40 años han hecho de las guerras un lucrativo negocio: no sólo compran (muchas veces sin licitación) armamento y equipo a las empresas amigas, sino que, después que han destruido un país, avanzan con las empresas constructoras amigas para reconstruirlo.

El ex Secretario de Defensa James “perro loco” Mattis (enero de 2017 a diciembre de 2018), uno de los grandes intelectuales guerreros que cada tanto dan las fuerzas armadas estadounidenses, publicó en junio una furibunda columna de opinión contra el Presidente en The New York Times y ha formado un grupo de oficiales retirados llamado “Never Trump” (Nunca Trump), es decir, generales y almirantes republicanos que apoyan la candidatura de Joe Biden, para mantener en pie la estrategia de guerra de espectro amplio que EE.UU. viene llevando desde hace décadas. 

Donald Trump es un repulsivo líder nacionalista que, consciente de la debilidad del Imperio, quiere reducir su exposición en múltiples frentes de combate, para recuperar fuerzas y luego volver a disputar la hegemonía mundial en mejores condiciones. Joe Biden y su asesor de política exterior Tony Blinken, en cambio, son hombres del “Estado profundo”, fieles a los aparatos que los apañaron y celosos de las alianzas y negocios tejidos durante décadas. Con los demócratas la próxima gran guerra está garantizada. Con Donald Trump quizás se pueda evitar.

lunes, 31 de agosto de 2020

Rusia y China ya tomaron la delantera

 

Mientras EE.UU. discute sobre la guerra futura, Eurasia se unifica

por Eduardo J. Vior
InfoBaires24

31 de agosto de 2020

Eduardo J. Vior

En una semana en que demócratas y republicanos discutieron sobre quién es su enemigo principal, la mayor parte del mundo hizo las cuentas sin la superpotencia


Asolados por el coronavirus, con sus ciudades incendiadas y en medio de una crisis económica gigantesca que los atenaza, los Estados Unidos están dando una sensación de gran fragilidad. Sin grandes alharacas, en tanto, Asia se está uniendo aceleradamente, en un movimiento que cada vez más firmemente envuelve a Europa. Sin dudas, apenas asumido el próximo gobierno, el “Estado profundo” norteamericano va a reaccionar. De quién gane las elecciones del 3 de noviembre depende en qué dirección lo haga, aunque nadie se hace demasiadas esperanzas sobre las capacidades y habilidades adaptativas de ninguna de las facciones en pugna.

Quizás el aspecto más saliente de la flaqueza estadounidense sea la debilidad de su economía. En los últimos doce meses el dólar ha perdido el 5% de su valor en relación a una canasta de monedas y desde marzo pasado ha descendido el 10% en relación al euro. Un dólar barato puede ser positivo para los exportadores norteamericanos, pero malo para atraer inversiones de Bolsa y para respaldar su centralidad como moneda de referencia internacional. Como explicación más habitual se dan los malos datos de la economía o el creciente déficit comercial. Sin embargo, muchos analistas se preguntan cuánto durará como patrón de cambio.¿Puede ser remplazado por el yuan, el euro o una canasta de monedas?

Asia y Europa sumadas tienen ya un peso económico superior al de EE.UU.

Si bien los datos provistos por el FMI, el Banco Mundial y otras fuentes difieren, en 2019 EE.UU. produjo cerca del 25% del PBI global, pero alcanzó sólo el 15% de la paridad de poder adquisitivo (PPP). Por su parte, Eurasia produjo sólo el 55% del PBI global, pero llegó al 60% del PPP. En términos nominales, los mayores partícipes en la economía euroasiática fueron la UE (21%), China (16%), Japón (6%), la Asociación de Estados del Sureste Asiático (ASEAN, 4%) e India (3%). Japón, Corea del Sur, Taiwán y la ASEAN sumados llegan al 12%. En términos de PPP, la UE alcanzó el 13%, China el 20%, Japón el 4%, los países de la ASEAN el 6% e India el 8%. Los países del Este y Sureste de Asia combinados llegaron al 13%.

Este volumen económico adquiere peso político, cuando se consideran las alianzas de los últimos años. Desde principios del siglo XIX las potencias anglosajonas trataron de impedir que Rusia se hiciera fuerte y se aliara con Alemania y/o China. Desde hace cuatro años su alianza con China tiene carácter estratégico, esta última tiene un fuerte vínculo con Alemania y sólo falta que Rusia estabilice su lazo con la potencia europea, aunque probablemente para ello tenga que esperar a que se resuelva la sucesión de Angela Merkel en 2021.

 

El pasado 31 de julio se reunieron cerca de Beijing las tres facciones principales del Partido Comunista de China (PCCh): el grupo de Xi, el Grupo de Shanghai y los neomaoístas. Habitualmente se reúnen allí en verano durante una semana, pero este año, aduciendo los peligros de contagio, sólo se encontraron por unas horas. Interesante es que del encuentro salió el plan estratégico para los próximos 15 años que en octubre será sometido al Buró Político del Partido. O sea que las deliberaciones entre las distintas alas ya llevaban varios meses y en la reunión sólo se formalizó un acuerdo previo del que cabe destacar dos aspectos centrales: 1) la concentración en el crecimiento económico autosostenido y basado en el fortalecimiento del mercado interno, es decir, en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población; 2) la lucha por el restablecimiento del multilateralismo, del comercio libre y el libre flujo de capitales y tecnologías.

También en Rusia hay fuertes impulsos para que el país proceda en la misma dirección. Sectores de la elite vecinos a Vladímir Putin entienden que hay que exportar tanto oro, petróleo y gas como sea necesario para financiar las tecnologías indispensables para el desarrollo, pero reducir al mínimo la dependencia respecto a los proveedores occidentales. En este sentido, la asociación ruso-china brinda a ambos países inmejorables perspectivas. Los ferrocarriles y el gasoducto “Fuerza de Siberia” que unen a ambas potencias fortalecen su sinergia y les ofrecen la seguridad de comunicarlos por tierra.

El talón de Aquiles de la superioridad tecnológica china es su necesidad de importar semiconductores para el desarrollo de su TI e IA, pero esto parece estar resolviéndose desde una fábrica recientemente instalada en Rusia y el desarrollo de la propia industria china. De este modo, ambas potencias quedarían entrelazadas y a salvo de eventuales bloqueos norteamericanos.

A pesar de los numerosos reveses sufridos en los últimos años, Estados Unidos parece no haber aprendido otro lenguaje que el de las amenazas, para tratar de evitar la unidad de Eurasia. En la campaña electoral actual ambos partidos enarbolan banderas guerreristas, sólo que de signo diverso. Mientras que los republicanos –consecuentes con la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, por su nombre en inglés) de 2017- ven a China como enemigo principal, los demócratas –cuyo equipo de política exterior está coordinado por el obamista Tony Blinken- ponen el foco en Rusia. Se trata de dos facciones del mismo “Estado profundo”, pero ninguna tiene alternativas para recuperar la capacidad de competencia económica de la superpotencia.

Estados Unidos parece no haber aprendido otro lenguaje que el de las amenazas, para tratar de evitar la unidad de Eurasia

Intentaron realizar una “revolución de colores” en Bielorrusia, pero lo hicieron tan torpemente que empujaron definitivamente a Aleksander Lukashenko a los brazos de Vladímir Putin. Impulsaron a Benyamin Netanyahu a anunciar la pronta anexión de gran parte de Cisjordania, pero el miedo a precipitar un enfrentamiento con Rusia e Irán, para el que no están preparados, los hizo recular de la aprobación final. Apartaron a India del lucrativo negocio de la construcción del puerto de Chandahar en Irán, por el que el país surasiático podría haber accedido al mercado de Asia Central, y el proyecto quedó incluido en el gigantesco proyecto de infraestructura chino-iraní por 400 mil millones de dólares. Trataron de cercar a China en su Mar Meridional y ésta se abre camino hacia los mares australes a través de Paquistán, Laos y Tailandia. La retirada del primer ministro japonés Shinzo Abe es la próxima piedra de toque para verificar si aprendieron algo más que a hacer la guerra.

Estados Unidos perdió el rumbo.En los últimos cinco años Rusia y China hicieron realidad la unidad de Eurasia, la masa continental sumada ya supera el poderío económico de la superpotencia y, si Rusia se entiende con Alemania, Europa seguirá por añadidura. Ante este panorama, el Pentágono puede tratar de bloquear las líneas de suministros ruso-chinas, particularmente las marítimas, pero, amén de los riesgos bélicos que esta política obstructiva implica, esta estrategia no ofrece alternativas para superar el retroceso relativo de Estados Unidos.

La superpotencia se debe un debate sobre su economía y su lugar en el mundo que las simplificaciones propagandísticas que ambos partidos están usando en la campaña electoral no remplazan. El tiempo corre y las decisiones urgen. Cuanto más se retrasen, mayor será la ventaja de sus competidores.

domingo, 23 de agosto de 2020

En EE.UU. la campaña electoral asemeja una guerra

 

Patriotas y globalistas van por todo


Eduardo J. Vior

La diferencia entre 4 y 10 puntos que la mayoría de las encuestas da a favor de Joe Biden y la amplitud del abanico de corrientes representado en la Convención Nacional del Partido Demócrata reunida (virtualmente) entre el lunes y el jueves pasado en Milwaukee, Michigan, podrían generar la errónea creencia de que la elección presidencial del 3 de noviembre ya está jugada. Sin embargo, la publicación de una comprometedora foto de Bill Clinton y la detención de Steve Bannon dan cuenta de los violentos bandazos que patriotas y globalistas se están dando. En noviembre ambos juegan a todo o nada. Ni los programas ni los discursos son relevantes. Por primera vez desde 1860 la elección norteamericana es realmente el escenario de una lucha por el poder.

El pasado jueves por la mañana fue detenido en Manhattan Steve Bannon, el artífice del triunfo electoral de Donald Trump en 2016 y por corto tiempo su consejero nacional de Seguridad. La Segunda Fiscalía Federal del Distrito lo acusó por defraudación y malversación, luego de revelarse que los 50 millones de dólares que la ONG We Built the Wall (Construimos el Muro) había recaudado públicamente de donantes privados para la construcción de un tramo del muro fronterizo con México habían sido malversados por él y sus cuatro socios. En caso de ser condenado le corresponderían hasta 20 años, pero la Fiscalía espera que el reo colabore denunciando a implicados en otras causas. Significativamente, al mismo tiempo se supo que el fiscal federal actuante hasta junio pasado en el mismo distrito, Geoffrey Berman, estaba investigando los negocios de Rudy Giuliani, el exalcalde de New York y actualmente abogado personal del presidente. Aunque no se sabe si las causas están conectadas, llama la atención la simultánea detención de Bannon.

Conociendo la política norteamericana, es imposible no tener la sensación de que la fiscalía actuó el jueves, cuando debía concluir la Convención Demócrata como respuesta a la publicación el martes en el británico Daily Mail de fotos que tomadas al expresidente Bill Clinton en 2002 y que lo comprometerían seriamente con Jerry Epstein, el magnate muerto en agosto de 2019, mientras esperaba el proceso por tráfico de menores, prostitución y reducción a la servidumbre en innúmeros casos. “Curiosamente”, las fotos fueron publicadas el mismo día en que Clinton debía hablar ante la reunión del Partido Demócrata.

En las fotos, tomadas aparentemente durante una escala en un aeropuerto durante un vuelo caritativo a África, se ve al exmandatario siendo masajeado en la nuca por Chauntae Davies, entonces de 22 años, quien durante años habría sido violada y sometida por Epstein y luego se convirtió en su principal denunciante. No obstante que Davies declaró al Daily Mail que Clinton durante el viaje se comportó como “un perfecto caballero”, la foto confirmaría las versiones sobre sus vínculos con el magnate. En declaraciones a Forbes dadas el año pasado, en cambio, el exmandatario había declarado que no sabía nada de las atrocidades de su conocido.

Confirmando la dureza del enfrentamiento electoral de este año, en su discurso del miércoles a la noche ante la Convención el expresidente Barack Obama calificó al presidente Trump de “vago”, incapaz de hacer su trabajo o, incluso, de tomárselo en serio. Según Obama, Trump no ha mostrado interés en hacer otra cosa que “conducir la presidencia como si fuera un reality show”. “Donald Trump no creció en el cargo desde que lo ejerce, añadió el expresidente, simplemente porque es incapaz de hacerlo”. Estados Unidos había sabido construir un culto en torno a su máxima magistratura y desde hace más de un siglo no hay memoria de que un exmandatario trate así al presidente en funciones.

Del lunes al jueves se realizó en Milwaukee (Michigan) la Convención Nacional del Partido Demócrata que el miércoles proclamó la fórmula presidencial Joe Biden-Kamala Harris. Por precaución ante la pandemia de Covid-19, la reunión se hizo casi completamente en forma virtual. Tuvo momentos estelares, como el discurso de Michelle Obama el lunes y los de Barack Obama y Kamala Harris el miércoles, no el de Biden. «Ahora y acá, si me confían la Presidencia, sacaré lo mejor de nosotros, no lo peor; elegiré la verdad, sobre la ficción, la luz, sobre la oscuridad», aseguró el dirigente de 77 años desde la ciudad donde vive hace años, Wilmington, Delaware, en su discurso. Su alocución fue prolija, con una convocatoria al resurgimiento nacional desde la oscuridad de la pandemia y la crisis económica, pero no fue para entusiasmar.

Joe Biden es un político profesional que, después de haber transitado todos los pasillos de Washington, a los 78 años llega a competir por la presidencia contra un jefe de Estado, ciertamente de 74 años, pero mucho más aguerrido y dispuesto a todo.

Biden y Susan Rice, la exconsejera Nacional de Seguridad de B. Obama, que suena para Secretaria de Estado en un gobierno demócrata

El candidato demócrata ha congregado detrás suyo un abanico multicolor de minorías, está movilizando a los jóvenes e, incluso, tratando de atraer a votantes republicanos de centro. No obstante, si bien su programa se abrió hacia el centroizquierda, sus cuadros, sus votantes y su propio perfil están en el centro del espectro político. El propio equipo para un eventual gobierno que ya está empezando a conformar va en la misma dirección. Sus asesores explican la contradicción entre su programa, su perfil y sus cuadros por su “pragmatismo”. Sin embargo, el rol decisivo de Tony Blinken, el exsubconsejero de Seguridad Nacional en el gobierno de Obama-Biden, como coordinador para política exterior, y el de Lawrence Summers, el exsecretario del Tesoro que salvó a los bancos en 2009, muestran que nada ha cambiado en el aparato demócrata. No importa con qué programa y qué perfil de votantes suban al gobierno, lo ejercerán para las grandes corporaciones de IA y TI, para los mayores bancos y fondos de inversión, si es necesario, con el apoyo de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia. Trump, por el contrario, es el defensor de la industria metalmecánica, del carbón y del petróleo, todas industrias que la revolución 4.0 está dando vuelta o dejando de lado.

Estados Unidos se encuentra en un trilema: si persiste en la política aislacionista y proteccionista de los últimos años, protegerá a su economía de la competencia exterior y agudizará los enfrentamientos comerciales, pero perderá mercados y el interno no le bastará para recuperar el paso en la competencia por la hegemonía mundial. Si retorna al globalismo, en tanto, se verá invadido por la producción importada y no podrá crear suficientes puestos de trabajo competitivos. La reforma ecológica de la economía, finalmente, requeriría un control democrático del poder hoy inexistente. La encerrona en la que se encuentra la mayor potencia del mundo necesariamente va a hacer la campaña electoral más y más violenta. De aquí a noviembre presenciaremos una gran batalla de barro sin final claro.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Líbano se acerca a Siria, Irán y China

 

No siempre cuando peor es mejor

La burda explotación de la catástrofe libanesa por Francia y EE.UU. puede convertirse en un búmerang, pero todo depende de la templanza de los líderes del país de los cedros

Eduardo J. Vior

Probablemente muchos líderes mundiales conozcan ya la causa de la tremenda explosión que el pasado martes 4 devastó el centro de Beirut, mató a cerca de 200 personas e hirió a otras 6.000, pero por motivaciones diversas, y hasta encontradas, ninguno de ellos muestra interés en revelarla. La detonación en el puerto de la capital libanesa, en efecto, es un punto de no retorno, pero nadie sabe a dónde lleva el camino.

En un apresurado tuit el mismo martes el presidente Donald Trump puso que “de acuerdo a las informaciones de mis bravos generales se trató de un ataque” y añadió “fue algún tipo de bomba”. Poco después borró su anuncio y su secretario de Defensa, Mark Esper, sostuvo ante la prensa que se había tratado de un “accidente”.

El pasado viernes 7, el presidente de Líbano, Michel Aoun, prometió una investigación exhaustiva de la explosión y la adjudicó “o a un accidente o a un cohete”, pero rechazó la formación de una comisión internacional investigadora por falta de garantías de neutralidad.

En tanto, el mismo día Thierry Meissan, analista francés exiliado en Damasco desde hace muchos años, aseveró en su blog (https://www.voltairenet.org/article210674.html) que la explosión se originó en el ataque de un proyectil israelí de nuevo tipo que habría afectado un depósito de cohetes de Hizbulá, el partido chiíta que forma parte del gobierno libanés. Sin embargo, como acotó el analista brasileño Pepe Escobar en un artículo publicado en Asia Times el sábado 8, si hubiera estallado un depósito de armas, a la primera detonación la habría seguido una serie de explosiones más pequeñas. De hecho, sólo hubo dos en un breve lapso. 

No obstante, la hipótesis del accidente no es creíble. Como confirmó la inteligencia libanesa este martes 11, en ese depósito del puerto de Beirut había 2.750 toneladas de nitrato de amonio decomisados en 2014 a un barco ruso cuyo capitán huyó sin dejar rastros. El nitrato de amonio es un fertilizante muy utilizado, pero que puede convertirse en un explosivo si se lo combustiona externamente. 

Desde el fin de la guerra civil 1975-90, fracturado entre sus numerosas etnias y confesiones y ubicado en la línea del frente contra Israel, Líbano ha logrado sólo una paz precaria. Para evitar los enfrentamientos sectarios que arrasaron el país e hicieron posible la invasión israelo-norteamericana de 1982, el gobierno incluye a representantes maronitas (católicos de rito oriental), sunitas y chiítas. Este reparto del poder se extiende a todas las instituciones y organismos del Estado, favoreciendo el clientelismo y la corrupción. Gracias al apoyo iraní, a su capacidad organizativa que lo ha convertido en el verdadero gobierno del sur del país y a las alianzas que ha ido tejiendo con otras fuerzas chiítas y maronitas, Hizbulá tiene una influencia determinante sobre la política libanesa, aun sin la mayoría en el gobierno y el parlamento.

Tradicionalmente, Beirut es además el centro bancario y financiero del Medio Oriente. Si a este factor se suman la vecindad de Siria, la influencia iraní y la guerra con Israel, puede entenderse que allí los espías y traficantes se pisen los callos, reduciendo al mínimo la gobernabilidad.

Este esquema estalló en octubre de 2019, cuando se derrumbó una pirámide financiera armada por el propio Banco Central, junto con devastadores incendios en los montes del oeste. La crisis monetaria llevó a una gigantesca devaluación e inflación, rápidamente aprovechada desde afuera para desestabilizar al gobierno. En un intento de relanzar la economía y la política, en enero de 2020 se formó un nuevo gabinete técnico de coalición con los votos de Hizbulá y partidos cristianos y sunitas aliados, pero el estallido de la pandemia y la oposición de la mayoría de la comunidad sunita bloquearon sus esfuerzos. Ahora, las explosiones en el puerto sirvieron de pretexto para el resurgimiento de un movimiento sólo aparentemente espontáneo de repudio a toda la clase política, al que se sumó el presidente francés Emmanuel Macron, quien durante su visita relámpago a la excolonia (1860-1946), el pasado jueves 6, condicionó la ayuda francesa y la participación de sus empresas en la reconstrucción a la dimisión del gobierno. Como Hizbulá está catalogado por Washington y otras potencias occidentales como “organización terrorista”, si bien es parte de un gobierno legal y reconocido internacionalmente, la promesa norteamericana y francesa de enviar ayuda suena hueca, porque es imposible distinguir qué sectores de la población se vinculan con el Partido de Dios y cuáles no.

La explosión del martes causó una enorme destrucción
La explosión del martes causó una enorme destrucción

Para Líbano, un país que vive del comercio e importa el 85% de los granos que consume (que se almacenaban en los hoy destruidos silos del puerto), la magnitud de la tragedia va mucho más allá del costo de los destrozos (por lo menos 15.000 millones de dólares). Sin comida ni instalaciones portuarias para recibir ayuda internacional, se avecina una crisis alimentaria aguda.

Ya en febrero de 2016 Benyamin Netanyahu había acusado a Hizbulá de guardar armas en el el puerto de Beirut y en un tuit publicado el pasado martes 4 anunció que “golpeamos una célula. Vamos a hacer lo necesario para defendernos. Sugiero que todos, incluso Hizbulá, lo tengan en cuenta.” Ya previamente Israel había amenazado con destruir infraestructura libanesa, si la milicia chiíta atacaba a soldados israelíes. De hecho, la explosión siguió en pocos días a sospechosas detonaciones en Irán, choques en la línea de demarcación sirio-israelí y al llamativo silencio de Donald Trump, quien no ha autorizado aún la anexión de Cisjordania.

Además de estar enfrentados, Israel y Líbano compiten por ser terminales mediterráneas del Nuevo Camino de la Seda. China ha concertado con Israel la construcción de una gigantesca terminal portuaria en Haifa, pero todavía no han comenzado las obras, porque EE.UU. teme al espionaje chino sobre la VIª Flota que atraca habitualmente allí. Por esta razón Beijing también quiere construir una terminal en el puerto de Beirut. Este plan explica la prisa francesa en ofrecer los servicios de sus empresas para reconstruir la ciudad y el puerto.

Sin embargo, Siria e Irán ya han tomado la delantera: Teherán ha anunciado el envío de un hospital de emergencia, alimentos, medicinas e insumos médicos. Siria, por su parte, abrió sus fronteras a los libaneses, está acogiendo heridos en sus hospitales y enviando equipos médicos. Aunque la aviación norteamericana regularmente ataca sus silos graneleros, este país sigue siendo un gran productor de cereales y ha anunciado una generosa ayuda para su vecino.

El intento de provocar o, al menos, aprovechar la catástrofe en el puerto de Beirut para hambrear a su población e imponerle el sometimiento al FMI, está empujando a Líbano cada vez más hacia una alianza con Siria, Irán y China. Claro que para ello el país de los cedros debe sacudirse la elite corrupta que le dejó la herencia colonial francesa. Los próximos meses serán decisivos para la suerte de Medio Oriente y la paz mundial.

miércoles, 5 de agosto de 2020

La política exterior demócrata sueña con el viejo Imperio

Con Biden vuelven el globalismo y el militarismo

Eduardo J. Vior

Habitualmente la política exterior no ha tenido un papel muy importante en las campañas presidenciales norteamericanas. El Partido Demócrata y el Republicano han estado casi siempre de acuerdo en las líneas maestras de la estrategia internacional. Sin embargo, desde el inicio de su gobierno, fiel a su consigna “America first”, Donald Trump puso la agenda diplomática de cabeza. En el único punto que demócratas y republicanos coincidieron fue en las amenazas contra China. Por ello, como parte de un amplio proyecto para recuperar el poderío de Estados Unidos en el mundo, el de facto candidato demócrata Joe Biden centra su propuesta internacional en la confrontación con la República Popular.

Los estudiosos de la política exterior norteamericana suelen decir que la diplomacia norteamericana es como un portaviones: cuesta mucho ponerlo en curso, pero cuando se lo logra, es dificilísimo torcer su rumbo. Trump tardó un año en retirar a su país del tratado nuclear con Irán, pero aún no logró que los europeos lo sigan. Los anunciados alejamientos del acuerdo sobre el clima y de la Organización Mundial de la Salud (OMS) no estarán formalizados antes de la elección de noviembre. Cumplir su decisión de retirar miles de efectivos de Alemania y desplegar una parte en Europa Oriental demorará años. Además, el volantazo que el presidente quiso dar en la política exterior se vio trabado por la inexperiencia de gran parte de su equipo, por el sabotaje de los militares, diplomáticos y altos funcionarios de la inteligencia (el “Estado profundo”) y por su carácter tan poco diplomático. No obstante, a Donald Trump hay que reconocerle que es el primer presidente desde 1898 que no inicia ninguna guerra exterior. Para los latinoamericanos, en particular, es fundamental que, más allá de su arrogancia, desde 2017 el mandatario ha bloqueado todos los intentos de intervención violenta y, sucesivamente, ha remplazado a sus funcionarios más agresivos, como John Bolton o Elliot Abrams.

Por el contrario, Joe Biden, con 40 años de experiencia en el Senado y ocho como Vicepresidente de la Unión (2009-17), está estrechamente imbricado con el servicio diplomático, los militares y las agencias de inteligencia. Conoce al dedillo los intereses y las necesidades de las grandes corporaciones de su país en el exterior y llama a muchos dirigentes extranjeros por su nombre de pila.

Consecuentemente, su equipo de campaña incluye una selección de los más granados asesores demócratas en política exterior: Jake Sullivan fue jefe de Planeamiento del Departamento de Estado en la presidencia de Barack Obama, Nicholas Burns desempeñó altos cargos diplomáticos durante las presidencias de George W. Bush y Bill Clinton. Tony Blinken, por su parte, fue Subsecretario de Estado y Subdirector del Consejo Nacional de Seguridad en la época de Obama. Susan Rice, finalmente, fue Consejera de Seguridad Nacional y embajadora ante la ONU en el gobierno de Obama.

Como los demócratas han decidido que el segundo puesto de la fórmula sea para una mujer y, preferentemente, negra, Rice está también entre las cuatro precandidatas a la Vicepresidencia. Si ella, finalmente, no fuera seleccionada, pero él resulta electo, sin dudas será una de sus principales consejeras.

 


Tony Blinken, ideólogo de la política exterior demócrata

Blinken, en tanto, suena para Secretario de Estado y su socia Michèle Flournoy, para la Secretaría de Defensa en la que ella ya sirvió como Subsecretaria entre 2009 y 2012. Ambos han fundado una empresa de consultoría, WestExec Advisors, que asesora a una variedad de firmas tecnológicas, como Uber, el laboratorio de ideas de Google, Jigsaw, la empresa israelí de inteligencia artificial Windward, así como diversos fondos de inversión y de riesgo. Muchas de estas firmas tienen actividades poco claras, de modo que –en caso de que ambos lleguen al gobierno- existe un fundado temor de que haya tráfico de influencias.

Biden podría criticar la pésima respuesta de Trump a la pandemia de COVID-19, su negativa a escuchar el consejo de sus asesores científicos, su incapacidad para impulsar el rápido desarrollo de tests que podrían haber ahorrado vidas y las carencias de material de protección para el personal sanitario, pero ha preferido asimilarse al discurso de su adversario y mostrarse más antichino que él. De hecho, Biden está repitiendo las tácticas que fueron exitosas en el pasado, cuando, por ejemplo, Bill Clinton ganó la elección de 1992 mostrándose como más pro-empresario y punitivista que su adversario Bush (padre) o cuando Barack Obama en 2009 entregó ingentes sumas a los bancos y en años sucesivos batió el récord de asesinatos de adversarios con drones. La conclusión fue que ambos pudieron gobernar dos mandatos cada uno, pero el Partido Demócrata perdió la mayoría en el Senado y varias veces también en la Cámara de Representantes. Entre el original y la copia los electores prefieren el primero.

Aunque fueron los republicanos quienes en 1972 establecieron las relaciones diplomáticas con la República Popular, suena creíble que, por razones ideológicas, critiquen las políticas chinas de derechos humanos y de libertad de expresión. Considerando los pingües negocios que las corporaciones norteamericanas han hecho en y con China desde la década de 1990, suena absurdo que los demócratas ahora quieran enfrentar al gigante asiático con una retórica que toman prestada de Trump.

Lo mismo puede decirse de los demás campos cruciales de la política exterior:
– En el Medio Oriente el equipo de Biden ha prometido reanudar la asistencia a la Autoridad Nacional Palestina y a las agencias que atienden a los refugiados palestinos en distintos países. Sin embargo, no ha respondido si retrotraerá la decisión de Trump de trasladar la embajada a Jerusalén ni que hará, si Israel concreta la anexión de Cisjordania antes del cambio de gobierno.
– Ha prometido, sí, que EE.UU. volverá a ser miembro de la UNESCO, del Consejo de Derechos Humanos y de la Organización Mundial de la Salud. Habrá que ver con qué condiciones.
– Su actitud hacia Europa será mucho más conciliatoria que la del presidente actual y tratará de reforzar la alianza atlántica, pero no han aclarado como se comportarán ante la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea ni cómo tratarán el creciente conflicto entre su estrecho aliado Polonia y los viejos socios Alemania y Francia.
– En África, en tanto, procurará intensificar la presencia norteamericana y combatir la influencia china, pero no se sabe con qué medios.
– En Asia Oriental, a su vez, propone volver al curso tradicional y fortalecer la presencia militar norteamericana en Japón y Corea del Sur, mientras revisa la diplomacia personal que Trump ha llevado con el presidente norcoreano Kim Jong-Um.
– Hacia América Latina, finalmente, el candidato demócrata propone suspender la expulsión de inmigrantes indocumentados mientras trascurren sus procesos judiciales, redireccionar partidas presupuestarias destinadas a la construcción del muro fronterizo hacia otros destinos, retomar el diálogo con Cuba llevado adelante por Obama y fortalecer la cooperación panamericana. Precisamente en este punto se esconde la clave de su política hacia el continente: los principales socios de la “cooperación panamericana” son Brasil y Colombia, cuyas fuerzas armadas desde hace tiempo apuntan hacia Venezuela. ¿Es una guerra regional el precio de la “nueva” política demócrata hacia América Latina?

Repitiendo las viejas tácticas, con el personal de hace 25 o 10 años, es difícil que Joe Biden pueda hacer una política exterior nueva, pero el mundo ha cambiado: Estados Unidos sigue siendo la mayor superpotencia, pero ha perdido el liderazgo. Sus competidores, entre tanto, han armado un sólido bloque defensivo y en América Latina el Comando Sur mantiene su capacidad destructiva, pero no tiene mucho que ofrecer. La falta de sentido de realidad de los estrategas norteamericanos puede ocasionar un desastre.