miércoles, 28 de octubre de 2020

El plebiscito chileno cambia la correlación de fuerzas

 Vamos completando el abecedario

Eduardo J. Vior

Tras la elección boliviana, el plebiscito constituyente en Chile resquebraja aún más el cerco montado alrededor de Argentina, aunque todavía falta Brasil y hay muchos imponderables

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
28 de octubre de 2020

En su obra póstuma de 1944 (“La Geografía de la Paz”) el geopolítico holando-norteamericano Nicholas Spykman (1893-1943) afirmó (aproximadamente) que “el Caribe es un lago interior de los Estados Unidos. Nada de lo que ocurra en sus márgenes puede escapar a nuestro control. En cambio, en el extremo sur de América, Argentina tiene las características y capacidades para convertirse en una gran potencia, si logra asociarse con Brasil y Chile. En ese caso, liderará a todo el continente y se convertirá en nuestro rival más fuerte. A toda costa debemos impedir que esos tres países se unan.” 76 años más tarde la sentencia geopolítica mantiene su vigencia. Por eso es que desde la década de 1970 EE.UU. ha hecho ingentes esfuerzos por cercar a Argentina. Cuando no dominaba a todos los países en su entorno, por lo menos controlando Chile impedía la integración política de la región, pero el plebiscito chileno del domingo pasado muestra que el cerco se resquebraja y la elección municipal brasileña del 15 de noviembre puede abrir un rumbo aún más ancho en el muro imperial. No obstante, falta todavía mucho para recuperar nuestra independencia.

El resultado de la votación del pasado 25 de octubre es categórico e inapelable. Tras un parto durísimo, la sociedad chilena ha reiniciado su transición hacia la democracia. La convocatoria a la Convención Constituyente es el primer paso legal para desmontar el complejo y tramposo entramado de privilegios y enclaves autoritarios establecidos a lo largo de medio siglo. La redacción de una nueva Constitución es el pasadizo que Chile ha elegido recorrer para reencontrarse con la democracia, brutalmente tronchada por el golpe de 1973 y sólo reconstruida con muchas cortapisas en los largos treinta años de gobiernos de derecha y de la Concertación.


El Estadio Nacional, centro de torturas de la dictadura pinochetista, convertido este domingo pasado en local electoral

A un año de las protestas masivas que reclamaron reformas estructurales, el pueblo chileno acudió a las urnas este domingo y optó mayoritariamente por el cambio de la Constitución impuesta por Augusto Pinochet en 1980. Con una participación electoral del 50% (mucho más del 40% que votó cuando se eligió a S. Piñera en 2018), el 78% manifestó su apoyo a la redacción de una nueva Carta Magna, al mismo tiempo que triunfó la opción de la Convención Constitucional como mecanismo reformatorio.

El plebiscito fue convocado en noviembre de 2019 tras un acuerdo político de las principales fuerzas políticas, acorraladas por la presión de las masivas movilizaciones en las principales ciudades del país. Luego de que el Comandante del Ejército, el general Ricardo Martínez Menanteau, dejara en claro que las fuerzas armadas no intervendrían en la represión de las protestas, el Gobierno convocó a las urnas para el mes de abril, pero debido a la pandemia de Covid-19 pospuso más tarde la votación para este fin de semana pasado.

A partir del triunfo del “Sí” ha comenzado un proceso de dos años, durante el cual debería redactarse y votarse la nueva Constitución. En un apretado cronograma, en ese lapso la ciudadanía estará convocada a acudir siete veces a las urnas: el próximo 11 de enero vence el plazo para la inscripción de las candidaturas a convencional constituyente; el 11 de abril siguiente se eligen los 155 convencionales (50% varones y 50% mujeres), además de realizarse las elecciones municipales y de gobernadores; el 17 de mayo se instalará la Convención, que hasta el 1º de marzo de 2022 debe entregar el texto de la nueva Constitución. Si hasta ese momento no lo tiene, dispondrá de una prórroga hasta el 1º de junio siguiente. Finalmente, para el 1º de agosto de 2022 está previsto el plebiscito de aprobación de la nueva Carta que, por primera vez, deberá hacerse por voto obligatorio. En el entretiempo, el 21 de noviembre de 2021 se votará al nuevo presidente de Chile, lo que a su vez supone previamente la realización de elecciones primarias.

  

Este calendario condiciona muchas decisiones, porque obliga a las fuerzas políticas a formular plataformas y definir candidaturas en dos meses y medio. Además, el acuerdo de noviembre pasado aceptó que todas las decisiones de la Constituyente deben adoptarse por mayoría de dos tercios, de modo que la actual oposición tendrá que hacer un esfuerzo máximo para unificar fuerzas tan diversas como los partidos de la Concertación (que gobernó entre 1990 y 2009), la “Nueva Mayoría” (entre 2013 y 2017), el Frente Amplio y la variopinta oposición extraparlamentaria que creció al calor de las movilizaciones entre octubre y marzo pasados. Bastaría con que la derecha junte 52 convencionales en la votación de cualquier artículo, para obstaculizar su aprobación. Lo mismo puede suceder con el texto completo. Probablemente –estiman observadores avezados- la nueva Constitución se limite a establecer principios y normas generales, reconociendo derechos sociales y ambientales, pero dejando su legislación a leyes especiales que deberán conquistarse a lo largo de los próximos años. El poder de veto remanente del pinochetismo impone pues a las fuerzas populares una sólida vocación de unidad, aliento largo y creatividad.

Un capítulo aparte, pero sumamente importante, será el perfilamiento internacional de Chile en el período de transición. El país trasandino tiene 26 acuerdos de libre comercio (entre ellos el de Asia y el Pacífico), desde 1973 coopera estrechamente en materia militar y de seguridad con Estados Unidos, participa en el Grupo de Lima contra Venezuela y tradicionalmente colabora con el Reino Unido en el control del paso interoceánico y el acceso a la Antártida. Dar plena vigencia a los derechos al agua, a la salud y a la educación (reivindicaciones centrales de las protestas desde octubre de 2019) y reconocer los derechos de jubilados y pensionados implica afectar intereses corporativos protegidos por acuerdos internacionales. Por consiguiente, para evitar el resurgimiento de la derecha y satisfacer las demandas por derechos el pueblo chileno necesitará coordinar sus esfuerzos con las demás fuerzas que en la región e internacionalmente pugnan por la democracia y la justicia social.

Después del triunfo del MAS en Bolivia, el resultado del plebiscito constituyente en Chile revierte con todavía más fuerza la ola reaccionaria iniciada en 2014 en Brasil. También la elección municipal brasileña del 15 de noviembre próximo puede ayudar a invertir la tendencia, pero nada remplaza la imprescindible unidad y movilización permanentes de nuestros pueblos.

El proyecto de pacto ABC (Argentina, Brasil y Chile) fracasó en los gobiernos de Hipólito Yrigoyen y Juan D. Perón. Ahora se sumó Bolivia. Desde este domingo marchamos hacia un nuevo ABC, pero necesitamos un ABBC. Vamos completando el abecedario.

lunes, 19 de octubre de 2020

En EE.UU. se acerca el momento de la decisión

 

Ya queda poco margen para sorpresas

Eduardo J. Vior

Dado que todas las encuestas dan a Joe Biden una cómoda ventaja sobre Donald Trump y que el tiempo hasta la elección se acorta, sus posibilidades de revertir la tendencia son muy reducidas

Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
19 de octubre de 2020

A poco más de dos semanas del 3 de noviembre, el candidato demócrata a la Presidencia lidera ampliamente en todas las encuestas nacionales y también en la mayoría de los estados oscilantes, incluso en aquéllos tradicionalmente demócratas de la “Franja de Óxido” (la antigua región industrial en torno a los Grandes Lagos devastada por el cierre de industrias desde la década de 1970), varios de los cuales Donald Trump conquistó en 2016. Biden supera también al presidente en la cantidad de donaciones que ha recibido y está gastando muchísimo más que él en la propaganda por los canales de aire. Si bien nadie descarta una sorpresa, el tiempo corre y la elección se aproxima.

En la jerga política norteamericana se llama “Sorpresa de Octubre” (October surprise) a las acciones inesperadas que puede emprender un presidente que busca el segundo mandato en las semanas previas a la elección. Esas “sorpresas” generalmente se han dado en el exterior, mayormente escenificando algún ataque enemigo contra blancos norteamericanos, para despertar la solidaridad patriótica de los votantes con el jefe de Estado. Sin embargo, esta vez no parece que el Pentágono y la CIA tuvieran tiempo para preparar el teatro: provocaron en el Mar Negro, amenazan en el Mar de la China Meridional, trataron de llevar a cabo una “revolución de colores” en Bielorrusia, agravaron las sanciones contra Irán y en ningún caso tuvieron respuesta a sus provocaciones.

Ahora el presidente está intentando escenificar una “sorpresa” dentro de Estados Unidos, pero sin éxito. El martes pasado el diario sensacionalista The New York Post publicó el primero de una serie de informes sobre las actividades corruptas de Hunter Biden (el hijo mayor del candidato demócrata) en Ucrania en el período inmediatamente posterior al golpe de estado de febrero de 2014. Con suculentos pagos a autoridades ucranianas el vástago del entonces vicepresidente se habría asegurado contratos exclusivos para una comercializadora de petróleo y gas en la que participaba junto con sus socios ucranianos. A pesar de las advertencias de diplomáticos estadounidenses Joe Biden habría persistido entonces en proteger a Hunter.

La denuncia no es nueva. Ya hubo algunas publicaciones al respecto el año pasado, cuando los demócratas comenzaron el fallido proceso de juicio político contra el presidente. Lo absolutamente nuevo es que las redes sociales hayan censurado la publicación que, entonces, los republicanos difundieron por correo electrónico. Con esta censura las mayores empresas de información y comunicación demostraron no sólo el poder omnímodo que ejercen sino su imbricación con la comunidad de inteligencia y su apoyo a la candidatura demócrata.

A Trump, por lo tanto, le queda muy poco tiempo, para remontar la diferencia que le lleva Biden. En el debate entre ambos candidatos que se realizará el jueves próximo en Nashville (Tennessee) deberá presentarse con un perfil muy diferente al del primero, si es que quiere recuperar puntos.

Hasta el viernes pasado 20 millones de votantes habían ya mandado su sobre por correo. Esta inédita afluencia de sufragantes tempranos puede adjudicarse en parte a su temor a que las aglomeraciones en los locales de votación aumenten el contagio de Covid-19, pero también a una mayor movilización de los votantes demócratas.

En el promedio nacional de las encuestas que Real Clear Politics (RCP) publica en ningún momento de la campaña Trump ha podido reducir la ventaja de Biden a menos de cinco puntos. La relativa estabilidad de las diferencias en las sucesivas encuestas, tanto nacionales como estaduales, sugiere que los votantes tienen una opinión consolidada sobre Trump y su gobierno. Una importante minoría de ellos (entre el 30 y el 35%) adora al presidente y su voto es inconmovible. El presidente puede contar también con otros grupos conservadores que, no obstante las actitudes personales del jefe de Estado, lo siguen en tanto garante del cumplimiento de una agenda conservadora, como, por ejemplo, sucederá con la muy probable confirmación de Amy Coney Barrett en la Corte Suprema, la tercera jueza que el presidente designa allí y en este caso aún antes del 3 de noviembre.

Sin embargo, las fronteras del apoyo a Trump parecen estar rígidamente dibujadas. De acuerdo a una encuesta realizada por NBC News y el Wall Street Journal la semana pasada, el 47% de los votantes empadronados afirmó que “desaprueba enérgicamente” el resultado de la presidencia de Trump contra sólo un 32% que la aprueba entusiastamente. La misma encuesta otorgó a Biden una ventaja de 11 puntos en el promedio nacional.

Hay dos factores que muy especialmente justifican la calificación negativa de la gestión presidencial republicana: en primer lugar, su manejo desastroso de la pandemia. Segundo, Trump se ha malquistado con las mujeres de todas las formas posibles. En la encuesta de NBC News y Wall Street Journal el 60 por ciento de ellas rechaza al presidente contra el 34 por ciento que lo apoya. Por el contrario, entre los hombres el 50 por ciento aprueba su desempeño contra el 45 por ciento que lo rechaza. No parece haber habido algún hecho o actitud en particular que haya motivado este repudio masivo, sino que ha sido un efecto negativo que se ha ido acumulando a lo largo de los años.

Todavía hay alguna tenue posibilidad de que el presidente remonte la cuesta. Observadores cuidadosos advierten sobre la timidez y retraimiento de los encuestados republicanos. Cuando los encuestadores llaman, los adherentes al presidente en general prefieren no contestar o les da vergüenza reconocer que lo apoyan. En las encuestas presenciales también callan, para evitar represalias de sus vecinos y conocidos. Hay quien sospecha, por consiguiente, que las encuestas no reflejan la dimensión real del voto republicano.

Además, a falta de dinero, la campaña del GOP ha acudido al activismo de base. Mientras que los demócratas confían casi exclusivamente en las redes y la publicidad masiva (en octubre han gastado hasta ahora 56 millones de dólares en publicidad televisiva contra 32 de los republicanos), especialmente en los estados oscilantes los partidarios de Trump han realizado ya 20 millones de visitas domiciliarias cara a cara y en los caminos de las zonas rurales sólo se ve publicidad a favor del presidente. Al mismo tiempo, la campaña reeleccionista ha puesto considerable énfasis en la población afroamericana, si bien se debate mucho si es que quiere sumar o asustar a este grupo poblacional.

Se discute también públicamente sobre la falibilidad de las encuestas y sondeos de opinión. Sin embargo, hasta el momento Biden mantiene una ventaja considerable. Al sábado a la tarde, según la evaluadora de encuestas Five Thirty Eight (538), Biden tenía el 87 por ciento de chances de vencer. SI va a haber una “sorpresa de Octubre”, va a tener que verse pronto, porque el tiempo huye.

martes, 6 de octubre de 2020

El "Estado profundo" dirige nuevamente la política exterior

 Con el pretexto del ”business as usual” Pompeo marca la línea

Mientras Donald Trump y su esposa retornan a la Casa Blanca, el “Estado profundo” pone su sello a la política exterior en nombre de la continuidad

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
5 de octubre de 2020

Eduardo J. Vior

Este lunes, a poco de saberse que el Presidente Donald Trump y su esposa serían dados de alta y continuarían su recuperación del Covid-19 en la Casa Blanca, el secretario de Estado Mike Pompeo advirtió públicamente que los Estados Unidos están «completamente preparados» para enfrentar cualquier acción que pudieran realizar «actores pícaros» durante la convalecencia del mandatario. Como cada crisis política interna de relevancia, la enfermedad del presidente y su cónyuge puso a la diplomacia norteamericana bajo presión. Por un lado, deben esforzarse por mostrar a sus aliados que nada ha cambiado y a los indecisos y adversarios, firmeza, para que no pretendan sacar ventajas. Sin embargo, habida cuenta de las inconsistencias e incongruencias de la diplomacia estadounidense en los últimos años, ya tratar de mostrar coherencia y continuidad implica cambiar las políticas en todos los ámbitos.

“Sabemos que hay actores malvados en todo el mundo”, declaró el secretario poco antes de partir hacia Tokio, donde se entrevistará con el nuevo primer ministro japonés, Yoshihide Suga. «Esta tarde estuve con el general Milley» (Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto) «y me aseguró que nuestras fuerzas están prontas», agregó. Pompeo informó también que habló con el presidente Trump, para ponerlo al día de los últimos acontecimientos mundiales, y que lo encontró «de muy buen humor».

Cuando el viernes se anunció que el test de coronavirus realizado a Trump había dado positivo, Pompeo estaba en Croacia y decidió no interrumpir su visita. Igualmente el sábado –ya de vuelta- viajó a Florida para un acto de campaña y este lunes partió hacia el Extremo Oriente. ¿Business as usual? (¿Seguir con los negocios como de costumbre?). Como cuarto en la línea sucesoria (detrás del vicepresidente, el presidente interino del Senado y la de la Cámara de Diputados), durante su gira el secretario de Estado se mantendrá en estrecha comunicación con Washington y deberá responder a las demandas de sus aliados sobre el futuro inmediato de la política exterior norteamericana. Tanto él como los mayores jefes militares y los responsables de las principales agencias de inteligencia tratarán de convencer a sus interlocutores de que “todo sigue igual” y mostrar a sus adversarios, especialmente a Rusia y China, que “nada ha cambiado”.

El problema es que la política exterior de Donald Trump se ha caracterizado precisamente por su continua variación. El presidente ha dado frecuentemente órdenes contradictorias: retiren las tropas de Siria, no las retiren; vamos a negociar con Putin, trasladen más efectivos de la OTAN hacia Europa Oriental, etc. El permanente cambio de rumbo ha sido una forma de independizarse del aparato diplomático, militar y de espionaje que gobierna Washington, así como un modo de sorprender a sus contrincantes e imponerles sus reglas de juego. Tratar ahora, a menos de un mes de la elección presidencial más reñida de la historia norteamericana desde el siglo XIX, de mantener una línea coherente en su política exterior es un oxímoron … o esconde un cambio de rumbo.

“Con el presidente enfermo y en medio de una campaña electoral muy polarizada, no podemos descontar la posibilidad de que China aumente su presión sobre Taiwán o de que Rusia trate de sacar ventaja en Europa Oriental”, tuiteó Nicholas Burns, uno de los principales asesores de Joe Biden en política exterior y ex subsecretario de Estado en el gobierno de George W. Bush (2005-09). “Es importante darles una señal de que los estamos vigilando y podemos reaccionar en cualquier momento”, reclamó. ¿Se trata de una sugerencia precavida o de una exhortación a avanzar? No son Rusia ni China quienes amenazan en los escenarios mencionados por él. Muy por el contrario.

Pompeo viaja esta semana a Japón, Mongolia y Corea del Sur, tres países fronterizos con China, en los que el secretario agitará contra la República Popular y contra Corea del Norte. Buena oportunidad para atizar el fuego.

Las divisiones dentro de EE.UU., la incoherencia e incongruencia política y diplomática del país en los últimos largos años (mucho antes de 2016), su incapacidad para prevenir la crisis económica y para manejar la pandemia y su tendencia a mostrar músculo fuera de tiempo y en exceso han hecho que gobiernos extranjeros y autoridades de organismos supranacionales desconfíen, cuando los líderes norteamericanos hablan de “mantener el rumbo”. ¿Qué significa esto en el Mar Meridional de China? ¿Qué van a meter allí más portaviones y arriesgar un choque con la marina china? ¿O piensan intensificar los vuelos espía sobre el Mar Negro y las maniobras en Polonia y Lituania, hasta bajar “por error” un avión ruso? Mantener el rumbo en zonas de alta tensión implica ir al choque.

Mike Pompeo no lo va a decir, y mucho menos en una campaña electoral en la que los halcones dirigen la política exterior de ambos partidos, pero el pretexto de la continuidad es el mejor para quitarle al presidente las riendas de la diplomacia y embretar al país en un conflicto sin retorno que el próximo gobierno (quien quiera que sea) no pueda evitar. Probablemente, business as usual sea la mejor tapadera, para que diplomáticos, militares y espías impongan su marca a la política exterior de la superpotencia. Así se gobierna al margen de cualquier mecanismo democrático.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Demócratas y republicanos juegan con la violencia fraticida

 

EE.UU. corre hacia el abismo

Eduardo J. Vior

El debate presidencial del martes 29 mostró la dureza del enfrentamiento entre dos visiones de país que parecen dispuestas a acudir a las armas para imponerse

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
30 de septiembre de 2020

Desde la elección presidencial de 1860, que llevó a Abraham Lincoln a la Casa Blanca y a la Nación a la Guerra Civil, ésta es la primera contienda electoral en la que se dirimen visiones alternativas del país. Joseph “Joe” Biden, 78 años, aboga por el proyecto demócrata de los últimos 30 años: combinar el impulso al capital financiero especulativo concentrado con un goteo regulado que atenúe las desigualdades. Donald Trump, 74 años, por su parte, persiste en su ilusión de reconstruir el tronco manufacturero e industrial que hizo grande a Estados Unidos en los siglos pasados, pero se choca con la debilidad relativa de su patria y ha manejado la pandemia demasiado mal. Como carece de estrategia ganadora, se defiende atacando. Por eso es que las discusiones son tan acerbas. El debate del martes 29 fue sólo una muestra.

«Payaso», «poco inteligente», «mentiroso» fueron algunos de los epítetos que se cruzaron los dos candidatos en los momentos más tensos de una noche marcada por las constantes interrupciones de Trump a su rival y al moderador tanto como por la determinación de Biden de no mirar nunca a su contrincante, concentrarse en la cámara y no alzar la voz.

A lo largo de 90 minutos el candidato opositor repitió dos ideas centrales: «Trump no tiene un plan» y «No soy un izquierdista radical». El presidente, por su parte, asimiló a su rival con la izquierda demócrata y con la violencia desatada en las protestas antirracistas de los últimos meses. Además, acusó varias veces al hijo del candidato, Hunter Biden, de negocios corruptos en Ucrania y Rusia y de ser drogadicto. El debate en Cleveland, Ohio, fue moderado muy flojamente por el veterano periodista Chris Wallace, del conservador canal Fox.

La noche comenzó con uno de los temas más calientes del momento: la nominación de una candidata conservadora para la Corte Suprema a semanas de las elecciones. «Tenemos el Senado, tenemos la Casa Blanca y tenemos una excelente candidata. Los demócratas no dudarían en hacerlo, pero no tienen el Senado», aseguró Trump, para defender su decisión de nominar a la católica Amy Coney Barrett (48 años), jueza federal de apelaciones en Chicago, para cubrir en la Corte Suprema la vacante dejada por la muerte de Ruth Bader Ginsburg, fallecida de cáncer el pasado 18 de septiembre.

Si el Senado acoge su propuesta, el máximo tribunal tendría una mayoría de seis conservadores contra tres liberales. Dadas las urticantes cuestiones que ocupan la agenda del próximo tiempo (seguro público de salud, revisión del derecho al aborto, etc.), este predominio derechista reduciría fuertemente las libertades individuales y los derechos sociales. Todavía más ominosa es la perspectiva de que, electa la jueza aún antes de la elección, la mayoría prorrepublicana de la Corte ayude a Trump a su reelección, si el 3 de noviembre ninguno de los dos candidatos triunfa claramente.

Por supuesto que Biden reclamó que el Senado espere hasta después de la elección, para tomar en cuenta el voto popular, al momento de elegir a la nueva integrante del tribunal, pero fue desoído por el mandatario.

El debate continuó sobre el tema salud, la pandemia y la reapertura de la economía y las escuelas, cuando ya se han producido más de 7 millones de contagios y más de 200.000 muertos. «Trump ha actuado irresponsablemente”, sentenció el candidato demócrata.

A continuación, mientras Biden prometía expandir “Obamacare” (como se conoce al sistema de salud público implantado por el ex presidente), Trump lo acusaba de querer crear «un sistema socialista», un adjetivo que repitió una y otra vez.

«Él quiere cerrar este país y yo quiero mantenerlo abierto», vociferó el presidente, mientras repasaba las cifras económicas previas a la pandemia y los últimos números que muestran una pequeña recuperación. En este punto, el demócrata repitió su muletilla: «No tiene plan ni para la pandemia ni para reabrir la economía». Por el contrario, Biden propuso anular los recortes impositivos aprobados por el gobierno de Trump. El mandatario, en tanto, negó la información publicada por el diario The New York Times, según las cuales entre 2002 y 2015 no habría pagado impuesto a las ganancias y en 2016 y 2017 respectivamente solo 750 dólares. «Pagué millones de dólares en impuestos federales a las ganancias en 2016 y 2017», aseguró.

Uno de los últimos temas de la noche fue la creciente tensión racial y las múltiples protestas contra la brutalidad policial. Ni Biden quiso apoyar explícitamente al movimiento Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan), ni Trump aceptó repudiar claramente a los grupos supremacistas y milicias que atacaron a algunas manifestaciones.

El demócrata dijo estar «completamente en contra de desfinanciar a las policías» (como se pide en las protestas) y, mientras reconoció que «existe un racismo sistémico en el país», aseguró que «la mayoría de los policías son buenas personas». Trump, por su parte, afirmó que su rival está «contra la ley y el orden» y acusó a los manifestantes de ser únicos responsables de la violencia. Pero amenazó: «¿A quién le gustaría que yo condenara? Proud Boys (un grupo de ultraderecha): den un paso atrás y estén preparados”. No pasó ni media hora después del debate y la milicia neofascista ya había puesto en su página web la consigna stand back and stand by (den un paso atrás y estén preparados).

Ya hacia el final, Trump intentó esquivar las preguntas sobre el cambio climático: «Quiero agua y aire limpios y hermosos, pero no quiero destruir las empresas”. Biden, en cambio, defendió un giro hacia las energías alternativas, pero aseguró que su programa no es el «New Deal verde», que impulsa la izquierda de su partido.

La noche concluyó con la posibilidad de que el mandatario no reconozca una derrota en las urnas. «Cuento con que la Corte Suprema cuente las boletas, dijo entonces Trump. Esperemos no necesitarlo, pero cuento con ello porque podría ser una elección manipulada, un fraude», advirtió, mientras Biden pedía que «todos voten de la mejor manera que puedan y quieran». Quizás el posicionamiento más político de la noche fue cuando el presidente llamó a la movilización de sus partidarios. «Me gustaría que mis seguidores vayan a las urnas y vigilen con mucho cuidado, les insto a que lo hagan», afirmó el presidente.

A pesar de la futilidad de la ocasión, vale la pena sacar algunas conclusiones puntuales. Los ataques e interrupciones permanentes de Trump no se dirigieron a ganar nuevos votantes, sino a enfervorizar a sus partidarios más fieles. Por su lado, Biden, un veterano de debates, logró posicionarse en el centro político y demostrar firmeza mirando siempre a la cámara, defendiendo a los veteranos y a los muertos en las guerras y evitando la mayor parte del tiempo caer en las provocaciones de su contendiente. Después del debate como antes del mismo, Trump sigue en promedio unos seis puntos detrás de Biden, tres estados que aportan una gran cantidad de electores (Texas, Florida y Pensilvania) aún no se decidieron y la competencia seguirá abierta hasta el último minuto. Para alcanzar la delantera, el presidente tenía que pegar duro y lo hizo.

Con su violencia verbal, el presidente desanimó a eventuales votantes y los empujó de regreso a sus casas. Quizás haya sido su intención, ya que la elección se anuncia muy concurrida y los demócratas se juegan a atraer a las urnas a minorías y votantes desencantados que habitualmente no sufragan. Por el contrario, al convocar a la movilización de sus partidarios, el presidente sabe que está echando nafta al fuego. Estados Unidos bordea peligrosamente el conflicto armado entre las milicias de uno y otro lado. Quizás no estalle una contienda civil formal, como en 1861, pero el abismo de la crisis constitucional y una interminable guerra de pandillas ultraderechistas contra anarcoides, ambos fogoneados por los más diversos servicios de inteligencia, está muy cercano.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Ocupar el continente, aislar a Argentina y repeler a China

 

EE.UU. está demasiado urgido por ocupar América del Sur

La gira de Pompeo por el norte del subcontinente y las crisis en los países andinos son signos de la prisa del Pentágono por controlar la región, aislar a Argentina y dejar afuera a China

por Eduardo J. Vior

Eduardo J. Vior

La coincidencia entre la reciente visita del secretario de Estado norteamericano a Surinam, Guyana, Brasil y Colombia y la agitación que azota a Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia dan cuenta de la impaciencia de Washington por volver a controlar el subcontinente, cercar a Argentina y frenar el avance chino. Parecería que el gobierno de Donald Trump quisiera impedir que un eventual gobierno demócrata tuerza el rumbo norteamericano en la región. Sin embargo, más allá de un cambio de estilo, no es esperable que otro equipo en Washington altere las líneas maestras de su política hacia la mitad sur del continente.

Este lunes 21 Washington y Georgetown han anunciado que comenzarán a realizar patrullas navales conjuntas en las aguas fronterizas con la República Bolivariana. El anuncio sucede a la visita del secretario de Estado Mike Pompeo, el pasado viernes 18, y a su promesa de apoyo para la construcción de infraestructuras que sostengan la explotación y exportación del petróleo recién comenzada frente a la costa de la faja occidental del Esequibo. No casualmente la empresa licenciataria es la Exxon Mobil, del grupo Rockefeller, que ha estimado que la cuenca tiene reservas por 15 mil millones de barriles. Exxon, otrora la mayor petrolera del mundo, apoya y financia al presidente Donald Trump.

 

La faja del Esequibo y su prolongación marítima son reclamadas por Venezuela, que desconoce el fallo ilícito de un tribunal arbitral que en 1899 las entregó a Inglaterra, entonces mandante colonial de la actual Guyana. Después de independizada ésta en 1966, ambos vecinos declararon nulo el arbitraje y acordaron buscar una solución arbitrada. Por esto Caracas ha criticado acerbamente las concesiones petroleras otorgadas por Georgetown en los últimos tres años.

Pompeo llegó a Guyana procedente del vecino Surinam, donde se reunió con el presidente Chan Santokhi, electo en mayo pasado. Si bien en la ex colonia holandesa Pompeo repitió su rogativa para el otorgamiento de licencias a empresas norteamericanas y su exhortación a no hacer negocios con China, el nuevo presidente reiteró su neutralidad ante la crisis venezolana y su voluntad de expandir las actividades de la petrolera estatal Statsolie, aunque respetando la concesión local otorgada por su antecesor a Apache-Total.

El sábado, en tanto, el secretario llegó a Boa Vista, capital del norteño Estado de Roraima, donde le rindió pleitesía el ministro brasileño de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo. Cínicamente prometió allí una ayuda de U$S 30 millones para la asistencia a los inmigrantes venezolanos, pero no hizo mención al persistente cierre de la frontera. Boa Vista depende de los insumos (especialmente combustibles) venezolanos para su supervivencia. Además, el bloqueo del límite impide los contactos humanitarios, el retorno de los migrantes venezolanos y/o la llegada de nuevos. La presencia de Pompeo en Roraima fue enérgicamente criticada por seis antiguos ministros de Relaciones Exteriores que le imputaron un «uso espurio del territorio nacional» para utilizar el país «como plataforma de provocación y hostilidad con una nación vecina».

Finalmente, la última parada de la gira fue el domingo en Bogotá, donde el secretario de Estado elogió el apoyo del presidente Iván Duque al autoproclamado “presidente” venezolano Juan Guaidó. Su presencia allí coincidió con maniobras militares conjuntas colombo-estadounidenses y con las críticas opositoras por la presencia, desde hace dos meses, de una fuerza especial norteamericana de seguridad. Su visita fue seguida el lunes 21 por un paro nacional de protesta y masivas manifestaciones opositoras que en Bogotá fueron ferozmente reprimidas.

La masiva y urgente presión norteamericana se reproduce de distintas maneras en el resto del eje andino. En Ecuador, que prevé realizar la elección presidencial el próximo 28 de febrero, la justicia electoral no ceja en su persecución a los seguidores de Rafael Correa. Después de prohibir al ex presidente candidatearse como acompañante de Andrés Arauz y de proscribir su fuerza, Compromiso Social, el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció este lunes 21 que está evaluando también desautorizar al Centro Democrático (Lista 1), la lista en la que se ha refugiado el correísmo. Éste, a su vez, propuso la semana pasada al periodista Carlos Rabascall como candidato a la vicepresidencia, pero aún no registró la fórmula en la Justicia electoral.

Dada su intensa persecución contra el correísmo, a la derecha le resultaron especialmente chocantes la semana pasada los resultados de una encuesta de la empresa brasileña Atlas Intel que dio al correísta Andrés Arauz el 45% de los votos, a Guillermo Lasso el 32%, a Yaku Pérez el 4,3% y a César Montúfar el 1,1%. Los demás candidatos tienen menos de 1%. Entre blancos, nulos, abstenciones y quienes no saben por quién votar suman 10,6%. Una simulación de segunda vuelta también ubica a Arauz como ganador con 48,2%, frente al 39,4% para Lasso. Pese a la burda ofensiva judicial y proscripción política, en tanto, el expresidente Rafael Correa mantiene la mayor imagen positiva (50%) y la menor negativa (45%).

La inocultable mano de las embajadas norteamericanas se nota también en Bolivia. Ante la imposibilidad de posponer la elección presidencial y legislativa del próximo 18 de octubre, los golpistas de noviembre pasado proscribieron a Evo Morales con demandas judiciales sin base ni fundamento. De todos modos, las últimas encuestas dieron a la fórmula Arce-Choquehuanca (MAS-IPP) cerca del 37%, mientras que el ex presidente Carlos Mesa (2005-06) obtiene el 27% y todos los demás menos de 10%. Por esta razón, la semana pasada la presidenta de facto Jeanine Añez bajó su candidatura.

Tras el fracaso de Añez, la embajada y los golpistas esperaban  presentar una fórmula unitaria de la derecha, pero no pudieron reconciliar a Carlos Mesa con Luis F. Camacho. El ascenso de la candidatura masista, entonces, la acerca a un escenario de triunfo en la primera vuelta. En Bolivia, si un partido alcanza en la primera ronda comicial el 40% de los votos con una diferencia superior al 10% sobre el segundo candidato, resulta electo sin posibilidad de repechaje.

Ahora la embajada se prepara a impedir a como dé lugar el triunfo del MAS. La policía y el ejército golpistas están encargados de la distribución, vigilancia y recolección de urnas, el centro de cómputos, en manos de los amigos de Añez, los medios militan unánimemente el antimasismo y la única misión internacional observadora hasta ahora autorizada es la de la OEA, que ya cumplió un papel nefasto en noviembre pasado. En definitiva, el triunfo del MAS dependerá de la movilización del pueblo boliviano y de que la diferencia de votos a su favor sea abrumadora. Cuando Evo Morales obtuvo victorias del 52%, 64% y 62%, pudo imponer el resultado electoral. La única vez que no superó el 50 %, no reconocieron su triunfo y dieron el golpe.

En Uruguay, finalmente, las elecciones para Intendentes y Juntas de los 19 departamentos  se realizarán el próximo domingo 27 de setiembre. El Frente Amplio va por el triunfo en Montevideo y Canelones, departamentos que, juntos, representan más de la mitad de la población del país. 14 de las 19 intendencias ya están prácticamente definidas. Apoyado en el tradicional ruralismo conservador, el Partido Nacional (líder de la coalición gobernante) se quedaría con 12 de los 17 distritos del interior. El Partido Colorado por su parte, retendría Rivera, en la frontera con Brasil, mientras que tres departamentos aún están en disputa.

En un escenario ya mayormente definido, la cuestión principal consiste en saber por cuánto ganará el FA en Montevideo, donde gobierna desde 1990. Allí la coalición derechista presentará la candidatura única de Laura Raffo, mientras que el Frente Amplio va con tres candidatos: Daniel Martínez, Álvaro Villar y Carolina Cosse. Según las últimas encuestas, existe un empate técnico en 17 puntos para cada uno, pero, por el sistema electoral, quien gane la mayoría dentro de una leyenda registrada se lleva también los de sus competidores internos. Así, algunos sondeos han dado a Carolina Cosse como posible vencedora de la interna frenteamplista. Daniel Martínez, ex intendente y ex candidato a presidente, a su vez, representa la línea interna socialdemócrata, en tanto Álvaro Villar es el candidato con menos intención de voto, aunque en las últimas encuestas se ha acercado a los otros dos. Tiene el apoyo del Movimiento de Participación Popular (MPP, de José Pepe Mujica), de Fuerza Renovadora y de UNIR, un grupo escindido del Partido Colorado que no integra la orgánica del Frente Amplio.

El Pentágono se ha fijado como objetivo recuperar el control sobre América del Sur, aislar a Argentina e impedir que crezca la influencia china. Al Comando Sur toca ejecutar la estrategia dispuesta. Para ello recurre a la manipulación de elecciones, provocaciones armadas en las fronteras de Venezuela, el pacto entre el Alto Mando brasileño y el crimen organizado, el intento de golpe de estado en Perú y furiosas campañas de agitación y desestabilización en nuestro país. Los agresores quieren crear hechos consumados antes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el próximo 3 de noviembre, pero nada indica que un improbable gobierno demócrata tome un curso diferente. La unidad y solidaridad que los gobiernos no tienen entre sí deben remplazarlas los movimientos populares.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

La puja entre EE.UU., Rusia y China disloca a la UE

 

Europa es el pelotero de las grandes potencias*

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
16 de septiembre de 2020

Eduardo J. Vior

“Europa tiene que ser un jugador mundial, no un campo de juego”, declaró el lunes Charles Michel, presidente del Consejo Europeo (la reunión de los jefes de Estado y de gobierno que dirige la UE) al terminar la conferencia cumbre virtual entre los representantes de los 27 y los de China. Por los primeros participaron el belga Michel y las alemanas Angela Merkel (presidenta pro-tempore del bloque) y Ursula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea, el órgano ministerial de gobierno de la Unión); por la segunda, en tanto, estuvieron presentes el Presidente Xi Jinping y el ministro de Relaciones Exteriores Wang Ming. La cumbre debió haberse realizado en Leipzig, Alemania, pero la pandemia de Covid-19 aconsejó hacerla por vía virtual. En la reunión debieron haberse cerrado con la firma de convenios siete largos años de negociaciones sobre el régimen de inversiones recíprocas, pero repentinamente los europeos reclamaron por las supuestas violaciones de los derechos humanos en Hong Kong y Xinjiang, la adecuación de la economía china a las normas sobre emisiones del Acuerdo de París y “el cumplimiento de reglas de mercado”. Finalmente, solamente pudieron cerrar un acuerdo sobre denominaciones de origen, importante, pero insuficiente.

Desde el estallido de la pandemia en Europa, en marzo pasado, los líderes de la UE comenzaron a acusar a China de falta de transparencia en la circulación de la información epidemiológica. Pronto esas imputaciones se trasladaron a tópicos de derechos humanos y medioambientales y, finalmente, a cuestiones de patentes y normas comerciales. En 2019 la República Popular fue la tercera mayor compradora de bienes europeos (9 %) y la mayor proveedora de la UE (19 %). Entre los miembros de la Unión en 2019 los Países Bajos fueron los mayores importadores de bienes y servicios chinos y Alemania, la mayor proveedora de la República Popular. Para entender la presión europea para hacer fracasar la reunión cumbre habrá, entonces, que buscar que buscar motivos (geo)políticos. 

El reciente giro en la posición europea se evidencia en que la UE ha pasado a considerar oficialmente a China al mismo tiempo como un interlocutor “esencial” y un “rival estratégico”. En el plano comercial los europeos reclaman para sus empresas en China el mismo trato que reciben las chinas en Europa. Según la diplomacia de Bruselas, reclaman libertad de comercio en las telecomunicaciones y la industria automotriz, mientras exigen el fin de las subvenciones para la siderurgia china. Significativamente, la semana pasada el presidente de Siemens, Joseph Kaeser, declaró al semanario Die Zeit que “condenamos categóricamente toda forma de opresión, trabajo forzado y amenazas a los derechos humanos”. La declaración careció de lógica, porque Siemens está presente en China desde 1872, emplea a 35.000 personas y obtiene allí el 10 % de sus ganancias. Por otra parte, el gigante de la electroingeniería tiene una larga trayectoria de complicidad con regímenes dictatoriales (como el argentino de 1976-83) y nunca se preocupó seriamente por los derechos humanos. Tanto ruido hizo la declaración de Kaeser que la empresa debió ratificar su interés en seguir haciendo negocios en el mamut asiático. 

La videoconferencia UE-China se realizó en momentos en que la guerra comercial entre Washington y Beijing alcanza proporciones de Guerra Fría. Muchos diplomáticos europeos reconocen que el choque entre las superpotencias los convirtió en jamón del sándwich y que amagaron con los derechos humanos para recuperar perfil.

Los delegados de la UE exigieron a China que autorice el envío de una “misión internacional independiente” de observación a Xinjiang. Se trata de una de las cinco regiones autónomas que forman parte de la República Popular China. Está ubicada en el extremo noroeste del país, abarca más de 1,6 millones de km2 y tiene una población de unos 20 millones de habitantes. Históricamente se ha conocido la región como Turquestán chino o Turquestán Oriental y está habitada principalmente por la etnia uigur, un grupo de origen turcomano y mayoritariamente musulmán. La histórica Ruta de la Seda atravesó el territorio desde el este hasta su frontera noroeste. La región fue incorporada al Imperio Chino en el último tercio del siglo XVIII y desde entonces forma parte del país. Desde 1955 tiene el estatuto de región autónoma especial. 

Concomitantemente con la guerra de Afganistán y los posteriores alzamientos islamistas en el mundo árabe e islámico, desde hace unos treinta años un grupo de militantes se ha radicalizado y formado el Movimiento Independentista del Turquestán Oriental, un grupo islamista formado en escuelas coránicas financiadas por Arabia Saudita, que ha realizado ataques terroristas y se ha enfrentado con las fuerzas gubernamentales chinas. Sus militantes, financiados por EE.UU., también han combatido en Afganistán, el Cáucaso y Oriente Medio. Es, por consiguiente, comprensible que las autoridades de Beijing cerraran las madrassa más radicales, persiguieran a los independentistas, establecieran campos de prisioneros e implantaran en la región a numerosos inmigrantes de la etnia mayoritaria Han, para debilitar la influencia de los islamistas. 

Europa conoce la situación y esta información no ha sido óbice para sus negocios con China en los últimos 35 años. Que ahora se escandalice es producto de la competencia entre su facción atlantista (liderada por los neerlandeses) seguidora de la política norteamericana, y las potencias mayores (Alemania y Francia) que intentan –ellas también con fuertes conflictos internos- construir una alternativa internacional independiente.

Además del gobierno norteamericano, la campaña antichina es impulsada por usinas ideológicas del mismo país que en informes sin fundamento ni fuentes verificables acusan a Beijing de llevar adelante un “genocidio cultural” en Xinjiang. Con esta campaña han impuesto su narrativa en los medios de la UE, creando una fuerte corriente antichina, crítica de las estrechas relaciones comerciales entre Bruselas y Beijing. Sólo la retrasada industria estadounidense, que cubre su incapacidad para competir con retahílas ideológicas, puede beneficiarse de este distanciamiento. Es evidente que los Estados Unidos quieren impedir todo acercamiento de Europa a China.

La alianza ruso-china, la pérdida de la vanguardia tecnológica, el retroceso forzado de EE.UU. en el Oriente Medio ampliado y la acelerada expansión de la Iniciativa china de la Ruta y la Franja (BRI, por su nombre en inglés) impulsaron al “Estado profundo” norteamericano a dar un salto estratégico, pasando de la guerra híbrida inaugurada en 2001 a la estrategia del ataque integral, fundamentalmente semiótico, comunicacional y mediático. Tanto los soportes republicanos como los demócratas dentro del mismo coinciden en totalizar aún más la estrategia bélica, hacia adentro y hacia afuera del país. Sólo difieren entre sí en la selección del enemigo principal: para los demócratas es Rusia, para los republicanos, China. El próximo 3 de noviembre debe dirimirse hacia dónde dirigir los cañones, pero con seguridad la batalla principal se va a definir en Europa.

Durante quince años Angela Merkel fue el péndulo de la oscilación europea. Más que una líder, fue la mediadora entre los atlantistas, los europeístas y los nacionalistas de todos los colores. Sus silencios prolongados y sus arbitrajes a último momento sirvieron para mantener pegada una construcción mal hecha y sin otro norte que servir de arenero a las grandes corporaciones y los bancos. Pero la presión de los neoconservadores norteamericanos, el resurgido poder de Rusia y el crecimiento de China han desequilibrado la balanza. Además, la salida de Gran Bretaña dejó a los atlantistas sin su principal sostén interno. Desacreditado su rol mediador, Merkel está tratando de llegar a un honroso final de ciclo en medio de la peor crisis sanitaria y económica de los últimos cien años. Hasta entonces el subcontinente boyará a la deriva. El piadoso deseo del belga Michel ya está cumplido en el sentido contrario: Europa es el campo del juego mundial entre la vieja superpotencia que se niega a bajar la cerviz y las nuevas/viejas que vuelven por sus fueros.

 

El autor agradece los intercambios con y la ayuda de Pepe Escobar, periodista brasileño con más de 20 años de experiencia en Asia, en la concepción de este artículo.

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miércoles, 9 de septiembre de 2020

Los demócratas garantizan la guerra, Trump quizás no

 

Al rechazar las intervenciones militares, Trump no miente

El Presidente aceptó el desafío de los más altos jefes del Pentágono, ratificó su voluntad de poner fin a «las guerras interminables» y de “traer a los muchachos de regreso a casa»

por Eduardo J. Vior
Infobaires24
9 de septiembre de 2020

Eduardo J. Vior

Nadie duda de que el Presidente de los Estados Unidos ha construido su fortuna y su carrera mintiendo, fanfarroneando, amagando, estafando, etc. Una joyita el muchacho. Sin embargo, hay un punto central de su programa político en el que nunca ha mentido: terminar el ciclo interminable de guerras en el que está envuelta la superpotencia. Se trata del primer presidente desde 1898 que no ha iniciado ninguna intervención militar. Si gana la reelección en noviembre, seguirá adelante con el desescalamiento. Los jefes del Pentágono lo saben y, por ello, apuestan a que sea derrotado.

El jefe de Estado aseguró el lunes 7 que los principales líderes del Departamento de Defensa están comprometidos con la guerra, para contribuir con el enriquecimiento de los contratistas y empresas militares. “Hay alguna gente que no quiere que las tropas vuelvan a casa y quieren seguir gastando dinero”, declaró en una conferencia de prensa celebrada en la puerta norte de la Casa Blanca. “Se trata de una traición tras otra de los corazones de hielo globalistas”, añadió. Y continuó, «no estoy diciendo que los círculos militares me amen, pero los soldados me aman. Las personas más importantes del Pentágono probablemente no lo hagan, porque no quieren nada más que pelear guerras, para que todas estas maravillosas compañías que fabrican bombas, aviones y todo lo demás estén felices», sostuvo. Por el contrario, reiteró su deseo de poner fin a la política de «guerras interminables», para así poder traer a los soldados estadounidenses «de vuelta a casa». 

No es la primera vez que el líder norteamericano habla de “guerras interminables”. El pasado junio, durante la ceremonia de graduación de la academia militar de West Point, anunció el fin de esa época, subrayando que EE.UU. no es «la policía del mundo», dejando en claro que «no es deber» de las tropas estadounidenses «resolver conflictos antiguos en tierras lejanas de las que mucha gente nunca ha oído hablar». 

Trump continúa luchando contra las acusaciones de que en varias ocasiones se habría expresado despectivamente sobre los militares caídos en el exterior y que se habría referido a los estadounidenses muertos en la Primera Guerra Mundial enterrados en un cementerio estadounidense en Francia como «perdedores» y «fracasados», como lo citó el pasado jueves The Atlantic.

La relación de Trump con los mandos militares nunca fue buena, pero se tensó mucho desde que en junio pasado amenazó con usar la Ley de Insurrección y desplegar fuerzas armadas, para reprimir los disturbios civiles provocados por la muerte de George Floyd, el afroamericano que falleció a manos de la Policía el pasado 25 de mayo.

Gran parte de las aseveraciones de Trump en la conferencia de prensa del lunes respondían a las historias publicadas en los principales medios durante el fin de semana.

El último episodio del enfrentamiento entre el Presidente y los más altos jefes militares se dio, después de que el pasado jueves 3 The Atlantic publicó un informe en el que relataba que durante una visita al Cementerio Nacional de Arlington, cerca de Washington, en el Día de los Caídos (Memorial Day) -31 de mayo- de 2017- junto con el entonces Secretario de Seguridad Interior, el General John Kelly, cuyo hijo murió en Afganistán, el mandatario se habría expresado despectivamente sobre los caídos en combate en el exterior. Además, al cancelar en 2018 por motivos climáticos una visita al cementerio del bosque de Belleau, en Francia, donde en 1918 miles de soldados norteamericanos dejaron sus vidas, el jefe de Estado habría dicho “¿qué tengo que hacer allí, si son un montón de perdedores?” Si bien la Casa Blanca desmintió enérgicamente ambas aseveraciones, en medio de la polarización de la campaña electoral el informe fue pan comido para quienes quieren evitar su reelección en noviembre próximo. 

Más allá de que Donald Trump se haya expresado despectivamente sobre los caídos en las guerras exteriores de los Estados Unidos o no (es capaz de hacerlo y de negarlo al mismo tiempo), el actual entredicho responde a una crisis mayor: en un país que desde hace 122 años vive en guerra permanente, el voto de los soldados y de los veteranos es crucial en cualquier elección. El Presidente afirma tener el apoyo de la tropa y de los cuadros intermedios, pero sabe que el generalato y almirantazgo lo odian, primero, por elitismo y, segundo, porque desde hace 40 años han hecho de las guerras un lucrativo negocio: no sólo compran (muchas veces sin licitación) armamento y equipo a las empresas amigas, sino que, después que han destruido un país, avanzan con las empresas constructoras amigas para reconstruirlo.

El ex Secretario de Defensa James “perro loco” Mattis (enero de 2017 a diciembre de 2018), uno de los grandes intelectuales guerreros que cada tanto dan las fuerzas armadas estadounidenses, publicó en junio una furibunda columna de opinión contra el Presidente en The New York Times y ha formado un grupo de oficiales retirados llamado “Never Trump” (Nunca Trump), es decir, generales y almirantes republicanos que apoyan la candidatura de Joe Biden, para mantener en pie la estrategia de guerra de espectro amplio que EE.UU. viene llevando desde hace décadas. 

Donald Trump es un repulsivo líder nacionalista que, consciente de la debilidad del Imperio, quiere reducir su exposición en múltiples frentes de combate, para recuperar fuerzas y luego volver a disputar la hegemonía mundial en mejores condiciones. Joe Biden y su asesor de política exterior Tony Blinken, en cambio, son hombres del “Estado profundo”, fieles a los aparatos que los apañaron y celosos de las alianzas y negocios tejidos durante décadas. Con los demócratas la próxima gran guerra está garantizada. Con Donald Trump quizás se pueda evitar.