Para quien tenga ganas de escuchar media hora de muy buenas preguntas y
mis respuestas sobre la cumbre que celebraron Vladimir Putin y Donald
Trump en Helsinki el lunes 16, pueden hacerlo a partir de la mitad de
esta grabación de la emisión de "Voces del mundo" con la conducción de
Telma Luzzani y Néstor Restivo:
https://mundo.sputniknews.com/ radio_voces_del_mundo/ 201807171080479408-eeuu-rusia- presidentes-cumbre-en- finlandia/
martes, 17 de julio de 2018
viernes, 13 de julio de 2018
Se asoma el planeta del bilateralismo
La guerra comercial da al mundo un nuevo perfil
Aunque
China y EE.UU. superen su diferendo comercial, un eventual acuerdo
bilateral entre ellos y las nuevas alianzas de muchos otros anuncian el
fin del multilateralismo.
Por Eduardo J. Vior
Infobaires24
13 de julio de 2018
Infobaires24
13 de julio de 2018
Después de que el miércoles 11 el
gobierno norteamericano anunció una nueva ronda de aumentos tarifarios
sobre productos importados de China y de que el presidente Trump y la
canciller alemana Angela Merkel tuvieron un fuerte choque en la cumbre
de la OTAN en Bruselas, nadie más duda de que la nueva política mundial
norteamericana va en serio. Sin embargo, al abrir tantos frentes al
mismo tiempo, el líder norteamericano está propiciando el surgimiento de
nuevas alianzas que cambian radicalmente el escenario mundial.
El presidente Trump está decidido a
revolucionar las reglas del comercio mundial. Al mismo tiempo castigó a
China y a los miembros de la Unión Europea subiendo radicalmente los
aranceles sobre productos importados de esas regiones. A los chinos les
impuso tasas enormes sobre productos tecnológicos. Los europeos, en
tanto, ven sus exportaciones de acero y aluminio enormemente
encarecidas. El látigo arancelario laceró especialmente a Alemania a
cuya industria automotriz amenazó con tarifas impagables.
Rápidamente europeos y chinos se
acurrucaron para guarecerse. A principios de la semana la visita del
primer ministro chino, Li Keqiang, a países de Europa del Este y
Alemania inmediatamente dio frutos. Ya se firmaron acuerdos comerciales y
de cooperación tecnológica por un valor total de 23.000 millones de
dólares. Además, Beijing espera que se firme una declaración conjunta
con la UE para condenar la política económica de Donald Trump.
La visita del alto mando chino tuvo por
objetivo unir a los países afectados por la política de Trump. Como
señuelo China ofreció a los europeos facilitarles el acceso a su
mercado. Por su parte, la canciller alemana Angela Merkel destacó que
los aranceles impuestos contra China dañan el negocio alemán. Para
aumentar su atractivo, China prometió introducir profundas reformas de
mercado y abrirse aún más a las inversiones europeas. A cambio obtuvo el
compromiso de que Alemania intercederá ante la UE, para abrir el
mercado europeo a las importaciones e inversiones chinas.
La unidad de la Unión Europea es otra
cosa que apoya China, especialmente como reacción ante la oferta que
Donald Trump hizo recientemente al presidente francés Emmanuel Macron,
para que Francia abandone la UE y se asocie comercialmente con Estados
Unidos.
Especialmente los fabricantes de automotores apuestan a una relación
privilegiada con China. Durante la visita de Li Keqiang a Alemania los
máximos directivos de Volkswagen, BMW, Dailer-Benz y otras firmaron
muchos contratos con los representantes chinos. Los dos países se
complementan bien en términos económicos. Sin embargo, es difícil que se
acerquen políticamente. Los alemanes no quieren perder el paraguas de
la OTAN, aunque Trump se los cobre caro. Los chinos, por su parte,
mantienen una competencia hegemónica con Japón con el que Alemania tiene
muchos vínculos históricos y económicos. China, finalmente, tiene una
estrecha alianza con Rusia a la que necesita, entre otras cuestiones,
para desarrollar el Camino de la Seda. Alemania, en tanto, ve en Rusia
un buen socio comercial, pero con el que comité políticamente. Como
balance, puede preverse que ambas potencias afiancen su vínculo
comercial y coincidan en la defensa de la Organización Mundial del
Comercio (OMC) contra los embates norteamericanos, pero no mucho más.
A pesar de que los tambores de guerra
están redoblando, ya se insinúa una cierta disposición al diálogo por
ambas partes. Después de que EE.UU. anunciara la nueva lista de
aranceles sobre las importaciones chinas por valor de U$S 200.000
millones, el viceministro de Comercio de China, Wang Shouwen, dijo que
“cuando tenemos un problema comercial debemos hablar sobre él”.
Si bien la declaración se hizo en un
contexto de nuevas amenazas de represalias por parte de Beijing,
coincide con cierta disposición del equipo de Trump a reanudar
conversaciones de alto nivel, según versiones procedentes de la Casa
Blanca.
Las comunicaciones entre altos miembros
de los gobiernos de Trump y de Xi Jinping se han desvanecido desde que
una tercera ronda de negociaciones formales finalizó sin acuerdo a
principios de junio. Los EE.UU. siguieron adelante con un plan para
imponer aranceles de 25 por ciento a 34.000 millones de dólares en
productos chinos la semana pasada y generaron represalias por parte de
los chinos.
Hacia el 20 de agosto están previstas
las audiencias y consultas que el Departamento de Comercio de EE.UU.
debe llevar adelante, antes de poner en vigencia las sanciones, de modo
que ambos países tienen ahora unas siete semanas para llegar negociar.
Si no alcanzan ningún acuerdo, los aranceles norteamericanos entrarán en
vigor el 30 de agosto y abrirán el camino para nuevas sanciones sobre
otros 250 mil millones de dólares. Una vez que 450 mil millones de
dólares en bienes transables sean castigados por cada lado puede
augurarse la parálisis del comercio mundial.
“Cuando dos gobiernos llegan a este tipo
de situación, incluso si en el frente oficial están peleando, es muy
importante que más atrás haya algo que les permita declarar un cese del
fuego llegado cierto punto”, dijo el miércoles Rufus Yerxa, presidente
del Consejo Nacional de Comercio Exterior de EE.UU., en una entrevista
de Bloomberg TV. “Por el momento, es algo que ninguna de las dos partes
va a reconocer. Se están posicionando para el juego final”.
Si bien no hay conversaciones formales
previstas, el diálogo entre ambos países continúa entre burócratas de
menor nivel y el presidente Trump ha seguido destacando su amistad
personal con Xi.
En algún momento ambas potencias se
sentarán a negociar, pero los acuerdos bilaterales que puedan alcanzar
torpedearán en la línea de flotación el sistema multilateral de comercio
vigente desde la década de 1990. Por otra parte, cuanto más tarden en
ponerse de acuerdo, mayores serán los daños para la economía mundial. El
sistema multilateral era dañino para muchos países emergentes, pero la
falta de reglas comerciales lo es más. Al mismo tiempo, las alianzas que
los contrincantes van tejiendo por las dudas permanecerán. Roto el
sistema multilateral de la globalización, cada cual atiende su juego y
el que no, una prenda tendrá.
martes, 10 de julio de 2018
En Levante asoma el entendimiento
En Medio Oriente se abre un paréntesis esperanzador
Ante
el eclipse de la influencia de los Estados Unidos en la convulsionada
región y el ascendente rol mediador de Rusia, una actitud más prudente
de los gobiernos de Israel, Irán y Siria podría ayudar a que esta vez un
camino hacia la paz sea vea posible. El papel crucial que juegan Arabia
Saudita y Turquía.
Revista T
Por Eduardo J. Vior
Por Eduardo J. Vior
En un gesto inusual, el Estado Mayor israelí
anunció el sábado 2 de junio que está investigando las circunstancias
en que sus tropas mataron por la espalda el día anterior, en el sur de
la franja de Gaza, a Razan al-Najar, una enfermera voluntaria de 21 años
que corría con su uniforme blanco a socorrer a un herido junto a la
valla. El poco habitual gesto informativo israelí parece inscribirse en
un cambio epocal que en las últimas dos semanas se ha iniciado en Medio
Oriente. Gracias a la mediación rusa, se renueva la posibilidad de
alcanzar una paz negociada para la región entera.
Fuentes estadounidenses e israelíes dieron cuenta ese sábado del
retiro de las fuerzas iraníes y del Hezbolá libanés del sur y el
suroeste de Siria. La retirada iraní sigue a un acuerdo ruso-israelí que
permitirá al Ejército Árabe Sirio (EAS) avanzar hasta la frontera
jordana en el sur y el confín con los territorios ocupados del Golán, en
el suroeste. Los grupos terroristas estacionados en esas provincias
entregarían sus armas a los rusos, en tanto los norteamericanos se
retirarían del límite sirio-jordano para pasar a vigilar esa frontera
junto a Rusia.
Ya a mediados de mayo, representantes iraníes e israelíes habrían
acordado en una reunión en Jordania el retiro de los iraníes y de
Hezbolá del confín con el Golán, a cambio de que Israel cese de atacar
objetivos iraníes en Siria. Finalmente, el jueves 31, el presidente ruso
Vladimir Putin y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu hablaron
por teléfono, mientras el ministro de Defensa israelí, Avigdor
Lieberman, se encontraba en Moscú discutiendo la seguridad del borde
sirio-israelí.
Como demuestra la reanudación de los choques en la valla que circunda
Gaza, sobran las fuerzas que intentan sabotear las negociaciones, sea
porque quieren la guerra o, simplemente, porque quieren conquistar su
asiento en la mesa de diálogo. Entre los incendiarios está el teniente
general Kenneth McKenzie, jefe del Estado Mayor Conjunto de EE UU, quien
advirtió a Bashar al Assad que no intente recuperar los territorios del
tercio noreste del país, ocupados por el Frente Democrático Sirio (FDS)
–alianza liderada por las milicias kurdas con el apoyo de 3000
efectivos estadounidenses–, como amenazó el presidente sirio en una
entrevista con la televisión rusa, si el FDS no se aviene a negociar. La
clave de la liberación del norte de Siria, empero, depende mucho más de
la estabilización de Turquía.
Turquía, en el cruce entre dos mundos
Unos 50 millones de votantes turcos se preparan para ir el próximo 24
de junio a las urnas, en una elección anticipada que no sólo puede
cambiar radicalmente su régimen político sino también el lugar del país
en el Medio Oriente ampliado. Cuando en abril pasado el presidente turco
Recep Tayyip Erdoğan convocó a los comicios, justificó el
adelantamiento (originariamente tendrían lugar en 2019) por la cambiante
situación internacional, que exigiría acelerar la actual fase de
transición hacia el sistema presidencialista.
Entre los desafíos más urgentes de Turquía se encuentran la lucha
contra la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK)
–hoy financiada desde Occidente–; el conflicto con EE UU por la
protección que éste da a los kurdos en el norte de Siria; la extradición
del clérigo Fetulá Gülen (acusado por el intento de golpe de estado de
2016), refugiado en Estados Unidos; la paralización del proceso de
adhesión turco a la Unión Europea; el viejo conflicto en Chipre; y las
problemáticas relaciones del país con Egipto, Israel, Libia y Yemen.
A partir de la intervención rusa en Siria en septiembre de 2015,
Turquía dio un giro de 180 grados y pasó a sostener la unidad del país
árabe, aunque manteniendo la ocupación de una franja en el norte del
país. Para ello acaba de acordar con EE UU el retiro de las milicias
kurdas de la ciudad de Manbij (ver recuadro) y su remplazo por tropas
turcas, pero sin que los norteamericanos deban retirarse.
A los factores internacionales se han sumado las malas condiciones
económicas internas. Tanto la inflación como el desempleo han superado
el 10% y siguen subiendo. El déficit presupuestario se incrementó el 58%
en 2017, y en lo que va de 2018, la lira turca se devaluó un 20%
respecto del dólar. Como agravante, por primera vez desde que llegó al
gobierno en 2003, Erdoğan afronta el acuerdo entre tres partidos
opositores, para apoyar juntos al candidato que llegue a la segunda
vuelta.
En estas condiciones, la convivencia con Rusia e Irán es vital para el sostenimiento del régimen religioso conservador.
Arabia Saudita, en una transición sin rumbo
Desde que en junio de 2017 el hijo del rey Salmán, de 82 años,
Mohammed bin Salmán, de 32, desplazó de la línea sucesoria a su primo
Mohammed bin Nayef, puso en marcha un proceso de modernización
autoritaria que lo ha enemistado con buena parte de la familia real
saudí, y eso sin resolver ninguno de los problemas internos y externos
que afronta.
El principal dilema exterior del reino está en la guerra que desde
hace tres años lleva en Yemen. Al menos mil soldados saudíes han muerto
ya desde el inicio, en marzo de 2015, de una guerra que nadie sabe cómo
acabar. En los últimos días, el movimiento noryemení Ansaralá (conocidos
como “los huti”), apoyado por la mayoría del ejército, intensificó sus
ataques al suroeste de Arabia. La guerra se inició cuando sauditas,
emiratíes y bahreiníes invadieron Yemen para reponer al renunciado
presidente Abd Rabuj Mansur Hadi. Ya costó las vidas de más de 10 mil
yemeníes, hambrunas y epidemias. No obstante, la coalición todavía no ha
logrado restaurar en el poder al exmandatario ni eliminar al movimiento
chiíta Ansaralá, que cuenta con el activo apoyo de Irán.
Tanto más desconcertante resulta para los observadores el avance de
la coalición hacia el puerto norteño de Hodeida, principal vía de
abastecimiento de la capital Sana’a. Informes recientes sostienen que
los atacantes se han acercado a 20 kilómetros del puerto. Hasta no hace
mucho, rusos y norteamericanos –cada uno respaldando a uno de los
bandos– se habían opuesto a que los sureños atacaran esta ciudad de
400.000 habitantes, por la catástrofe humana que se desencadenaría. La
Casa Blanca dice que no levantó su veto al avance. El Kremlin, en tanto,
no se manifestó. El ex embajador norteamericano Gerald Feierstein
supone que los huti piensan luchar en la propia ciudad, lo que
provocaría un desastre entre la población civil. Otro ex embajador,
Stephen Seche, interpreta el avance sureño como una presión, para
obligar a los norteños a retornar a la mesa de negociaciones auspiciadas
por la ONU, pero nadie puede asegurar que sea así.
No sería de extrañar que exista un medio guiño ruso y norteamericano
para el ataque, pero es más probable que la solución provenga de Irán,
que desde febrero pasado ha venido negociando la paz en Yemen con las
potencias europeas como parte de los intentos por mantener a EE UU
dentro del acuerdo nuclear de 2015. Si este común interés iraní y
europeo tiene éxito, Yemen reencontraría la paz.
Irán busca su camino
En tanto, en Irán las cosas no están tan claras. Cuando Donald Trump
anunció la retirada de EE UU del Joint Comprehensive Plan of Action, es
decir, el acuerdo nuclear 5+1 con Irán, Hasan Rohaní (un “reformador”
contrario a la propagación de la revolución islámica) reaccionó
recurriendo a los europeos. Los Guardianes de la Revolución, por su
parte, convencieron a su aliado sirio de atacar el Golán ocupado (el
pasado 10 de mayo); Hezbolá anunció que esa operación iniciaba una nueva
estrategia regional; y Hamás intensificó las movilizaciones contra la
valla que rodea la franja de Gaza. Como Israel temió que los Guardianes
la atacaran simultáneamente desde Siria, Líbano y Gaza, lanzó una serie
de bombardeos contra objetivos iraníes en Siria que movieron a los
diplomáticos hacia los acuerdos de los últimos días.
Los Guardianes de la Revolución han logrado el repudio unánime de los
pueblos de la región a la represión israelí contra los manifestantes
palestinos. Dentro de Irán, en tanto, han mostrado que el acuerdo
nuclear estaba en un callejón sin salida. Ahora negocian con todas las
potencias desde sus posiciones. Vladimir Putin y Donald Trump lo han
entendido. Por eso el acuerdo sobre el retiro de las tropas iraníes se
limita al sur de Siria, y Teherán es parte de las conversaciones sobre
Yemen.
Después de la Guerra Fría, Estados Unidos tuvo la oportunidad de
negociar una paz ampliada para todo Oriente Medio, pero fracasó por la
resistencia del Likud israelí. Bill Clinton y George Bush hijo se
limitaron a negociar la solución bautizada “dos naciones, dos estados”,
en la que Israel nunca creyó. Desde principios de la década pasada,
Netanyahu la sepultó con la ocupación de Cisjordania, adonde se
establecieron 800 mil colonos. El territorio palestino quedó allí
segmentado y sin posibilidad alguna de sostener un Estado.
El plan trazado por el yerno del presidente Trump, Jared Kushner –hoy
asediado por los fiscales que investigan el Rusigate–, pretende sólo
detener la adquisición de territorios por parte de Israel y que los
árabes acepten el nuevo trazado, pero esto es imposible.
La salida de la guerra en Siria mediante acuerdos ruso-israelíes e
irano-israelíes ofrece, paradójicamente, la posibilidad de que una
mediación rusa a varias bandas contemple los intereses de turcos y
sirios, de israelíes e iraníes, de norteamericanos y kurdos, y
restablezca de ese modo un cierto equilibrio regional. Para que los
palestinos también tengan su parte, Netanyahu debería ser persuadido de
abandonar su política de apartheid a cambio de obtener el
reconocimiento internacional del río Jordán como la nueva frontera de un
Estado israelí-palestino binacional.
El 4 de mayo se supo que es inminente una cumbre Trump-Putin para
tratar las condiciones de la paz en el Oriente Medio ampliado. Ante el
ocaso de la hegemonía norteamericana en la región, el creciente rol
arbitral de Rusia, la prudencia de los liderazgos de Irán, Siria y
Turquía y el súbito realismo de la conducción israelí están preparando
una paz negociada. Es la primera chance realista en muchos años de salir
de la guerra, al menos, por ahora.
La sesión de emergencia del miércoles 13 de junio, convocada al
cierre de esta edición por la Asamblea General de las Naciones Unidas,
difícilmente haya terminado de otro modo que con EE UU utilizando su
derecho al veto, con lo que no habrá condena a Israel por el “uso
excesivo de la fuerza” en Gaza.
La crítica situación humanitaria en la Franja, luego de la muerte de
decenas de manifestantes por la violenta represión del ejército israelí
allí y en los territorios ocupados de Cisjordania, disparó una petición
formal de Argelia y Turquía para que la asamblea debatiera un proyecto
de resolución instando a detener “cualquier fuerza excesiva,
desproporcionada e indiscriminada” contra los palestinos, además de
exigir “medidas inmediatas para poner fin a las restricciones impuestas
por Israel a la libertad de movimiento de la población en la Franja de
Gaza”, sitiada desde 2007.
No hay mayores diferencias entre este documento y otro que el Consejo
de Seguridad analizó a principios de junio, que recibió diez votos a
favor y cuatro abstenciones, pero cuyo borrador fue vetado por Estados
Unidos.
Al menos 135 palestinos murieron en Gaza desde el 30 de marzo pasado,
y otros 12 mil resultaron heridos a manos de las fuerzas armadas
israelíes, mientras se movilizaban en las llamadas “marchas del
Retorno”, que reclaman el derecho de los refugiados palestinos a
regresar a sus hogares.
Desde la organización Human Rights Watch denunciaron que fotografías y
videos de la represión muestran ”un patrón de las fuerzas israelíes,
que disparan con munición real contra personas que no representan una
amenaza inminente a la vida”, y exigieron que la ONU identifique a los
oficiales “responsables de emitir órdenes ilegales de abrir fuego”.
Los partidos oficialistas israelíes presentaron un proyecto de ley
para que Israel promueva la creación de un Estado kurdo. Ya durante la
Guerra Fría, Tel Aviv se alió con los kurdos iraquíes. Ambos combatieron
juntos a los kurdos de Turquía y ayudaron en 1999 al secuestro de
Abdulá Öcalan, líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán
(PKK), desde entonces preso en Turquía. En 2017, Israel fue el único
país que reconoció la independencia del Kurdistán iraquí, pero la
supresión del autogobierno regional por Bagdad –con la aprobación
internacional– abortó la invención de un Estado tapón entre Irán, Irak y
Turquía.
Entre tanto, el secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo y el
ministro de Relaciones Exteriores turco Mevlüt Çavuşoğlu acordaron el
lunes 4 de junio en Washington el remplazo progresivo por unidades del
ejército turco de las milicias kurdas en Manbij, al norte de Alepo. El
acuerdo fortalece la faja de seguridad que Turquía ha erigido en el
noroeste de Siria y le evita chocar con los estadounidenses acantonados
en la ciudad fronteriza.
jueves, 5 de julio de 2018
Rusia y EE.UU. están creando un nuevo orden mundial
Trump y Putin saltan el cerco
Si
la próxima cumbre entre los presidentes de Rusia y EE.UU. tiene éxito,
habrán derrotado gravemente al globalismo y fundado un nuevo sistema
mundial
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
5 de julio de 2018
Infobaires24
5 de julio de 2018
Si
Vladimir Putin y Donald Trump logran celebrar su planeada reunión en
Helsinki el próximo 16 de agosto y armonizar sus contrapuestos
intereses, se pondrá en marcha un nuevo sistema internacional basado en
bilateralismos concatenados, aunque las resistencias dentro de ambas
potencias serán enormes y los peligros que acechan, aún mayores.
La crisis migratoria como pantalla
En
su discurso ante el Bundestag el pasado martes 3 la canciller alemana
Angela Merkel unió –no casualmente- el riesgo de que EE.UU. desate una
guerra comercial total con la urgencia de que la Unión Europea (UE)
aplique una política inmigratoria común.
Hace
tres semanas se desató una doble crisis política (alemana y europea) en
torno a la acogida y distribución dentro de Europa de los cientos de
miles de refugiados e inmigrantes que llegan a través del Mediterráneo.
Para mediar en la crisis europea, en la cumbre de la UE que se celebró
los pasados jueves 28 y viernes 29 de junio sus líderes alcanzaron un
flojo compromiso. Allí se decidió erigir centros de recepción de
refugiados que deriven a los recién llegados rápidamente hacia otros
países, centros de tránsito en Libia y un programa de asistencia a la
economía africana subsahariana por 500 millones de euros.
En
Alemania, en tanto, el conflicto, que estalló en el seno del gobierno
de coalición se centró en el ingreso al país de solicitantes de asilo
que ya han pasado por otros países de la Unión. Finalmente, el fin de
semana pasado se pusieron de acuerdo en instalar en la frontera con
Austria centros de tránsito que reciban a los refugiados y en el lapso
de 48 horas los devuelvan a los países europeos de primer arribo. Tanto
uno como el otro compromiso son gestos demagógicos, para convencer al
público alemán y europeo de que los políticos “hacen algo” para frenar
la inmigración, pero sólo sirven para hacer más difícil la vida de los
refugiados, no para disuadirlos de pagar fortunas a los traficantes,
para poder llegar a Europa.
La guerra comercial como realidad y como amague
En
realidad, el esfuerzo por evitar la dispersión de la Unión se dirige al
venidero enfrentamiento con Trump y Putin por el lugar de Europa en la
economía mundial. El próximo viernes 6 entra en vigor la suba de los
aranceles de importación norteamericanos por un valor de 34 mil millones
de dólares. Al mismo tiempo China aumenta los aranceles de importación
sobre 500 productos norteamericanos. Europa recibe los golpes de ambos
lados.
El gobierno chino no quiere
agudizar el enfrentamiento y evita responder a las usuales provocaciones
del presidente estadounidense. Sin embargo, analistas serios temen que
el enfrentamiento tarifario afecte el crecimiento y la estabilidad de su
economía, muy dependiente de las ventas al área del dólar. Claro que la
potencia asiática puede dar batalla y propinar duros golpes a su
adversario, pero a disgusto. Beijing preferiría alcanzar rápidamente un
acuerdo duradero. Esto es lo que Trump quiere. Por eso sube el precio.
El
presidente norteamericano rechaza el actual sistema multilateral de
comercio y exige una serie de acuerdos bilaterales. No por casualidad el
embajador norteamericano en Berlín, Richard Grenell, se reunió el
miércoles 4 con los máximos jefes de Volkswagen, BMW, Daimler-Benz y
Continental, para ofrecerles oficialmente no subir las tarifas para la
importación de vehículos alemanes en EE.UU., si la UE hace lo mismo con
los estadounidenses. La jugada puede meter una cuña entre los
negociadores europeos, ya que la industria automotriz alemana se está
reconvirtiendo a vehículos eléctricos, para abastecer a China, su
principal mercado. Si Washington acuerda con ella, los europeos, a su
vez, presionarán a Beijing para que ceda ante los norteamericanos.
La
evolución del conflicto comercial dependerá en gran parte del resultado
de la reunión que Putin y Trump mantendrán el próximo 16 de agosto en
Helsinki. Además de las crisis en Ucrania y Siria, la expansión de la
OTAN hacia el este de Europa y la economía ocuparán un lugar central en
su agenda. Rusia necesita que EE.UU. levante las sanciones que afectan
su comercio exterior desde 2014 y deje de vetar la construcción del
gasoducto North Stream 2, con el que Gazprom pretende transportar el gas
ruso hasta la costa alemana atravesando el Mar Báltico, para asegurar
el aprovisionamiento del mercado europeo. Trump, por el contrario,
quiere disputarle dicho mercado con el gas licuado norteamericano que
llega a las costas atlánticas del continente.
Como
el jefe de la Casa Blanca es muy crítico de la OTAN, cuya conferencia
anual se reúne el 12 y 13 de julio en Bruselas, existe la chance de que
ambos líderes concuerden en limitar la expansión de la alianza en Europa
Oriental a cambio de repartirse el mercado gasífero europeo. En ese
punto habría que ver qué rol reservan a las empresas del continente
(Total, British Gas/Shell, RWE, ENI, etc.). Probablemente, Trump lo haga
depender de las concesiones comerciales que obtenga de la UE, con las
cuales también presionaría a China. El levantamiento de las sanciones
contra Rusia, en tanto, depende del resultado de la elección legislativa
norteamericana del 6 de noviembre. Para mejorar sus chances,
precisamente, el norteamericano necesita que su amigo ruso la haga
importantes concesiones.
La mera
hipótesis de que ambos jefes de Estado se pongan de acuerdo al margen de
los centros de poder nacionales e internacionales está aterrando al
“Estado profundo” norteamericano y a la oligarquía rusa. En sendos
editoriales, que parecen escritos por la misma mano, The New York Times y
The Washington Post arremetieron el fin de semana pasado contra la
planeada cumbre, advirtiendo contra el riesgo de que Donald Trump se
deje arrastrar por su colega ruso a compromisos dañinos para la
soberanía de EE.UU. y recordando la necesidad de castigar a Rusia por
sus supuestas violaciones del Derecho Internacional.
Del
lado ruso la situación es sólo un poco más sencilla por el inmenso
prestigio que Vladimir Putin tiene en su población. Sin embargo, los
oligarcas enriquecidos en la década de 1990 y representados en el
gobierno por el primer ministro Dmitri Medvedyev prefieren medrar con la
actual tensión internacional que una distensión internacional que
permita el desarrollo productivo de Rusia. Ellos son extractivistas y
especuladores financieros y no quieren que una industria en crecimiento
amenace su poder.
El globalismo
multilateralista se está hundiendo, pero las oligarquías y aparatos de
inteligencia y militares que viven de la guerra permanente ofrecen una
tenaz resistencia. Todavía no se reconoce claramente el perfil del nuevo
orden internacional, pero sí queda claro que cada nación y cada bloque
debe defender sus propios intereses, si quiere sobrevivir.
viernes, 29 de junio de 2018
Trump y Putin pueden obviar la UE
La crisis migratoria es sólo una parte del problema
Detrás de la discusión entre los líderes europeos sobre los refugiados asoma el temor a que Rusia y EE.UU. se pongan de acuerdo a espaldas de la UE
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
28 de junio de 2018
Infobaires24
28 de junio de 2018
La
reunión que el Consejo Europeo comenzó el jueves en Bruselas, para
acordar una política común de la Unión Europea (UE) hacia los cientos de
miles de refugiados e inmigrantes llegados a través del Mediterráneo,
tiene como trasfondo la preocupación generada entre los gobernantes
europeos por la reunión que Donald Trump y Vladimir Putin mantendrán el
16 de julio en Helsinki. La crisis migratoria es sólo un síntoma de las
múltiples diferencias internas sobre el curso de la Unión Europea.
El Kremlin y la Casa Blanca han confirmado que Putin y Trump
se encontrarán el próximo 16 de julio en Helsinki. Según fuentes rusas
la reunión se centrará en “el estado actual y las perspectivas de
desarrollo de las relaciones ruso-estadounidenses así como en temas
actuales de la agenda internacional”.
Desde
hace meses se especula con una posible cumbre entre ambos presidentes.
Ambos jefes de Estado se encontraron ya en julio de 2017 durante la
reunión del G 20 en Hamburgo y en Vietnam en noviembre pasado. Entonces,
el norteamericano encomendó a sus asesores organizar una nueva cumbre,
pero éstos boicotearon el intento, según informó The New York Times.
Yuri Ushakov, asesor del presidente de Rusia, propuso el jueves que ambos presidentes traten “las relaciones bilaterales [ente Rusia y EE.UU.], la normalización siria, la estabilidad internacional y el tema del desarme”, aunque agregó que también podrían sacar una declaración conjunta fijando los lineamientos futuros de su relación bilateral y su acción internacional.
Desde
el punto de vista ruso, el mayor obstáculo para un entendimiento con
Trump lo pone la aguda lucha por el poder dentro de EE.UU. Durante su
reunión con el consejero de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton, el
pasado 27 de junio, el propio Putin lamentó
que las relaciones entre ambas potencias “no estén en su mejor momento”
por causa de las “luchas políticas internas en EE.UU.” Por su parte,
Bolton aseguró que su presidente piensa que la cumbre de Helsinki “beneficiaría a EE.UU. tanto como a Rusia”, “al facilitar la paz y seguridad en todo el mundo”.
Esta
reunión tendrá lugar justo después de la cumbre de la OTAN del 11 y 12
de julio en Bruselas y ha suscitado gran alarma entre los miembros
europeos de la Alianza que temen que Trump “debilite” el bloque, si
alcanza “un ‘acuerdo de paz’ con Putin”. Washington podría reducir sus
compromisos militares, disminuir su despliegue en Europa y hasta
suspender su participación en maniobras conjuntas. De hecho, el
presidente norteamericano viene insistiendo a los europeos que deben
asumir más responsabilidad en su propia defensa.
Paradójicamente,
la preocupación de los líderes europeos ante la eventualidad de un
acuerdo entre Trump y Putin puede impulsarlos a ponerse de acuerdo en la
cuestión migratoria. Este jueves y viernes los jefes de Estado y de
gobierno de la UE están reunidos en Bruselas para discutir la creación
de campos de acogida para refugiados e inmigrantes que serían confinados
allí hasta que se resuelva sobre sus pedidos. Según Federica Mogherini,
Encargada de las Relaciones Exteriores de la UE, el proyecto no viola
los derechos humanos ni el estatuto internacional de los refugiados.
Italia,
Grecia y España, principales receptores de refugiados, se niegan a
seguir soportando solos los costos por su hospedaje. Alemania y Francia,
por su parte, quieren impedir que los recién llegados sigan su viaje
hacia el norte. Los países de Europa Central y Oriental, finalmente, se
niegan completamente a que la UE acepte fugitivos extraeuropeos. Angela
Merkel quiere alcanzar un compromiso común, pero su ministro del
Interior y presidente de la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU, por
su sigla en alemán), Horst Seehofer, exige que Alemania cierre las
fronteras por sí sola. Esta diferencia ha puesto en crisis la coalición
de gobierno en Berlín, ya que el otro socio, los socialdemócratas del
SPD, junto con Los Verdes y La Izquierda en la oposición, reclaman más
medios para acoger a los actuales y futuros refugiados e integrarlos en
la sociedad alemana. Mientras tanto, la neonazi Alternativa por Alemania
(AfD) exige la expulsión de los refugiados y especula con la ruptura de
la coalición.
Si los miembros de la
UE no llegan a un compromiso sobre los refugiados, es difícil que se
pongan de acuerdo en una posición única en el conflicto comercial con
EE.UU., sobre las sanciones contra Rusia y en torno a la defensa común.
El nuevo presidente del gobierno italiano, Giuseppe Conte, ya amenazó
con vetar el documento final de la cumbre, si no se arriba a un acuerdo
sobre la responsabilidad indivisa de los estados miembros en la atención
de los refugiados y se vota un fondo fiduciario de 500 millones de
euros para financiar el desarrollo de África (y así desalentar la salida
de migrantes). La amenaza italiana obligó a cancelar la conferencia de
prensa que al fin del día pensaban dar el presidente del Consejo
Europeo, Donald Tusk, y el de la Comisión, Jean-Claude Juncker.
El
premier Conte anunció hace algunos días, asimismo, el voto de su país
por la no prolongación de las sanciones económicas y culturales de la UE
contra Rusia que, en principio, caducan a fin de julio. Similar bandera
enarbola el derechista gobierno austríaco. Las sanciones adoptadas en
2014 contra Rusia perjudican mucho a los países industriales del centro y
sur de Europa.
Especialmente
Alemania está interesada en mejorar sus lazos con Rusia, primero, por
las enormes pérdidas que sus empresas han sufrido al no poder exportar a
ese país, segundo, porque por Rusia pasa todo el tráfico del Camino de
la Seda a y desde China y, tercero, porque las empresas energéticas
germanas están muy interesadas en la construcción del gasoducto North
Stream 2, que por el Mar Báltico debe traer a Alemania el gas ruso,
contorneando los países bálticos y Polonia. Entre los directivos del
consorcio constructor liderado por Gazprom figura el ex canciller
Gerhard Schroeder. Precisamente, para lograr el levantamiento del veto
norteamericano contra este gasoducto, días pasados el ministro de
Energía ruso Aleksandr Nóvak estuvo en Washington. Es que Estados
Unidos, convertido en exportador neto de petróleo y gas gracias a la
producción de esquistos, ha construido en los últimos cinco años en su
costa este y en la costa atlántica europea numerosas plantas para la
regasificación de gas licuado (GNL) que quiere vender en el mercado de
la UE.
Los conflictos en torno a las
relaciones con Rusia, la acogida de los refugiados, el diferendo
comercial con EE.UU. y el aumento de los presupuestos militares europeos
dividen a la Unión Europea. Si en Bruselas sus líderes no llegan a un
compromiso mínimo sobre la recepción de los fugitivos, más de un miembro
se verá obligado a adoptar soluciones nacionales en varias o todas las
cuestiones litigiosas. Si no los une el amor, que los una el espanto.
lunes, 18 de junio de 2018
Trump juega a varias bandas
De Singapur a Beijing, pasando por Moscú
Tras
reunirse con Kim, Trump agudizó el conflicto comercial con China, antes
de presentar a Norcorea 47 exigencias y luego buscar encontrarse con
Putin.
Por Eduardo J. Vior
Después
de la cumbre de Singapur entre los presidentes de EE.UU. y Corea del
Norte la mayoría de los medios norteamericanos criticaron al presidente
Donald Trump por sus concesiones a Kim Yong Um sin haber obtenido
contrapartidas palpables. Es que el mandatario estadounidense sabía que
dos días después haría estallar el conflicto comercial con China que, a
su vez, distraería del entredicho en la península coreana. Recién
entonces comunicó a Pyongyang la lista de reclamos que aquél debe
satisfacer, para que se levanten las sanciones económicas. Para mantener
ambos bajo control, ahora pide a su amigo Vladimir Putin que interceda,
claro que a cambio de nuevas concesiones. El presidente norteamericano
busca con China y Rusia una negociación global del equilibrio de poder,
pero la sobreacumulación de conflictos puede producir un cóctel
explosivo.
Primero el Washington
Post y el propio presidente Donald Trump el pasado viernes 15, luego el
domingo 17 el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, esbozaron la
posibilidad de que el norteamericano se reúna en julio con su colega
ruso. La semana pasada la Casa Blanca informó que Austria habría
propuesto acoger la reunión, aunque todavía no lo podía confirmar. Según
el periódico estadounidense, ya en marzo pasado se supo que en un
diálogo telefónico entre ambos mandatarios Trump había invitado a Putin
reunirse. El medio relata asimismo que desde noviembre pasado, cuando
los mandatarios se encontraron en Vietnam, Trump venía insistiendo ante
sus asesores, para que invitaran al ruso a Washington, pero que aquellos
desacataron la orden presidencial, porque no estaban de acuerdo con la
oportunidad del encuentro.
La
publicitación de la posible cumbre sobrevino después de tres días de
intensas críticas de los medios estadounidenses por los magros
resultados que el presidente habría obtenido en su reunión con el
norcoreano Kim Yong Um en Singapur el martes 12 y luego de que las
sanciones norteamericanas contra las importaciones chinas desataran
entre jueves y viernes una andanada de represalias de Beijing que
agudizó sensiblemente el conflicto comercial entre ambos países. Es
imposible no relacionar los tres acontecimientos.
Los
medios norteamericanos –especialmente los liberales- han cuestionado
que Trump sólo recibió de Kim la promesa de desmontar su programa de
armamento nuclear, sin haber acordado inspecciones internacionales. A
cambio, el estadounidense le dio garantías de seguridad y suspendió
unilateralmente las maniobras militares anuales conjuntas con Corea del
Sur. De hecho, gracias a la cumbre Kim ha logrado que su país deje de
ser un paria de la política mundial.
Continuarán
las sanciones internacionales, subrayó el mandatario estadounidense,
mientras los norcoreanos tengan la bomba atómica, pero la distensión
entre ambos depende en gran medida de China que va a intervenir en la
negociación entre Norcorea y EE.UU. según evolucione su controversia
comercial con el segundo. Beijing cumplió un papel fundamental como
facilitador del encuentro de Singapur, pero, si se ve atacado por
Washington, va a resistir y a dejar de mediar en la península.
Al
mismo tiempo, la cumbre entre Trump y Kim marginó a Japón. Shinzo Abe
había viajado a Washington poco antes de la reunión, para lograr, al
menos, que Pyongyang se comprometiera a negociar sobre los japoneses
sucesivamente secuestrados por Norcorea desde los años 70, por supuesto
sin estar dispuesto a disculparse por los crímenes japoneses durante la
ocupación de Corea (1910-45).
Para
recuperar un rol activo, el domingo 17 el ministro de Asuntos Exteriores
de Japón, Taro Kono, informó al canal de televisión NHK
que Estados Unidos había presentado a Corea del Norte 47 demandas para
lograr la desnuclearización “verificable e irreversible” de la
península. La lista de exigencias la habría presentado el secretario de
Estado Mike Pompeo durante su reciente visita a Pyonyang. Probablemente,
la presentación de los 47 puntos fue una consecuencia de las críticas
que recibió el presidente en la prensa norteamericana y el hecho de que
fuera el canciller nipón quien revelara su existencia haya sido una
concesión de la diplomacia norteamericana, para no alienar completamente
a Tokio.
Entre tanto, el pasado
viernes 15 Donald Trump anunció la imposición de aranceles al 25% de las
importaciones chinas por valor de 50.000 millones de dólares. Los
sectores más afectados serán el acero y el aluminio. China respondió
inmediatamente con represalias arancelarias por valor de 50.000 millones
de dólares sobre commoidties norteamericanas. Estas imposiciones se
harán sobre 659 productos, como la soja, que es el bien más perjudicado,
ya que China es el principal comprador de esta semilla a Estados
Unidos, por un valor de 12.000 millones de dólares. Con esta nueva
escalada se quiebra el principio de acuerdo alcanzado en mayo pasado por
las autoridades comerciales de ambos países.
Una
explicación plausible para este ataque norteamericano es que tenga
motivaciones electorales. En noviembre se renuevan la mitad del
Congreso, numerosos gobiernos y legislaturas estaduales. Con un gesto de
fuerza la Casa Blanca muestra potencia ante sus electores. Sin embargo,
Beijing lo sabe y golpea precisamente sobre los productos de
exportación elaborados en regiones adictas al presidente. En realidad,
más que los bienes transables, a Trump le interesa bloquear el traspaso
de tecnología a China, para frenar su avance hacia el primer puesto
mundial, pero ésta no va a ceder fácilmente.
Así
planteado, el conflicto comercial puede prolongarse y China tiene
espalda para aguantar. El presidente norteamericano lo sabe. Por ello
acude ahora a Putin, quizás con la oferta de reducir las sanciones
económicas que afectan a Rusia y con amplias concesiones en Oriente
Medio, a cambio de que el ruso medie ante China, para vehiculizar una
negociación comercial bilateral que supere el actual conflicto y
persuada a Kim de seguir cediendo, aun si el mediador chino se retira.
El camino de Beijing pasa por Singapur y Moscú.
sábado, 9 de junio de 2018
Todo el mundo observa la cumbre con Kim
En Singapur, Trump se juega su credibilidad
Si
el presidente norteamericano quiere alcanzar un acuerdo nuclear con
Irán y evitar la guerra comercial con China y otros países, el 12 deberá
entenderse con Kim
por Eduardo J. Vior
Infobaires24
8 de junio de 2018
Infobaires24
8 de junio de 2018
El
presidente norteamericano acostumbra amenazar, mentir y crear
incertidumbre sobre sus intenciones como forma de sacar la máxima
ventaja posible en las negociaciones. Sin embargo, al retirar a su país
del acuerdo nuclear con Irán, simultáneamente poner en duda la reunión
cumbre con el líder norcoreano para después reconfirmarla y lastrar con
amenazas las tratativas comerciales con China, está aumentando
excesivamente el riesgo de que algún interlocutor lo malentienda y
responda desmedidamente. En todo caso, la reunión cumbre entre Donald
Trump y Kim Jong Um el próximo martes 12 en Singapur será una prueba de
fuego para la credibilidad del mandatario estadounidense.
Ambos
líderes han previsto la posibilidad de prolongar el encuentro un
segundo día “si todo va bien”, según informó CNN. Trump, incluso, se
plantea invitar a Kim a la Casa Blanca “para empezar”. Todavía no se lo
lleva a su soleada residencia Mar-a-Lago en Florida. Ambos mandatarios
se reunirán sin asesores, por lo que será un diálogo entre dos machos,
como le gusta a Trump.
Para evitar
su exclusión, las demás potencias de Asia Oriental se están apresurando a
forjar sus propias relaciones con Pyongyang. Kim, que nunca antes había
sido recibido por ningún líder extranjero, este año ha visitado China
dos veces y recibió el miércoles 6 al ministro de Asuntos Exteriores
ruso Serguéi Lavrov.
Japón no está
invitado a la cumbre de Singapur, recalcó Trump en el Despacho Oval,
pero su primer ministro Shinzo Abe lo visitó el jueves 7 por segunda vez
en poco más de un mes. Para los medios éste declaró que quiere ayudar a
que la cumbre “sea un éxito”, pero no dejó de destacar su relevancia
como principal aliado de EE.UU. en Asia y se aseguró de que su aliado no
haga demasiadas concesiones a Norcorea.
En
la reunión el primer ministro japonés logró arrancar a su anfitrión una
promesa pública de reclamar a Kim el paradero de los japoneses
secuestrados por Norcorea en los años 70 y 80. Por supuesto, no se
comprometió a disculparse por los crímenes cometidos por los agresores
japoneses en Corea durante la Segunda Guerra Mundial.
El
primer golpe de efecto que Trump ambiciona es firmar el tratado que
ponga fin a la guerra de 1950-53 entre EE.UU. y Corea del Norte. El
líder estadounidense ha manifestado también su interés en retirar las
cerca de 25.000 efectivos estacionados en Corea del Sur. No obstante,
para que nadie se sienta tranquilo, adelantó el jueves que “todo puede
pasar” y dijo a la prensa que “sabrán si ha ido bien si no me oyen usar
el término de ‘máxima presión’”.
Pocas
veces desde el fin de la guerra fría ha habido cumbres tan inciertas
como ésta. Después de que se anunció, se canceló y se volvió a anunciar,
nadie puede jurar que el martes a las 9 de la mañana ambos líderes se
encuentren en el hotel Singapore Capella. Sin embargo, para distender el
clima antes de la cumbre, ambos gobiernos han hecho gestos
significativos: Corea del Norte paralizó sus pruebas nucleares y con
cohetes de largo alcance, y habría comenzado a desmantelar un centro de
pruebas, aunque no se sabe en qué medida. Por su parte, al recibir el
viernes 1º efusivamente en la Casa Blanca al enviado norcoreano Kim
Yong-chol (ex jefe del servicio de inteligencia y principal asesor de
Kim Yong-um) y hacer importantes concesiones, Trump hizo un
reconocimiento sin precedentes del gobierno norcoreano. Aceptó, por
ejemplo, que la desnuclearización de su interlocutor se haga por etapas y
no de una sola vez, como exigía hasta la semana pasada. También
abandonó su retórica agresiva contra Pyongyang. Además, aunque las
sanciones de la ONU y de EE.UU. aún están vigentes, Trump está tolerando
que China esté aligerando el tráfico fronterizo con Norcorea.
El
éxito de la reunión depende exclusivamente de que ambos presidentes
acuerden un plan para el desmantelamiento del arsenal nuclear de
Norcorea. Como devolución Trump puede comprometerse a no atacar al país
asiático, abrir una oficina de contacto en Pyongyang y autorizar la
apertura de una norcoreana en Washington, reduciendo asimismo los
ejercicios militares anuales con Surcorea. Pero los demás temas que
acuerden son secundarios.
El resto
del mundo va a observar esta primera gran maniobra pacificadora, para
decidir cuán confiable es el presidente norteamericano. Sus permanentes
balandronadas, amenazas, mentiras y el tono grosero que usa en la
comunicación internacional han hecho que muchos de sus interlocutores
desconfíen de su voluntad negociadora. Por ello es que el encuentro en
Singapur es visto como un examen de su confiabilidad.
Este
test es especialmente importante para Irán, que debe decidir sobre su
permanencia en el acuerdo nuclear de 2015, después de que Donald Trump
el pasado 8 de mayo retirara del mismo a EE.UU. Si el norteamericano se
muestra en Singapur como un negociador creíble, el ayatolá Alí Jamenei
puede aceptar que las negociaciones sobre el programa nuclear iraní se
extiendan a otros temas reclamados por EE.UU. como el programa de
cohetería, la presencia de fuerzas iraníes en distintos países de
Oriente Medio o, incluso, el reconocimiento de Israel.
Como
señal de distensión, el 1º de junio pasado el presidente Donald Trump
suspendió durante seis meses el traslado de la embajada norteamericana a
Jerusalén con el argumento de que hay que esperar hasta hallar una
residencia adecuada para el embajador. La decisión recién fue difundida
el miércoles 6. O sea que no había necesidad de hacer el papelón de
querer jugar en Jerusalén.
También
los presidentes de China, Xi Jinping, y de Rusia, Vladimir Putin, que
este viernes se encontraron en Beijing como prólogo a la cumbre de la
Organización de Cooperación de Shanghai (SCO, por su nombre en inglés)
que este fin de semana sesiona en Qiangdao, han intercambiado pareceres
sobre la seriedad del norteamericano. Rusia tiene pendiente el
levantamiento de las sanciones norteamericanas contra su dirigencia y
las mayores empresas y China, por su parte, debe decidir cómo responder a
las medidas proteccionistas de EE.UU.
En
un mundo estrechamente vinculado ningún gesto pasa desapercibido.
Donald Trump quiere reestructurar las relaciones de Estados Unidos con
el resto del mundo bilateralmente y mediante su intervención personal,
pero su estilo lo hace muchas veces imprevisible y suscita desconfianza.
Por ello el resultado de la cumbre de Singapur con Kim Yong Um será un
test con repercusiones mundiales.
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